Guerra Mundial, Primera – (1914-1918)

          Primera Guerra Mundial – (1914-1918). La causa inmediata que iba a desencadenar el gran conflicto fue el asesinato del archiduque heredero de Austria-Hungría, Franz-Ferdinand, aquel 28 de junio de 1914, a manos de
Gavrilo Princip, un estudiante nacionalista serbio. Ocurrió en Sarajevo, capital de la Bosnia-Herzegovina que Austria-Hungría había anexionado en 1908; y oficiales serbios parecían comprometidos en la preparación del atentado.

Pero la Primera Guerra Mundial tuvo causas más remotas: era el término y culminación de las rivalidades imperialistas que venían desgarrando Europa desde hacia medio siglo. Por lo que las responsabilidades en el estallido de la tragedia aparecen muy repartidas.

Cinco potencias dominaban el Viejo Continente en aquellos años: Gran Bretaña, Alemania, Francia, Austria-Hungría y Rusia, desempeñando el resto de los países un papel secundario. Sin mencionar a Suiza, celosa siempre de su independencia, aparecían las monarquías liberales escandinavas (poco pobladas), Bélgica y Holanda (bien situadas y con ricas colonias) y las penínsulas mediterráneas, con sus tradicionales dificultades de sociedades rurales pobres, con España y, sobre todo, Italia intentando acceder penosamente a la sociedad industrial y participar en la política y la diplomacia europea del momento.

Y sus respectivos regímenes políticos dividen entonces a las potencias en democrático-liberales al Oeste de Europa, y autoritarias en el Centro y el Este.

          Austria-Hungría, se veía presa, entonces, de sus graves problemas con las minorías nacionales, cuyo despertar, desde 1848, amenazaba con provocar el fraccionamiento del imperio de los Habsburgo. Así, si bien el anciano Francisco-José se inclinaba a la prudencia, su gobierno y el estado mayor trataron, desde el primer momento, de aprovechar el atentado de Sarajevo para liquidar a Serbia, convertida en foco activo de la agitación eslava en los Balcanes.

Pero las expectativas de Austria-Hungría respecto a que aquella guerra quedara localizada, resultaron deshechas por la actitud que Rusia vino a adoptar desde el principio de la crisis: No obedecía únicamente a su tradicional misión de protectora de las minorías eslavas. Amenazado por la revolución y habiendo perdido mucho de su prestigio con las derrotas sufridas en la guerra ruso-japonesa de 1904/05, el imperio de los zares se inclinaba hacia la guerra, a fin de encontrar una diversión a sus problemas interiores y, en nombre de la defensa nacional, poder yugular los elementos revolucionarios. Rechazada en Extremo Oriente, Rusia no había renunciado a su viejo sueño de instalarse mar Negro abajo, hasta los Estrechos, y una guerra balcánica podía darle la ocasión de realizarlo.

Alemania fue arrastrada al conflicto por su alianza con Austria, pero ella misma cargaba con una pesada responsabilidad. Este imperio, militar y económico a la vez, donde el pangermanismo beneficiaba de apoyos oficiales en el ejército y en el enseñanza, estaba entonces gobernado por Guillermo II quien, desde su llegada al poder, deseoso de hacer su propia política, se había apartado de la pauta prudente de Bismarck y había multiplicado declaraciones y manifestaciones provocadoras (Tánger, 1905; Agadir, 1911). Y, desde principios de siglo, se había lanzado en una carrera armamentística, tanto terrestre como naval.

El poderío de su flota y, sobre todo, la expansión de su industria y de su comercio vinieron a convertirse para Inglaterra en temible amenaza. Por lo que, a partir de 1904, el Reino Unido y Francia habían suscrito la “Entente Cordiale”, ampliada luego en “Triple Entente” (1907) con la entrada de Rusia, lo que le dio a Alemania, a su vez, el sentimiento de verse rodeada y le inspiró la tentación de utilizar su superioridad militar para romper lo que en Berlín se percibía como un cerco. El debilitamiento de la Rusia zarista y la inestabilidad, por entonces, del régimen parlamentario en Francia, incitaban igualmente a Guillermo II a buscar sin más tardanza la decisión por las armas.

          Tampoco Francia era inocente del inicio de aquella guerra europea, luego convertida en mundial: Desde 1871, la derrota ante Prusia y la pérdida de Alsacia-Lorena habían suscitado en la sociedad un sentimiento de revancha, atormentando hasta la obsesión a una parte de la opinión francesa. Y habia provocado periódicas crisis de patrioterismo chauvin, manifestadas particularmente en los episodios del boulangismo y de l’affaire Dreyfus. A partir de 1900, el nacionalismo, que poseía sus teóricos y sus poetas, Charles Maurras, Maurice Barrès, Charles Péguy, había encontrado una audiencia que iba en aumento en los medios intelectuales, reflejado también en esas capas intermedias de transición que conforman el tejido social. Ernest Psichari, oficial y escritor, nieto de Ernest Renan, amigo de Péguy y recientemente convertido al catolicismo, se mostraba hostil al humanitarismo pacifista en su “Appel aux armes”, de 1913; fue antes de que él mismo cayera en los primeros combates de la gran refriega, él que había pospuesto su ingreso en la orden de los dominicos para mejor momento.

Y, a pesar de la oposición de la izquierda, habian obtenido esos sectores en este año de 1913, una ley que instituía el servicio militar de tres años, que el nuevo presidente de la República Poincaré quiso impulsar.

Sin embargo, la mayoría de la opinión francesa parecía hostil a la guerra, y las elecciones legislativas de abril/mayo de 1914, que habían dado la victoria a una mayoría radical y socialista, quiso ser interpretada como una condena tanto de aquella ley como de la carrera de armamentos.

Pero la corriente pacifista no se mostraba muy segura de sus posibilidades, aun cuando socialistas y sindicalistas agitaban la amenaza de una huelga general para defender la causa de la paz, en caso de conflicto; y en la Capital y en el resto del país se desarrollaron manifestaciones –dirigidas unas a distancia, y otras relativamente espontáneas-.

          Pero Raymond Poincaré, natural de Lorena y partidario resuelto de la “revancha”, consigue maniobrar con la mayoría parlamentaria y llama a la presidencia del Consejo a René Viviani (conocido por su ruidoso anticlericalismo, pero favorable, también él, a la ley militar de tres años).

Tranquilizado ahora por el lado parlamentario, Poincaré va a volcarse en reforzar las alianzas de Francia, en previsión de esa guerra que parecía ya amenazar en el horizonte. Y dos semanas después del atentado de Sarajevo, embarcaba con Viviani para un viaje por Rusia, del 16 al 30 de julio de este 1914 (después de una primera visita que había efectuado en 1912, como presidente del Consejo y ministro de Negocios Extranjeros). Su papel, en estas jornadas decisivas de la grave crisis europea, será luego objeto de controversias, y no le hará llegar a Rusia el lenguaje de prudencia que hubiese podido evitar aún un conflicto generalizado, sino, por el contrario, garantias formales y consejos de firmeza que van a llevar a ese país a la movilización, con la certeza de que Francia seguiría.

          Con ocasión de la misión del diplomático conde Alexander von Hoyos a Berlín (5-6 de julio de 1914), Alemania concedió una especie de cheque en blanco al Imperio de la doble corona, dando su acuerdo a lo que Viena acabase decidiendo. Y, tanto el canciller Bethmann-Hollweg (poco partidario, él mismo, de la guerra, pero de débil carácter e incapaz de entrar en conflicto con el estado mayor ni de oponerse al Káiser) como el ministro de Asuntos Exteriores Jagow, hicieron de manera que Viena no tomara muy en serio la oferta de mediación que llegó de Londres.

Cuatro semanas después del atentado y cuando la inicial carga emocional entre la población había decaído mucho, se producía el ultimátum austro-húngaro a Serbia de 23 de julio de 1914, cuyo contenido era perfectamente conocido por Guillermo II, a pesar de lo que, con posterioridad, se haya pretendido en Alemania.

          Rusia va a responder, desde el principio, con un compromiso inequívoco de apoyo a la pequeña nación eslava.

Y cuando, días después, Austria-Hungría, declaraba la guerra a Serbia, aquel 28 de julio, el Zar decretaba inmediatamente la movilización general (30 de julio).

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          En Francia, cuando más encrespados estaban los ánimos y en el punto álgido de la crisis, sucedió la tragedia, que llegó en forma de un tiro de revolver; fue en la tarde-noche del 31 de julio: un tal Raoul Villain, personaje de 29 años de edad, entre la exaltación y el desequilibrio mental, y de no muchas luces, fortalecido en el nacionalismo, acababa con los 54 años de brillante vida activa del tribuno socialista Jean Jaurès; fue en el Café du Croissant, no lejos de su periódico, boulevard Montmartre, de donde acababa de salir para cenar con unos amigos de redacción. Durante el día, se había expresado elocuentemente contra el inminente peligro de una conflagración general y, poco antes, había hecho las últimas gestiones en el ministerio de Asuntos Exteriores, para que intentaran retener al aliado ruso.

Asesinato que inquietó por un momento al gobierno temiendo manifestaciones obreras; pero que vino a sembrar también el desconcierto en los dirigentes sindicales y en los militantes. Y la C.G.T. renuncia ya a toda resistencia. Moderación, a su vez, que lleva al ministro del Interior Louis Malvy a la decisión de no aplicar el “carnet B” esto es, la detención inmeditada de los cabecillas sindicales y socialistas en caso de movilización.

El 4 de agosto tendrán lugar sus funerales.

El asesinato de Jean Jaurès venía a simbolizar la derrota de las fuerzas de la paz; y eran ya tan fuertes las pasiones nacionales, pero también tan hondo el sentimiento patriótico, que los socialistas, tanto en Francia como en Alemania, decidieron votar los créditos de guerra.

La realidad nacional(ista), venía a imponerse a todos, con su irrisoria y trágica tozudez.

Y en Francia, los socialistas Guesde, Édouard Vaillant, Marcel Sembat…, entraron inmediatamente en aquel gobierno que quiso reunir a todos bajo la etiqueta de “union sacré” para conducir la guerra, como ministros de Estado o  ministros.

          Entre el estupor, primero, del ciudadano común en toda Europa, y luego con resignación, era el fracaso de la II Internacional Socialista, impotente para imponer la paz. Y en toda Europa, la opinión de izquierdas va a evolucionar de manera idéntica. Enseguida vendrá la determinación en pos de la victoria y de los intereses nacionales respectivos, en uno y otro bando.

Y era el final, también, de lo que luego se llamará Belle Époque.

          Alemania declaraba la guerra a Rusia el 1 de agosto, y el 3, en forma de ultimátum, a Francia, donde ya Viviani había decretado la movilización general dos días antes.

El día 4 de agosto, las tropas alemanas, en flagrante violación de la neutralidad de Bélgica invadían el territorio de este país, lo que decidía a Inglaterra a implicarse, a su vez, en el conflicto.

Y Japón, aliado de Inglaterra, declaraba la guerra a Alemania el 23 de agosto.

Finalmente, el 29 de agosto, Turquía entraba en la contienda al lado de los imperios centrales.

 

          En los diferentes países van a ser tomadas disposiciones inmediatamente, encaminadas a la mejor gestión política y social del estado de guerra. Las monarquías autoritarias (Rusia, Austria-Hungría, Alemania) se adaptan mejor a la concentración de poderes, pero también en las democracias el poder ejecutivo va a reforzarse.

En Francia, la Cámara de Diputados votaba ya en agosto de este 1914 medidas excepcionales como el estado de sitio, antes de separarse. Pero en diciembre el mismo parlamento exigía votar el presupuesto y controlar la acción gubenamental. Medidas, no obstante, que no traspasan el secreto militar impuesto con ocasión de los debates.

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          Dos bloques se vieron así enfrentados: los Aliados de la originaria Triple Entente (Francia, Inglaterra, Rusia, con Serbia, Montenegro, Bélgica y Japón), contra las Potencias centrales de la Triple Alliance menos Italia (Alemania, Austria-Hungria e Imperio otomano). Para ambos bandos, la guerra que ahora comenzaba iba a ser corta. Y, aun cuando, desde el principio hasta el final del conflicto, todas las batallas decisivas tendrán lugar en suelo europeo, la guerra podrá considerarse “mundial” casi de inmediato, pues también iba a desarrollarse en las colonias alemanas -que fueron rápidamente ocupadas, la mayoría, por los Aliados-, y por mar, donde los cruceros y luego los submarinos alemanes persiguieron destruir el comercio aliado.

          Alemania, que debía combatir en dos frentes, intentó obtener una victoria rápida al Oeste, poniendo en práctica el famoso plan del mariscal Alfred Schlieffen y, tras ocupar casi toda Bélgica, en un movimiento giratorio y a marchas forzadas, el grueso de sus fuerzas se disponía a marchar sobre París por el N. de Francia. Y era el caso que el plan de ataque de Joffre en Lorena se había sustentado en la neutralidad de Bélgica, lugar, precisamente, donde Alemania situaba el centro de su avance.

Los ejércitos de franceses e ingleses enviados para oponerse, mal coordinados, no pueden contenerlas y van a retroceder, precedidos y seguidos por una barahunda de civiles, que dejan sus lugares alarmados por el avance alemán. Y la trouée o brecha de Mons-Charleroi (21-24 de agosto) dejaba expedito el valle del río Oise.

“Bataille des frontières” que venía a poner en evidencia errores del mando francés y, en particular, del generalísimo mariscal Joffre -62 años tenía entonces-,  que había subestimado la importancia de las fuerzas que los alemanes pondrían en este sector.

          Tras los primeros reveses militares, el general Joseph Gallieni, gobernador militar, comienza a organizar la defensa de París, con las vanguardias alemanas, el 2 de septiembre, ya en Senlis y Meaux (40 km por el N. y el NE, respectivamente); tres días antes, el 30 de agosto, París había conocido el primer bombardeo por aire de su historia, con medio millón de los habitantes de su propia población ya por los caminos de Francia. El fantasma de una nueva derrota ante los “prusianos”, como en 1870, y de una nueva Comuna estaba ya en el ambiente.

El 3 de septiembre, el gobierno de Francia salía para a Burdeos y Viviani se apresuraba a efectuar un cambio ministerial de más amplio espectro, dando entrada en el mismo gabinete de “Union sacrée” a Théophile Delcassé como ministro de Exteriores, Aristide Briand en Justicia, Gaston Doumergue para las Colonias, Alexandre Millerand en la cartera de la Guerra…

Primera Guerra Mundial - Exhortación a contribuir patrióticamente en el esfuerzo de guerra: Entrega tu oro

Exhortación a contribuir patrióticamente en el esfuerzo de guerra: Entrega tu oro.
(El coq gaulois uno de los símbolos de Francia, se dispone a dar un picotazo al malvado alemán)

          Pero, seguros ya de la victoria y de que la ocupación de París no se haría esperar, los alemanes van a cometer un error fatal, desgajando dos divisiones que serán enviadas al frente ruso. Con menos fuerzas ahora, Alexander von Kluck no se atreve a alargar sus líneas intentando rodear París por el Oeste, y se dirige directamente hacia Meaux, presentando así su flanco derecho a descubierto. Los franceses lo van a aprovechar, con felices resultados.

Tras una acertada estrategia de desatasco de la región parisiense, en operaciones concertadas entre Gallieni, Joffre y Foch, lanzadas a partir del 6 de septiembre contra las fuerzas de Moltke y von Kluck, Joffre conseguía detener al enemigo en la batalla del Marne, con lo que la capital francesa pudo ser salvada, al precio de enormes pérdidas por ambos bandos.

De aquella batalla con los alemanes retrocediendo hacia el río Aisne, las crónicas han retenido también los famosos taxis de la Marne, intervenidos por Gallieni para paliar la falta de trenes en esa dirección: más de 600 taxis de la Capital fueron reunidos en la esplanada de los Inválidos, a fin de transportar a 3.000 soldados a cien kilómetros en dirección al frente

          Y la sustitución de Moltke, a partir del 11 de septiembre de 1914, por el general von Falkenhayn venía a sancionar el fracaso del “plan Schlieffen”

          Los alemanes orientan entonces su esfuerzo sobre el sector NO. del frente y desencadenan la “course à la mer”, la carrera hacia el mar, con el fin de apoderarse de los puertos franceses del mar del Norte y del Canal de la Mancha en una serie de combates encarnizados (batailles des Flandres), sobre terrenos voluntariamente inundados por los belgas. También ahí, la ofensiva alemana será detenida por los aliados de l’Entente (batalla de Ypres, Bélgica, y del Yser, entre octubre y noviembre de 1914).

          El presidente de la República Poincaré convertido en campeón de la “unión sacrée”, se ha puesto ya en campaña, recorriendo el frente; pero su rígido carácter y su escasa seducción personal, provocarán en el soldado un efecto contrario al buscado.

          En el frente occidental la guerra comenzaba a atollarse, y así iba a ser para los tres años siguientes sobre una línea trazada, a lo largo de 750/800 km. aproximadamente, desde Nieuport en la costa belga, pasando por Ypres, Arras, Soissons, Reims y Verdun, hasta la frontera suiza; a la guerra de movimientos sucede ahora la guerra de trincheras -en condiciones de higiene deplorables, abastecimiento incierto y el barro que lo invade todo-, terriblemente agotadora y dura para los combatientes, que sus jefes lanzaban a veces al asalto para conquistar simplemente una colina o ganar unos centenares de metros (batalla de Ypres, abril-mayo de 1915; de Champaña, septiembre de 1915; y será el caso de Verdun, febr.-dic. de 1916; del río Somme, junio-nov. de 1916; del Aisne y de Champaña, abril-mayo de 1917).

Primera Guerra Mundial - El frente occidental en 1914

El frente occidental en 1914

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          En el frente oriental, por el contrario, la guerra conservó su carácter de movimientos (con los generales Hindenburg y Ludendorf). El ejército ruso vino a sufrir considerables pérdidas, y Serbia, atacada por todas partes, se hundía ya en octubre de 1915. Al menos, los Aliados conseguían mantener en los Balcanes la cabeza de puente de Salónica.

Y, habiéndose mantenido hasta entonces en una posición de neutralidad vigilante (al no haber visto reconocidas sus iniciales exigencias al gobierno de Viena), Italia había entrado, finalmente, en la guerra en mayo de 1915, pero no con los austro-húngaros –como el tratado de la Triple Alianza lo hubiera hecho prever-, sino contra ellos -gracias a las hábiles gestiones del ministro francés Delcassé-, abriendo así un nuevo frente en la región del Isonzo, en los Alpes de Carintia y en el Tirol,  donde tampoco nada definitivo ni sustancial podrá retirarse.

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            A finales de 1915 parecía imposible romper el  cerco de posiciones constituido después de la primera batalla del Marne (septiembre de 1914), y los estados mayores empezaban a instalarse en la guerra de desgaste.

Pero el alto mando alemán comprendía ya que el tiempo jugaba en contra de sus intereses, pues los occidentales disponían de recursos venidos del mundo entero, cuando los Imperios Centrales comenzaban a sufrir la falta de materias primas y de abastecimiento en víveres. Esa fue la razón por la que el sucesor de Moltke, Erich von  Falkenhayn, decidido a “saigner à blanc” hasta dejar exangüe al ejército francés, propone la idea de desencadenar una violenta ofensiva contra algún punto que los franceses consideren estratéticamente vital, procediendo por ataques sucesivos y limitados, y con un considerable apoyo de artillería (piezas de grueso calibre, 380/420 mm (la Grosse Bertha, “Dicke Bertha”), o morteros y lanzatorpedos de efectos destructores), de manera a infligir al enemigo las mayores pérdidas; y elige Verdun en Lorraine (Lorena), cuyo frente presentaba una cuña mal unida a la retaguardia y difícil de abastecer, convencido de que los franceses harían todo lo posible por conservar esa bisagra de su sistema defensivo

Se trataba -después de la guerra de 1870/71-, de un vasto campo atrincherado y defendido por ese bastión natural que constituían los altos del río Mosa (Hauts de Meuse); convertido en el eje de la defensa del NE de Francia, a 235 km de París, un moderno sistema de fuertes se había desarrollado allí, unidos bajo tierra a la ciudadela por carriles y trenecillos. Defendida por el III ejército de Sarrail, la plaza había servido ya de punto de apoyo para la maniobra que iba a permitir la victoria del Marne.

Los alemanes tenían, contrariamente a los franceses, la ventaja de contar con una red de comunicaciones férreas de acceso, además de poder acercarse sin ser vistos, resguardados por la masa forestal de la zona.

            Volcado en la preparación de la ofensiva masiva en el Somme, en torno a Amiens (de la que los alemanes comenzaban a tener conocimiento por sus espías), el estado mayor francés desdeñó inicialmente aquellas informaciones que hablaban de un ataque próximo sobre Verdun. Pero ya Fankenhayn venía ocupándose en secreto de excavar túneles cercanos a las trincheras francesas, y de aumentar hasta ocho divisiones el número de efectivos en la zona, que colocó bajo el mando directo del kronprinz.

Y esta larga batalla –una de las más terribles que se conocen, tanto por el número de muertos, como por el sufrimiento de los combatientes-, a partir del lunes 21 de febrero de 1916, que durará hasta diciembre, marcaba la verdadera irrupción de la guerra moderna de material, que busca no sólo derrotar al enemigo, sino su aniquilamiento.

Pero la tranquila energía de Philippe Pétain, cte. del II ejército, general al que se encargó el 26 que viniera a asumir la dirección de la batalla, vino a electrizar enseguida las energías de los combatientes y a realzar su moral declinante. Y el 10 de abril lanzaba aquel famoso bando que concluía con la exclamación de On les aura! (¡Acabaremos con ellos!)

          Fue por esta época cuando empezaron a surgir nuevas armas de destrucción: los lanzallamas, el gas asfixiante -utilizado por los alemanes en Ypres por primera vez (abril de 1915), y que también utilizarán luego los franceses-, los dirigibles o zeppelines (del nombre del inventor), los aviones, reducidos, inicialmente, a la observación, que vinieron a bombardear, durante el año 1915, París y el Sur de Inglaterra, y los carros de combate (tanks) puestos en formación por primera vez por los ingleses en la batalla del Somme, en septiembre de 1916, cuya real eficacia será discutida aún por los estados mayores durante un tiempo.

          Cuando, a partir del 1 de julio de 1916 comenzaba en el región del Somme la importante ofensiva franco-británica, aquello fue un gran respiro para Verdun. Porque el último gran ataque alemán aquí tendrá lugar los días 11/12 de julio en las inmediaciones del fuerte de Souville, para pasar la iniciativa a los franceses, a partir de ese momento.

“El infierno de Verdun” le habrá costado a Francia 250.000 muertos, desaparecidos y prisioneros, y 350.000 heridos (otras fuente hablan “”únicamente” de 379.000 hombres entre muertos, heridos y desaparecidos). Y cifras sensiblemente parecidas para Alemania.

El novelista Roland Dorgelès, entre otros, con “Les Croix de bois” (1919), ha dejado testimonio, simple y emocionado, de hasta qué punto la batalla de Verdun marcó con indeleble huella la mente y el alma de aquella generación de franceses.

          A pesar de las tres ofensivas del general Alexeï Broussilov entre junio y diciembre, la dislocación del ejército ruso se venía consumando, paulatinamente, a lo largo del año 1916. Y Rumanía, que se había colocado del lado de las democracias en agosto de ese año, no pudo evitar tampoco verse sumergida en el espacio de unos meses.

          La amplitud de pérdidas humanas y la ausencia de resultados decisivos llevarán finalmente a los Imperios centrales, en diciembre de 1916, a mostrar su disposición negociadora, mientras el presidente de los Estados Unidos de América, Th. Woodrow Wilson, proponía a los beligerantes una “paz sin victoria” (enero de 1917). Pero aquellas ofertas venidas del Este fueron rechazadas por los Aliados que sólo vieron en ello señales de debilidad del adversario.

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          A finales de 1916, el parlamento francés había impuesto una reorganización, a fin de colocar al Estado mayor bajo el estrecho control del poder civil, quedando bien establecido, en adelante, que el jefe del gobierno era también jefe de los ejércitos, secundado por el jefe del
Estado mayor. Y, no obstante, bajo la presión de los acontecimientos, la figura e influencia de Joffre pareció adquirir aún mayor relieve: él impuso su punto de vista en la expedición de los Dardanelos. Pero en diciembre de este año de 1916, un comité ministerial de guerra pretende elaborar la estrategia francesa, con Joffre reducido ahora al rango de simple consejero técnico. Su dimisión no tardó en llegar.

Con el nombramiento de Pétain como comandante en jefe y de Foch como jefe de Estado mayor, el poder civil recobraba autoridad sobre los militares. Y la vida en el frente pasó a depender estrechamente del parlamento.

          1917 iba a ser, sin embargo, para el bando de l’Entente, un año de difícil transición y la moral del combatiente daba señales inquietantes de agotamiento; los desastres militares, por otra parte, la desorganización económica y el hambre, terminaron provocando la caída del zarismo en marzo de 1917. Kerenski se mostraba, sin embargo, decidido a proseguir la lucha, pero fue derrocado por los bolcheviques en noviembre siguiente, y el gobierno de los Soviets firmaba con Alemania, la paz de Brest-Litovsk en febrero de 1918, que aseguraba a las Potencias centrales los recursos de Ukrania.

          En Francia, la masiva ofensiva franco-británica bajo el general Nivelle en el Chemin-des-Dames (dep. del Aisne, a 120 km al NE de París), a partir del 16 de abril, que pretendía contar con el efecto sorpresa, provocó innumerables motines e insubordinaciones entre finales de mayo y principios de junio de 1917, negándose los soldados a subir al frente. Porque sentían la inutilidad del enorme sacrificio que se les estaba exigiendo, mientras en la retaguardia vivían cómodamente embusqués y profiteurs de guerre, cada vez más ricos. Los jefes creyeron al principio que se trataba de la acción de agitadores y optaron por la represión: hubo arrestos, consejos de guerra, varios centenares de condenas a muerte y algunas decenas de ejecuciones. Pero la tranquilidad sólo volvió al ejercito bajo la autoridad de Pétain, que mejoró la vida material del combatiente, relajó la disciplina e implantó permisos regulares.

Paralelamente, ello, a limitadas y puntuales acciones de minorías pacifistas en las ciudades, cuando ya la Union sacrée venía a romperse en septiembre de 1917, al negarse los socialistas a avalar eventuales anexiones

          Y el mismo cuadro general de profundo descontento, de graves dificultades materiales. de huelgas e incidentes esporádicos incluso, sería aplicable a los centros industriales de Gran Bretaña, Italia, Austria-Hungría, Alemania, con estados de sitio aquí y allá.

          El frente italiano se hundía en Caporeto (valle del Isonzo, hoy en Eslovenia), entre julio y octubre de 1917 y, entre deserciones y actos de indisciplina, hubo de retroceder hacia el Piave (zona de Venecia), donde ese frente consiguió estabilizarse.

Intervención americana y victoria final aliada

          Por intentar cortar las fuentes de abastecimiento de los aliados occidentales, Alemania había desencadenado, a partir de febrero de 1917, la guerra submarina total contra cualquier tráfico comercial con Francia e Inglaterra, de cuyos ataques sin preaviso tampoco se libraban los países neutrales. Decisión aquella que tuvo por resultado la rápida degradación de las relaciones germano-americanas. Y el 6 de abril de 1917, rompiendo la resistencia aislacionista de los influyentes sectores de origen alemán, los EE.UU. declaraban la guerra a Alemania y un cuerpo expedicionario americano era enviado a tierras de Francia, bajo el mando del general Pershing.

La implicación en el conflicto de los Estados Unidos, seguida por diversos países iberoamericanos, tuvo un gran efecto emocional sobre el bando aliado -compensando así el choque moral provocado por la defección de Rusia-. Y ahora tenían la clara percepción de que el mundo entero compartia su causa en una “guerre du droit”. Si bien aquella guerra submarina  desarrollada por los alemanes tuvo muy importantes efectos sobre el comercio aliado, no llegó, sin embargo, a compensar la inferioridad de potencial que ya venían arrastrando los Imperios centrales.

Y Austria-Hungría daba señales de un próximo colapso.

          El año 1918 se abrió con la declaración de los Catorce puntos que a Wilson le parecían indispensables para el mantenimiento de la paz en el futuro: derecho de los pueblos a disponer de sí mismos, limitación de armamentos, libertad de los mares, creación de una sociedad de Naciones…

          Si bien Alemania se hallaba, desde 1916, bajo la dictadura del alto mando militar a cuya cabeza estaban Hindenburg y su adjunto Ludendorff, las maniobras derrotistas fueron allí yuguladas con menos vigor que en Francia, donde Clemenceau había llegado a la presidencia del Consejo en 1917.

Porque no iba a ser Poincaré el definitivo conductor popular de la defensa nacional, sino su viejo rival a quien el Presidente de la República deberá resignarse a dejar ese cometido (noviembre de 1917). Y, relegado al Elíseo por un Clemenceau que mostraba la intención de gobernar a su manera, Poincaré tuvo el buen sentido de no enzarzarse en querellas de preeminencia, en aquellas horas negras para la patria.

          Liberados al Este, los alemanes decidieron ahora acabar la guerra a su favor con fuerzas considerables en el frente occidental y, el 21 de marzo de 1918, lanzaban aquella gran ofensiva: de nuevo en el Chemin-des-Dames; las tropas del heredero Guillermo de Hohenzollern, el Kronprinz comandante del V ejército alemán, con Ludendorf, lograban alcanzar rápidamente Soissons y luego Château-Thierry a orillas del Marne, y las cercanías de Compiègne en julio de 1918.

París fue bombardeado de nuevo con artillería pesada. Pero las democracias, que habían unificado el mando en abril, bajo la dirección de Foch, beneficiaban ahora de una enorme superioridad numérica: frente a 181 divisiones alemanas, se encontraban 211 divisiones aliadas, de las cuales 104 eran francesas.

La segunda batalla del Marne iniciada en el verano de 1918, iba a llevar, en cuatro meses y a través de una serie de golpes enérgicos, a la reconquista de toda la Francia del Norte y al hundimiento definitivo de Alemania.

Louis Jaurès se había adelantado en 1915, con diecisiete años entonces, a su llamada a filas, para alistarse voluntariamente en el 7º reg. de dragones:  “Cuando se tiene el honor de ser el hijo de Jean Jaurès, uno tiene que dar ejemplo; el internacionalismo filosófico no es incompatible con la defensa de la patria, cuando su supervivencia está en juego”. Iba a morir en junio de 1918, durante la ofensiva de Ludendorff en la segunda batalla del Marne, como tantos otros centenares de miles de aquellos bravos “poilus”.

          Y en todos los demás frentes (África del Norte, Macedonia, Italia…), los Aliados habían pasado también a la ofensiva.

          Poincaré parecía haberle cedido al “Tigre” el honor de llevar al país hasta la victoria, aun manifestando su impaciencia, en ocasiones, por desempeñar un papel personal, como en aquella carta de octubre de 1918, hecha pública, donde ponía en guardia contra un armisticio que él consideraba prematuro, si bien, ante la amenaza de dimisión por parte de Clemenceau, hubo de desdecirse.

          A partir de los primeros días de noviembre de 1918, la revolución estallaba en la armada alemana de Kiel, y en las grandes ciudades. Guillermo II nombraba [efímero] canciller a Maximilien de Bade (oct.-nov. 1918) y, el 9 de noviembre, se resignaba a abdicar. En contacto con Wilson, Max de Bade solicitó el armisticio, que fue firmado en el vagón de Foch estacionado en Rhetondes el 11 de noviembre de este 1918. De lo cual se acordará Hitler.

          También se enfrentará Poincaré a Clemenceau, con ocasión de las negociaciones de paz, al reclamar la ocupación definitiva de la orilla izquierda del Rin, a lo que Francia hubo de renunciar por no separarse de sus Aliados.

                Independientemente de lo que unos u otros sectores pudieran considerar, en adelante, respecto a cómo administrar la victoria y el trato que debería darse a Alemania, los resultados de la larga guerra fueron percibidos en Francia como una verdadera catástrofe, tanto en el plano económico y material, como, particularmente, en el ámbito humano y social.

Los combates generales habían costado la vida a 10 millones de hombres, de los cuales 1,5 m. en Francia, sin contar las víctimas de epidemias agravadas por la malnutrición (una quinta parte de los hombres de entre 20 y 40 años habían desaparecido, tanto en Francia como en Alemania). Cifras espantosas a las que debían añadirse los mutilados y enfermos irreversibles de toda especie, que ya no podrían incorporarse a ninguna actividad.

Para sustituir a los hombres partidos al frente, la mano de obra femenina fue necesaria en numerosos sectores de la producción industrial de guerra; pero fue, sobre todo, la población campesina la que más sufrió, carne de cañón (¡nunca mejor dicho!) y base de la infantería de aquellos ejércitos de entonces. Y algunas regiones de Francia no podrán ya  recuperarse.

          Si bien no fueron menos considerables las destrucciones materiales por toda la Europa continental, Francia deberá reconstruir cerca de 300.000 hogares, 60.000 km de carreteras, recuperar el estado de explotación de las minas del Norte, inundadas por el invasor y 3 millones de hectáreas inutilizadas para el cultivo. Ello, frente a las estructuras y el potencial económico alemán, que habían pemanecido intactos.

Ni lo fue la gigantesca carga financiera a la que el país hubo de comenzar a hacer frente a partir de noviembre de 1918. Porque, ante una Europa endeudada y empobrecida, las economías de EE.UU., Japón, Iberoamérica y algún país neutral de este lado del Atlántico como España, salieron favorecidas en lo inmediato, con sus exportaciones a los contendientes.

Europa perdía ya su preeminencia económica.

L’Allemagne paiera!”-clamaban ya amplio sectores de la opinión pública en Francia-.

                                                                       *

          Después del armisticio llegó la Conferencia de la Paz que, con la participación de 32 Estados, se abría en París en enero de 1919. Los países vencidos no participaban, habiendo quedado previsto que serían convocados al final de los debates, para firmar lo allí decidido.

En la Conferencia, los vencedores impusieron, pues, sus decisiones, pero se vio enseguida que no resultaría fácil aplicar los principios moralizadores e idealistas del presidente Wilson a la complejidad de la realidad europea:

El tratado de Versalles, de 28 de junio de 1919, con la retrocesión a Francia de Alsacia-Lorena, zanjó la paz con Alemania; y otros tratados vinieron a dislocar tanto Austria-Hungría como el Imperio otomano (Saint-Germain-en-Laye con Austria, de 10 de septiembre de 1919; Trianon, con Hungría, de 4 de junio de 1920), para reconstruir, sobre uno de aquellos principios wilsonianos, la Europa central y balcánica (el de Neuilly, de 27 de noviembre de 1919, sancionaba la derrota búlgara; y el de Sèvres, de 11 de abril de 1920 reflejaba la derrota turca –tratado éste de Sèvres “corregido” luego por el de Lausana de 1923-).

Si bien la creación de un “Pacto de la Sociedad de Naciones” (junio de 1919, que será incorporado como preámbulo al Tratado de Versalles), levantó por todo el mundo una ola de esperanzas, los nuevos problemas que suscitaban los tratados, la marginación de la nueva Unión Soviética, la vuelta de los Estados Unidos de América al aislacionismo, por no hablar de las discrepancia entre vencedores, se revelaron enseguida como otros tantos obstáculos en el camino de una paz duradera, para terminar, en los años 20-30, en la política de hechos consumados, ante la aquiescencia o impotencia de la flamante SDN.

 

Post-Scriptum: Aplazado hasta el final de la guerra, el proceso que se siguió contra Villain, el asesino de Jaurès, entre el 24 y el 29 de marzo de 1919, acabó en absolución. Y, desde su prisión parisiense de la Santé y luego en Fresnes, volvía a ver la luz del sol, libre ahora, una bonita mañana de primavera, cuando tantos centenares de miles de franceses habían perecido o salido irrecuperablemente enfermos o mutilados en aquella horrible confrontación.

Pero Villain, que irá luego a instalarse a España, encontrará la muerte en una cala ibicenca, muerto a tiros por republicanos, en septiembre de 1936.

 

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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DALBIN, Stéphanie: Visions croisées franco-allemandes de la Première Guerre Mondiale: étude de deux quotidiens: la Metzer Zeitung et l’Est Républicain; Berna, Peter Lang, cop. 2007.
DUFRESNE, Claude; Ce jour-là, la victoire; Perrin, 1988.
DUPIN, Gustave: M. Poincaré et la guerre de 1914; études sur les responsabilités; reed., 2014. 
FISCHER, Fritz: Griff nach der Weltmacht; 1962.
GALLO, Max: 1914: Le destin du monde; Le Grand livre du moi, 2013; tambien: 1918: La terrible victoire; Ed. France-Loisirs, 2014. 
GIRARDET, Jean: Le Nationalisme français; Seuil, 1983.
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VIART, Jean-Paul: La Première Guerre Mondiale, pour comprendre et ne pas oublier; Larousse, 2015.

En español:

ÁLAMO, Pedro Francisco del –: La mala paz, fin de la Primera Guera Mundial, inicio de la Segunda; 2018.
BOSCH, Josep: La Gran Guerra, del armisticio a Versalles: Europa, 1918-1919 (apenas 40 págs., sobre todo fotos) Fundación Ramón Areces; 2019.
GERWARTH, Robert: Los vencidos: por qué la Primera Guerra Mundial no concluyó del todo (1917-1923); Barcelona, Galaxia Gutenberg, 2018.
MONTOTO MANENT, Jofre: Historia militar de los grandes conflictos armados: la Primera Guerra Mundial (1914-1918); Toro, Zamora, Sotecza, 2019.
SANZ DÍAZ, Carlos: La Gran Guerra:  La Primera Guerra Mundial sacude el viejo mundo; Barcelona, EMSE, EDAP, Editorial Salvat, 2019.

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