Pascal, Blaise (1623-1662)

          Blaise Pascal nacía el 19 de junio de 1623 en Clairmont (Auvernia, pronto Clermont-Ferrand), en el seno de una acomodada familia burguesa llegada a la noblesse de robe (a través de la magistratura). Fallecida su madre, Antoinette Begon, cuando él sólo tenía tres años, su padre Étienne Pascal (1588-1651), jurista y consejero de la Cour des aides -tribunal de naturaleza fiscal-, no tarda en darse cuenta de las excepcionales dotes del niño y, persona culta él mismo y aficionado a la ciencia, decide seguir de cerca su formación.

          Trasladado, pues, a París en 1631, para mejor asegurar la educación de sus tres hijos Gilberte (1620-1687), Blaise y Jacqueline (1625-1661) en el espíritu de los maestros del renacimiento, el presidente Pascal cultiva las buenas relaciones y es admitido en las reuniones de sabios del abate Marin Mersenne (le Père Mersenne), foro por donde llegaron a pasar Descartes, Fermat, Desargues, Torricelli, Roberval…, y en las que él mismo participaba.

Fuera de toda escuela, el pequeño Blaise va a recibir de su padre una educación excepcional. Ya a los once años escribe un pequeño tratado sobre la propagación de los sonidos, y a los dieciséis, un “Traité sur les coniques” (hoy perdido), y al año siguiente (1640), un breve “Essai sur les coniques” en el que generalizaba métodos expuestos por Viète, que le dan a conocer en la comunidad científica. Y dos años después, para facilitarle las tediosas  cuentas a su padre, el adolescente Pascal concebirá una máquina calculadora llamada machine de Pascal, capaz de efectuar las cuatro operaciones aritméticas, que le valdrá inmediatamente gran celebridad; y de la “pascaline” mandó ejecutar unos cincuenta ejemplares que apenas tuvieron traducción comercial, uno de los cuales acabará recibiendo la reina Cristina de Suecia unos años después; la primera máquina de este tipo había sido realizada por el alemán Wilhelm Schickard, que no obtuvo difusión y de cuya existencia nada supo Pascal.

Pascal. Pascalina

Pascalina

          En su confrontación con Austria y España desde 1635 (Guerra de los Treinta Años) el gobierno de Richelieu ha de detraer buena parte de los recursos del Estado, provocando la miseria de amplias regiones del país, particularmente, Normandía. Vicente de Paul acaba de fundar la obra de los “enfants trouvés” o niños expósitos. Étienne Pascal es de aquellos que protestan por la situación general y la presión fiscal, y ha de abandonar la Capital para evitar la Bastilla.

Instalado en Ruán, acaba recuperando la benevolencia del poder y, a finales de 1639, era nombrado Premier Président de la Cour des Aides de Normandía, con la misión de colaborar con el intendente en el reparto de los impuestos entre las parroquias. Y es allí donde la familia acabará recibiendo la influencia jansenista en el transcurso de 1646.

Como era el caso de su padre, disociando sin dificultad su observancia religiosa de las exigencias que la razón y la frecuentación de los medios “libertinos” le dictaban, tampoco la religión parecía ocupar un particular lugar en las inquietudes de Blaise Pascal, orientada su mente hacia los grandes problemas a través de pensadores estoicos o escépticos como Epicteto o Montaigne. Y prosiguiendo sus investigaciones científicas, lanza un desafío a la comunidad de matemáticos sobre “la roulette” (problema de la cicloide), curva que él estudia con particular interés.

          Aun ocupándose igualmente de literatura y recibiendo en su salón al gran Corneille, entonces en el cénit de su gloria, el interés de Étienne Pascal por la ciencia era dominante. El físico Pierre Petit había venido a Ruán, en agosto de 1646, para realizar ante él y su hijo la experiencia que Torricelli había efectuado dos años antes, y el joven Blaise volvió a hacerla públicamente, para luego, de regreso en París, publicar su breve exposición “Expériences nouvelles touchant le vide” -octubre de 1647-, y sostener al respecto, entre finales de este año y mediados de 1648, una polémica con el rector del collège de Clermont, el jesuíta P. Étienne de Noël, empeñado en querer demostrar la inexistencia del vacío.

Pascal no se atrevía aún a afirmar lo absurdo de la teoría según la cual, la naturaleza tiene “horror del vacío”, y, para salir de dudas, quiere comprobar las experiencias del italiano e imagina el célebre experimento del Puy de Dôme que, siguiendo sus instrucciones, realizará su cuñado Florin Périer entre el 18 y el 19 de septiembre de 1648, mientras París se debatía en los desórdenes de la Fronda: El descenso del nivel del mercurio en el barómetro de Torricelli, a medida que se tomaba altura, probaba no solamente la existencia del vacío, sino también el peso del aire. Y, verificado este experimento, Pascal pudo entonces afirmar que “la nature n’a aucune répugnance pour le vide”, y que es compatible con el vacío.

Étienne de Noël aceptó declararse convencido y el impacto de esta experiencia fue tal, que el nombre de Pascal se convirtió (como sucedió con Newton) en una unidad de presión (un “pascal” (Pa) equivale a la fuerza de un newton por m2).

Mientras Descartes -que muere en 1650-, había buscado evidencias puramente intelectuales, Pascal -mente más práctica-, sólo creía en la fuerza de los hechos constatados, más allá de la pura hipótesis y, entre injustas acusaciones de plagiar a Torrecelli, redacta entonces los tratados de “l’Équilibre des liqueurs” y de “la Pesanteur de la masse de l’air” (que el marido de su hermana publicará en 1663), en los que describía dispositivos experimentales y analizaba los fenómenos de hidrostática.

Aún serán más notables sus contribuciones en matemáticas, como su famoso triángulo (Traité du triangle arithmétique, -hoy triángulo de Pascal-, 1654), que se presta a múltiples usos. Está en la base de la “geometrización del azar”, cuyo punto de partida fue una discusión con el chevalier de Méré, y que dará lugar a una prolongada correspondencia con Pierre Fermat, para fundar el cálculo de probabilidades. No tardará Leibniz en retomar estos estudios para culminarlos.

Triángulo de Pascal

Triángulo de Pascal

Se le deben igualmente a Pascal importantes resultados en geometría proyectiva (particularmente en lo que se refiere a los cónicos), así como las bases del cálculo infinitesimal (de la integración, sobre todo). Y estuvo también en el origen del razonamiento por inducción matemática.

Pero, en torno a los 25 años, su salud comienza a degradarse, con fuertes dolores de cabeza y de estómago, hasta verse amenazado por la parálisis. Atribuyéndolo al agotamiento, a los desvelos y al trabajo excesivo, los médicos le prescriben reposo intelectual, por lo que, queriendo cambiar de aires, se traslada a París iniciando así lo que se ha llamado su “época mundana”, período durante el cual tendrá ocasión de profundizar en el conocimiento de sus semejantes; sin descuidar ciertas lecturas o la redacción de algunas cartas instructivas y moralizadoras.

Paradógicamente, será también un período activo de su trabajo científico.

A partir de entonces y hasta 1654 (muerto ya su padre en septiembre de 1651), establece relaciones con La Rochefoucauld y comienza a frecuentar a esos seductores círculos de los honnêtes gens (gente culta, refinada, epicúrea y elegante la mayoría, que vive ostensiblemente sin Dios, pero dice tener su propia moral, y que afecta una indiferencia de buen tono y ausencia de pasiones fuertes), a descreídos como el chevalier de Méré, venido del Poitou, al que conoce probablemente en septiembre de 1653, y al rico burgués Damien Mitton (modelo acabado de libertino, en las “Pensées”); y se le ve en los salones de madame d’Aiguillon -sobrina del ya desaparecido Richelieu-, o en el de la marquesa de Sablé, y ha conocido a Descartes, con quien no acaba de congeniar, porque aquellas dos personalidades eran demasiado diferentes para poder dialogar útilmente.

          Jacqueline ha terminado tomando los hábitos en Port-Royal, huyendo clandestinamente de la casa familiar en enero de 1652, a los veintisiete años y después de una larga oposición por parte de su hermano, quien, para impedirlo, le ha venido negando la dote que ella necesitaba.

Son años en los que se ve a Blaise Pascal inmerso plenamente en el entorno social que él ha elegido, comprometido con el dinero y los “attachements charnels”.

          Y toma conciencia también de la importancia del “art de plaire”, “el arte de agradar” (que él entendía como el arte de seducir y de ganarse la convicción de la gente), que se encuentra en un estudio generalmente a él atribuído, el “Discours sur les passions de l’amour” (1652-1653).

Pascal (grabado de Nicolas Bocquet, BnF)

Pascal (grabado de Nicolas Bocquet, BnF)

Estamos en 1654, Blaise Pascal ha cumplido los 31 años y comienza a sentirse decepcionado por el mundo y asqueado de la vida que viene llevando, sin por ello sentir un particular fervor de Dios. Pero queda profundamente conturbado por cierta vivencia mística, una crisis decisiva que le sucede en su aposento en la noche del lunes 23 de noviembre de 1654, “depuis environ dix heures et demie du soir, jusques environ minuit et demie”. Y siente entonces intensamente en su interior la presencia de Dios. Experiencia que él anotará de su propia mano en el “Mémorial”, ese trozo de pergamino cuidadosamente escrito, que luego se encontrará plegado y cosido en el forro de su jubón, muerto ya él: “Feu. Dieu d’Abraham, Dieu d’Isaac, Dieu de Jacob, non des philosophes et des savants. Certitude, sentiment, joie, paix. Dieu de Jésus-Christ…oubli du monde et de tout, hormis Dieu…”

Aunque ello parecerá no traducirse en un inmediato cambio de existencia, se acerca a su hermana Jacqueline y, en enero de 1655 y durante unas semanas, va a retirarse con los jansenistas de Port-Royal-des-Champs, ese movimiento entre politico y religioso que ya seduce a otros intelectuales como Jean Racine o Philippe de Champaigne. Allí mantendrá  conversaciones con el austero teólogo jansenista Louis Isaac de Sacy, director de conciencia de aquellos “solitaires” (“Entretien avec monsieur de Sacy”), y se volcará en la reflexión teológica, para acabar abandonando la ciencia casi por entero. Lo hace instado por su hermana Jacqueline (¡ella que, movida por el ascendiente de su progenitor, había declarado unos años atrás su alejamiento e incluso desprecio por la vida religiosa y todo cuanto no satisficiera un “esprit raisonnable”!); y también bajo la influencia de los escritos de Saint-Cyran -director de conciencia de Port-Royal y jefe del partido devoto-,  así como de otros acontecimientos donde él quiso ver la mano de la Providencia.

Pascal. Port-Royal-des-Champs

Port-Royal-des-Champs

Y regresa a París y a sus amigos, a los que intentará ahora en vano convertir a su fe encontrada.

          En enero de 1656, vuelve a pasar algunos días de retiro con los Solitarios, en la maison aux Granges de Port-Royal, y es aquí donde se encuentra con Antoine Arnauld (1612-1694, “le Grand Arnauld”) que le va a pedir que defienda el jansenismo contra la Sorbona que les acusaba a ellos de una excesiva cercanía con el protestantismo.

          Reclutados sobre todo en los sectores de la burguesía parlamentaria, y en cuyo seno cohabitaban diversas sensibilidades (llegando, incluso al rechazo de cualquier compromiso con el poder), los jansenistas formaban un partido hostil a diversos aspectos del entorno político-social de su tiempo: el absolutismo real y el centralismo como forma de gobernar, las pretensiones de la clase aristocrática (sus competidores directos en el dominio social) y la estrecha alianza entre poder político e Iglesia Católica.

En las dieciocho polémicas cartas (“Lettres écrites à un provincial par un de ses amis sur le sujet des disputes présentes en Sorbonne”), a partir de aquella primera de 23 de enero de 1656, hasta 1657, aparecidas inicialmente de forma anónima, llamadas comúnmente “Provinciales”, Pascal irrumpía en la disputa entre los jansenistas y los jesuítas –muy influyentes estos en la Corte y en la enseñanza, partidarios del teólogo español Luis de Molina (1536-1600) y alejados, según su visión, del auténtico espíritu del cristianismo-, para defender a aquellos y atacar a estos, su actitud excesivamente acomodaticia con el mundo, su teología moral y su definición del pecado; pero, sobre todo, su interpretación de la gracia (porque ya por estos años ha redactado “Écrits sur la grâce”, una de las claves de su obra, inspirados en el más estricto jansenismo, que Roma va a condenar y que sólo será publicado en 1779).

          Al jesuíta Molina que había defendido la predestinación en función de los méritos, Jansenius le acusaba de herejía y de seguir a Pelagio, y -sin llegar a la posición extrema de Calvino en el siglo XVI-, había querido restaurar la tesis de San Agustín del siglo V, según la cual la salvación no está asegurada, pues, para combatir las seducciones que acechan al hombre, corrompido ya por el pecado original, necesitará siempre la Gracia, pudiendo Dios negársela a justos o concedérsela a criminales, según sus insondables designios.

          En las cuatro primeras cartas, intentaba impedir la condena de Arnauld por la Sorbona y denunciaba las vaguedades de la Compañía ignaciana y sus errores: “Je ne me contente pas du probable, je cherche le sûr” –decía en la IV Provincial-.

Luego en las cartas quinta a décima, abordaba los problemas que suscitaban la indulgencia jesuíta en materia de moral y costumbres o la práctica excesiva de la casuística y las restricciones mentales que los discípulos de Molina enseñaban; para seguir, en las cartas que van de la undécima a la decimosexta -en las que abandonaba ya la ficción del provincial y de su amigo-, con réplicas a las respuestas de sus adversarios y en las que la indignación se sobreponía a la simple ironía.

 Para volver a los puros problemas teológicos en las dos últimas, dirigidas al jesuíta P. François Annat, confesor del rey [1654-1670].

Pero, más allá del debate, inevitablemente apasionado y parcial a veces, Pascal planteaba los eternos problemas de la moral y del destino del ser humano.

          La concepción mística de un Dios oculto aparece en las “Lettres à mademoiselle de Roannez” -a quien se dirige para sostenerla en la decisión que habia tomado de renunciar al mundo y de retirarse a Port-Royal- y, sobre todo, en la colección conocida como “Pensées” (“Pensamientos”), esas notas y fragmentos iniciados a partir de 1657 (liberado ya de la polémica de las Provinciales), con el proyecto de escribir una Apologie de la religion chrétienne, que habría ido destinada a los indiferentes, a los libertinos y a los incrédulos. Ignorante la posteridad del definitivo orden que su autor hubiera adoptado para su defensa de la religión cristiana, en el conjunto de esas notas se aprecian, no obstante, dos grandes partes que configuran la visión antropológica de Pascal: la miseria del hombre sin Dios, y su felicidad y grandeza cuando lo ha encontrado.

Un concepto fecundo en la argumentación pascaliana es el de “diversión” (en el sentido etimológico de divertere = apartar, desviar). ¿Qué hará el incrédulo ante los misterios de su propia existencia? ¿Vivirá siempre en estado de inautenticidad? No sé ni de dónde vengo, ni a dónde voy; sólo sé que al dejar mi existencia caeré o en la nada o en las manos de un Dios descontento, y eso para la eternidad. ¿Habré de pasar el resto de mi vida sin intentar, al menos, buscar lo que será de mí? “Al no haber podido curar la muerte, la miseria y la ignorancia, se les ocurrió a los hombres que, para ser felices, no había que pensar en ello” (Pensées). Y, ante este miedo (Pascal no utiliza todavía el concepto de angoisse, angustia), aparece la búsqueda desesperada de un consuelo. Y la diversión lleva a las actividades humanas fútiles, como perseguir la gloria o los bienes materiales, tratando inconscientemente de escapar a nuestra miserable condición.

Pascal. Pensées

Y en estos fragmentos que constituyen “les Pensées” y que la muerte le impedirá culminar a su autor, aparece todo su poder de convicción, su penetración psicológica y su poder poético al servicio de un gran proyecto místico.

Pero aquellos “Pensamientos” provocarán no pocas prevenciones en el ámbito católico, a  uno y otro lado: Port-Royal se asustó ante la audacia de algunas afirmaciones pascalianas; y Fénelon intentó combatir su sombría visión del ser humano. Por no mencionar el rechazo de los “filósofos”, llegado el siglo XVIII, a cuya cabeza aparecerá Voltaire pronunciándose contra el “misanthrope sublime”.

Ese deseo de convencer de Pascal había motivado también su “Art de persuader” (1657), donde se expresaban sus principios literarios, que anunciaban ya la doctrina clásica.

Como ya había hecho en las Provinciales, Blaise Pascal pone siempre al servicio de un cristianismo exigente sus dotes de polemista -irónico unas veces, indignado otras-, y todos los recursos de una inteligencia avezada al razonamiento científico, apelando constantemente al sentido común o a la evidencia de los hechos.

Distingue el orden natural del sobrenatural, y en su obra recurre, sucesivamente, al “esprit de géométrie” (el razonamiento matemático) y al “esprit de finesse” (la lógica del corazón), cuando él decía en sus “Pensées” (IV. 277), que “le coeur a ses raisons que la raison ne connaît point”. Hombre de ciencia y de fe al mismo tiempo, quería conseguir la adhesión por medio de demostraciones rigurosas, sostenidas por frases imperiosas y un vocabulario sobrio. Es bien conocida su argumentación de le pari (la apuesta, “Pensées”), con la que, como matemático probabilista, pretendía atraer a los libertinos a la fe y animar a los escépticos a creer en Dios: “Pesons le gain et la perte, en prenant choix que Dieu est. Estimons ces deux cas: si vous gagnez, vous gagnez tout; si vous perdez, vous ne perdez rien. Gagez donc qu’Il est, sans hésiter”. “Dios es o no es. ¿De qué lado nos inclinaremos? (…). Hay que apostar, eso no es algo voluntario, porque estáis embarcados (…). Puesto que habéis de elegir, (…), consideremos la ganancia y la pérdida, apostando que Dios existe: Si ganáis, lo ganáis todo; si perdéis, no perdéis nada. Apostad, pues, sin vacilación, que Dios existe”.

Pascal sabía llegar al corazón del hombre por medio de una “verdadera elocuencia”, dramática unas veces (repeticiones, antítesis) y otras patética (interrogaciones o exclamaciones apasionadas, aunque mesuradas siempre). Esa búsqueda de un estilo donde la expresión -al servicio siempre de la idea-, pretende ser clara a fin de ser eficaz, resulta sensible en “les Provinciales” y es más evidente en “les Pensées”-; y es significativa de la evolución de la prosa francesa del siglo XVII.

Paralelamente a la redacción de los Pensamientos, después de las Provinciales y sorteando sus sucesivas “conversiones”, Pascal no deja nunca su fecunda reflexión científica, (aunque fragmentaria, dispersa y aleatoria siempre), a vueltas aún con los problemas de su cicloide, en esta época en torno a 1658.

Sin embargo, agotado y debilitado por la enfermedad -sobre todo a partir de 1659-, Pascal se ve obligado a abandonar toda actividad intelectual relevante, en beneficio de la piedad y la caridad. Y escribe por esta época “Prière pour demander à Dieu le bon usage des maladies” (“Oración para perdirle a Dios el buen uso de [nuestras] enfermedades”).

Y también, con propósito instructivo, “Trois discours sur la condition des grands” hacia 1660, dirigidos al futuro duque de Chevreuse (y luego de Luynes), de 14 años entonces, donde, esta vez, abordaba su autor temas de política social, determinando la verdadera naturaleza de lo que es ser “grande” del Reino, sin comprometer el orden social: Que su condición de grande no se debía a cualidades intrínsecas, sino a un conjunto de circunstancias del destino; que debía comportarse como su rango lo exigía, pero sabiendo que no era superior a los demás hombres; que existen en la sociedad “grandeurs d’établissement” y “grandeurs naturelles”; que se debe respeto a las primeras, incluso si esas grandezas son fruto de hábitos sociales, pues el respeto a las convenciones humanas es necesario; pero que un grande no podía exigir que se admirase en él cualquier “grandeza natural” (a menos de poseerla), pues esta es siempre el fruto de un talento o una virtud…

          Y se mantiene aún en contacto activo con personalidades como el matemático Fermat –otro genio de su tiempo-, o en algunas visitas como las que hace a la marquesa de Sablé, retirada ahora cerca de Port-Royal de Paris.

          Después de un tiempo de relativa calma, volvieron las presiones del poder y, tras la bula “Ad sacram” del papa Alejandro VII [1655-1667], condenando el jansenismo en 1656, el rey Luis XIV acabará ordenando quemar las “Provinciales” y prohibiendo su difusión, además de obligar a los jansenistas a firmar un formulario reconociendo todas las condenas que habían recaído sobre el movimiento (1661).

          Su hermana Jacqueline moría en 1661, y Blaise Pascal, aquel cuya principal reflexión a partir de los treinta años quedó encaminada a probar la autenticidad de la religión cristiana, fallecía al año siguiente en París, aquel 19 de agosto de 1662, cuando acababa de cumplir 39 años. “Que Dieu ne m’abandonne jamais!” fueron sus últimas palabras. Y fue enterrado en la iglesia Saint-Étienne-du-Mont, del barrio latino, en la montagne Sainte-Geneviève, donde también reposan los restos de Jean Racine.

          Su fecunda mente está también en el origen de aquel vanguardista proyecto que quiso poner en marcha en París en los primeros meses de 1662 (con dos socios más y a partir de una primera idea de un Nicolás Sauvage en 1647): le carrosse à cinq sols, para establecer líneas de transporte urbano público y barato. Pero, ya muerto él, la compañía no tardrá en decaer, hasta desaparecer quince años después.

Blaise Pascal pasó por la historia de la ciencia y del pensamiento como una estrella tan fugaz como brillante, genio precoz y atormentado siempre, “effrayant génie” –como le había llamado Chateaubriand en el “Génie du Christianisme”-; y en las letras de su tiempo dejó pautas estéticas y estilísticas (rigor en el empleo del término exacto: “Il y a des lieux où il faut appeler Paris, Paris, et d’autres où il la faut appeler capitale du royame” -había dicho en sus “Pensées”-, preocupación por la fidelidad al pensamiento, frases naturales y desprecio de lo artificial), significativas para la evolución de la prosa francesa de su siglo, dejados ya atrás el barroco y el preciosismo. Llegarán los románticos y su figura atormentada e inquieta, su mente prodigiosas y su sufrimiento físico, recobrarán con ellos prestigio y respeto.

          Y siguieron tomándose medidas vejatorias, en los años siguientes, contra el jansenismo, aquel exigente movimiento en el que Pascal tanto se había implicado, y contra aquellas religiosas de Port-Royal, en 1664, que se venían negando a firmar el formulario, actitud en la que continuarán incluso después de la bula Regiminis Apostolici (1665, Alejandro VII).

Pascal. Firma

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