Alembert, D’ – (1717-1783)

          D’Alembert – (1717-1783). El matemático, físico y filósofo Jean Le Rond D’Alembert fue recogido en París en la escalinata de la iglesia Saint-Jean-le-Rond, en noviembre de 1717, llevado al hospicio y bautizado luego con el nombre del lugar donde se le había hallado. Y, posteriormente, confiado a los cuidados de la mujer de un artesano vidriero. Era, de hecho, el hijo que madame Tencin había tenido con el chevalier Destouches, comisario provincial de artillería quien, si no reconoció al niño, seguirá ejerciendo sobre él, en adelante, una discreta protección.

En 1729, Jean ingresa en el Collège des Quatre Nations con el nombre de Aremberg (cambiado luego en Alembert), y enseguida llama la atención por su excelente disposición para las lenguas clásicas y la especulación filosófica. Maître ès Arts en 1735, y autor de un Comentario a la Epístola de San Pablo a los Romanos que entusiasma a sus profesores jansenistas, no quiere, sin embargo, consagrarse a la teología como se le invitó a hacer, y sigue estudios de Derecho.

Abogado en 1738, se interesa también por la medicina, pero no tarda en descubrir lo que iba a ser su vocación: las matemáticas, que más que aprender con la ayuda de un único profesor, reinventa él. Ya en 1739, envía a la Académie des Sciences, unas observaciones que titula Analyse démontrée del P. Reyneau, y al año siguiente una memoria sobre la refracción de los cuerpos solidos. En 1741 ingresa en la Academia de Ciencias y es nombrado adjunto en la sección de Astronomía. Y publica su Traité de dynamique en 1743, obra básica de la mecánica, fundado en los tres principios de Newton, donde enunciaba el que se llamará “principio de d’Alembert”; vendrán luego su Traité de l’équilibre et du mouvement des fluides (1744), y la Théorie générale des vents (1745). Geómetra asociado en 1746, pensionado supernumerario en 1756 y titular en 1765. A lo largo de estos años, ha dado a conocer estudios, desarrollos y análisis, que le granjean el respeto en los ambientes científicos. Y apenas ha necesitado diez años para dar lo esencial de su obra científica, centrada, sobre todo, en la mecánica.

Celebrado en las academias, pronto los salones van a descubrirle. Lanzado por madame Geoffrin, a partir de finales de 1748 se convierte en uno de los contertulios más asiduos de madame du Deffand.

Deseaba gustar pero se mostraba celoso de su tranquilidad, y era irritable pero generoso; d’Alembert aparece así como un personaje ondulante y desigual. Grave y riguroso en los ambientes eruditos, no desdeñaba parodiar con algún talento a los actores de la Ópera o a sus colegas de la Academia.

Pero también poseía cualidades más discretas: y ante todo la fidelidad, como la que le mostró a aquella que será el único verdadero afecto de su vida, Julie de Lespinasse; hija natural como él mismo, ella le debe el conservar la sociedad de enciclopedistas, cuando madame Du Deffand vino a expulsarla de su salón en 1764; y fue él quien la cuidó cuando tuvo viruela: “Entre nosotros no hay ni matrimonio ni amor –le escribía a Voltaire, sino estima recíproca y toda la dulzura de la amistad”. Fidelidad, igualmente, hacia su nodriza: hasta los cuarenta y siete años, d’Alembert volvía todas las noches a su casa de la rue Michel-le-Comte, que sólo dejará, afectado por una fiebre en 1765, por la insistencia de su médico. Y hacia sus amigos: por ellos llevaba una vida sedentaria, esporádicamente entrecortada por una estancia en las Délices de Voltaire en 1756, dos viajes a la corte de Federico II de Prusia (en 1755 en Wessel y en 1763 a Postdam),y una excursión a Provenza en 1770. Y rechaza suceder a Maupertuis en 1759 en la presidencia de la Academia de Berlín, por no alejarse de París, como declina también en 1762 la oferta de Catalina II de Rusia para dirigir la educación de su hijo el heredero Pablo Iº. Y fidelidad, finalmente, al espíritu filosófico, no tanto por la exposición de un sistema de pensamiento riguroso como por su lealtad a una cierta actitud mental.

Escéptico, pensaba que “no hay ciencia sin su metafísica”, y en metafísica, “no” no [le] parecía más razonable que “sí”.

Tratando de fundar la moral y la lógica sobre principios simples, le concedía, sin embargo, un cierto espacio a la intuición matemática, y acabará por creer que “todo lo que vemos no es más que un fenómeno que, fuera de nosotros, no tiene ningún parecido con lo que imaginamos”. Voltaire le llamaba “Protágoras”; pero si, como el sofista griego, desdeñaba el dogmatismo, también tenía el arte de persuadir.

Se ha dicho que d’Alembert confesaba la verdad de su pensamiento más fácilmente en su correspondencia que en sus propias publicaciones; pero en una carta a la zarina hacía la apología del cristianismo y rechazaba el ateísmo del poeta latino Lucrecio en el prefacio a sus Éloges de plusieurs savants (1779).

El papel de d’Alembert fue esencial en la difusión de las nuevas ideas, que él sabía presentar sin agresividad y con su natural campechanía y su prestigio de hombre de mundo. Y fue ese talento el que supo utilizar en la presentación de l’Encyclopédie. Porque d’Alembert no limitó su colaboración a la redacción o a la revisión de los artículos dedicados a las matemáticas o la física general; él redactó aquel Discours préliminaire -prefacio de la Enciclopedia y verdadero programa de las Luces-, aparecido el 1 de julio de 1751: al lado de una historia de las ideas y de un árbol genealógico de las ciencias y las artes, inspirado de Francis Bacon, también dejaba lugar para la religión revelada. Y es el autor de la dedicatoria al ministro de la Guerra d’Argerson y de la advertencia del tomo III.

Y en esa aventura sembrada de escollos, que tanto tenía de intelectual como de material, d’Alembert contó con la colaboración de Montesquieu y de Voltaire. Intervino cerca de Malesherbes, director de la Librería, a fin de que impidiera la salida de publicaciones competidoras, o reprimiera ciertas críticas demasiado violentas de los adversarios del espíritu filosófico.

Pronto su paciencia se cansó de tanta querella y tan escasa retribución por sus servicios: las protestas de los jesuítas y del arzobispo de París, los ataques personales de Fréron, del abate de Saint-Cyr y del jesuíta lyonés P. Tolomas, el escándalo de su artículo Genève -que Voltaire le había soplado cuando recibió su visita en 1756-, defendiendo el teatro en la ciudad calvinista, y la polémica que siguió con Rousseau, la represión intelectual y policíaca que se abrió con la condena de De l’Esprit de Helvétius y la revocación del privilegio concedido a la Enciclopedia. Todo ello determinó d’Alembert a renunciar al proyecto, y se alejó de Diderot

Pero aquella ruptura no significaba la separación del enciclopedismo. Por el contrario, iba a poner todo su empeño por que prevalecieran las ideas filosóficas en la Academia Francesa, donde se sentaba desde 1754.

Su preocupación parecía inclinarse, por esta época, hacia las letras y las artes: en 1752, ya había publicado unos Éléments de musique théorique et pratique, suivant les principes de M. Rameau; en 1753, en el Essai sur la société des gens de Lettres avec les grands, celebraba la libertad, la verdad y la pobreza como virtudes cardinales del escritor; ese mismo año, hacía publicar en Berlín los dos primeros volúmenes de sus Mélanges de philosophie, d’histoire et de littérature, que iba a seguir enriqueciendo hasta 1783; y en 1759, su Essai sur les éléments de philosophie, que hacía venir de las sensaciones todo el conocimiento humano.

Si, una vez más, d’Alembert aparece como polemista en sus Mémoires sur la destruction des Jésuites (1765), pronto se va a entregar de lleno a las labores de la Academia: favorece la elección de la Condamine (1760), de Jean-Fr. Marmontel (1763), de Condillac (1768) y de Saint-Lambert (1770); y les da un nuevo brillo a las solemnes sesiones, procediendo con una “dicción lenta y calculada”, a la lectura de sus Réflexions sur la poésie.

Elegido secretario perpetuo a la muerte de Duclos en 1772, d’Alembert retoma la historia de la Academia en el punto donde lo había dejado d’Olivet: en diez años compone 78 elogios, que forman la Histoire des membres de l’Académie française morts depuis 1700 jusqu’en 1770. Se apasiona por los problemas del lenguaje, lamentando el abuso de la jerga científica y esforzándose por definir los principios de un método de traducción -que él ilustra con la transposición de pasajes de Tácito o de escenas del Caton del británico Adisson-.

El 29 de octubre de 1783, d’Alembert rendía su último aliento en París sin haber querido recibir en su lecho de muerte al párroco de Saint-Germain-l’Auxerrois; y el arzobispo de París le negó la ceremonia religiosa, pero autorizó su inhumación en el cementerio de la parroquia, “sin cortejo y sin ruido”. El suizo Meister se sorprenderá de que a los filósofos les agrade tanto estar en la Iglesia después de muertos y en vida se vanaglorien de no estar en ella. Es cierto que su testamento comenzaba por las palabras: “En el nombre del Padre…”

A pesar del valor intelectual de su aportación, su estilo, claro y correcto, no supera una cierta insulsez. Y su correspondencia con Voltaire será publicada por Condorcet.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

CALATRAVA, Juan: La teoría de la arquitectura y de las bellas artes en la “Enciclopedia” de Diderot y d’Alembert; Granada, Diputación Provincial;1992.
CHAUSSINAND-NOGARET, Guy:  D’Alembert, une vie d’intellectuel au siècle des Lumières; París, Le Grand livre du mois, 2007.
MOSCOSO, Javier : Diderot y d’Alembert, ciencia y técnica en la Enciclopedia; Nivola, 2005.
QUINTILI, Paolo: Iluminismo ed Enciclopedia: Diderot, d’Alembert; Roma, Carocci, 2003.
VAN TREESE, Glenn Joseph: D’Alembert and Frederik the Great: a study of their relationship; New York, Learned publ., 1974.

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