Revolución de 1848

            Las revoluciones de 1848 son un fenómeno europeo. Comenzadas en la Italia del Sur y del Norte, donde habían estallado revueltas en 1847, fueron bruscamente aceleradas y extendidas a partir del éxito de las jornadas de los días 22 al 24 de febrero de 1848 en París (revolución de 1848), seguidas de la revolución de los día 13 al 15 de marzo en Viena. La victoria de los revolucionarios en las capitales de dos grandes estados iba a desencadenar una vasta agitación y a sacudir todo el Continente salvo, en cierta medida, Rusia, Inglaterra, países escandinavos y la península ibérica (adonde llegó con veinte años de retraso). Semejante simultaneidad demuestra que el movimiento tenía en Europa causas profundas, económicas y políticas:

    • Por un lado la temible crisis de producción en el campo por toda Europa, entre 1845 y el otoño de 1847, lo que acarreará una concatenación de efectos perversos: alza de precios agrícolas y hambre entre las masas populares; ruina de parte del campesinado que restringe sus compras industriales en los pequeños mercados locales (textil y herramienta, sobre todo); contracción de la producción industrial y paralización de la construcción ferroviaria; paro generalizado o bajos salarios también en los numerosos talleres artesanales; quiebras financieras en las pequeñas empresas, seguida de la de algunos bancos; gran volumen de compra de grano en EE.UU. y Rusia, pagado con el oro de los Bancos centrales; pérdida de confianza en las rentas del Estado…
    • Y por otro el paulatino desarrollo de movimientos revolucionarios, a partir de la primera causa, canalizados en varias direcciones:

– una corriente liberal y radical (cartismo en Inglaterra, republicanismo en Francia), que exige sufragio universal y ampliación de las libertades. En los países del centro de Europa, se contentarían con la instalación de constituciones liberales

. una corriente social o socialista (en Francia, Bélgica y Renania), que reclama la intervención  decidida del Estado.

. una corriente nacional, que busca hacer coincidir las fronteras de los Estados con la comunidades nacionales (en Alemania e Italia), o cuando comunidades nacionales pretenden liberarse del “yugo” de un gran Estado histórico (en el imperio austríaco, p. ej.); o cuando un gran Estado ya constituido pretende encontrar sus “fronteras naturales” (el Rin o los Alpes, en el caso de Francia).

            Y el régimen bajo el cual va a vivir Francia entre el 25 de febrero de 1848 –al día siguiente en que es derrocada la Monarquía de Julio de Luis-Felipe-,  y el 2 de diciembre de 1851, en que Luis-Napoléon se apodera del poder, será la Segunda República (ver aparte).

            El 22 de febrero, la muchedumbre, a la que se habían unido numerosos estudiantes ganados al liberalismo, se congregaba en el Barrio Latino a los gritos de “A bas Guizot!” y “Vive la Réforme!”. Pero la guardia nacional, compuesta de pequeños burgueses, se mostraba dubitativa, y el ejército consiguió restablecer el orden.

El 23, la guardia nacional se adhiere a la manifestación, que ha vuelto exigiendo la reforma. Cuando el rey Luis Felipe decide destituir a su primer ministro y llamar al conde Molé a la cabeza del gobierno, la mayoría de la población parece satisfecha y, al anochecer se ve regocijo y luminarias por calles y plazas. Pero los obreros de los barrios del Este y los jefes “demócratas” (esto es, la extrema izquierda) encuentran el resultado insuficiente y marchan en dirección a la Madeleine, a partir del faubourg Saint-Antoine: Carga de fusilería entre tropa y muchedumbre, de la que resultan 52 muertos.

Revolución 1848 - Sangrienta refriega ante el Ministerio de A. E., el 23 de febrero de 1848.

Revolución 1848 – Sangrienta refriega ante el Ministerio de A. E., el 23 de febrero de 1848.

Al conocer la noticia, todo París, con la guardia nacional  a la cabeza, se alza y se levantan las primera barricadas.

El 24, Luis-Felipe intenta en vano satisfacer a los insurrecto, y llama a Thiers para que forme gobierno, y luego a Odilon Barrot, el jefe de la oposición dinástica (“monárquico constitucional de izquierdas”), que promete reformas y la disolución de la cámara de diputados.

Era demasiado tarde: las tropas cuyo mando acaba de ser confiado al general Bugeaud, el vencedor de Argelia, han de replegarse hacia las Tullerías; y el rey, antes de huir, decide abdica en favor de su nieto el conde de París. En las primeras horas de la tarde, los insurgentes controlaban ya las Tullerías y el Hôtel-de-Ville o municipalidad.

Entretanto, en el Palais Bourbon, la duquesa, nuera de Luis-Felipe, ha venido con su hijo, el pequeño conde de París para intentar que le proclamaran rey. Los diputados hubieran aceptado tal solución, pero el gentío invade entonces el recinto del parlamento y, con algunos diputados, aprueba por aclamación un gobierno provisional.

El origen de ese gobierno era doble:

  • por un lado, a partir del comité de dirección de la insurrección constituido con periodistas y diputados republicanos del periódico “Le National” (republicano moderado): surgieron los abogados Pierre-Thomas Marie, el radical Ledru-Rollin y Crémieux, el escritor Lamartine, el viejo político Dupont-de-l’Eure (ya en sus 81 años, venido de 1789), el astrónomo François Arago y Louis-Antoine Garnier-Pagès.
  • Y, por otro lado, gente cercana al periódico “La Réforme”, de posicionamiento más radical, con Ferdinand Flocon, redactor jefe de ese periódico, el periodista Armand Marrast, el historiador y teórico socialista Louis Blanc y el amigo de éste Alexandre-Albert Martin (“l’ouvrier Albert”), influyente en las sociedades secretas.

            Era la caída definitiva de la Monarquía de Julio, que, nacida ella misma en las barricadas perecía también bajo ellas.

            Y, después de algunas vacilaciones acerca de la oportunidad de una consulta popular previa, la República era proclamada en esa noche del 24 al 25 de febrero, a través de un decreto emanado de dicho órgano provisional.

            Los que así llegaban al poder eran todos republicanos convencidos (salvo Crémieux); algunos con experiencia en revolución y barricadas, pero ninguno había participado nunca en un gobierno.

El más conocido de ellos, Lamartine, se había convertido a la República unos años atrás; además de conocido poeta, poseía el talento de la oratoria, y gracias a su “Histoire des Girondins” (1847), donde describía una  República sin terror ni víctimas, esa forma de gobierno se había hecho popular.

Pero aquellos hombres se hallaban divididos: Louis Blanc y Albert exigían la implantación de reformas sociales avanzadas; Ledru-Rollin y Flocon eran radicales y los demás moderados a quienes asustaba la anarquía y se mostraban hostiles al socialismo, a los “rojos”.

Por lo demás, su única autoridad era puramente moral; si el conjunto de Francia parecía haber aceptado la revolución, en París, el gobierno carecía de cualquier fuerza a su disposición, y la guardia nacional con los manifestantes, invadían cada día la plaza del Hôtel-de-Ville, reclamando nuevas reformas. Sólo la elocuencia de un Lamartine o de sus colegas podía a duras penas contenerles.

A pesar de la impotencia de aquel gobierno provisional, su obra fue notable, en el doble plano político y social:

  • Desde la primera noche (24 al 25 de febrero), el gobierno tomaba la trascendental decisión de proclamar la República y anunciaba la elección de una Asamblea constituyente por sufragio universal, instituido el 2 de marzo (lo que hacía de Francia el primer país en implantarlo); el 4 de marzo establecía la libertad total de la prensa y reuniones públicas; y el 8, abría el acceso a la guardia nacional para cualquier ciudadano. También suprimía la pena de muerte para delitos políticos, y la esclavitud y penas corporales en las colonias.
  • Y, en el plano social, bajo la influencia de Louis Blanc y la presión de la calle, el gobierno proclamaba el “derecho al trabajo”, a partir del 25 de febrero, la limitación a 10 h. de la jornada laboral (y a 12 h. en provincias). Con la creación de dos instituciones:

. los “ateliers nationaux” (talleres nacionales, financiados por el Estado), en París y en provincias, los cuales deberían proporcionar trabajo a los parados, para atenerse al nuevo principio del derecho al trabajo. Sus efectivos, acrecentados con la presencia de obreros venidos de provincias, llegaron a alcanzar los 115.000 hs. Empezaron haciendo tareas de desescombro, excavaciones y movimientos de tierras, para no saber en qué emplearlos poco después, y convertirse enseguida esos lugares en puntos de activismo y adoctrinamiento.

. la “commission du gouvernement pour les travailleurs”, puramente consultativa, con sede en el palacio del Luxemburgo, que componían 231 delegados patronales, 480 delegados obreros, y economistas (socialistas unos, como Constantin Pecqueur y el discípulo de Charles Fourier, Victor Considérant; otros liberales, como Michel Chevalier; o conservadores, como el ingeniero de minas Frédéric Le Play.

            Aquella comisión desempeñó, al menos, dos cometidos:

-proporcionó al gobierno diversos proyectos de “Organización del Trabajo”, según la fórmula de Louis Blanc-, como la creación de un ministerio, y la financiación de asociaciones obreras de producción que se creaban espontáneamente por todas partes (sastres, albañiles, cerrajeros, tipógrafos…).

-Arbitró conflictos entre patrones y obreros y se esforzó por evitar las huelgas.

            Pero, a falta de recursos, no pudo ejercer una acción importante.

            Los dos o tres meses que siguieron a la revolución de febrero transcurrieron en una atmósfera de romanticismo y de ilusiones. A excepción de los orleanistas, que permanecían silenciosos, la República había sido acogida con diversos grados de aceptación o de entusiasmo. Los legitimistas vencidos en 1830 veían en este vuelco una revancha providencial. Y a los “republicanos de la víspera” venían a unirse -fuese convicción o interés-, numerosos “republicanos del día siguiente”, apresuradamente convertidos. La nueva consigna era “fraternidad“.

Ya Lamartine habia lanzado en dirección a Europa, el 4 de marzo, un mensaje tranquilizador: “La proclamación de la República francesa no es un acto de agresión contra ninguna forma de gobierno en el mundo (…). La guerra no es, pues, el principio de la Republica francesa, como había sido la gloriosa y fatal necesidad en 1792. Francia sólo entrará en guerra si se la intenta contra Ella”.

            Fraternidad entre patrones y obreros, entre católicos y revolucionarios, porque aquel anticlericalismo característico de la revolución de 1830 parecía haber desaparecido; y por todas partes se plantaban “árboles de la libertad” que el clero venía a bendecir, comparándolos con la madera de la Cruz.

Y a ese pasajero idilio vino a añadirse la efervescencia intelectual que la libertad de prensa y de reunión estimulaba. Se fundaron en París, en pocas semanas, decenas de nuevos periódicos, y se abrieron otros tantos clubs. En la prensa y los discursos se construían fantásticos o calenturientos proyectos para cambiar el mundo, los muros se cubrían de carteles y se componían canciones y cánticos fraternales: “el amor es más puro que la guerra” –decia el popular poeta y cantautor Pierre Dupont en su “Chant des ouvriers”.

Pero innumerables dificultades vinieron a poner fin a aquella atmósfera.

            Y es que aquel gobierno provisional carecía de competencias en finanzas y economía. Los ricos, generalmente deseosos de abandonar París, retiraron sus depósitos de bancos y cajas de ahorro, con lo que muchas entidades  no tardaron en quebrar. Solo los grandes bancos como Rothschild pudieron resistir. La renta francesa y las acciones del banco de Francia se desplomaron, en el momento en que los nuevos gastos del Estado como los derivados de los “ateliers nationaux”, estaban vaciando el Tesoro.

Garnier-Pagès, ministro de Finanzas, hubo de tomar medidas draconianas que, naturalmente, resultaron impopulares: curso forzoso para los efectos de comercio, a fin de ayudar al pequeño comerciante en apuros y, sobre todo, fuerte aumento de los impuestos.

El rebrote de la crisis económica y estas severas medidas financieras no tardaron en crear en el país irritación y desencanto.

La Asamblea Constituyente

            Los socialistas buscaban retrasar la consulta sine die, para tener tiempo de extender su organización y su propaganda en el medio rural, y pensando, entretanto, en una especie de dictadura jacobina del pueblo de Paris, según el precedente de 1793/94. Con la intención de presionar en ese sentido, organizaron dos grandes manifestaciones: una el 17 de marzo, con lo que obtuvieron un inmediato aplazamiento de la elecciones hasta el 23 de abril; y la segunda el 16 de abril; pero esta vez el gobierno resistió con el apoyo de Ledru-Rollin y Flocon, y la fecha de los comicios fue mantenida.

            Así, el domingo 23 y el lunes 24 de abril de 1848 tuvieron lugar elecciones por sufragio universal, y con la participación inédita de 9.350.000 electores (en vez de 200.000),

. A la derecha, estaban los legitimistas que no consideraron deber insistir en sus reinvindicaciones monárquicas y, en su campaña, se centraron en el orden social.

. En el centro, los republicanos moderados, con las grandes reformas que acababan de ser implantadas a su favor, y lo que aún subsistía del primitivo entusiasmo.

. Y, a la izquierda, se apreciaban dos tendencias: la “República social” que reagrupaba a los socialistas y contaba con el apoyo de numerosas asociaciones obreras; y “la revolución continua” dirigida por los dos grandes clubs: el “club de la Révolution” de Barbès, y el “club des clubs” de Blanqui, favorable a un sistema a la Robespierre, donde el Terror sería el gran instrumento. Estaban ayudados por el prefecto de policía, el bien conocido revolucionario Marc Caussidière, de origen suizo, instalado en ese puesto por su propia autoridad.

            Las elecciones tuvieron lugar a escrutinio de lista por departamento y a una sola vuelta, con lo que era proclamado el candidato que, simplemente, hubiera obtenido más votos.

El resultado fue el triunfo de los republicanos moderados con el 66% de los escaños, contra el 11% a los socialistas (Barbès y Blanqui no obtuvieron escaño) y el 23% para los diversos monárquicos. Y fue la más grande renovación del personal político que Francia hubiera conocido nunca (876 diputados por la metrópoli y 4 por Argelia). La victoria del republicanismo centrista fue abrumadora.

Cuando la nueva Asamblea se reunió el 4 de mayo, quiso elegir como su presidente a Buchez, un republicano católico, ex-carbonaro, médico y reformador social. Y ante ella presentó su dimisión el gobierno provisional, que fue sustituido por una Comisión Ejecutiva provisional de cinco miembros: Arago, Garnier-Pagès, Marie, Lamartine y Ledru-Rollin, que acababa sus funciones de ministro del Interior y único representante de la tendencia extrema.

                                                         *

            Pero la prolongación de la crisis económica y financiera y la larga falta de autoridad en el Estado iban a barrer los últimos restos del “espíritu del 48”, y dar paso la fraternidad a un período de notable tensión.

            La extrema izquierda, descontenta de su fracaso en las elecciones, quería organizar una jornada revolucionaria parisiense análoga a aquellas de 1792 y 1793 de las que sentían nostalgia. Los jefes de los clubs decidieron intentar una prueba de fuerza, bajo pretexto de obligar al gobierno a intervenir en favor de Polonia, y convocaron a los obreros de los clubs, a los de la Comisión del Luxemburgo y a la muchedumbre que consiguieron reunir, y todos juntos marcharon desde la Bastilla hacia un Palais Bourbon mal defendido, invadiendo el recinto al grito de “Vive la Pologne!” y, sobre todo, “A bas Lamartine!”

            Lamartine intentó detenerles con su elocuencia, pero el obrero Albert, antiguo miembro del gobierno provisional, le respondió: “¡Ciudadano Lamartine, vos podéis ser un gran poeta, pero no contáis con nuestra confianza como hombre de Estado; hace ya demasiado tiempo que sólo nos hacéis poesía y hermosas frases. Y el pueblo necesita otra cosa!” Barbès, Louis Blanc, Blanqui fueron llevados triunfalmente. Hubert, otro clubista, hizo proclamar un gobierno provisional.

            Esta vez Lamartine y Ledru-Rollin pudieron reunir a la garde nationale y a la garde mobile (tropa permanente, ésta,  creada en febrero), y consiguieron que se evacuara la sala.

Marx escribirá días después (29 de junio), en su periódico “Neue Rheinische Zeitung”: “La Garde mobile, reclutada mayoritariamente en el lumpenproletariat, se ha transformado, en el escaso tiempo de su existencia, gracias a un buen sueldo, en una guardia pretoriana de toda la gente en el poder. El lumpenproletariat organizado se ha enfrentado al proletariado trabajador no organizado. Y, como era de esperar, se ha puesto al servicio de la burguesía”.

Sin efusión de sangre se consiguió también liberar el Hôtel-de-ville. Barbes, Blanqui, Raspail, Hubert y otros clubistas fueron detenidos, todos los clubs de extrema izquierda cerrados y disuelta la Comisión del Luxemburgo. Y Louis Blanc tuvo que tomar sus precauciones, aun después de haber demostrado que se había expresado contrario a la revuelta. Pero la izquierda estaba decapitada.

            Los obreros de los “talleres nacionales” habían participado parcialmente en la insurrección del 15 de mayo, por lo que la Asamblea fue mostrándose cada vez más hostil a ellos, tanto por razones políticas como financieras:

. Porque aquellos talleres, donde ya no se sabía qué trabajo darles a los obreros, se habían convertido en focos de agitación, donde incluso la propaganda bonapartista podía expresarse libremente.

. y el número de obreros habia alcanzado las 115.000 personas el 18 de mayo, con 30.000 venidos de provincias.

El 24 de mayo, Trélat, ministro de Obras Públicas hizo que la Comisión adoptara un decreto (hecho público un mes después), según el cual los obreros solteros de 18 a 25 años deberían alistarse en el ejército, y aquellos de fuera de Paris, casados o mayores de 25 años, organizados en brigadas de trabajo, serían enviados a provincias, según su origen.

En la Asamblea, la pasión era creciente contra los talleres nacionales. El diputado legitimista Falloux, y hombres de negocios como el banquero Goudchaux proponian su disolución. Y el 22 de junio, el oficial Le Moniteur publicaba aquel decreto del 24 de mayo.

            De donde vino a resultar una de las más terribles guerras civiles que Francia haya conocido. Los obreros, que sólo reclamaban trabajo, decidieron protestar y se envenenaron los ánimos. Un ex-seminarista convertido en cazador en África, Louis Pujol (1822-1866), pronunció discursos incendiarios en la plaza del Panthéon los días 22 y 23 de junio. Y se oyeron gritos como “Du pain ou du plomb!”, “La liberté ou la mort!”, “Aux armes!”. Y se levantaron barricadas por los barrios del Este de París, cortando la ciudad en dos mitades separadas por una línea norte-sur; pero el movimiento no derivaba de una organización central, al haber sido decapitados los clubs en mayo anterior, era una insurrección improvisada y espontánea, con un jefe en cada barricada –obreros a menudo y oficiales de la guardia nacional-. Y esa revuelta de la miseria iba a tomar trágicos visos de lucha de clases.

Por el lado de las fuerzas del orden, estaba la guardia nacional de los barrios del oeste, la guardia movil y sobre todo el ejército, mandado por el general Cavaignac. Como sus inmediatos subordinados Lamoricière y Bedeau, Cavaignac, veterano de las guerras de África, republicano sincero pero escasamente condescendiente con aquello a lo que venía asistiendo, estaba decidido a pasar a la acción.

La batalla duró tres días, siendo infructuosas todas las tentativas de conciliación. El mismo arzobispo de París, monseñor Affre fue herido de muerte, cuando se dirigía a una barricada en la plaza de la Bastilla para predicar la conciliación. Y resultaron muertos dos generales, Bréa y Duvivier. Al final, los insurrectos fueron aplastados, y resulta difícil calcular con mediana exactitud el número de bajas, si bien, probablemente, del orden de varios miles; y se operaron 25.000 detenciones, de ellas, mantenidas luego 11.000.

Lo que sucedió entre el 23 y el 26 de junio fue una revuelta social: “¡Queremos la República democrática y social!” –proclamaba uno de sus carteles-. Pero el conjunto de los departamentos sólo vieron en sus protagonistas a los representantes del viejo terror y de la guillotina.

            Uno de los efectos de la insurrección fue la dimisión de los miembros de la Comisión ejecutiva provisional. El 24 de junio, la Asamblea votaba el estado de sitio y daba al general Cavaignac poderes dictatoriales por cuatro días, que le iban a permitir clausurar los clubs, cerrar periódicos, disolver los talleres nacionales y suprimir algunas “legiones” de la guardia nacional. Concluidos los cuales, el general Cavaignac recibió el título de presidente del Consejo, responsable ante la Asamblea; y permaneció en el poder hasta el 15 de diciembre, esforzándose por mantener el orden, que se recaudaran los impuestos y se mantuviera controlada a la prensa.

Revolución 1848 - E. Cavaignac, Presidente del Consejo

Revolución 1848 – E. Cavaignac, Presidente del Consejo

Una buena cosecha durante el verano vino providencialmente a reabsorber la crisis economica.

Ese verano, precisamente, en que moría, el 4 de julio, François-René de Chateaubriand, escéptico testigo él de tres revoluciones.

            Deseosa de orden, la Asamblea había aprobado la política expeditiva de Cavaignac. La “República social” había sido vencida y roto el movimiento obrero. A partir de ese momento, los sucesos conducentes a la instalación paulatina de la Segunda República van a entrar en una vía de reacción antiobrera.

      Pero aquella Asamblea era sinceramente republicana; su fin era estabilizar al régimen y, ahora que se había restablecido el orden, llevar a cabo su misión, esto es, darle una constitución a Francia. Será la Constitución del 12 de noviembre de 1848.

De la revolución de 1848 se hará eco Flaubert en su “Education Sentimentale”, y Tocqueville en sus “Souvenirs”,  y K. Marx hablará de ella en “Les luttes de classes en France”.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

AGULHON, Maurice: 1848, ou l’apprentissage de la République;  Le Seuil, 1973; diversas ediciones.
BARRET, Pierre: Le printemps de París: 22 février-25 juin, 1848; Fayard, 1988.
DOMMANGET, Maurice: Auguste Blanqui et la révolution de 1848; París, La Haya, Mouton, 1972.
DUVEAU, Georges (1903-1958): 1848; Gallimard, 1965 colección “Idées” (póstuma).
GUILLEMIN, Henri: 1848, la première résurrection de la republique; Bats, Ed. d’Utovie, 2006.
HAYAT, Samuel: Quand la république était révolutionnaire: citoyenneté et représentation en 1848; Seuil, 2014.

Testigos y actores:

AGOUT, Marie de Flavigny, condesa de – (“Daniel Stern”, 1805-1876): Histoire de la révolution de 1848; París, Charpentier, 1862; Balland, 1985.
GARNIER-PAGÈS. Louis-Antoine: Histoire de la révolution de 1848; 1866 (varias ediciones).
GUIZOT, François: La révolution de 1848; diversas ediciones.
LAMARTINE, Alphonse de –: Histoire de la révolution de 1848; diversas ediciones desde 1849.

 

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