Beaumarchais – (1732-1799)

          Pierre Auguste Caron nació en París en enero de 1732. Era el séptimo hijo de un relojero parisiense, de la rue Saint-Denis, y tuvo ocasión de dar sus primeros pasos en el digno oficio de su padre, inventando un nuevo sistema de rueda de escape. Particularmente dotado para la música, consiguió pronto hacerse un hueco en la corte, convirtiéndose en maestro de arpa de las hijas de Luis XV, adquirió el cargo de controlador en la Casa real (1755) y luego de secretario del rey (1761), con lo que accedía a la calidad de noble. No tardó en adoptar el nombre de un pequeño feudo que pertenecía a su mujer, para llamarse, a partir de entonces, Caron de Beaumarchais. Pero su intimidad indiscreta con madame Adelaida, le valió pronto una lettre de cachet que le prohibía en adelante la entrada en Versalles.

Al tiempo que se cultivaba intelectualmente y frecuentaba la lectura de Richardson y de los mejores autores de la Antigüedad y de los siglos XVI y XVII, el vital Beaumarchais buscaba hacer fortuna; se lanza entonces en especulaciones con el financiero Pâris-Duverney, y no tarda en mostrar un talento particular para los negocios, con lo que acabó adquiriendo una gran fortuna.

En 1764 hubo de viajar a Madrid para prestar ayuda a su hermana Lisette, seducida y luego abandonada por un tal Clavijo. Lo que no le impidió involucrarse, ya de paso, en negocios de trata de negros en las colonias españolas y pudo recoger, en el transcurso de este viaje, profundas impresiones que inspirarán el españolismo del Barbier de Séville y del Mariage de Figaro.

Y es que una natural inclinación llevaba Beaumarchais hacia el teatro y a esa variedad escénica, arrobo del público burgués de entonces, que empezaba a alejarse de los planteamientos  y temas clásicos: la comédie larmoyante, tierna y conmovedora, cuyo modelo era Diderot.

En 1767 publica un Essai sur le genre dramatique sérieux, previo a su Eugénie, ou la vertu du désespoir, de este mismo año (drama moralizante y enfático, inspirado en la desventura de su hermana, y donde desarrolla algunas tesis feministas), y al drama burgués de Les Deux Amis ou le Négociant de Lyon, también moralizador y didáctico, que estrenó la Comédie Française en 1770, y donde planteaba cuestiones relacionadas con el dinero y la condición de negociante, De ninguna de estas dos piezas puede decirse que hayan sido éxitos.

Muerto ya Pâris-Duverney (1770), Beaumarchais presentó un importante título de deuda sobre el difunto, por lo que se vio acusado de falsedad documental por su heredero el conde de La Blache: era el principio de sus numerosos pleitos y litigios judiciales. Condenado (abril de 1773), y acusado incluso de corrupción por el magistrado Goëzman, Beaumarchais defenderá brillantemente su rehabilitación, redactando cuatro Mémoires (1774), donde, con mucha mala fe, vehemencia y un caudal de ingenio gracioso, se presentaba víctima de los abusos de la justicia. Aquellos escritos conocieron un gran éxito y pusieron a la opinion pública de su lado.

Dos veces casado y otras tantas viudo, y despojado ahora de sus derechos cívicos (blâme), pero ya famoso, Beaumarchais prosigue su carrera de aventurero: agente secreto del rey y encargado de detener la difusión aquí y allá de libelos contra la Corte, imaginó él mismo escribir contra María-Antonieta, pero la emperatriz María Teresa su madre acabó descubriendo la impostura y mando detenerlo; liberado ya, regresó a París para fundar una Sociedad de autores dramáticos, contra las exigencias y abusos de editores y actores (1777), asumió la publicación en Kehl (Baden Wurtemberg), de la primera edición monumental de Voltaire (1783-1790), y continuó enriqueciéndose, proporcionando armas a los colonos rebeldes de América, mientras seguía trabajando como agente secreto del rey.

Gracias a sus importantes protectores, Beaumarchais había conseguido triunfar sobre los obstáculos que se le quisieron crear para impedir la representación, en febrero de 1775, del Barbier de Séville (su primer gran éxito, cuando de cinco actos originarios, decidió reducirlo a cuatro, dos días después), obra con la que, a la popularidad del libelista, venía a añadir el justo renombre del buen dramaturgo; y luego de su continuación, Le Mariage de Figaro (concluida en 1778 y…¡censurada durante seis años, hasta aquella clamorosa première de abril de 1784!). Ambas marcaban, desde el punto de vista literario, un rejuvenecimiento de la comedia, pero, sobre todo, en vísperas de la Revolución, constituían, por primera vez en la escena francesa, la más atrevida crítica de los escándalos de la justicia y de los abusos de los privilegiados, además de una reivindicación de la primacia debida al Estado Llano y a su inteligencia.

El napolitano Giovanni Paisiello en 1782 y Rossini en 1816 pusieron música a “El Barbero de Sevilla”, Ya Mozart había compuesto en 1786 Les nozze di Figaro, sobre un libreto del poeta Da Ponte. Y Darius Milhaud, dará, a mediados del siglo XX, su versión de La Mère Coupable.

Fue la época más brillante de su vida, para este personaje impertinente, incómodo y enredador. Gracias a complicidades en la Corte y al apoyo de los medios ilustrados –habitual él de los salones (de madame Roland, de madame Grouchy de Condorcet…), y animador de la Société du Temple- Beaumarchais se sentía suficientemente fuerte como para desafiar con insolencia a la censura, al ministro de justicia (Garde des Sceaux) y al rey mismo, y para hacer encarnar al inmortal personaje de Figaro, la figura del oprimido, del plebeyo erguido contra la nobleza y exigiendo ya el lugar que consideraba corresponderle.

Pero la facundia y la inspiración se agotaban. Siguieron en su producción la extraña ópera filosófica Tarare, con música de Salieri (1787) y, luego, en 1792, en plena Revolución, ese error en forma de pálida réplica del Mariage, que fue La Mère coupable, con la que parecía regresar a la fórmula lacrimosa del drame sérieux, y donde tuvo la infeliz ocurrencia de presentar de nuevo a aquellos personajes del Barbier y del Mariage, insípidos y envejecidos ahora.

En 1791, Beaumarchais –que, al decir de algunos, valía más que su reputación (otros dicen que menos aún), como le ocurría a su Figaro-, se instala en una mansión que ha mandado construirse no lejos de la Bastilla y, aquel matasiete destructor, caballero de rompe y rasga contra los privilegios, también esta vez intenta culebrear entre las facciones surgidas; pero, adquirir mayores compromisos con el nuevo contexto político que él ha contribuido a traer, ¡quiá! A pesar de intentar colaborar con el nuevo régimen en cierta embrollada transacción de fusiles en Holanda, para los ejércitos de la Revolución, que no llegó a término, tanta ostentación de riqueza acabó haciéndole sospechoso para aquellas nuevas autoridades que enviaban a la guillotina por centenares, y hubo de refugiarse en Hamburgo durante el Terror, por salvar la cabeza, como tantos otros.

Y este personaje, tan representativo de una época en fermentación y, finalmente, convulsa, terminó arruinado y malviviendo, hasta que pudo volver a París bajo el Directorio, donde, entre estrecheces, murió en mayo de 1799. Ya para entonces, aquel Versalles que había denostado aparecía desierto, pero en el palacio del Luxemburgo en París, sede del nuevo gobierno, mandaban ahora ex-terroristas y concusionarios, con madamas esperándoles en la penumbra de la alcoba. ¡Tanta agitación, para eso!

Bonaparte se disponía a regresar de Egipto.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

GEFFRAY, Marie: Beaumarchais ou l’irrévérence; ed. du Jasmin, 2013.
DIDIER, Béatrice y NEEFS, Jacques: La fin de l’Ancien Régime: Sade, Rétif, Beaumarchais, Laclos; estudios reunidos y presentados por –; Presses Universitaires de Vincennes, 1991.
LEVER, Maurice: Pierre Auguste Caron de Beaumarchais. t. 1: L’irrésistible ascension (1732-1774 ), Fayard, 1999; t. 2: Le citoyen d’Amérique (1775-1784), Fayard, 2003; t. 3: Dans la tourmente (1785-1799), Fayard, 2004.
VAN TIEGHEN, Philippe Adrien: Beaumarchais par lui-même; Seuil, 1960.

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