Laclos – (1741-1803)

Pierre Ambroise François Choderlos de Laclos, nació en Amiens en 1741, en el seno de una familia de pequeña nobleza, y –según una tradición familiar- descendería de moriscos españoles refugiados en Francia en el siglo XVII. Ingresa en el ejército cuando se termina la guerra de los Siete Años y va avanzando lentamente, de guarnición en guarnición: Estrasburgo, Grenoble, Besançon, Valence… Para matar el tiempo, produce cuentos galantes y Poésies fugitives, que han llegado hasta nosotros. Y cabe suponer que el libro Liaisons fue precedido de ensayos que permanecieron en el cajón.

Anotado como “oficial inteligente”, se interesa por la investigación militar. Un innovador y reformador de las doctrinas de Vauban, el marqués de Montalembert le encarga construir y armar en 1779 un fuerte sobre la isla de Aix (Île-d’Aix, costa atlántica). Y es sobre esa tierra arenosa, apenas emergente, donde comienza las Liaisons Dangereuses. Algunos pretenden que se inspiró de la crónica escandalosa de Grenoble, pero es la aristocracia parisiense la que describe. ¿La conocía? Al menos, pudo haberla percibido en el transcursos de sus permisos, que solían ser de seis meses, y uno de ellos le permitió acabar y publicar su audaz novela en 1782. Después de mucha investigaciones, la relación del hombre con su obra sigue siendo problemática, porque Laclos se rodeaba de secreto. Y para todo el período que precede la redacción de las Liaisons, sólo disponemos de informaciones muy exteriores.

Fue tal  el éxito de escándalo, que el ministro, descontento, envió a su autor a la isla de Aix, de donde pasó luego a La Rochelle, de cuya academia se hizo miembro. Y nuestro capitán de artillería sedujo aquí a una demoiselle, Marie Soulange Dupperré, de buena familia aunque sin fortuna y ya no muy joven, de cuyos amores nació un hijo que, con el matrimonio, fue legalizado dos años después.

¿Valmont? Más bien Saint-Preux, porque este novelista libertino parece discípulo de Rousseau; hizo sus inicios literarios (1777) con una adaptación de la Ernestine de madame Riccoboni. Y después de las Liaisons, por responder al tema propuesto por la Academia de Châlons en 1785, esboza un ensayo Sur les meilleurs moyens de perfectionner l’éducation des femmes, en el que exaltaba a “la mujer natural”.

Pero un nuevo escándalo, su carta crítica y no conformista a la Academia Francesa, en 1786, Sur l’éloge de Vauban (gloria nacional que Lazare Carnot había elogiado en su discurso a la Academia de Dijon dos años antes, y que había merecido el primer premio), obliga a Laclos, esta vez, a dejar el ejército ese mismo año.

En vísperas de la Revolución entra al servicio del duque de Orleáns (Orléans) y, bajo la Asamblea Constituyente, intriga a favor de una monarquía orleanista a la inglesa, y se hace el redactor principal del periódico Les Amis de la Constitution, a partir de octubre de 1790, que acabará convertiéndose, en julio de 1791, en el órgano de los moderados Feuillants. Pero el príncipe renuncia y Laclos solicita el reingreso en el ejército. En Valmy se le vio resistiendo a los prusianos como general de brigada, y en 1793 –revolucionario él, pero no jacobino ni enragé-,  conoció prisión y a punto estuvo de subir al cadalso. Sus cartas a los suyos, a partir de 1794, revelan un Laclos más “rousseauísta” y tradicional que nunca, buen esposo y buen padre.

Liberado ya, Laclos se retira de la vida pública, hasta la llegada del golpista Bonaparte del que él se declaró partidario inmediatamente. El Primer Cónsul le va a nombrar general de brigada y miembro del comité de artillería.

Y meditaba escribir una segunda novela, con la intención de “hacer popular la verdad de que sólo en la familia está la verdadera felicidad”, pero le faltó tiempo: un ataque de disentería se lo llevó de este mundo, en el transcurso de una misión en Italia. Morirá en Tarento en 1803.

Con lo cual, Chaderlos de Laclos ha quedado para la posteridad como el autor de un solo libro. Y durante mucho tiempo, se ha querido iluminar las Liaisons Dangeureuses con luz satánica. Admiramos a Satán, pero le reprobamos. La interpretación mística permitía coger la belleza de la obra, al tiempo que se proclamaba su malicia intrínseca; malicia en la que una hábil teología sabía encontrar enseñanzas positivas. Y de Laclos mismo nos hacíamos la imagen que sugiere su novela: la de un Valmont imperfecto.

Aun concediendo en el libro la sátira de las costumbres y una cierta crítica de la sociedad de su tiempo, sería grosero error de interpretación el considerar las Liaisons en la perspectiva de la lucha social, pues su autor había dado patentes muestras de su posicionamiento político moderado, lejos de cualquier extremismo.

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