Guerras de Italia y rivalidad franco-habsburguesa

          Desde la perspectiva historiográfica francesa se llaman Guerras de Italia, en sentido estricto, a las expediciones que los reyes de Francia Charles VIII / Carlos VIII (1470-[1483-1498]), Louis XII / Luis XII (1462-[1498-1515]) y François I / Francisco I (1494-[1515-1547]) llevaron a cabo entre 1494 y 1516, encaminadas a conquistar una parte de Italia. Hasta ese momento, la conflictividad estuvo reducida a la península itálica, pero después se extenderá considerablemente, enfrentando en una encarnizada lucha a las potencias más poderosas del momento de los Valois y los Habsburgo.

Con un total de once guerras, el conflicto general continuará hasta la paz de Cateau-Cambrési en 1559.

Concepto que tiene, igualmente, su correspondencia, en la historia de España de la época.

Dos causas principales se hallan en el origen de aquellas guerras:

  • por un lado, las mutuas rivalidades entre príncipes italianos: Ludovico Sforza el Moro (1451-1508), que gobernaba en el ducado de Milán, reclamaba la intervención del rey de Francia, viendo amenazado su poder por algunos de los más poderosos principes italianos.
  • y, por otro, los sueños ambiciosos y romancescos del mismo Charles VIII gran lector de libros de caballerías que, dueño de Nápoles, se veía ya conquistando Jerusalén.

Porque Carlos VIII se decía con derechos al reino partenopeo, aduciendo los que su padre Luis XI había heredado de la Casa de Anjou, y que él mismo no había reclamado dada la lejanía de aquellas tierras. Así que, deseoso de consagrar todas sus fuerzas a la empresa, y con la esperanza de conciliarse la buena voluntad de Maximiliano de Austria y de Fernando de Aragón, devolvió al primero el Artois, el Franco Condado que su padre había ganado y el Charolais por el tratado de Senlis (1493), y al segundo el Rosellón, también conquistado  por Luis XI al principio de su reinado, tras lo cual en septiembre de 1494 se ponía en movimiento al frente de un poderoso ejército y cruzaba los Alpes; atravesó luego la Italia del Norte, entró con pompa en la Ciudad Eterna, y así llegó fácilmente hasta Nápoles, que pudo conquistar, después de que sus soberano hubiera huído.

Guerras de italia

Italia del Norte, en vísperas de la intervención francesa (1494)

Francia, que había reforzado ya su posición en el Mediterráneo tras la anexión de Provenza en 1481, conquistando el reino de Náples, se situaba en el mejor camino de Levante.

Pero una temible coalición llegó a formarse enseguida contra él (Milán, Maximiliano de Austria, Fernando de Aragón, el papa Alejandro VI y la mayoría de los príncipes italianos), y Carlos VIII hubo de volver sobre sus pasos, pudiendo abrirse trabajosamente camino en su retirada, gracias a su victoria de Fornovo di Taro (una veintena de km al SO de Parma) el 6 de julio de 1495; pero perdía Nápoles en tan breve tiempo como lo habia ganado; con lo que nada le quedaba de su conquista, cuando vino a morir accidentalmente el 7 de abril de 1498, a los 27 años.

          Su primo y sucesor Luis XII, de 36 años cuando accede al trono (conocido hasta entonces como duque de Orléans), era hijo de Charles d’Orléans el poeta, y nieto de Valentina Visconti, por lo que, a las pretensiones de la Corona de Francia sobre Nápoles, aducía él ahora sus derechos personales sobre Milán. Y en una afortunada expedición en 1500 consigue arrebatarle el ducado a Ludovico Sforza. Con su presencia allí, Francia se aseguraba no sólo la posesión de un rico territorio, sino igualmente el control de la gran ruta comercial que, a través del macizo del San Gotardo, comunicaba Génova con el valle del Rin; la dominación de Italia no sería entonces difícil.

Pero esa ambiciosa política iba a levantar contra Francia no únicamente a los titulares que pretendía expulsar, sino también a la República de Venecia, a Fernando de Aragón, emparentado con el rey de Nápoles, y a Maximiliano de Habsburgo (1459-1519), soberano del ducado de Milán, por su segundo matrimonio con Bianca Sforza en 1494.

Fueron las sucesivas victorias en 1503 del Gran Capitán Gonzalo Fernandez de Córdova, en Ceriñola primero (18 de abril), sobre el duque de Nemours, y luego en Garellano (28 de diciembre), sobre el duque de Saluzzo, tras las cuales Luis XII tuvo que abandonarle el reino de Nápoles a Fernando de Aragón en 1504.

          Aquellas guerras de Italia parecían terminadas, cuando la mecha volvió a encenderse por la voluntad del principal instigador, el papa Julio II, “el terrible” (1443-[1503-1513]), adversario ahora de Francia, que soñaba con reunir a todos los prìncipes italianos bajo su autoridad y expulsar a los “bárbaros”, es decir a los no italianos. Y, a pesar de las hazañas de Bayard y del joven y brillante general Gastón du Foix, sobrino del rey (m. en 1512, en Rávena), el Milanesado acabó perdiéndose también para los franceses, y su propio territorio invadido incluso por ingleses, suizos y españoles.

Pero Luis XII no había renunciado a su sueño de retener aquellas ricas tierras y había llegado a reunir un ejército dispuesto ya a cruzar los Alpes, cuando, muy degradada su salud, le llegó la muerte el 1 de enero de 1515.

          Es entonces cuando Francisco I, arguyendo iguales pretensiones a las de su antecesor, quiso de nuevo intervenir en el Milanesado. Hijo de Carlos de Orleáns, conde de Angulema (1459-1496), y de Luisa de Saboya (1476-1531), había casado oportunamente en 1514 con Claude de Francia, duquesa de Bretaña, escasa de encantos en lo físico, pero hija de Luis XII, por lo que el joven vino a heredar la corona que le dejaba su suegro.

          El ambicioso Francisco, de 20 años entonces, consagrado ya rey en este mismo mes de enero de 1515 y alentado por sus amigos Montmorency, Boisy y Bonnivet, amantes como él de proezas romancescas, no duda en comprometerse, él también, en las guerras de Italia, a fin de borrar las derrotas de su antecesor; por lo que, deseoso de legitimar su poder y no menos seducido por el prestigio y las riquezas de allende los Alpes, se muestra resulto a reconquistar el Milanesado.

En abril de 1515, un campo de reagrupamiento se organiza cerca de Lyon, desde donde no tardará en ponerse en movimiento esa tropa heterogénea.

Cuando, en el verano de 1515, se decide a cruzar los montes, sus efectivos se elevan a unos 7.500 jinetes, alrededor de 8.000 gascones y vascos mercenarios de a pie y 23.000 de esos otros mercenarios alemanes que eran los lansquenetes, es decir un ejército de 40.000 hombres aproximadamente, según las crónicas. Ejército que le cuesta muy caro a Francia, a la familia real -que sacrifica para las necesidades de la guerra su vajilla de oro-, y también al gobierno que ha de recurrir a empréstitos externos.

Por el lado enemigo, la tropa está compuesta de 17.000 infantes suizos aproximadamente, helvetas decididos, pagados por el duque de Milán Massimiliano Sforza y por una liga antifrancesa donde figura el papa León X, encargados de defender la provincia de Milán, amenazada ahora de invasión. Excelentes conocedores de aquellas montañas, los suizos ocupan las salidas de los pasos alpinos y en particular las del Mont Cenis y Mont Genèvre. Tropas al mando del general Próspero Colonna (que veinte años había luchado al lado de Carlos VIII), compuestas de florentinos, napolitanos y romanos, estacionan en el llano en torno a Villefranche-de-Piémont / Villafranca del Piamonte.

          Mientras los suizos esperaban, acampados en Susa y Pinerolo, el ejército de Francisco se ha aventurado por un camino arriesgado y poco conocido (puertos de Argentière Agnello, Sestrière), donde los pioneros han de ir rompiendo la roca para hacer camino y que puedan pasar la caballería y la artillería con centenares de pequeños cañones, falconetes y culebrinas, material que es preciso trasnsportar desmontado. Y aquella tropa desfila durante varios días, a través de una naturaleza hostil; todavía continuaba la retaguardia por entre los Alpes, cuando la cabecera vino desembocar bruscamente en Italia, en ese mes de agosto de 1515, para avanzar rápidamente y sorprender uno de aquellos días a Colonna, tranquilamente sentado a la mesa en medio de su comida. Fue apresado fácilmente y conducido a Francia bajo buena escolta (pero Colonna se desquitará cumplidamente en 1522 en La Bicoque, cerca de Milán, sobre el mariscal Lautrec).

El ejército francés avanza entonces por la llanura del Po y se dirige en dirección a Milán, seguido por un tropa de suizos que han aceptado, finalmente, luchar a su lado por una suma de 700.000 escudos.

Se abren entonces negociaciones en Verceil entre los beligerantes, mientras Francisco I y sus tropas, acaban instalándose en Marignano (hoy Melegnano, al SE de Milán), a la espera del final de las negociaciones, con la vaga esperanza de ganar la guerra sin haberla librado.

          Es entonces cuando, a la cabeza de 20.000 compatriotas, aparece en el campo de los suizos el singular cardenal de Sion Matthäus Schiner (1456-1522), aventurero, clérigo condottiere y de violenta elocuencia, para defender los intereses de la Santa Sede, y consiguiendo que aquellos mercenarios cambien de campo.

          A través de sus informadores, el rey francés conoce ya el avance enemigo. Galiot de Genouillac, jefe de la artillería, instala sus pequeños cañones sobre una larga y estrecha calzada entre marjales, único lugar seco y estable en la llanura del Po, y Francisco envía recado urgente a sus aliados venecianos instalados, a la sazón, en las proximidades de la cercana Lodi.

Comenzada en torno a las cuatro o las cinco de la tarde del 13 de septiembre, la batalla proseguirá durante largas horas, en un combate incierto y confuso: los piqueros suizos atacaban, impertérritos, a pesar de los destrozos que la metralla causaba en sus filas, y, ni las cargas de la gendarmería dirigida por el rey, ni el fuego granado de la artillería parecían poder detenerlos.

Caída ya la noche, los dos ejércitos acampan muy cerca uno del otro.

El rey le escribe a su madre: “Los suizos pernoctaron muy cerca de nosotros, separados sólo por un pequeño barranco. Y toda la noche permanecimos con el culo en la silla de montar y lanza en ristre (…). Estuvimos veintiocho horas a caballo, sin comer ni beber”.

Y al amanecer del 14, en efecto, la lucha recomienza: cargas suizas contra las alas francesas, y disparos de su artillería sobre el centro donde combate Francisco en persona. Hasta que, hacia las once de la mañana, la llegada de los venecianos después de una marcha durante toda la noche, coge ahora a los suizos por la espalda y provoca su retirada, sin que los franceses, exhaustos ellos mismos, puedan perseguirlos.

Fue victoria para Francia, en una batalla en la que dicen que brilló su caballería, pero batalla sangrienta en todo caso, como subraya Jean Jacquart (biógrafo de Francisco I y de Bayard), donde los suizos perdieron cerca de 13.000 hombres y los franceses 6.000.

Dos días antes, Francisco I había cumplido 21 años.

Al atardecer de la segunda jornada, y como homenaje a su fiel nobleza, el monarca Valois-Angulema se hizo armar caballero por Bayard, el “chevalier sans peur et sans reproche”; y luego distribuyó el mismo honor a algunos capitanes nobles.

          El mito de Marignano comenzaba así. Porque hay fechas en la historia de los pueblos que siguen resistiendo los rigores del tiempo y del olvido; en la cronología de la historia de Francia, esta de 1515, aparece por encima de muchas otras. Cada cual exalta entonces el triunfo de Francisco I, al que presentan todos como nuevo Anibal y nuevo César. Y hubo solemnes ceremonias: magnífica entrada en Marsella, audiencia llena de empaque y majestad en el parlamento de Aix-en-Provence, presidida por el joven rey, festividades en Lyon y sesión piadosa y caballeresca, finalmente, en la basílica de Saint-Denis, dando gracias a Dios por el éxito obtenido.

Se acuñan también medallas, ensalzando Marignano y a Francisco I. Y lo mismo hacen pintores y poetas; Jean Marest escribe un “Poème sur la bataille de Marignan”.

Luego, cronistas y memorialistas se apoderan de la pretendida gesta; Robert de la Mark (uno de los armados caballeros en Marignano) muestra al rey combatiendo casi solo frente a los suizos decididos a tomarlo como rehén y durmiendo aquella noche encima de una cureña de cañón; Jean Barillon, otro testigo ocular del acontecimiento, insiste en el talento de Francisco como jefe de guerra intrépido; y el burgués (Journal d’un bourgeois de Paris sous le règne de François I (1515-1536)) subraya las virtudes de mando del monarca; y vemos al joven rey conduciendo en las cargas a la caballería noble, descabalgando para alentar a los rústicos de a pie y compartiendo la dura vida del soldado; finalmente el bajorrelieve de Bontemps para la tumba del rey, representará al rey a caballo derribando a un enemigo con su lanza. Los artistas se afanan por acredidar la figura del rey emperador en su reino, jefe absoluto tanto en la guerra como en tiempo de paz y actuando siempre por el bien de todos.

          Las inteligentes gestiones del canciller del rey de Francia Antoine Duprat y el desaliento de sus enemigos vinieron a transformar aquella batalla en victoria política, y en los meses que siguieron tres acuerdos importantes fueron negociados por Francia:

  • En agosto de 1516, un tratado concluido en Noyon con el representante del nuevo rey de España (futuro emperador Carlos V), le asegura a Francia unos años de tranquilidad: Francisco I conservaría el Milanesado, mientras que Carlos I, nieto de Fernando de Aragón, retenía el reino de Nápoles.
  • En noviembre de 1516, después de las negociaciones de Duprat y el posterior encuentro en Bolonia entre el nuevo papa León X (1475-[1513-1521]) y François I, un importante concordato fue firmado en Roma (“Concordat de Bologne”), que se convertirá en capital para la Iglesia de Francia, al poner a la jerarquía católica y a los titulares de numerosos beneficios eclesiásticos entre las manos del rey hasta 1790;
  • Finalmente, se firmó con los suizos la llamada “paix perpétuelle de Fribourg”, cuyos términos aseguraban al rey de Francia el exclusivo servicio –muy oneroso, por cierto- de los mercenarios helvéticos (solventando así la dificultad que Francia tenía hasta entonces, en competencia con España o el papado); simple pacto de no agresión primero, que, con el correr del tiempo, se convertirá en auténtica alianza, observado hasta 1792.

          Las guerras de Italia propiamente dichas habían acabado, pero sus consecuencias no serán desdeñables:

Se constatan, en este periodo, notables cambios en el terreno bélico. Al igual que en la Edad Media, los ejércitos de esta transición entre los últimos años del siglo XV y los primeros decenios del XVI no eran únicamente nacionales; en el momento en que se anunciaba una campaña, se reclutaban bandas de mercenarios de diversos países y procedencias, cuya soldada y mantenimiento costaban caros, por lo que los efectivos eran limitados (por estos años, de 30.000 a 40.000 hombres máximo); y, como sus pagas no solían ser regulares ni puntuales se veía a aquellas bandas, a menudo, protagonizar actos de indisciplina o entregarse al pillaje, sin distinguir tierra amiga o enemiga.

Pero venía evolucionando sobre todo el modo de hacer la guerra, y estas de Italia marcan ya una notable transición: Se continuaron utilizando las armas y defensas antiguas (arcos y arbaletas, picas y alabardas, morriones y armaduras de acero), pero las armas de fuego –utilizadas ya en Crécy, en 1346-, han ido adquiriendo cada vez más importancia; los arcabuces (de lento manejo, aparecidos hacia 1500 y que los franceses adoptarán con algún retraso respecto a alemanes y españoles), anunciaban el mosquete, de mayor alcance, y el fusil, pero, si bien mortíferos a corta distancia, su alcance útil no rebasaba los cincuenta o sesenta metros; y nunca habrá desempeñado más decisivo papel la artillería como en Marignano, con aquellos  cañones de bronce, muy pesados de transportar e indesplazables durante la batalla; también la infantería adquiere función más relevante en detrimento de la caballería (los “gendarmes”), tendencia que continuará a lo largo del siglo. Todo esto se aprecia en los relieves de Pierre Bontemps para la tumba de Francisco I ya mencionada, en la basílica de Saint-Denis.

          Y, mental, intelectual y artísticamente, aquellas guerras tuvieron para Francia notables consecuencias, al poner a los franceses en contacto con la Italia del Renacimiento. Carlos VIII, Luis XII y, particularmente, Francisco I quedaron deslumbrados por la brillantez y el refinamiento de una civilización aún poco conocida aquende los Alpes; y, en su entusiasmo, decidieron aclimatarla en Francia, atrayendo a la Corte a artistas italianos (Leonardo de Vinci de 1515 a 1519,  Benvenuto Cellini de 1540 a 1545…). Así precipitaron la difusión de los ideales del Renacimiento, y empezaron a construirse châteaux como auténticos palacios a las orillas del Loira (Chambord, Chenonceaux, Azay-le-Rideau, modificaciones en el château de Blois…). La nobleza comparte esa admiración, y se extiende igualmente el gusto por el lujo y el refinamiento, manifestado en la riqueza y suntuosidad de la ropa, en las artes decorativas y en la orfebrería (Bernard Palissy).

Chateau de Chambord

Château de Chambord (1519-1540), construido para Francisco I. El Renacimiento comienza a entrar en Francia, pero los elementos constructivos tradicionales aún son patentes. Su fusión dará el típico estilo francés.

La pujanza e introduccion del Renacimiento fue, en definitiva, la más importante consecuencia de aquellas guerras para Francia

*

          La paz concluida en 1516 durará apenas cinco años y volverá la guerra, cuya causa esencial, en la perspectiva francesa, era el prodigioso poderío que alcanzaba ya el rey de España, cuyas posesiones rodeaban al reino de Francia.

Y es que Carlos I reunía en su persona cuatro herencias:

  • la austríaca de los Habsburgo (Alsacia meridional, Tirol, Austria y sus posesiones hasta el
    Adriático).
  • la borgoñona (Países Bajos, Flandes, Artois, Franco Condado).
  • la aragonesa (corona de Aragón, Cerdeña, Sicilia, reino de Nápoles).
  • la castellana (corona de Castilla y América española).

A lo que vendrá a añadir, el 28 de junio de 1519, la corona del Santo Imperio Romano Germánico, tras la muerte del anterior titular Maximiliano I. Tanto Carlos I como Francisco I habían presentado su candidatura, pero fue Carlos quien se alzó con ella, gracias al banquero Jacob Fugger; y será entonces el emperador Carlos V, “Carolus Quintus”.

Y su hermano Fernando se convierte en 1526, en rey de Bohemia y de Hungría.

          Con no menos ambición que el mismo Francisco I, Carlos quiso recuperar el Milanesado y Borgoña (tierra que había poseído su antepasado Carlos el Temerario y de la cual Luis XI había conseguido anexionarse, 40 años antes, la Borgoña ducal).

Un nuevo período de enfrentamientos –más violento y largo, aunque interrumpido por treguas diversas y llamativos o dramáticos cambios de situación-, se encenderá, pues, en Italia a partir de 1521, después de que Francisco I hubiera intentado inútilmente obtener la alianza de Enrique VIII de Inglaterra en su entrevista de junio de 1520, no lejos de Calais (“entrevue du Camp du Drap d’Or”).

          Con el condestable duque de Borbón luchando en el bando de Carlos V (a causa de ciertas desavenencias territoriales mantenidas con la Corona de Francia), pronto los franceses fueron expulsados del Milanesado después de algunas batallas donde Bayard vino a perder la vida, el 29 de abril de 1524, cuando cubría la retirada del ejército francés en el paso del río Sesia, en Romagnano. Y los imperiales invadieron la Provenza.

Francisco I acudió entonces para ponerse a la cabeza de su ejército e intentar restablecer la situación, pero será en mala hora:

Consiguió perseguir a sus adversarios en su retirada hacia Italia, eso sí, y en octubre de 1524 los franceses recobraban Milán y el Oeste de Lombardía, mientras las tropas del Emperador se replegaban hacia Lodi. Fue entonces cuando Francisco, previendo ya toda la gloria que podría aportarle la toma de una plaza considerada inexpugnable, prefiere poner cerco a Pavia (más al Sur de Milán y a 30 km al SO de Lodi), en vez de perseguir y acabar con un enemigo, ya agotado y vulnerable. Gravísimo error: desde octubre a febrero siguiente el sitio parecía eternizarse, hasta que el ejército francés se ve ahora encajonado entre los asediados y un nuevo ejèrcito español de refresco que se les echa encima.

La batalla de Pavía propiamente dicha comienza en la noche del 24 al 25 de febrero de 1525. Mientras los asediados hacían una salida en tromba, los imperiales venidos de Lodi, a cuya cabeza venía el duque de Borbón, abren una brecha en el muro que rodea el campo francés y, aprovechando el efecto de  sorpresa y la oscuridad, consiguen, con sus arcabuces, diezmar a la caballería enemiga, que se queda sin espacio para desplegarse y no puede contar ni con su infantería acantonada algo más lejos, ni con la artillería que no se halla en posición. Siete mil hombres de a pie franceses o suizos caen muertos, además de una buena parte de los capitanes reales, en lo que será considerado, con aquel otro desastre de Azincourt (1415), la mayor matanza de la alta nobleza francesa (insuficientemente pertrechados en arcabuces los franceses). Para colmo de desgracias, el rey mismo cae prisionero.

Preso ahora en Madrid, Francisco hubo de aceptar para recobrar su libertad, el secreto tratado de 14 de enero de 1526, que acababa de negociar el cardenal Tournon por parte francesa y Lannoy por parte de los Imperiales, y comprometerse bajo juramento a renunciar al Milanesado e incluso, entre resistencias y mucha repugnancia, a ceder Borgoña, tierra que pudo conservar, finalmente, pero tuvo que abandonar, además de las tierras del Po, sus derechos señoriales sobre Flandes y el Artois, que dejaban de pertenecer a Francia (1529). Así pudo recobrar la libertad.

Francisco parecía fracasar en sus ensoñaciones italianas pero, en aquellos días aciagos, la gran firmeza y temple de carácter de su madre la regente Luisa de Saboya, contribuirá no poco a la estabilidad del reino.

Por lo demás, Francisco I no ejecutará, una vez libre, aquello a lo que se había comprometido (sin duda bajo coacción, pero son así las leyes de la guerra y de los tratados que siguen, se firman y se juran) a pesar de que sus hijos François Henri, de nueve y siete años, quedaban en territorio español como rehenes.

El regreso a Francia, aquel 17 de febrero siguiente y la posterior liberación de sus hijos, cuatro años después, le costará al incumplidor Francois el pago de un considerable rescate de un millón doscientos mil escudos en oro. Todo ello en medio de las considerables dificultades financieras subsecuentes a Pavía.

          Reemprenderá la guerra, efectivamente, después de haber concluido la liga de Cognac, de 22 de mayo de 1526, con el papa Clemente VII, Venecia, el milanés Francesco Sforza, Florencia e Inglaterra, porque todos consideraban ahora al emperador Carlos demasiado poderoso después de Pavia.

Será la guerra durante tres años. Y aquí se enmarcan:

  • la capitulación de Milán (julio de 1526),
  • el asedio de Roma y el subsiguiente saco, el 6 de mayo de 1527, a manos de tropas españolas y de aquellos lansquenetes, luteranos la mayoría y enemigos del papado, cuyo jefe, el duque de Borbón, halló allí la muerte.
  • el infructuoso cerco de Nápoles que protagoniza Lautrec (abril de 1528), tras la defección del genovés Andrea Doria, que se pasó a los imperiales, y la aparición de la peste en las filas francesas, que le costará la vida, meses después, al mismo Lautrec,
  • la derrota francesa posterior de Landriano en Lombardía (21 de junio de 1529).

          La paz de Cambrai que siguió (5 de agosto de 1529), redactada en terminos similares a los de la paz de Madrid de tres años antes, fue sólo un compromiso y resultará precaria. Había sido negociada entre Louise de Savoie (1476-1531) en nombre de su hijo y Margarita de Austria (1480-1530), en representación de su sobrino Carlos (de ahí el nombre de paix des Dames que también se le da). Ambas damas se conocían bien, por haber vivido Margarita diez años en la corte francesa, prometida frustrada que había sido del delfín (que será Charles VIII), para luego casarse con el hijo de los Reyes Católicos Juan de Aragón y Castilla.

Conformándose a las cláusulas de Cambrai, el 7 de agosto de 1530 Francisco I, viudo desde hacía seis años, contraía nuevo matrimonio en Saint-Laurent, Villeneuve de Marsan (Landas), con Leonor de Austria (1498-1558) –hermana del rey de España y viuda ella misma, desde diciembre de 1521, de Manuel I de Portugal-, de cuya unión no habrá hijos; y renunciaba también a todo derecho sobre Italia que hubiera podido aducir hasta entonces, y a cualquier tipo de señorío o soberanía sobre Flandes y Artois; por su lado, el Habsburgo Carlos desistia de sus pretensiones sobre aquella Borgoña que había pertenecido a su bisabuelo Carlos el Temerario.

Alianza franco-turca

          En su momento, y en cuanto había conocido la noticia del apresamiento de su hijo Francisco, su madre, la regente Louisa de Saboya, había enviado un embajador a Constantinopla.

Buscando aliados contra Carlos V, Francisco I se volvió, efectivamente, hacia el imperio otomano, en el apogeo de su poder entonces. Ya el sultán Selim I había conquistado Siria, Palestina y Egipto, y las ciudades santas de Medina y La Meca, y había tomado el título de califa que le convertía en el jefe religioso de los musulmanes; y su sucesor Soleimán II el Magnífico (1494-[1520-1566]) les había arrebatado la isla de Rodas a los Caballeros de San Juan de Jerusalén, anexionado buena parte de Hungría y asediado Viena.

Aquella alianza franco-otomana (1536), a la que finalmente pudo llegar, por la que la custodia de los Santos Lugares quedaba confiada al rey francés, permitiría a Francia coger por la espalda a los Habsburgo y contar con la escuadra turca; pero vino, no obstante, a provocar gran escándalo en la cristiandad.

Fortalecido con aquel pacto, Francisco I romperá otra vez la paz en Europa, y las hostilidades entre los Valois y la Casa de Austria se reanudaron, para no concluir –interrumpidas por largas treguas-, sino en 1559, muerto ya Francisco I en 1547.

          En 1543 las flotas turca y francesa se apoderaron de Niza y, poco después, Francisco I instalaba 30.000 soldados turcos en Tolón, después de haber expulsado momentáneamente a sus habitantes (Y aquella alianza se reforzará aún más en 1569, a través de un tratado conocido como “Capitulaciones”).

          En Italia, esta vez, los franceses resultaron ora vencedores ora vencidos. Y durante más de veinte años, ocuparon los Estados del duque de Saboya-Piamonte (condado de Niza, Piamonte, Saboya, Oeste de la Suiza actual, el Bugey y la Bresse –actual dep. de l‘Ain), pero no pudieron reconquistar el Milanesado.

En la frontera NE, el sucesor de Francisco I, Henri II, Enrique II, asociado también con los príncipes protestantes de Alemania (por entonces en lucha contra Carlos V), ocupaba en 1552 las tres ciudades de Toul, Metz y Verdun (que luego se conocerán por les Trois Évêchés), enclaves franceses en tierra imperial. Cuando el Emperador Carlos intentó recuperar Metz, unos meses después, fracasó ante la resistencia del duque François de Guise (1553).

Este fracaso y la enfermedad que le había envejecido prematuramente, llevaron a Carlos V a abdicar en enero de 1556, para retirarse al monasterio extremeño de Yuste.

A su hijo, que tomaba el nombre de Felipe II, le cedía la corona de España con los territorios de América, los Paises Bajos, el Franco Condado, el Milanesado, Sicilia y Nápoles.

Y a su hermano Fernando –ya rey de Bohemia y del trozo que se habia salvado del poder turco- dejaba las posesiones austriacas y alemanas de los Habsburgo. Y a la muerte de su padre en 1558, Fernando fue elegido Emperador.

La “Casa de Austria” había quedado así dividida en dos partes: los Habsbugo de España y los Habsburgo de Austria.

          Reinando ya en España Felipe II, casado con la reina de Inglaterra María Tudor, Enrique II de Francia atacaba en Italia, a partir de 1557, y hubo de combatir también a los ingleses. Los españoles infligieron al condestable de Montmorency una gran derrota en San Quintin (1557), pero François de Guisa pudo, al año siguiente, apoderarse de Calais que los ingleses poseian desde 1347.

          Todos querían la paz. Francia se hallaba falta de recursos, los Españoles estaban al borde de la bancarrota, y el mismo Enrique II de Francia deseaba ya volverse contra los protestantes del interior. La paz con Felipe II y con la nueva reina de Inglaterra Isabel I fue concluida en el Cateau-Cambrési, cerca de Cambrai (Nord), en 1559. Y las prioridades de Enrique II explican las grandes concesiones que consintió allí: no sólo renunciaba al Milanesado, sino que también restituía sus Estados al duque de Saboya y devolvió a los genoveses aquella Córcega que les había arrebatado.

Al menos Francia conservaba Calais y, de hecho si no de derecho, los Tres Obispados. Estas guerras que ahora parecían concluir, donde tanto lugar había tenido Italia, no le dejaban nada más allá de los Alpes; pero, al menos, el país salía reforzado en sus fronteras norte y nordeste.

          Los Habsburgo sólo habían podido arrebatarles a los franceses el Milanesado y no habían podido impedir que ocuparan les Trois Évêchés. Es que los Austria eran ya menos poderosos de lo que parecían. En ningún lugar, salvo en España, el soberano Carlos estaba seguro de ser obedecido: las ciudades flamencas se alzaron contrá él para defender sus libertades, los príncipes alemanes no le dieron ni soldados ni dinero, e incluso aquellos que eran de confesión protestante le hicieron la guerra y ofrecieron al rey de Francia los Tres Obispados. Finalmente, Carlos V se había sentido incesantemente coartado por la falta de dinero y la presión otomana sobre la frontera oriental del Imperio.

Cateau-Cambrési estipulaba igualmente el enlace entre Felipe II de España, viudo ahora de María Tudor (m. 1558), con Élisabeth de France (1545-1568), hija mayor de Enrique II, lo que tuvo lugar el 22 de junio de 1559. Infelizmente, durante las fiestas dadas entonces en París, el rey de Francia resultó mortalmente herido en el transcurso de un torneo, el 30 de junio de 1559 y morirá diez días después, el 10 de julio.

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En español

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GARCÍA CÁRCEL, Ricardo: Carlos V, Francisco I; Ed. Arlanza, 2007, y en “La Aventura de la Historia”, 2007.
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