Calendario republicano (1793-1806)

          Calendario republicano (instauración y derogación, 1793-1806) – Con la pretensión de sustituir al gregoriano (que, modificado por el papa Gregorio XIII en 1582, se remontaba a Julio César), un calendario anticristiano fue adoptado por la Convención Nacional, en uno de los momentos más inclementes y rigurosos del proceso revolucionario, y en una Francia más muerta que viva y con la sangre en los talones.  Fue el 5 de octubre de 1793 cuando los diputados de aquella sumisa asamblea dominada por la Montagne –cuyos votos más parecían balidos de oveja que la expresión de voluntades libres-, votaban el principio de abolición del viejo calendario. Y el Comité de instrucción pública recibió el encargo de reformar en profundidad el calendario vigente y sustituirlo por otro basado en “la razón y en la filosofia”.

            Todavía en junio de 1793, Sieyès, uno de los oráculos del legalismo revolucionario, pontificaba en el seno del Comité d’Instruction publique: “ No ha llegado aún el tiempo de hacer cambios en la división del año: nuestros hábitos y nuestras múltiples relaciones con los siglos que nos han precedido y con las costumbres de los pueblos que nos rodean, se presentan como una masa demasiado imponente para ser removida Y hemos considerado deber contentarnos con nuestro calendario”. Él sería más bien partidario de salpicar el año tradicional, en adelante, con fiestas republicanas que irian conformando las mentes.

            Pero fue aquel 24 de noviembre de 1793, cuando quedó decidido que, retrospectivamente, a partir del 22 de septiembre de 1792 -abolida ya la realeza-, todos los actos públicos habrían de ir datados como de l’An I de la Répúblique, amenazando con pena de muerte a quienes continuaran utilizando el obsoleto calendario que dominaba el “fanatismo” religioso. De hecho, la idea no era inédita por estos días, pues algunos documentos venían ya fechándose como del “primer año” de la libertad, o “segundo año…”, pretendiendo romper con “l’ère vulgaire” de la monarquía.

            El calendario fue establecido a partir de un primer borrador presentado el 20 de septiembre de 1793 por el matemático y diputado de la Convención Charles-Gilbert Romme. Romme hablaba de “racionalizar”, como primer objetivo del proyecto calendárico, enmarcado, a su vez, en el general de hace entrar también el tiempo en el sistema general decimal…

¡Y llegaron a pensar, incluso, en días de diez horas!, porque, como argüían aquellos legisladores, la base diez está en la propia naturaleza, ¿no contamos de diez en diez con los dedos de la mano!

…Y, luego, de un informe definitivo del diputado y poeta a sus horas, Fabre d’Églantine, que parecía tener escrúpulos para nombrar lo ya innombrable, fechando su presentación de este tenor:dans la séance du 3 du second mois de la seconde année de la République” (3 de noviembre de 1793).

(Exterminándose ya unos a otros muy “racionalmente”, Fabre d’Églantine acabará en el cadalso con los dantonistas en el An II; y Romme suicidándose en el An III, amenazado de inminente  guillotina).

            La imposición forzada y apresurada del nuevo calendario formaba parte de un conjunto de medidas tendentes a la radical descristianización de Francia, que la Revolución ya había emprendido por entonces con puño de hierro, como eran la supresión de todo el santoral y la obsesiva extirpación en los topónimos de Francia de cualquier nombre que sugiriese la figura de un santo; y a los niños se les obsequió con nombres sacados del reino vegetal, o de héroes o personajes greco-romanos, como Bruto o Agrícola; la ciudad de Saint-Étienne fue Armes, y Saint-Tropez Héraclée; la isla Saint-Louis que forma el Sena en París pasó a llamarse de la Fraternité y los parisiennes faubourg Saint-Germain y Saint-Antoine fueron Germain y Antoine.

Desfiles grotescos de sans-culottes, revestidos con atributos sacerdotales, recorrían las calles y se incitaba a los eclesiásticos a renegar de su condición y formar familia. El 10 de noviembre de 1793, en la ci-devant catedral de Notre-Dame, ahora “Temple de la Raison”, se había celebrado una ceremonia dedicada a la diosa de idem, mientras una bailarina de la Ópera, sentada en el altar, pretendía encarnar la Libertad. La Comuna aprobaba, pero ya Dantón y Robespierre consideraban que se estaba yendo demasiado lejos por el sendero del ateísmo.

Aquel calendario anticristiano, que Fabre d’Églantine quiso adornar con referencias metereológicas y agrícolas, era el inicio de la era republicana y habría de serlo también de la regeneración de los franceses. Fijaba el principio del año en el 22 de septiembre (día de la proclamación de la República e inicio del equinoccio de otoño (primidi, vendémiaire, An I); ¡y en aquella feliz coincidencia vieron los nuevos licurgos una prueba más de cómo la revolución se conformaba a la naturaleza misma! ¡En el cielo, el día y la noche son iguales -argumentó Romme en la tribuna de la Convención-, y en Francia, los nuevos legisladores habían traido la igualdad civil y moral! Desvaríos de revolucionarios que harían sonreir, si no fuese porque, entretanto, por toda Francia corrían ríos de sangre y de lágrimas.

Y aparecía distribuido el año en 12 meses de 30 días cada uno + 5 días complementarios al final del año –los sansculottides-, días que habrían de ser consagrados a la celebración de fiestas republicanas en honor a la virtud, el genio, el trabajo, la opinión y las recompensas; y cada cuatro años –período que llamaron franciade-, un sexto día en años bisiesto, que llamaron le jour de la Révolution.

Calendario Republicano - Gallica (BnF).

Calendario Republicano – Gallica (BnF).

            Desaparecidos los domingos (“dies dominicus” > “día del Señor”), la vieja septimana, las conmemoraciones cristianas y el santoral, y reducidas las fiestas anuales de 56 a 32 días (tradicional reivindicación de los economistas), cada mes sería dividido en 3 “décadas”, que venían a introducir un nuevo compás temporal en la vida de la nación, y cuyos días pasaban a llamarse: primidi, duodi, tridi, quartidi, quintidi, sextidi, septidi, octidi, nonidi, décadi (día, este último, consagrado al descanso).

Los nombres de los meses venían inspirados por las estaciones y la agricultura, y hacían alusión a sus rasgos significativos (¡por supuesto en el hemisferio norte y en Francia más particularmente, por lo que la “razón” dejaba de ser universal para pasar a ser nacionalista!:

Y ello, a pesar de sus protestas, porque el iracundo montagnard que era entonces Pierre-Louis Bentabole decía por estas fechas (5 de octubre de 1793) en la tribuna: “Cuando Mahoma les dio otra era a sus pueblos, fue para separarse de los otros pueblos; pero nuestro propósito es el contrario al de ese impostor: queremos unir a todos los pueblos por la fraternidad ” (traducimos). Sin duda era la pretendida “fraternidad” de la que se mofaba Rivarol, gran adversario de aquellos revolucionarios: “Sois me frère ou je te tue!” (¡Sé mi hemano o te mato!).

  • En otoño, vendémiaire (vendimiario), desde el 22/24 de septiembre, al 21/23 de octubre -según el año-; brumaire (brumario), desde el 22/24 de octubre, al 20/22 de noviembre; y frimaire (frimario), desde el 21/23 de noviembre, al 20/22 de diciembre.
  • En invierno, nivôse (nivoso), desde el 21/23 de diciembre, al 19/21 de enero; pluviôse (pluvioso), desde el 20/21 de enero, al 18/20 de febrero; ventôse (ventoso), desde el 19/21 febrero, al 20/21 de marzo.
  • En primavera, germinal (germinal), desde el 21/22 de marzo, al 19/20 de abril;  floréal (floreal), desde el 20/21 de abril, al 19/20 de mayo; prairial (pradial), desde el 20/21 de mayo, al 18/19 de junio.
  • En verano, messidor (mesidor), del 19/20 de junio, al 18/19 de julio; thermidor (termidor). del 19/20 de julio, al 17/18 de agosto; fructidor (fructidor), del 18/19 de agosto, al 21/23 de septiembre.

            Se trataba de sustituir, en definitiva, según la expresión de Fabre d’Églantine, “le dégoûtant charnier”, el repugnante osario de los sacerdotes (quería decir el martirologio cristiano), por un “odorifère herbier”, aromático herbazal.

Y quisieron aquellos revolucionarios aplicarlo contra viento y marea y a despecho de todas las dificultades, perturbando la cotidianeidad del tradicional vivir de los franceses y arrollando  hábitos seculares. En definitiva, será poco seguido por el comercio y escasamente por los campesinos, poco dispuestos a alterar las fechas de ferias y mercados; y ello, a pesar de las presiones y amenazas lanzadas bajo el máximo terror y hasta el Directorio, particularmente en lo referente a la celebración dominical.

Ya inmediatamente después de Termidor, el que había sido convencional moderado y proscrito con los girondinos reclamaba en un folleto anónimo la supresión del “calendario de los tiranos, que se atrevieron a cambiar los tiempos y los días”. Había caído Robespierre y el gran Terror, pero con la Convención termidoriana no había desaparecido el terror como instrumento de gobierno, y bien sabían aquellos gobernantes (como ha subrayado Bronislaw Baczo) que abandonar su Calendario supondría admitir la reversibilidad de todo el proceso revolucionario y sus indecibles crímenes, y que vendrían a pedirles cuentas.

Así, a trancas y barrancas, el calendario republicano conseguirá permanecer en uso legal doce años aproximadamente, pero nada más, cada vez más carente de contenido y de razón de ser.

Porque llegó el Consulado y el Concordato de 1801 con Pío VII y, si bien ateniéndose, por el momento, al ritmo oficial del calendario vigente, por no dar pie a acusaciones de que traía intenciones “reaccionarias”, Bonaparte empezó a hacer la vista gorda en cuanto a su estricto cumplimiento; ya desde el mismo Año VIII mandó suprimir todas las fiestas de la Revolución, salvo el 14 juillet, y el 1 Vendémiaire, conmeración de la República; y, en germinal, An X, quedaba fijado de nueo  el domingo como día de descanso para los funcionarios públicos (con lo que el ritmo decadario quedaba sin objeto).

Robespierre había subido al patibulo el 10 thermidor, An II = 28 de julio de 1794, y el golpe institucional de Bonaparte contra el Directorio tuvo lugar el 18, brumaire, An VIII = 9 de noviembre de 1799. Y esa manera de datar continuó hasta el 10 nivôse del an XIV = 31 de diciembre de 1805, tras cuya fecha, el calendario gregoriano fue repuesto en todo su vigor por el nuevo amo de Francia, el emperador Napoleón, hijo, él mismo, de la Revolución. ¡Tanto empeño, encono y devanarse los sesos, para tan pocos efectos!

 

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

Calendrier républicain: correspondace avec le calendrier grégorien; Le Mans, Cercle généalogique de Maine et Perche, 2015.

Concordance des calendriers républicain et grégorien
; París, Librairie historique Clavreuil; 1983.


Procès verbaux du Comité d’Instruction publique de la Convention nationale
, publicados por James Guillaume, t. 1 a 6; París, 1891-1907.

BACZKO, Bronislaw: Lumières de l’utopie; París, Payot, 1981. También: “le calendrier républicain”, en “Les Lieux de mémoires”, t. 1, La Republique (bajo la dirección de Pierre NORA); Gallimard, 1984.  

CHAPELLIER, Alain: Table de concordance des calendriers républicain et gregorien; París, Éd. généalogiques de la Voûte, 2004.

FABRE D’ÉGLANTINE, Philippe-François-Nazaire: Rapport fait á la Convention nationale (…) au nom de la Commission…[reproduccion], Maxwell, copie,1991.

FURET, François y OZOUF, Mouna: Dictionnaire critique de la Révolution française (vol. “Institutions et créations”: Calendrier); Flammarion, 2007.

MERGNAC, Marie-Odile: Les prénoms du calendrier révolutionnaire; París, Archives et Culture, 2006.

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