Dos de Mayo de 1808 (levantamiento de los madrileños contra los franceses)

          Dos de Mayo de 1808 – Siendo Champagny ministro de AA.EE. en Francia y ejerciendo en Madrid de embajador François de Beauharnais, los franceses habían entrado en España el 17 de octubre de 1807 y comenzaban a cruzar el país camino de Portugal (a cuya corte pretendía engañar Napoléon), con la intención de apoderarse de aquella flota.

Desde los tratados de Basilea y de San Ildefonso (1795/96), España parecía haber unido servilmente su política e intereses exteriores a los de Francia. Y, en un panorama de división y enfrentamiento, el mismo príncipe de Asturias, Fernando, había acudido al Emperador, exponiéndole sus agravios contra Godoy, causa que pareció verse apoyada, abierta todavía la posibilidad de un enlace con Charlotte, hija de Luciano Bonaparte, o con otra “augusta princesa”, según el deseo del infante.

          Todo el plan de acción de Napoleón, en la península ibérica y en otros lugares (hasta llegar a la invasión de Rusia en 1812), derivaba, originariamente, de aquel bloqueo económico continental contra Inglaterra que se había empeñado en instalar a partir de finales de 1806, y vista la incapacidad de la marina francesa de hacerlo respetar frente a las costas, islas y desembocadura de los ríos. Bloqueo que le iba llevando a extender cada vez más sus conquistas, empecinado en hacerlo cumplir a lo largo y ancho de Europa, y que Portugal, tradicional aliada de Inglaterra, nunca se avendría a observar. A partir de la ocupación de este país, troceando el territorio, ¡surgirían, además, buenas ocasiones de premiar o compensar fidelidades a su política!

Contando ya con el inicuo tratado secreto franco-español de Fontainebleau (firmado por Duroc y Eugenio Izquierdo el 27 de octubre de 1807), relativo a la división de Portugal en tres partes, el general Junot, esta vez con las armas en la mano después de haber sido embajador allí, entraba en ese país con su “Premier Corps d’Observation de la Gironde”, a partir del 19 de noviembre: el 26 tomaba Abrantes y el 30 entraba en Lisboa. Ya para entonces cruzaban el mar en dirección al Brasil el príncipe regente, futuro Juan VI, su esposa la infanta española Carlota-Joaquina, su familia y miles de portugueses.

          El 13 de noviembre, esta vez al mando del general Dupont de l’Étang, el llamado “Deuxième Corps d’Observation de la Gironde” -pensado en un primer momento como apoyo a las fuerzas de Portugal-, había entrado en España, también él.

El Emperador le escribía a Champagny, el 24 de este mes, desde Milán, ordenándole que enviara un correo al embajador, para informarle de que Dupont destacaba desde Bayona a Vitoria una división de 6.000 hs., a fin de que pudieran reforzar a Junot “si este llegara a necesitarlo”.

                                                        *

          En los últimos días de octubre de 1807, Carlos IV habia ordenado detener a Fernando, acusándole de conspiración, y se había dirigido, también él, al Emperador, pidiéndole explicaciones acerca de las relaciones que mantenía con su hijo. Pero el heredero acabó siendo liberado (proceso de El Escorial), tras pedir perdón a sus padres y delatar a sus seguidores, con Napoleón mediador interesado de aquellas querellas.

Visto lo cual, ya a finales de 1807, en un encuentro en Venecia con su hermano José, Napoléon le expresaba su intención de intervenir más activamente en España -de cuyo tratamiento tenía aún una confusa idea, pensando incluso en una merma del país hasta el Ebro-.

            Será el inicio de su abierta intervención en la política española. Y se multiplicarán las instrucciones del Emperador a su ministro de la guerra Clarke, a fin de acelerar la concentración y movimiento de tropas: Bayona, Vitoria, el 26 de diciembre, Burgos…, Valladolid  mediados de enero de 1808…, con la recomendación para Dupont de vigilar los movimientos de los españoles y que se siguiera engañando a las autoridades: “Su lenguaje ha de ser que se trata únicamente de sostener al general Junot –escribía Napoléon el 6 de diciembre- y decir que sabemos que los ingleses proyectan una gran expedición sobre Lisboa”.

Y a Champagny, el 17, ordenándole que solicitara del gobierno español la entrada sin reservas en la lógica del bloqueo y en todo cuanto se prescribía en el decreto de Milán de ese día, que venía a  reforzarlo; ”no dejéis de hacerles ver todas las ventajas que resultarán de tales medidas”.

Enseguida aparecerán, por diversos puntos, los generales Moncey, Merle, Duhesme…, y las principales plazas entre Pirineos y Ebro fueron cayendo con alevosía.

          Diversas opciones se le presentaban a Napoleón para España, en estas semanas:

  • Aceptar casar al príncipe de Asturias con la joven prima de Josefina, Stéphanie Tascher, lo cual hubiera encantado a los Beauharnais contra los Bonaparte, o con la hija de Luciano si fuese posible.
  • O aprovechar la aversión que la mayoría de los españoles sentían por Godoy, presentándose como su enemigo; luego, sus ejércitos y las intrigas de su diplomacia acabarían obteniendo aquello que sólo medianamente va a alcanzar por la fuerza.

Pero la secreta correspondencia que el válido de Carlos IV -esperando un reino en los Algarves-, mantenía con Murat, y las ambiciones que éste albergaba respecto a la corona española, mantenían a Napoleón en una distorsionada idea de lo que podría conseguir.

Dos de Mayo de 1808 - Joaquín Murat

Joaquín Murat, sableador y represor de los madrileños. Cuñado de Napoléon y pronto rey de Nápoles por sus muchos “servicios”. Su propia ambición le llevará a él mismo al pelotón de fusilamiento, allá en Calabria, en 1815.

          Apaciguados los ánimos, en apariencia, entre padre e hijo, vino Carlos IV a apoyar, también él, un enlace del heredero con “una princesa francesa”. La respuesta de 10 de enero de 1808, llegó condicionada a que entre ambos existiera entendimiento  en adelante.

Luego Carlos IV no volvió a abordar el tema.

Era, en cualquier caso, demasiado tarde; porque ya Napoleón venía pensando en un cambio de dinastia, persuadido de que los españoles se sentirían felices de verse libres de semejantes gobernantes.

          Ya el Emperador en las Tullerías por estas fechas y en Bayona Murat, el gran duque de Berg, nombrado comandante de todas las fuerzas francesas destinadas a España, cruzaba, finalmente, el Bidasoa entre el 7 y el 8 de marzo de 1808, y el 13 estaba en Burgos, aún como aliado. Entre sus instrucciones, acababa de recibir esta recomendación de Napoleón: “Si no hay nada nuevo y que el príncipe de la Paz os haya escrito, podéis responderle con una carta insignificante, en la que le diréis simplemente que mis órdenes os conducen a España para pasar revista a mis tropas, cuyo destino desconocéis…”

          Y también, con fecha del 16:

“…Continuad teniendo buenas palabras. Tranquilizad al rey, al príncipe de la Paz, al príncipe de Asturias y a la reina. Lo principal es llegar a Madrid. Decid que voy a ir yo, a fin de conciliarlo todo (…). Sobre todo, no cometáis ninguna hostilidad, a menos que os veáis obligado. Espero que todo pueda arreglarse, y sería peligroso encrespar demasiado a esa gente” 

          Llegarán el motín de Aranjuez el 17 de marzo de 1808 –camino Murat de Madrid, donde entrará el 23-, la caída de Godoy, con la privación de sus cargos de generalísimo y almirante, la abdicación de Carlos IV y la subida al trono, por un momento, del príncipe de Asturias.

“Lo sucedido en Aranjuez es muy positivo” –escribirá Napoleón, en carta a Murat del 26 de marzo- como es también muy ventajosa la certeza de que [Carlos IV] no partirá [para Andalucía]”.

Al día siguiente y forzando la realidad de la situación, le escribía a su hermano Luis,  rey de Holanda:

Mon frère: El rey de España acaba de abdicar y el príncipe de la Paz ha sido encarcelado (…). Las tropas del gran duque de Berg, a quien estos sucesos cogieron fuera de Madrid, ha tenido que entrar con 40.000 hs., y el pueblo me llama a gritos. Convencido de que no tendré una paz sólida con Inglaterra sino con un gran movimiento en el Continente, he decidido poner a un príncipe francés en el trono de España (…), y he pensado que ese trono puede conveniros…”

          Decidido trasladarse a Bayona, el Emperador salía de Saint-Cloud el 2 de abril. Josefina hizo también el viaje.

          Cuando Napoleón llegó, en la noche del 14 al 15, ya estaba allí, procedente de España, el joven hermano del príncipe de Asturias, acompañado de Pedro Macanaz y de algunos Grandes. Al virrey de Italia, Eugenio de Beauharnais, le escribía ese 15 de abril:

Mon fils. Estoy aquí desde ayer, y el infante don Carlos parece que ha venido para coger el sarampión, así que no he podido verle. Espero también al rey Carlos y al príncipe de Asturias…”

          El general Savary (reciente duque de Rovigo y su hombre de confianza para los trabajos sucios), había sido enviado a Madrid, con la vaga apariencia de un plenipotenciario encargado de cumplimentar al nuevo rey, pero con la orden expresa de atraerle a tierra francesa por cualquier medio.

Bajo la presión de Murat y del embajador Beauharnais -muy pronto sustituido por Laforest-, Fernando había acabado resolviéndose a abandonar Madrid.  Salido el 10 de abril con Infantado, Cevallos, San Carlos, Escóiquiz, Labrador y Múzquiz, el 13 llegaba a Vitoria con engaños y buenas palabras; pero, entre cien vacilaciones de él y sus acompañantes, no quería continuar viaje.

Para decidirle y fechada en Bayona a 16 de abril, el príncipe de Asturias recibió una hipócrita carta de Napoleón, de calculada ambigüedad, que sucintamente expuesta, decía:

Mon frère: He recibido la carta de Vuestra Alteza Real. Y debéis haber adquirido la prueba, en los papeles que habéis tenido del rey vuestro padre, del interés que siempre he mostrado por Vos. Y me permitiréis, en las actuales circunstancias, hablaros con franqueza y lealtad (…). En cuanto llegara a Madrid, esperaba mover a mi ilustre amigo [Carlos IV] a que hiciera ciertas reformas necesarias en sus Estados y que diera alguna satisfacción a la opinión pública. El despido del príncipe de la Paz me parecía necesario (…); pero los asuntos del norte retrasaron mi viaje.

Los sucesos de Aranjuez han tenido lugar y no seré yo quien juzgue lo acaecido ni la conducta del príncipe de la Paz, pero lo que sí sé es que es peligroso acostumbrar a los pueblos a derramar sangre y a hacerse ellos mismos justicia (…). No es interés de España el hacer daño a un príncipe [Godoy], casado con una princesa de sangre real [María Teresa, condesa de Chinchón], y que durante tanto tiempo ha regido el reino. Hoy él ya no tiene amigos, ni Vuestra Alteza los tendrá si viene a ser infeliz. Los pueblos acaban vengándose de los homenajes que nos rinden. Y, por otro lado, ¿cómo se podría intentar una causa contra al príncipe de la Paz, sin hacérselo, igualmente, a la reina y al rey vuestro padre? (…), el resultado sería funesto para vuestra corona (…). Yo mismo manifesté en diversas ocasiones el deseo de que el príncipe de la Paz fuera apartado de los negocios, pero la amistad por el rey Carlos me llevó a menudo a guardar silencio y a apartar la mirada de las flaquezas de su afecto (…). Todo eso puede conciliarse. Que el príncipe de la Paz sea exiliado de España y yo le ofreceré un refugio en Francia.

En cuanto a la abdicación de Carlos IV, ha tenido lugar en un momento en que mis ejércitos cubren España y, a ojos de Europa como de la posteridad, parecería que sólo he enviado esas tropas para precipitar del trono a mi aliado y amigo. Como soberano vecino ha de permitírseme querer saber, antes de reconocer dicha abdicación (…). Si ha sido espontánea y no inducida por la insurrección de Aranjuez, no opondré dificultad alguna y reconoceré a Vuestra Alteza Real como rey de España. Por lo cual, desearía charlar con V.A.R. sobre el tema (…).

Cuando el rey Carlos me comunicó el acontecimiento del mes de octubre pasado, me sentí dolorosamente afectado y estimo haber contribuido al feliz resultado final. V.A.R. tenía muchos reproches que hacerse, aunque sólo fuera la carta que me escribió y que siempre he querido ignorar, porque toda gestión de un príncipe heredero cerca de un soberano extranjero es criminal (…).

El enlace matrimonial de Vuestra Alteza Real con una princesa francesa lo considero conforme al interés común de nuestros pueblos (…).

Y V.A.R. ha de desconfiar de los excesos populares, pues podrían llegar a cometerse asesinatos sobre mis soldados aislados, de lo que resultaría la ruina de España.

Véis, pues, que floto entre ideas diversas que necesitan ser fijadas (…). Creed en mi deseo de conciliarlo todo y de daros ocasión de probaros mi afecto y mi perfecta estima.  Napoleón”

          Y, paralelamente, daba instrucciones a Murat para que impidiera que diera media vuelta.

Fernando llegará, finalmente, el 21. Y aquel “que se titula[ba] a sí mismo Fernando VII” (según expresión de Napoleón el 18, en carta a José), fue alojado en el hôtel de l’Intendance, donde ya estaba el infante don Carlos y que Cevallos encontró inadecuado a la dignidad real de su amo. Enseguida llegó Napoleón -venido desde el château de Marracq donde se había instalado-, que le acogió con el ceremonial de la realeza, para invitarle a cenar y mandar comunicarle luego, ya retirado a su alojamiento y a través de Savary, su intención irrevocable de destronar a los Borbones de España.

          También Godoy había podido llegar el 26 de abril, herido y muy afectado, rescatado por Murat y enviado a Bayona bajo apariencia de mandarlo preso. Después de entrevistarse con él ese día, Napoleón escribía a Cambacérès: “He visto al príncipe de la Paz, ha sido maltratado y se siente muy desmoralizado; así que desea instalarse en Francia”.

Y a Murat :

“Acabo de ver al príncipe de la Paz con el que estuve hablando durante una hora. Tendríais que hacer venir a Bayona a sus hijos, a las personas de su familia y sus cosas. Le he recibido bien porque se ha sentido muy desgraciado y le han tratado de una manera atroz…”.

A Talleyrand:

“El príncipe de la Paz está aquí (…), es como un toro y se parece algo a Daru. Ya empieza a recuperarse, porque fue tratado con una barbarie sin igual. Deberá descargársele de cualquier imputación, pero hay que dejarle cubierto de un ligero tinte de desprecio”.

Y a Murat otra vez:

“Es hora ya de mostrar la energía necesaria; me imagino que no andaréis con remilgos para reprimir a la canalla de Madrid, si llegara a moverse (…); si hay tumultos deberéis detener a una docena entre los más culpables y fusilarlos…”

          Salidos el 14 de abril, Carlos IV, María Luisa y su séquito llegaban a Bayona en la noche del 30 al 1 de mayo y fueron alojados en el palais du gouvernement; y en el coche que les seguía viajaba la niña Carlota Luisa, hija de Godoy, de ocho años entonces.

A Murat le hacía llegar Napoleón con fecha 30 de abril:

“El rey Carlos ha llegado a Irún, le espero dentro de dos horas, y Berthier ha salido a su encuentro. El príncipe de la Paz empieza a recuperarse (…). Mandad a Bayona a la reina de Etruria, y a los infantes e infantas; ningún miembro de la familia puede permanecer en Madrid, pero tienen que partir sin pérdida de tiempo y viajar día y noche. También haréis que salga el infante don Antonio, notificándole que el rey Carlos IV le ordena que venga sin dilación; pero para los españoles, ninguna prisa, porque todos los que están ya aquí son malos. Es necesario que en estos dos días que vienen desemmarañe todo este asunto…”

          Llegarán, efectivamente, también la reina de Etruria con su hijo, y el infante don Antonio, hermano del rey, obligado a alejarse de aquella Junta de Estado que Fernando había dejado instalada.

          Cuando, finalmente, Carlos IV y María Luisa pudieron ver al príncipe de la Paz, le abrazaron entre lágrimas, “se le hubiera podido tomar por el pariente más próximo y querido”, y este dejó la casa particular donde le habían alojado para ir a reunirse con ellos.

“El rey Carlos es un buenazo -decía Napoleón, ese 1 de mayo, en carta a Talleyrand-; no sé si es por su posición o por las circunstancias, pero tiene un aire de patriarca franco y bueno. La reina lleva en la cara todo su corazón y su historia. ¡Ya os digo bastante!”

Del hijo, la opinión era otra:

“…El príncipe de Asturias, es estúpido, mala persona y muy enemigo de Francia. Ya os imaginais que con mi experiencia de los hombres, no va a ser este joven de veinticuatro años el que me impresione, lo cual es tan evidente para mí que sería necesaria una larga guerra para obligarme a reconocerle como rey de España…” 

¡No sabía entonces hasta qué punto!

            Constant, que tuvo ocasión de observar a los reyes de España sentados a la mesa, ha dejado de Carlos IV:

“Era de estatura media, más bien feo, de nariz prominente y la manera de hablar alta y breve, pero parecía buena persona y caminaba balanceándose sin ninguna majestad, lo que yo atribuyo a la gota; y comía mucho de todo lo que le servían, salvo de legumbres, porque decía que ‘la hierba sólo es buena para los animales’ y bebía únicamente agua. Apreciaba mucho la cocina francesa y, a cada cosa nueva que le servían repetía: ‘Luisa, come de esto, está muy bueno’, lo cual divertía mucho al Emperador, de conocida sobriedad”

Y sobre ella:

“La reina era rolliza y pequeña de estatura, se vestía muy mal y carecía de toda gracia y apostura; de rostro colorado y mirada dura y altiva, mantenía erguida la cabeza y hablaba alto y con tono más breve y tajante que su esposo…” 23

           

          Ya en las últimas horas del 2 de mayo, y por primera vez abiertamente, Napoleón le escribía a Murat, esta carta que partió la misma noche:

“…Destino al rey de Nápoles [José] a reinar en Madrid y para vos, pienso en el reino de Nápoles o de Portugal. Respondedme sin tardar, diciéndome lo que pensáis, porque tendrá que solucionarse en un día. Y, mientras tanto, permaneceríais ahí como teniente general del reino. Si me decís que preferiríais quedaros a mi lado, ya os digo que no podrá ser, porque tenéis muchos hijos y, además, teniendo una mujer como la vuestra, podríais ausentaros si la guerra os reclamara junto a mí, porque ella podría muy bien hacerse cargo de una regencia. Nápoles, por otro lado, es más hermoso que España y vale más, porque se le añadirá Sicilia, y contaríais con seis millones de habitantes.

Si pudiérais desde ahí hacer que los habitantes de Madrid reclamaran al rey de Nápoles por rey, me agradaría mucho, preservaría el amor propio de esa gente y podría mover a la Junta a intervenir, haciéndose mérito de pronunciarse por el nuevo rey…”

          Así vino a encontrarse en Bayona toda la familia real española, con reproches mutuos en presencia de Napoleón, protestas de Carlos IV del ultraje cometido con él en Aranjuez, y todo en un tono y nivel de suciedad que hubieran ruborizado a alguien menos curtido -según le contará el Emperador a Caulaincourt- “cada cual se ocupaba de sí mismo, y ninguno pensaba en el interés de España”.

          Pero, ya el pueblo de Madrid se había sublevado, conocedor de la salida de la familia real y de las condiciones en que forzaban a partir a sus ultimos miembros, y aquel DOS DE MAYO hubo de ser reprimido en sangre. Y, junto a miles de madrileños patriotas, cuyos nombres también merecerían figurar en la memoria colectiva de los españoles, allí perecieron los  capitanes artilleros Luis Daoíz y Pedro Velarde y el teniente Ruíz, en la defensa del parque de Monteleón. Y serán esa noche los fusilamientos en la montaña del Príncipe Pío, que Goya plasmará genialmente en 1814, en lienzo y pintura, para oprobio del invasor.

“¡Qué lástima que los habitantes de Lisboa no se hayan sublevado! –le había escrito Napoleón a Junot el 20 de diciembre anterior-, porque la experiencia me ha enseñado que toda gran ciudad no sometida después de una insurrección no se considera sometida”.

Al mariscal Jean-Baptiste Bessières, le escribía Murat la noche del levantamiento: “Le acabamos de dar una buena lección a la canalla de Madrid, por lo menos habrán muerto mil hombres”; y al día siguiente: “La tranquilidad ha quedado enteramente restablecida, y la altanería e insolencia de los madrileños ha dado paso a la consternación”.

El despacho urgente con aquella noticia llegó a Bayona en la tarde del 5: “Estoy muy satisfecho del vigor que habéis demostrado, y espero que procederéis activamente al desarme” –fue la respuesta-.

          Esa noche del 5 de mayo cumplía el plazo que, entre amenazas, le había impuesto el autócrata a  Fernando, a quien se acusó de lo acaecido en Madrid: “¡Si antes de medianoche no habéis reconocido a vuestro padre como vuestro rey legítimo y mandáis la noticia a Madrid, seréis tratado como rebelde!”

Era más de lo que el pusilánime príncipe podía resistir: en un bochornoso juego de rebotes, entre las amargas quejas de Carlos IV y los improperios como venablos de su madre, el hijo acabó restituyendo la corona al dia siguiente 6 de mayo (lo que va a ser ratificado días después), sin conocer el pacto previo que con Napoleón tenía su padre, que abdicó en su favor.

En cuestión de horas habia olvidado el déspota de Europa aquel argumento esgrimido, según el cual la abdicación de Carlos IV en Aranjuez resultaba nula por haber sido obtenida coactivamente. Él mismo acababa de obtener lo que deseaba a través de miedo, engaño y amenaza.

Los acontecimientos se precipitaban, y aquella disputada dignidad real fue aceptada pensando en José, después de haber sido rechazada por el indeciso Luis.

          El 6 de mayo, Napoleón le mandaba a Cambacérès, aludiendo a los trágicos sucesos de Madrid:

Mon cousin: Podréis ver en Le Moniteur las noticias de Madrid. La canalla de esa ciudad quiso ser vapuleada, y algunos sucesos de esa naturaleza podrán todavía tener lugar, pero los temas principales han quedado resueltos”

Y al rey de Westfalia, su hermano Jerónimo, ese mismo día:

“…Ha habido una insurrección en Madrid el 2 de mayo, 30 ó 40.000 individuos se habían concentrado en las calles y en las casas, y disparaban desde las ventanas. Dos batallones de fusileros de mi Guardia y cuatrocientos o quinientos caballos, pudieron hacerse con la situación, y más de 2.000 hombres. de ese populacho fueron muertos; teníamos 60.000 hs. en Madrid que no pudieron hacer nada, pero hemos aprovechado los acontecimientos para desarmar la ciudad”

          Josefina -que vivió de cerca los sucesos de Bayona-, le contará luego a su hija todo el furor y el odio de aquellos padres hacia su hijo, y que expresaban “con una violencia que nuestros sentimientos, más contenidos que los de la gente del Sur de Europa, conciben apenas”; y cómo Carlos IV parecía renunciar a la corona con una especie de extraño gozo, con tal de que Fernando no la recibiese.

          El infante Fernando terminó derrumbándose y cediendo en todo. Ese día consentía en el llamado ‘Tratado de Bayona del 10 de mayo’, firmado entre Duroc y Juan Escóiquiz y que, según prescribía el art. 8º y último, habría de permanecer secreto. Un Escóiquiz, “homme de petite intrigue” –como dirá luego Napoleón-, que había llegado con una sola idea en la cabeza: casar al príncipe.

Aparentemente despejada la situación tras aquel atropello, el Emperador le escribía al rey de Nápoles el 10 de mayo, ofreciéndole ya formalmente la corona de España:

“…La nación, a través del Consejo Supremo de Castilla, me pide un rey, y es a vos a quien yo le destino esa corona. España no es como el reino de Nápoles, son once millones de habitantes, más de ciento cincuenta millones de rentas y la posesión de las Américas. Por otro lado, se trata de una corona que os sitúa a tres días de Francia, que cubre enteramente una de sus fronteras. En Madrid, es como si estuviérais en Francia, mientras que Nápoles es la otra punta del mundo.

Deseo, pues, que inmediatamente después de haber recibido esta carta, dejéis la regencia a quien queráis y el mando de las tropas al mariscal Jourdan (…). Esta carta la recibiréis el 19, partiréis el 20 y estaréis aquí el 1 de junio…”

            El 16 de mayo, Napoleón a Eugenio de Beauharnais:

           “…Aquí, todo está zanjado, la Casa de Borbón ha dejado de reinar en España y los diversos príncipes que pudieran ser llamados al trono me han cedido sus derechos…”

          Y a Fouché, el 21:

“…Los asuntos de España han quedado definitivamente concluidos, y reina allí la mayor tranquilidad. Todos les reconocen a los franceses que en la cuestión de Madrid actuaron justamente, y que aquello fue provocado por el populacho”

          Ilusión de la que los franceses no tardarán en despertar, y la derrota en Bailén de Dupont de l’Étang no está lejos, a manos de Castaños. Porque, cuando aquellos sucesos fueron siendo conocidos –tanto la tragedia Madrid, como las condiciones en que la familia real y, particularmente, el príncipe de Asturias, había sido atraída a Bayona, intentos de insurrección y levantamientos comenzarán a extenderse por toda España, a partir de los territorios libres de franceses.

Una minoría de españoles, no obstante, ya culturalmente “afrancesada” quedó expectante ante las promesas que un cambio de dinastía podría suponer para el país; y, a lo largo del mes de junio de este 1808, iba a reunirse, en esta misma localidad de Bayona, una asamblea de notables que, designados y seleccionados por el ocupante, aprobarían un texto hecho al dictado del mandamás de Francia. Iba a ser la “Constitución de Bayona”, moderadamente reformista y representativa.

Era la “libertad” y la modernización que Napoleón decía querer imponer también en Alemania, cuando españoles y alemanes le digan, con Fichte y Jovellanos, que su libertad preferían ganarla por sí mismos, a partir de su propia tradición.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

ABRANTES, duquesa de  — (Laure Permon, casada Junot): Mémoires de la duchesse d’Abrantès, ou Souvenirs historiques sur Napoléon, la Révolution, le Directoire, le Consulat, l’Empire et la Restauration; múltiples ediciones desde 1830. (También  en español).
FOUCHÉ, Joseph : Mémoires de Joseph Fouché, duc d’Otrante, ministre de la police générale; edición cotejada según la original de 1824 de Jean de Bonnot ; 1967.
GALLO, Max: Napoléon, 4 vols., Paris, R. Laffont, 1997. 
MARMONT, Auguste Louis Frédéric Viesse de –, mariscal, duque de Raguse (1774-1852) : Mémoires du maréchal Marmont, duc de Raguse, de 1792 à 1841, imprimés sur le manuscrit original de l’auteur ; Paris, Perrotin, 1857 (9 vols.).
PIGEARD, Alain : Dictionnaire des batailles de Napoléon; Tallandier, 2004. 
TALLEYRAND-PÉRIGORD, Charles-Maurice de –: Mémoires; publicadas por el duque de Broglie;1891/92. Hay también una edición de 1967, publicada por Jean de Bonnot, en 6 vols. in-8º; y una ed. de Robert Lafont, de 2007, Mémoires et correspondances du prince de Talleyrand, edición íntegral; Existe versión española de Jesús García Tolsa, en ediciones de 1962 y 1986.
NAPOLÉON: LETTRES, DISCOURS ET PROCLAMATIONS. Mercure de France, 1938, y CORRESPONDANCE GÉNÉRALE (Fondation  Napoléon  desde 2002) 

En español:

ACTAS DEL CONGRESO INTERNACIONAL EL DOS DE MAYO Y SUS PRECEDENTES; Madrid, 20/22 de mayo de 1992.
CASTILLO, Belén: 1808. La respuesta de los madrileños (47 págs.) Dirección Gral. de Museos, Archivos y Bibliotecas, 2008.
GONZÁLVEZ FLÓREZ, Roberto : Napoléon y el clan de los Bonaparte; European Academic Press, 2015.
HERRERO FERNÁNDEZ-QUESADA, María Dolores : El Dos de Mayo; Arlanz, 2008.
MARÍAS, Fernando: Goya y el Dos de Mayo; Anaya, 2007. 
OLIVARES, Julián: 1808. Madrid. Barcelona, Cascaborra, 2017.

Por favor, síguenos y comparte:

Deja un comentario