La Bruyère – (1645-1696)

La ambigüedad de la querelle (o debate) des Anciens y des Modernes, según la expresión al uso, así como la complejidad de la evolución de las mentes a finales del siglo XVII estallan en la personalidad y la obra de La Bruyère, campeón de los Antiguos, admirador de la generación clásica francesa y discípulo de Bossuet.

Jean de La Bruyère había nacido en la isla de la Cité, el 17 de agosto de 1645, en el seno de una familia de media burguesía parisiense, ligada al mundo de la judicatura y de los oficiales reales, fácilmente inclinada hacia las ligas o las frondas contra el poder. Él siguió los tradicionales estudios de derecho, pasó su licenciatura en Orleáns y se hizo abogado.

Sin duda sentía poca afición por la práctica de la abogacía, porque, después de heredar de su padre en 1666 y de un tío en 1671, acabará comprando, dos años después un cargo de tesorero general de Francia en la Generalidad de Caen (Normandía), donde se presentó para tomar posesión en 1674 y adonde nunca más volverá. Tras lo cual, regresó a París decidido a vivir de sus rentas y a ocupar su ocio leyendo, observando y escribiendo. Y ya, hacia 1677, comenzó a redactar para sí algunas Remarques, a emulación, posiblemente, de las Maximes que La Rochefoucauld (¡otro parisiense!), había hecho públicas en 1664.

Parece haber sufrido algún revés de fortuna, porque su tren de vida era modesto cuando Bossuet, en 1684, tuvo alguna influencia para que le concedieran la plaza de subpreceptor cerca del duque Luis de Borbón, nieto del Grand Condé el vencedor de Rocroi.

Y La Bruyère empezó a consagrarse a la ingrata tarea de enseñarle algo de historia, geografia e instituciones de Francia a aquel adolescente, difícil y altanero, que no quería estudiar. Pero el cometido fue corto, por fortuna para él. A finales de 1686, a la muerte de su abuelo, el duque de Bourbón vino a convetirse en duque de Enghein e interrumpió sus estudios, aunque quiso mantener cerca de su persona, como gentilhomme, al que había sido su preceptor, confiándole la teórica custodia y gestión de su biblioteca. Y, a partir de entonces, el hôtel de los Condé donde va a vivir en Paris, con la pequeña corte de Chantilly en el château de Montmorency, residencia de los príncipes, vendrán a ofrecerle un precioso campo de observación, al que no hubiera podido acceder en otras circunstancias.

Porque en 1688, La Bruyère publicaba la primera edición del único libro que le habría de bastar para alcanzar renombre literario; eran los Caractères de Théophraste, traduits du grec… Tal era el respeto que entonces se sentía por los Antiguos, que a su autor le pareció casi obligado, en las primeras ediciones, apelar a aquella mediocre autoridad, tras lo cual venía su obra original en letra más pequeña: …avec les Caractères ou les Moeurs de ce siècle. Pocos leyeron al griego.

Uniendo a la justeza psicológica el arte de la expresión que sabe forzar la atención, se trataba de una sucesión de sentencias y pensamientos breves sobre la naturaleza humana, y de retratos satíricos e incisivos (pocos, por el momento), trazados en moralista pesimista atento a la evolución de la costumbres. Porque el pesimismo será rasgo de esta generación del último tercio del siglo.

Luego, ante el gran éxito con que la obra venía siendo acogida –y que suscitará imitaciones-, La Bruyère siguió trabajando en ella y aumentándola en sucesivas ediciones con nuevas figuras (para las que pronto empezaron a darse claves), parte ésta que terminará constituyendo lo más interesante del libro. La primera edición contenía 386 párrafos, y la octava -última en vida del autor-, 1118.

El frecuente lado incisivo y extravagante de sus tipos -algunos, hasta la caricatura-, impregnados de contemporaneidad y contingencia, constituirá una de las críticas que se le hicieron en vida. Pero aquellos Caractères eran, sobre todo, según expresión acertada de algún coetáneo-, “une description des moeurs de ce siècle”. Porque La Bruyère nos habla ora de la aristocracia de la Corte y de la altanería y dureza de los grandes, ora de los hidalgüelos de provincias, de los magistrados, de los prelados, de los ministros, de los financieros y el nuevo poder del dinero, pintando un cuadro poco indulgente de la sociedad francesa en los años finales del reinado de Luis XIV, más allá de la crítica que pudieron ejercer Molière, Boileau o La Fontaine, aunque sin enfrentarse nunca a las instituciones en sí mismas.

Elegido en 1693 (tras algunos fracasos anteriores y gracias a la presión de sus protectores), para ocupar sillón en la Academia Francesa, La Bruyère pronunció en esa ocasión un amargo discurso de recepción que causó polémica, en el que alababa a sus amigos y a los partidarios de los Antiguos.

Sin pretender atribuirle todos y cada uno de los sentimientos, frustraciones o anhelos que describe en sus Caractères, bien sabemos que nuestras vivencias constituyen el material privilegiado con que construimos nuestra reflexión. Y él escribió: “Sentimos por los Grandes y por la gente instalada una envidia estéril o un odio impotente que no consigue vengarnos de su esplendor y de su elevación y que sólo consigue añadir a nuestra propia miseria el insoportable peso de la felicidad ajena”.

Parece una confesión, porque él quiso apartarse voluntariamente de la vida activa para entregarse al estudio y a la observación de sus semejantes; pero retirándose se encontró relegado al papel de simple espectador; y era plebeyo y pobre, cuando vivía en un mundo en que convenía ser noble o rico para tener derecho a consideración social.

Con la paulatina degradación del carácter, La Bruyère vino a acumular todos los pesimismos: el de el pequeño burgués, el de los intelectuales al margen de una sociedad rica que sólo los quiere como ornamento de sus salones o agentes de su ocio, el de los cristianos agustinos escandalizados por el mundo que les rodeaba.

Cercano al obispo de Meaux, a la escuela tradicionalista y a los Antiguos de la famosa Querelle, La Bruyère no creía en un pretendido progreso de las luces y las costumbres (como ya empezaba a afirmar un Fontenelle), ni era en nombre de la razón por lo que criticaba a su tiempo. La esperanza de regeneración social no la veía él en un quimérico futuro, sino en un no menos imaginario pasado de inocencia y felicidad, el de los patriarcas bíblicos, el de la Grecia homérica. Su condena del espíritu de conquista del reinado de Luis XIV, lo hacía a la manera de los cristianos reagrupados hacia 1670 en torno a un Lamoignon; y deseaba leyes más justas y humanas en nombre del Evangelio, considerando la venalidad de los cargos una de las causas de la desmoralización pública, según lo venía diciendo también el partido religioso.

Siempre intimamente ligado a Bossuet -en cuya defensa saldrá con ocasión de su disputa con Fénelon y con la mística madame Guyon-, preparaba unos Dialogues sur le quiétisme, cuando vino a morir repentinamente de apoplejía, el 8 de mayo de 1696, prácticamente en soledad. Y esos Diálogos, publicados en 1699, recordarán las Lettres Provinciales de Pascal, en pleno debate jansenista.

Si La Bruyère puede pasar por un anunciador de los nuevos tiempos es porque, en su crítica del funcionamiento de la sociedad monárquica, puso una acritud audaz y una amarga pasión desusadas hasta entonces.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BURY, Emmanuel: Les caractères de La Bruyère; introducción y notas de –;Li
HAZARD, Paul: La crise de la conscience européenne (1680-1715); París, 1935, diversas ediciones posteriores, Fayard, 1961.

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