Vandea, guerras de – (1793→)

          “Guerra de Vandea” designa el episodio de guerrra civil que más vino a marcar la Revolucion francesa, por su repercusión nacional, por su duración (1793-1796), por su amplitud y, finalmente, por sus consecuencias (también se dice “guerras de Vandea”, si se considera el conjunto de aquellos enfrentamientos entre los católicos y realistas del Oeste de Francia con el poder revolucionario, y sus postreras manifestaciones.

En cuanto al territorio interesado, cubría les Mauges en Anjou, la Gâtine en Poitou, y en Vandea propiamente dicha, le bocage y esa franja que llaman le marais vendéen, entre Machecoul y la costa; zonas, todas ellas, de difícil acceso entonces, cortadas de alto matorral y propias para la emboscada.

Es la única resistencia a la Revolución que ha recibido el apelativo de “guerra”, a diferencia de la “chouannerie” (que dura otro tanto) y de los numerosos conflictos sangrientos que tienen lugar en el valle del Ródano entre 1790 y 1815. Porque “la Vandea” fue más que una simple insurrección.

Guerras Vandeanas (1793/1796 y siguientes)

Guerras Vandeanas (1793/1796 y siguientes)

            Si bien la región no había recibido la Revolución, precisamente, con el entusiasmo de otras zonas, tampoco había manifestado una sistemática hostilidad a las reformas de la Constituyente. Pero la llamada Constitucion civil del Clero, del verano de 1790, vino a sacudir las conciencias en esta parte de Francia y contribuirá poderosamente al irreversible distanciamiento entre la Vandea y el nuevo régimen. La mayoría del clero de la región (los réfractaires), jugándose la vida pero con la mayoría de la población a su favor, se negó entonces a prestar el juramento que se le exigía, cual si de funcionarios del Estado se tratara, y hubieron de esconderse y servir a sus comunidades diciendo misas “ilegales” en los bosques y en el fondo de las granjas;  a partir de 1791, el sordo y difuso malestar se habia  generalizado ya, traducido en algunos casos en agitación abierta.

          Pero, esta vez, la Convención venía siendo alertada por las numerosas insurrecciones que provocaba en esta parte del país el decreto de 24 de febrero de 1793 (particularmente, en las tierras comprendidas entre el curso del Loira inferior y el bocage vandeano, amplio espacio cuyo centro podría ser Cholet); se trataba de una leva en masa de 300.000 hombres solteros que irían a reforzar a las tropas que combatían en las fronteras y serían sacados a suerte o designados por las comunidades locales. La ejecución del rey y esta leva fueron para ellos razones definitivas de ira y de rebelión. Antes de ser enviados a luchar por una causa que odiaban, prefirieron tomar las armas para combatirla.

Y así, movimientos de resistencia y disturbios con resultado de muerte de “patriotas” (nombre que se daban a sí mismos los partidarios del nuevo sistema político), bajo la bandera de Dios y el rey, surgieron ahora en numerosas comarcas, ya reacias a las diversas medidas revolucionarias, en Bretaña, Normandía, Alsacia..

          Guillotinado ya el infeliz Luis XVI, allá en París, en enero de este 1793, la “Vendée” cobra bruscamente toda su relevancia a raíz de una derrota en campo abierto de las tropas republicanas frente a una numerosa banda de insurgentes campesinos, en marzo de 1793, cerca de Saint-Vincent Sterlanges (60 km al SE de Nantes), choque militar que provoca gran sorpresa, particularmente, en el seno de la Convención y que es interpretado allí como el resultado de un complot urdido entre contrarrevolucionarios ingleses y belgas y esos labriegos del Oeste, renovada versión del complot aristocratique.

Encuentros armados con pérdidas humanas habían tenido ya lugar en 1791 y, sobre todo, en 1792, reprimidos todos; pero esta vez, las fuerzas republicanas  habían sido derrotadas.

Graves refriegas tienen también lugar en Cholet, Saint-Florent, Machecoul…

Y ya se han puesto en cabeza para dirigir el movimiento, primeros hombres resueltos y sencillos como Stofflet, guarda forestal, o Cathelineau, hasta entonces buhonero por las aldeas; y luego nobles como Bonchamps, Lescure, d’Elbée, y pronto La Rochejaquelein y Charette de la Contrie -después del ejemplo dado por el marqués de La Rouërie, alzado ya en 1789-, que transforman aquellas cuadrillas armadas en pequeños ejércitos.

          Aun cuando algunos nobles como Bonchamps o Lescure habían adquirido, ellos también, tierras procedentes del Clero, fueron vivas las rivalidades entre rurales y notables urbanos, los bleus – muy afectos éstos a la Revolución-, a propósito de la adquisición de tierras venidas de “bienes nacionales”, resolviéndose la mayoría de los litigios en detrimento de los primeros. La constante prevención de los revolucionarios respecto a ellos acabó por distanciarlos aún más, llevándolos a unirse a los nobles del Oeste. Era, pues, un alzamiento rural generalizado, que tomaba ahora, definitivamente, el relevo de dos años de oposiciones y conflictos.

          Comprometida en la guerra extranjera, la Convención no pudo entonces responder con suficiente contundencia; pero bajo la impulsión de la Montaña, no tardará en lanzarse en una represión cuya clave era aquel decreto que amenazaba con la pena de muerte en las veinticuatro horas, para los insurrectos cogidos con las armas en la mano o con la bandera blanca del realismo.

          En el momento en que montagnard y sans-culottes comenzaban una lucha a muerte contra los girondinos y que ambas facciones se arrastraban mutuamente en una pugna política, aquella derrota de Saint-Vincent Sterlanges venía a crear una situación inédita. Finalmente, algunas matanzas de bleus (150 personas, aproximadamente, en Machecoul), vinieron a dar a aquellos hechos importancia de primera magnitud. Y, a partir de entonces, el naciente Comité de salut public (Comité de Salvación Pública), exige ya noticias diarias de la Vandea.

                                            *

          A los insurrectos, París les niega el pan y la sal, ni entrar en negociación alguna; y lanza sobre la región tropas venidas de toda Francia, con la intención de aplastarlos. Pero el resultado será el contrario a lo esperado: aquellas tropas heteróclitas y mal equipadas, reclutadas a veces entre la militancia de las secciones y sin ninguna experiencia, son rápidamente deshechas por esos ejércitos que se llaman “católicos y reales”, familiarizados con el terreno y que están organizados en torno a nobles locales conocidos por sus sentimientos antirrevolucionarios.

Propaganda antivandeana (Dibujo de Cazenave y grabado de Thouvenin, BNF)

Propaganda antivandeana (Dibujo de Cazenave y grabado de Thouvenin, BNF)
“Habiéndose apoderado de Saint-Mihier, unos bandidos de Vandea entraron en una casa con la intención de ejercer su perversidad. Para su sorpresa se encontraron con una mujer rodeada de sus hijos, tranquilamente sentada en su tienda, cerca de un barril de pólvora, con dos pistolas en las manos y la firme intención de hacer saltar la casa, con toda su familia, antes que caer en manos de estos furiosos. Su coraje y su recio aplomo les impresionaron, y su asilo fue respetado”.

          Los mismos insurgentes conocen también disensiones internas, y los sucesivos jefes no consiguen nunca la plenitud de su autoridad. Lo cual no les impiden enfrentarse eficazmente a las tropas lanzadas contra ellos en esta primavera de 1793. Y encuentran, incluso ocasiones para reforzarse; primero porque, con los nuevos elementos que siguen llegando, se empieza ya a formar núcleos de soldados permanentes; y, sobre todo, porque estos vandeanos -prácticamente sin caballería y con armas elementales al princìpio, para quienes la escopeta de caza y algo de pólvora robada en la cantera cercana eran tesoros-, comienzan a apoderarse de los cañones, fusiles de combate y más pólvora, que sus adversarios van abandonando en sus derrotas. A partir del mes de mayo, “l’armée catholique et royale” contaba ya con 40.000 hombres, a los que venían a añadirse, eventualmente, los miles de combatientes lugareños reagrupados al toque de campana para operaciones puntuales: artesanos locales, herreros, tejedores y pequeños notables del campo, reacios, sin embargo, a alejarse de sus casas una vez pasada la batalla. Numerosos menores de edad y algunas mujeres participan directamente en los combates, mientras los demás sostienen el levantamiento, cuidan a los heridos y atienden las granjas. Ese ímpetu de entusiasmo explica las victorias sucesivas de operaciones contra algunos centros urbanos como Fontenay-le-Comte, Thouars, Saumur o Angers.

          Dueños ya de Cholet, que Stofflet había sometido el 15 de marzo anterior, los vandeanos se apoderan de Thouars el 1 de mayo de este 1793 y vencen también en Fontenay el 24 siguiente, toman Saumur el 9 de junio -donde un contingente de 8.000 republicanos es arrollado con la ayuda de los blancs del interior-; y cruzan luego el Loira; pero a finales de este mes fracasa su ataque a la rica y burguesa Nantes, y alli encuentra la muerte Cathelineau.

          Esos pequeños ejércitos, de efectivos fluctuantes, presentaban algunos puntos débiles: no podían ocupar las ciudades conquistadas por lo que sus logros militares resultaban efímeros; y, sobre todo, estaban divididos y mal coordinados, reagrupados unos y otros en torno a jefes cada uno con su personalidad. De ahí el fracaso ante Nantes, que impide a los ingleses aportar su ayuda y deja a la Revolución el control del Loira y de la principal ciudad del Oeste.

          Y los combates se hacen cada vez más violentos, en el transcurso del verano de 1793.

          Divididos siempre en grupos diversamente rivales, la región es, finalmente, unificada bajo el mando de un Consejo superior instalado en la pequeña localidad de Châtillon-sur-Sèvre en pleno bocage (hoy Mauléon), que trata de regresar al orden católico y realista de antes de 1789. Y son organizados el abastecimiento, el almacenamiento de armas y el encarcelamiento de las tropas vencidas.

Pero no pudieron extender su zona de influencia, cuando ya los revolucionarios enviaban tropas numerosas, de las cuales algunas particularmente aguerridas.

Añadida a las regiones sacudidas por las insurrecciones “federalistas” (Lyon, luego Toulon, Burdeos o Normandía) la Vandea formaba parte de ese cinturón contrarrevolucionario cuyo aplastamiento le parecía indispensable a la Convención.

          Y, a partir del 1 de agosto, en un sonado discurso que asimilaba la Vandea a toda la contrarrevolución de Francia y de Europa, el convencional Bertrand Barère, portavoz de la Montagne y del Comité de Salut Public, llamaba a la destrucción de “les brigands de la Vendée” (“los bandidos de Vandea”), recomendando, no obstante, la protección de mujeres, niños y ancianos.

Pero la guerra sobre el terreno será atroz por ambas partes, mientras los generales revolucionarios desarrollaban entre sí una guerra política no menos cruel, enviándose a la guillotina unos a otros.

          A partir de septiembre de 1793, la iniciativa pasa ya al bando republicano. Su primera ofensiva no tiene éxito, a causa de la rivalidad entre comandantes montagnard (Canclaux) y sans-culottes, en torno, éstos, a gente como Jean-Antoine Rossignol, cuya principal cualidad militar era el ser ruidoso activista sans-culotte.

Rossignol, comandante de l’armée des côtes de la Rochelle, debería atacar desde el Sur; y otro ejército, bajo Jean-Baptiste Canclaux, operaría desde Nantes. Y también llegaron a Vandea  los aguerridos soldados de la guarnición de la renana Maguncia, con su general Kléber (que los prusianos habían liberado para honrar su resistencia heroica), cuya presencia aquí pronto hará cambiar la situación.

Un mes después, controlando los sans-culottes ahora los ejércitos del Oeste durante este primer Terror provincial, lo esencial de las fuerzas vandeanas era aniquilado el 17 de octubre, en una batalla librada a las puertas de Cholet; y sus principales jefes, d’Elbée, Bonchamps, Lescure, mortalmente heridos en esta acción, quedaban definitivamente fuera de combate.

          Mientras Charette continuaba su lucha por el Oeste y controlaba la isla de Noirmoutier, varias decenas de miles de vandeanos, al mando ahora de un jovencísimo La Rochejaquelein –muchos soldados, aunque también mujeres y niños-, cruzaban el Loire, con la intención de llegar hasta los barcos ingleses que patrullaban frente a las costas bretonas y normandas (episodio que recibirá el nombre de “virée de Galerne”. Aquella confusa turbamulta cruza Bretaña hasta Saint-Malo y va a poner cerco a los muros de Granville, tras haber rechazado a las tropas enviadas en su persecución; pero fracasa y pretende regresar a Vandea. Acuciados ahora, tienen que combatir y se ven diezmados en batallas dramáticas y encarnizadas, una de las cuales, en Le Mans, el 13 de diciembre -entrados ya en los fríos y las lluvias de la estación-, va a resultar devastadora: una parte de aquel “ejército” vandeano, patética sombra ya de lo que había sido, consigue cruzar el Loira; otros, como la futura marquesa de la Rochejaquelein, pueden ocultarse en las granjas y, otros miles, finalmente, son definitivamente deshechos militarmente en Savenay (cerca de Nantes), el  23 de diciembre de este 1793.

La represión

          Con el primer Terror en su apogeo y aplicándose las más extremistas exigencias de los sans-culotes y montagnards, la represión es confiada al “représentant en mission” Jean-Baptiste Carrier, que se instala en Nantes en octubre de 1793, y va a desatar desde entonces hasta febrero de 1794, una indiscriminada y sañuda persecución, confundidos ahora contrarrevolucionarios y moderados (132 notables nanteses son enviados a Paris para que comparezcan allí ante el temible Tribunal revolucionario), e instala también un conjunto de organismos represivos que llevarán a cabo actos de increíble brutalidad y sadismo. Las cárceles, donde gemían ya miles de vandeanos, son vaciadas por la vía de los fusilamientos y los ahogamientos en el Loira, de lo que no se libran sacerdotes (juramentados y refractarios sin distinción), mujeres y niños; su diabólica invención de barcazas con trampilla permitía el ahogamiento de cien víctimas al mismo tiempo; lo que Carrier llamaba “bodas republicanas” consistía en atar juntos a un hombre y una mujer, antes de precipitarlos al agua.

Se calcula que unas 16.000 personas perecieron allí, mientras las tierras próximas a Nantes eran sometidas a un sistemático y violento castigo.

En Angers otros representantes organizaron la represión según los mismos principios, aunque quizá con menos excesos. Lo que no obsta para que, en enero de 1794, una comisión militar, mande fusilar aquí a cerca de 2.000 mujeres. Los conflictos entre los diferentes grupos revolucionarios, no obstante, tienen el paradógico efecto de atenuar la represión. Carrier, denunciado ante la Convención por sus prácticas, fue llamado en febrero de 1794; su cabeza rodará a mediados de diciembre.

          Henri de La Rochejaquelein, el más joven de los generales vandeanos, había conseguido salvar al ejército católico y real, mientras pudo, de una ruina absoluta, pero vino él a encontrar la muerte en el combate de Nuaillé, cerca de Cholet, el 28 de enero de 1794. Los insurgentes se dispersarán ahora en pequeñas bandas, y volverá a los campos -siempre menos aristocrática y organizada- aquella chouannerie inicial (del nombre de un Jean Chouan, antiguo contrabandista de la región), que se había integrado en l’armée catholique et royale,.

          Lo peor es entonces la represión por campos y aldeas, bajo las órdenes del general Turreau, a partir de febrero de 1794, que interpreta libremente los discursos de Barère y da carta blanca a sus generales. No faltan los oficiales que limitan sus actuaciones a operaciones estríctamente militares o consiguen alejarse de la región, pero otros, a la cabeza de columnas pronto llamadas “infernales”, recorren los campos, incendian las aldeas e incurren en violaciones y matanzas.

          Nicolas Stofflet, Charles Sapinaud y Charette -desalojado ya de Noirmoutier y de su marais bretón-, se ven a la cabeza de verdaderos pequeños ejércitos que reúnen a las poblaciones rurales perseguidas; y pueden entonces desarrollar guerrillas contra los bleus, al amparo de aquel bocage que constituye el peculiar paisaje rural del Oeste, y formando auténticos pequeños reinos a partir del verano de 1794, caído ahora Robespierre en Paris. Y así, el ámbito rural escapa a la República que sólo controla los centros urbanos y las grandes vías de comunicación.

Hacia el final de la guerra

          La situación comienza a resolverse después de Termidor (julio de 1794). Se inician negociaciones con Charette, una vez que la Convención termidoriana hubo fracasado en su intento de apartar a los rurales de sus jefes. Y en La Jaunaye, cerca de Nantes, fue firmado un verdadero tratado de paz (17 de febrero de 1795), que reconocía la libertad de cultos, convertía a aquellos guerrilleros en gendarmes y preveía indemnizar a las poblaciones. La Vandea reconocía la Revolución, y la República se comprometía respetar a los sacerdotes refractarios y a no hacer levas en la región ni exigir impuestos, por un período de diez años.

Stofflet no acepta el trato y habrá de emplearse la fuerza para conseguir su sometimiento el 2 de mayo siguiente.

Paz, extendida a la chouannerie salvo en el Morbihan.

Pero aquella paz o tregua fue breve, y las relaciones entre ambos bandos no tardaron en degradarse. El 27 de junio de 1795, una expedición de emigrados traídos hasta la costa por una flota inglesa, y los chouans intentan una operación de desembarco en Quiberon, y la Vandea vuelve a incendiarse.

Charette retoma entonces las armas, pero esta vez -con los campesinos entre el cansancio moral y la resignación-, lo hace prácticamente solo, porque no consigue que se le una el conde de Artois, que ha desembarcado en la Île d’Yeu en el verano, privándole así del aval que necesitaba. Y el que un día será Carlos X de Francia regresa a Inglaterra.

          Es que, en este período de Convención termidoriana de transición, a la espera de un Directorio donde no tardarán en abrirse importantes grietas ideológicas, los realistas comienzan a percibir que la victoria puede llegar por vías políticas, y se muestran reacios a comprometerse en una lucha militar de inciertos resultados, conocida la experiencia de Quiberon. La guerra de Charette estaba condenada, sus nuevas relaciones con los chouans y las redes de conspiradores realistas no podían asegurarle las bases militares de las que disponía en 1793/94; tanto menos, cuanto que Hoche, nuevo comandante inteligente y moderado, decidido a imponer la pax republicana en la región, se muestra hábil y evita castigar a los campesinos que abandonan el combate; permitiendo, en contrapartida, una semilibertad de culto en la región.

Asíí, Charette se ve progresivamente abandonado por sus tropas y reducido a errar y a ocultarse. Y tampoco Stofflet es seguido cuando retoma las armas en enero de 1796. Aislados, los dos jefes acaban siendo capturados, juzgados y ejecutados –éste en Angers por los bleus, en el fondo de una granja, el 26 de febrero, y aquél en Nantes en marzo de 1796.

En sí misma, la estricta guerra de Vandea estaba muerta, agotada y exangüe una de las partes pero no sinceramente reconciliada, y en el mes de julio consideró el poder central que el estado de sitio por estas tierras podía cesar.

          El balance de la guerra resultó catastrófico, aunque difícil de establecer en el plano demográfico. Puede estimarse, sin embargo, que cada uno de los departamentos afectados perdió por las diferentes causas que concurrieron, entre 40.000 y 50.000 hbs., comprendiendo aquí a las personas partidas con ocasión de “la virada de galerna” o que cambiaron de departamento; algunos municipios perdieron hasta un tercio de sus habitantes; a lo cual habría que añadir los numerosos heridos e inválidos, que marcarán la región con su presencia y sus recuerdos durante largos decenios. Otra conmoción fue para estas gentes el derivado de la devastación en viviendas, ganado y campos de cultivo. Es cierto que la reconstrucción será relativamente rapída durante el Consulado y el Imperio, pero las destrucciones eran tales, todavía en 1808, que Napoleón decidirá conceder indemnizaciones a los habitantes de los dptos. de Vendée, Loire-Atlantique y Deux-Sèvres.

*

          La región no quedó enteramente pacificada. Los vencidos seguían manteniendo redes de resistencia que obstaculizaban el funcionamiento de la administración y que, en 1799/1800, lanzarán de nuevo tropas en una breve revuelta, ligada a una ofensiva generalizada en las fronteras y en las zonas contrarrevolucionarias. Pero la intentona fue enseguida sofocada por el general Brune. Tampoco durante el Consulado y el Imperio cesaron los complots y atentados -enfrentados ahora a la eficacia de la policía napoleónica y del sabueso Fouché-, como aquel de la rue Saint-Nicaise, del 3 nivoso, año IX (24 de diciembre de 1800), contra el Primer Cónsul.

En 1814 llega de la emigración Louis du Vergier (hermano de Henri du Vergier, conde de la Rochejaquelein, caído en 1794), esposo ahora de la viuda de su primo, el héroe vandeano Louis-Marie de Salgues, marqués de Lescure, y la Vandea conoce un renacimiento, con la Restauración de la monarquía en la persona de Luis XVIII.

Pero el inopinado regreso de Napoleón de la isla de Elba, que amenaza con poner de nuevo a los Borbones en el camino del exilio, y los Cien Días que siguieron provocan otra vez la guerra, paralelamente a la batalla de Waterloo: los vandeanos y chouans son otra vez derrotados en este mayo/junio de 1815 por el general Lamarque, y muere Louis de La Rochejaquelein.

          Llegó la revolución de 1830, que expulsaba de nuevo a los Borbones e instauraba la monarquía burguesa de Luis-Felipe. Y la Vandea acoge a la duquesa de Berry en 1832, con ocasión de su intento de insurrección por recuperar el trono para su hijo el conde de Chambord. Cuarenta años habían pasado, aquella sociedad comenzaba a cambiar y con ella las mentes. Las divisiones entre realistas y la mediocre movilización de la población rural llevaron es intentona al fracaso, y la duquesa fue detenida gracias a una traición.

          Pero la gesta vandeana y los vandeanos -heraldos del legitimismo-, seguian ejerciendo gran atractivo sobre algunos autores, como Balzac, Hugo o el bretón Théodore Botrel; luego vinieron  la santificación de los mártires vandeanos por Roma, las múltiples relecturas políticas que oponían la Vandea a la Revolución, el campo a la ciudad y el Antiguo Régimen a la Modernidad, y todo contribuyó a hacer de esta región un lieu de mémoire, alojado ahora en el imaginario político-social de la nación, como otros por toda Francia sobre hechos diversos.

Y los jeux de mémoire han continuado focalizando sobre la región de esta imprecisa “Vandea”, luchas políticas y sociales que han modelado, con el correr del tiempo, una determinada  personalidad regional, preocupada por mantener viva la llama de aquella gesta, más religiosa que estrictamente monárquica. Y Francia entera ha integrado en su conciencia la historia de Vandea, hasta el punto de que la historiografía, parcial y hostil durante mucho tiempo, ha hecho en los últimos decenios un esfuerzo por revisar estas páginas de la historia de la Revolución, no unívoca ni unilateral ahora.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

ARCHIVES DÉPARTEMENTALES DE LA VENDÉE. 14, rue Haxo, 85001 – La Roche-sur-Yon
BOURRE, Jean-Paul: Les chouans et la guerre sainte;  París, Dualpha, 1999.
CRÉTINEAU-JOLY, Jacques (1803-1875): Les sept généraux vendéens; Cholet, Éd. Pays et terroirs, 2007.
CHAMARD, Michel: Les guerres de Vendée; París, First Éditions, 2017.
CHASSIN, Charles-Louis: La Vendée patriote (1793-1800)0; 4 vols. París, 1893-1895; también:  Études documentaires sur la Révolution française. Les pacifications de l’Ouest (1794-1800); 3 vols., París, 1896-1899. 
CHIAPPE, Jean-François: La Vendée en armes; Perrin, 1982.
GABORY, Émile (1872-1954): Histoire des guerres de Vendée; París, Perrin, 2015.
KLÉBER, Jean-Baptiste (1753-1800): Mémoires politiques ert militaires; Vendée, 1793/94 [introd., bibliogr., cronología y notas de Roger NOUGARET]; Tallandier, 1989.
LA ROCHEJAQUELEIN, Marie-Louis-Victorienne de Donnissan, marquesa de Lescure y luego marquesa de –-: Mémoires, París, 1815.
MARTIN, Jean-Clément: La Vendée et la France; París, Seuil, 1987.
MICHELET, Jules: Histoire de la Révolution française; libro VIII, cap. 2, X-5, XI-5 y 6, XVI-1 y 2.

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