Cátaros o albigenses, Cruzada contra los —

          Iban a ser, al menos en aparencia, causas religiosas las que desencadenarían la cruzada contra los Cátaros o albigenses. Porque fue el caso que, a finales del siglo XII, la herejía -ya estructurada y organizada, con un dogma, rituales, un clero y el apoyo de relevantes notabilidades urbanas-,  tanto se había extendido por el Languedoc, que los sacerdotes católicos se encontraban, en no pocos lugares, reducidos a la clandestinidad. La vida austera que llevaban los “bons hommes”, predicando con el ejemplo, impresionaba a las gentes, y su desdén por los bienes materiales contrastaba con la opulencia de la Iglesia oficial, alejada de la simplicidad evangélica.

A partir de 1145, Bernardo de Claraval va a intervenir también él en este espinoso tema político-religioso. Bajo el pontificado de Eugenio III y junto al obispo cluniacense de Chartres Geoffroy de Lèves [1115-1149], acompaña al nuncio apostólico para predicar contra aquella desviación herética en el foco mismo (Cahors, Albi y otras localidades).

Las sucesivas condenas de los concilios de Reims (1148), de Tours (1163), de Latrán III (1179) y de Verona (1184) quedarán sin efecto. Y durante diez años, Inocencio III (1160-1216), -de  firme carácter y cuya elección en 1198, con 37 años, había venido precedida de su fama de teólogo y escritor- teórico él de la teocracia pontifical y de la primacia de la Iglesia sobre los reyes, e imbuido de su deber de velar por la unidad de los cristianos, hará esfuerzos por reducir la influencia y actividad de aquellos cátaros por medios pacíficos o amenazas meramente espirituales (anatema, excomunión). Fue la fase de la persuasión, que dejará paso, a no mucho tardar, a la confiscación de bienes y al encarcelamiento.

Cruzadas contra los Albigenses

Cruzadas contra los Albigenses

En 1203, el papa de Roma enviaba al Languedoc al abad de Cîteaux Arnaud d’Amaury (o d’Amalric), pero la palabra encendida de los cistercienses, abrumadora e intimidatoria, no conmovió las convicciones de aquellos cátaros.

          Desde 1206, el legado extraordinario pontifical, el cisterciense Pierre de Castelnau y algún otro hermano en religión se habían propuesto, también ellos, predicar el evangelio por estas tierras. Y Domingo de Guzmán (1170-1221), igualmente, que apareció por el Lauragais humilde, ascético y más perfecto que los “perfectos”, pero sólidamente armado para la controversia contra aquellos puros, con su formación y sus argumentos teológicos.

Pero Castelnau caía asesinado cerca de Arles el 15 de enero de 1208, a manos de un oficial del conde de Toulouse Raymond VI (o Raimond, 1156-1222). Porque la pugna religiosa entre ambos bandos no había tardado en entreverarse de un interés político no desdeñable: el conde en su ambigüedad, y sus principales vasallos (los Trencavel, el conde de Foix, vizcondes de Carcassonne y de Béziers) más abiertamente, favorecían la herejía, esperando poder apoderarse un día de los bienes de la Iglesia.

          Inocencio III, entretanto, venía arrastrando su propia frustración desde el fracaso de la cuarta Cruzada (1202-1204), en la que los intereses de los venecianos y la riqueza de los bizantinos habían pasado por encima de los ideales religiosos. Y aquello le había parecido al papa una advertencia de Dios: para ser dignos de reconquistar Jerusalén los cristianos debían antes purificarse ellos mismos y eliminar en su seno los gérmenes de desviación y aquella gangrena que corroía el cuerpo de la cristiandad en el Mediodía de Francia.

Tal fue el origen de su determinación en la respuesta al asesinato de su legado, impulsando definitivamente y mandando predicar aquel proyecto de cruzada (la primera dentro del ámbito  cristiano) que se venía considerando.

La cual cruzada vino a reclutarse, sobre todo, entre los barones del norte, al no desear el rey capeto Philippe Auguste (1165-[1180-1223]) involucrarse él directamente, enzarzado que se hallaba por entonces con los ingleses, con los flamencos y contra el Imperio.

          Hacia el mes de junio de 1209, los cruzados (una hueste de 200.000 inicialmente, según las crónicas, número siempre difícil de contrastar), vinieron a reagruparse en torno a Lyon, bajo la dirección del enviado pontifical, el impetuoso Arnaud d’Amaury (verdadero monje guerrero, que será obispo de Narbona en 1212 e irá luego a España a pelear contra los moros). Entre ellos, rodeado de su propia clientela, venía un conde Simon (Simón) de Île-de-France que, aun casado con una Montmorency de alta familia, era él mismo señor de muy mediana riqueza. Su fortaleza de Montfort, en lo alto de una pequeña colina, guardaba, por el O. de París, las comunicaciones entre Beauvais y Chartres. Con 59 años al inicio de la guerra, este Simon IV, conde de Montfort, había estado ya en la cuarta Cruzada de Oriente (1202-1204), con su hermano menor Guy de Montfort, y de allí había regresado cubierto de gloria. Pero, en el momento en que aquella masa de guerreros se ponía en movimiento, Montfort, si bien considerado ya dechado de talento militar y habilidad política, no era el más influyente ni el más notable de los jefes presentes.

          Y aquellos “franceses” comienzan a bajar hacia el sur por el valle del Ródano, para desparramarse a continuación por esas tierras donde no hablan ya la langue d’oil. A ellos, se ha venido a unir, bajo los auspicios del arzobispo de Burdeos, una columna de esa región de Aquitania, todavía disputada entre Inglaterra y Francia. Por no mencionar aquí a las hordas de pícaros y maleantes (los ribauds), carne de horca de todos los caminos, que se les han unido para echar una mano, ¡en el sentido amplio de la expresión!

Pero esta cruzada llamada de los albigenses, va a posponer, una vez más, el combate antiherético, para convertirse, de hecho, en una lucha politica del norte contra el sur (alimentada también por la hostilidad del mundo nobiliario-caballeresco contra la mentalidad urbana que no comprendían), la cual cruzada acabará, prácticamente, con el aplastamiento de la brillante y rica  civilización en langue d’oc.

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          Son los años en que la literatura “francesa” d’oil en ciernes ha alumbrado ya un lirismo de influencia meridional con los trouvères, y han nacido nuevos géneros de inspiración urbana como le roman, que entonces designaba todo escrito en lengua vulgar (y ya no en latín), para describir aventuras o intrigas amorosas; y la gente de letras comienza también en el norte a escribir para los ricos comerciantes de las ciudades, oponiendo la burla o el escanio al refinamiento aristocrático. Acaba de morir Chrétien de Troyes, creador de un lenguaje propio para esta lengua literaria  naciente y sus romans de tipo artúrico, anunciándose ya el emotivo poeta Rutebeuf del reinado de San Luis. Y aparecen escritores como Geoffroi de Villehardouin y Robert de Clari, cronistas ambos de la malograda Cuarta Cruzada, historiadores que liberan el género de la epopeya.

Y en el ámbito occitano, después de aquella Cançon de Santa Fe en el siglo XI, ha surgido una brillante literatura, en una lengua no uniforme que llaman provenzal (limosin, gascon, provençal…), de trobadores y trobairits (de cuyo seno va a salir la noción de fin’amor o amour courtois, que dirán en el norte, amor cortesano), como Beatriz de Diá, Marcabru, Ventadour, Peire Cardenal, o Raimbaut de Vaqueirás que estuvo en la Cuarta Cruzada también él. Al lado ello de todo un filón de obra narrativa, con nombres como Raimon Vidal de Besalú. Y hubo ya por estas tierras una especie de academia, el “Consistori del Gay Saber” y concursos literarios de Jocs Florals, que daban lustre a aquellas cortes aristocráticas.

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          En cualquier caso, la arriesgada empresa que ahora se iniciaba no iba a resultar de fácil culminación, porque la herejía contaba con abundante dinero en las ciudades y con tropas numerosas formadas entre la nobleza descontenta de estas tierras.

Gozador, escéptico y refinado, colocado en el punto de mira desde el principio, Raimundo de Tolosa quiso hacer público arrepentimiento en Valence, expresó su fidelidad a la Iglesia y prometió luchar contra la herejía, aunque no hará nada, porque las conversaciones que mantuvo en enero de 1208 con Pierre de Castelnau quedaron intrrumpidas con el asesinato ya mencionado.

          Pudo no haber tenido el conde Raimond parte directa en el crimen, y durante un breve período luchó al lado de los cruzados. Lo cual consiguió desviar por un instante la venganza real y pontifical hacia un vasallo suyo, su sobrino Raimond Trencavel, vizconde de Carcassonne (Carcasona) y de Béziers.

Por ambas partes, la guerra va a ser conducida con una atrocidad, cuyos excesos el papa Inocencio III acabará condenando:

El 22 de julio de 1209, Béziers, aquella  Julia Baeterrae colonia romana sobre el río Orb desde el año 52 a. C., fue tomada al asalto y saqueada, degollando los cruzados a gran parte de sus habitantes (el número de víctimas estuvo en torno a varias decenas de miles, según las imprecisas crónicas al respecto). Era el caso que, como en el resto del Mediodía, también en Béziers los herejes eran muy minoritarios y, en negociaciones previas, se les había ofrecido a los católicos dejar la ciudad; pero jugó la solidaridad a favor de sus convecinos y contra aquellos “extranjeros” venidos del norte, y “les bons catholiques”, se mostraban reacios a abandonarlos a su suerte; en eso estaban, cuando por cierta puerta que vino a abrirse entraron en tromba aquellos ribauds, gente indisciplinada con sus propias ideas y proyecto, y fue el principio de todo lo demás. Es en ese contexto donde adquieren su correcto sentido aquellas palabras que se le atribuyen al enviado papal Arnaud Amaury -si hemos de creer al fraile cisterciense de Colonia Cesareo de Heisterbach-:“Tuez-les tous!”, “¡Matadlos a todos, Dios reconocerá a los suyos!”.

          En agosto cayó por sed Carcasona, cuyos habitantes fueron expulsados; y en sus mazmorras perecerá poco después, de disentería, Raimond Trencavel. Por las cualidades mostradas, una vez más, en este asedio, Simón de Montfort va a ser nombrado ahora jefe supremo de toda la expedición.

Y en Castres se levantó la primera hoguera contra los herejes.

          Pero en septiembre de 1209, Raimond VI de Toulouse cambió de nuevo de bando, y otra vez fue excomulgado, y sobre sus tierras fue lanzado un entredicho.

          Derrotado en Castelnaudary en 1212 (el mismo año en que, allá en Jaén, los reyes de Castilla, Aragón y Navarra derrotaban a los almohades en las Navas de Tolosa), el conde Raimond VI respondía con la matanza de los asediados de Pujols (1213).

Y el mismo rey Pedro II de Aragón (1177-1213), que, en la peninsula ibérica, había respondido a la llamada del papa Inocencio, se enfrentaba a él en el Languedoc apoyando a los rebeldes, algunos de los cuales eran vasallos suyos, contra los poderosos Capetos. Lo hizo no sin antes haber intentado la vía diplomática que fracasó. Y acabará vencido en Muret en 1213, donde fue muerto. Con la retirada de las fuerzas aragonesas, la suerte de los albigenses estaba echada a medio plazo.

Siguió un largo paréntesis de relativa calma por estas tierras, aunque no en el norte de Francia (la victoria de Philippe Auguste en Bouvine tenía lugar en 1214).

          En 1215, después de haber querido mostrar moderación y paciencia, Simón de Montfort conseguía apoderarse de Narbonne. Ya el Languedoc se había vuelto a alzar, a la voz del conde Raimond, que pudo recuperar Toulouse y la mayor parte de sus estados. Y el veterano cruzado Montfort hubo de poner cerco a aquella ciudad condal, donde vino a encontrar la muerte, al recibir un proyectil  lanzado por una catapulta, aquel 25 de junio de 1218.

Fue entonces la desbandada, se levantó el asedio, y todo quedó pendiente.

          En 1216, después de algunas reticencias, había quedado autorizada por Honorio III la orden mendicante de los Predicadores de Santo Domingo, creada para luchar contra la herejía, y que obtendrá sus propios estatutos en 1220; y a ellos les confiará el papado la Inquisición en 1233. Se conoce el rigor intelectual de grandes nombres salidos del seno dominico, como serán Alberto el Grande y Tomás de Aquino.

          Vistos los tormentosos tiempos, Raimond VI de Toulouse tuvo la relativa fortuna de morir en su ciudad, donde había podido volver a asentarse en 1217 ; fue en agosto de 1222.

          Ya el derecho consuetudinario, y no el romano, había empezado a aplicarse en las tierras conquistadas, y Raimond VI y Trencavel habían sido despojados nominalmente en Latrán de sus posesiones a favor de Simon. Pero Amaury de Montfort, expulsado de
Carcassonne  en 1224 por el nuevo conde de Toulouse Raimond VII, e incapaz de imponerse, transmitirá ahora sus derechos al rey de Francia quien, con el acuerdo del Papa, va a ponerse en campaña y aparecerá por estas tierras con un potente ejército, a partir de 1226.

          En quince años, las mentalidades habían evolucionado y Luis VIII, salvo en el caso de Avignon (Aviñón), no tendrá mayores dificultades para hacer sentir su autoridad. Cuestión más espinosa, desde la muerte de Simon de Montfort, era entrar en Toulouse y que el nuevo conde se rindiera, lo que acabó sucediendo después de una estrategia de tierra quemada en torno a la ciudad, y tras la presión de sus propios habitantes.

          Mientras tanto, el concilio de Toulouse de 1229 renovaba contra los heréticos la condena ya recaída en 1215 por el IV concilio de Latrán.

          El tratado de París (o de Meaux), de marzo de ese mismo año 1229, firmado entre la regente Blanca de Castilla en nombre de su hijo menor Luis IX, y un Raimond VII que buscaba reconciliarse con la iglesia, vino a consagrar la anexión del Languedoc a la Corona. En su virtud, la mitad oriental pasaba directamente a Luis IX, y Jeanne, la hija única del conde occitano, casará en 1234 con Alphonse de Poitiers, hermano del rey de Francia, ambos entonces con 14 años.

          Parecía que las aguas político-teológicas habían vuelto más o menos a su cauce; sin embargo, todavía Raimond VII, con la ayuda de Enrique III de Inglaterra y otros señores regionales, tratará de liberarse de las cláusulas de Meaux, pero su causa será vencida en Taillebourg, en julio de 1242.

Meses antes, en mayo de 1242 y en este contexto de guerra, había tenido lugar en Avignonet, a 40 km. de Toulouse, el asesinato a hachazos de dos inquisidores (además de otras personas), lo que vino a ocasionar una segunda expedición militar real, liderada ahora en persona por Luis IX (San Luis). El cabecilla que había dirigido aquel golpe de mano era Pierre-Roger de Mirepoix, jefe militar de Montségur, uno de tantos faydits (desposeídos o proscritos) de la anterior cruzada.

Raimond VII -mucho más beligerante a favor de los albigenses de lo que su padre lo había sido-, va a ser ahora definitivamente vencido, y la corriente cátara primigenia extirpada en los años posteriores a aquel marzo de 1244 en que, asediado por las tropas del rey de Francia, fue tomado Montségur, santuario militar y espiritual del catarismo, su última ciudadela. Oscuro episodio guerrero aquel, donde acabaron pereciendo, en una gigantesca hoguera, días después, los devotos y seguidores que allí se encontraban, hecho transformado luego por sus adeptos en gesta épica, como lo fue en montaña sagrada  Montségur –visitado hoy por miles de turistas anualmente-.

          Heredero del conde de Toulouse, a partir de septiembre de 1249 en que muere Raimond VII, Alfonso de Poitiers, que no contaba con descendencia en su unión con Jeanne de Toulouse, legará sus tierras en la hora de su muerte en 1271, al rey Philippe III le Hardi (1245-[1270-1285]), Felipe III el Atrevido.

          Por los altos valles y en las faldas pirenaicas del condado de Foix, en el Albigense y en el norte de Francia incluso, van a surgir luego focos de neocatarismo, que la Inquisición  -esa institución que el papa Gregorio IX habia creado en 1231-, seguirá persiguiendo, pero ahora con bastante laxitud y como fenómeno puramente residual; pero a su extinción contribuyó grandemente también la paciente labor de los hermanos predicadores y las ordenes mendicantes (reclutados tanto en la nobleza como en las nuevas elites económicas): ellos eran Iglesia, pero querían ser pobres también, y cercanos.

Y en el primer tercio del siglo XIV prácticamente ya no existía el catarismo.

          Es cierto que la misma Iglesia hubo de buscar respuestas a los nuevos anhelos espirituales del siglo XIII, y una teología positiva contra el pesimismo cátaro (aquí jugará un papel relevante la universidad de Toulouse, que se funda en 1229, según lo previsto en el tratado de Meaux); y debería reflexionar también acerca de una mejor adaptación de su pastoral a las nuevas elites urbanas, en cuestiones como el sexo, la natalidad y la relación con el dinero (haciendo compatible, ahora, la fe con un cierto enriquecimiento en esta vida terrenal), afirmando la belleza del mundo y restringiendo el territorio del pecado; además de nuevas vías para la salvación (indulgencias, sacramento de la confesión y purgatorio –concepto revigorizado a partir de mediados del siglo XIII).

Y aquellos gentilhommes (hidalgos, pequeña nobleza) empobrecidos y sin perspectiva existencial, encontrarán, tras la cruzada y la intervención de los poderosos capetos del norte, nuevas salidas en la administración real o en el ejército.

          Pero un catarismo imaginario va a instalarse en la memoria colectiva regional, mantenida o manipulada para otros fines y, en todo caso, siempre rentable: circuítos turísticos de fortalezas cátaras,“châteaux cathares” (¡algunos del rey de Francia donde nunca residieron herejes!), la “cruz cátara”, o cruz occitana erigida en símbolo regional y una cierta literatura conmemorativa épico-propagandística, ensalzando a aquellos “perfectos” perseguidos por la Inquisición, a aquellos defensores de la cultura local y de la democracia. A ello pudieron igualmente coadyuvar en su momento el romanticismo liberal y ciertas aportaciones del siglo XIX (v. Napoléon Peyrat, pastor protestante por más señas, con su “Histoire des albigeois” en 5 vols., de 1870-1872), que quisieron ver en el fenómeno de los “puros” señales precursoras de una nueva edad democrática, tolerante e igualitaria donde todos íbamos a ser mejores, acabada la arrogancia de los feudales y la opulencia de la Iglesia.

Más allá de la leyenda, entre el tópico y el mito de una civilización mártir, la memoria que ciertos sectores han querido retener de aquellos albigenses sólo presenta hoy un lejano parecido con la verídica historia de esa herejía medieval.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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BIGET, Jean-Louis: Hérésie et inquisition dans le midi de la France; París, Picard, 2007.
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DUVERNOY, J.: Le Catharisme. T. I: L’Histoire des Cathares; t. II: La Religion des Cathares; Toulouse, Privat, 1976 y 1986.
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En español:

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