Buffon – (1707-1788)

          Buffon – (1707-1788). Hijo de un Consejero en el Parlamento de Dijon, Georges-Louis Leclerc de Buffon –que Luis XV hará conde de Buffon en 1772-, nació en Montbard (Borgoña) en 1707 y siguió sólidos estudios con los jesuítas de Dijon. Morirá en París en 1788.

          Después de haber recorrido Italia, Suiza e Inglaterra, fue admitido en la Academia de Ciencias a los 26 años, en calidad de notable matemático; y en 1739 –hecho capital en su vida-, será nombrado Intendente del Jardin del Rey (Jardin des Plantes), por lo que, en adelante, va a consagrarse a su obra de naturalista.

Todos los años, Buffon pasará, en adelante, cuatro meses en París, aparentemente indiferente a las luchas del siglo, ocupándose de ampliar y enriquecer el Jardin Real y frecuentando algunos salones, sobre todo, el de madame Nécker. El resto del tiempo el señor de Montbard habita en su château, donde va a componer, a lo largo de 40 años los 36 volúmenes de su Histoire Naturelle.

Lleva una vida familiar y, en verdadero filósofo ilustrado, asegura el bienestar de sus vasallos, cultiva sus tierras, dirige sus fraguas -donde manda elevar uno de los primeros altos hornos-, y desarrolla experiencias científicas. Y, hasta su muerte, proseguirá tranquilamente su obra de sabio: Atacado en 1751 por la Sorbona, a pesar de su simpatía por el catolicismo, ofrece apaciguamiento formal a los teólogos, pero también se niega a entrar en controversias con Voltaire y los enciclopedistas que afectan ver sólo en él un faiseur de phrases (tal vez dolidos por la negativa del borgoñón a entrar en su proyecto).

Desde hacía varios decenios, la opinión culta se venía apasionando por el Spectacle de la Nature (1732), del abate Pluche y la Histoire des Insectes (1734-1742), de Réaumur, pero fue Buffon, sobre todo, el vulgarizador de las ciencias naturales.

Para este hombre, cercano a Locke, “la única ciencia verdadera es el conocimiento de los hechos”. Durante 40 años, se ocupará de disecciones y exámenes microscópicos, del estudio del crecimiento de los vegetales, o de la reproducción y nutrición de los animales; y en su herrería de Montbard, observará el calor y el enfriamiento de los metales, hará excavaciones y desarrollará experiencias sobre el pararrayos y sobre óptica.

Según él, el verdadero genio “ha de elevarse por encima de las grandes leyes del universo”. Admitía que “las grandes causas siempre nos estarán vedadas”, y que el verdadero objeto de la ciencia es el “cómo” de las cosas, no el “por qué”. Pero su mente se elevaba, una y otra vez, hacia las causas generales.

Después de establecer un plan para una Historia Natural en 1744,  La Histoire Naturelle que publicará de 1749 a 1789, va a constituirse, con sus ilustraciones, en uno de los monumentos bibliográficos del siglo. Comprendía 36 volúmenes: 1 sobre la teoría de la Tierra, 2 sobre el Hombre, 12 sobre los cuadrúpedos vivíraros, 9 sobre las aves, 5 sobre los minerales, y 7 volúmenes suplementarios con las célebres Épocas de la Naturaleza.

Nombre de Histoire, por cierto, que no gustó a Voltaire –poco amigo de Buffon-, para quien la naturaleza formaba, simplemente, parte de la física, por lo que, en consecuencia, resultaba impropio hacer su historia.

Para llevar a término tan inmensa tarea, Buffon se aseguró la ayuda de algunos competentes colaboradores: Daubenton para la anatomía; Guéneau de Montbéliard y el abate Bexon para las Aves; Guyton de Morveau y Faujas de Saint-Fond en los Minerales, pero Buffon permanecía como inprescindible animador de la empresa; era él quien reunía los documentos a través de su correspondencia con marinos, viajeros, misioneros, soldados…, contrataba a pintores y grabadores y coordinaba, en fin, todo el trabajo. Sin embargo, cuando Buffon venga a morir, su Histoire… no estaba concluida; será el naturalista Lacépède, cincuenta años más joven, quien la culmine, aportando algunos trabajos propios sobre reptiles, peces y cetáceos

En su obra, Buffon procede por grandes monografías, consagrada cada una a un conjunto indiscutible: la especie, “suite constante d’individus semblables qui se reproduisent”; y de cada especie estudia el aspecto físico, las costumbres, su anatomía, adoptando como principio de unidad le naturel, es decir el instinto. Lo cual le lleva a examinar directamente  a los animales vivos, y sus observaciones las expresará luego con su talento de escritor.

Porque el estilo no es en Buffon un simple adorno, y por eso su figura tiene un sitio no sólo en la historia del pensamiento de la Francia del s. XVIII, sino también de su literatura. En él la manera de escribir se hace inseparable de la ciencia (más allá de algunos preámbulos enfáticos, muy del gusto de su tiempo); y se nos muestra vivo, animado, adaptado al modelo, y sus espontáneas anotaciones recuerdan a un La Fontaine.

Otras veces, en sus Discours y sus Vues générales, el estilo se eleva, pero es porque estima que la altura del tono conviene a la dignidad y grandeza del tema: el origen de las especies, el lugar del Hombre en la Naturaleza…

El discurso que pronuncia en 1753, con motivo de su recepción en la Academia Francesa ha quedado conocido como el Discours sur le Style. Era el estilo científico y el suyo propio lo que pretendía definir; posiblemente algo rígido y uniforme en su concepción, juzgando fragmentaria la composición de Montesquieu, criticando la sutileza de Marivaux, o el entusiasmo estilístico de Diderot, donde únicamente veía facilidad natural. Amplitud en el período (algo monótono, si acaso), magnificencia y adecuación al objeto o, como decía Rivarol (el autor del Discours sur l’universalité de la langue française), Bossuet aplicado a la historia natural.

Si Buffon ensalzaba el orden, la exposición racional de las ideas, la adaptación de la expresión al pensamiento, no ignoraba por ello la función de la sensibilidad en el escritor. Escribir bien –decia- “es, a la vez, pensar bien, sentir bien y luego expresarlo bien; es tener al mismo tiempo inteligencia, corazón y buen gusto”.

El t. I de su Histoire Naturelle, contenía una teoría sobre la Tierra en la que Buffon explicaba el relieve actual por el lento y regular trabajo de las aguas. Las observaciones acumuladas, la constatación de que hay cumbres desprovistas de vestigios marinos, y la consideración de fósiles de animales desaparecidos, le llevaron a modificar y completar, treinta años después, su teoría en Les Époques de la Nature (publicadas en 1778, en el 5º volumen de Suppléments à l’Histoire Naturelle).

En la formación de la Tierra, Buffon distinguía ahora siete épocas, a partir de aquel momento 1) en que un cometa, al chocar con la masa solar en fusión, habría separado nuestra Tierra y el resto de los planetas; 2) luego vino el enfriamiento, la Tierra se hizo sólida y la montañas se elevaron; 3) al dejar de transformar los líquidos en vapor, el agua cubrió los continentes; 4) las aguas se retiraron, los volcanes entraron en actividad y el globo fue sacudido por cataclismos; 5) siguió un tiempo de descanso y los grandes animales aparecieron; 6) un debilitamiento de las tierras que los unían provocó la separación de los continentes; y 7) el Hombre apareció sobre la Tierra y su poder vino a secundar el de la Naturaleza, para hacer surgir la civilización.

Semejantes ideas no eran nuevas, pero Buffon tuvo el mérito de retener las hipótesis más plausibles y de completarlas con sus propias observaciones, ofreciendo, por primera vez, una visión no antropocéntrica y una historia ordenada y comprensible de la formación de nuestro mundo. La hipótesis de las Époques de Buffon, incluso con sus grandes inexactitudes, abría, al menos, la vía a la cosmogonía moderna.

Desde el punto de vista literario, ofrecía también imágenes sobrecogedoras, donde su imaginación épica evocaba las conmociones del globo, o reconstituía la vida de los primeros humanos. Tras el sabio y el poeta, aparecía el filósofo confiando en el progreso y en el futuro.

Combatido no sólo por los teólogos, sino también por los filósofos ilustrados, que dudaban de su ciencia, Buffon tuvo, sin embargo, geniales intuiciones.   Tentado de hablar de la Naturaleza, como si de un ser real se tratara, no llega, desde luego, a identificarla con el Ser Supremo. Y se niega a admitir el parentesco del Hombre con cualquier otro animal, porque el ser humano, en quien él veía la obra maestra de la creación, está hecho para reinar en el universo. Contrariamente a Rousseau, consideraba el reino del Hombre como el triunfo de la vida en sociedad, lo cual responde a su instinto natural.

En cuanto a los animales, el naturalista no se halla lejos de hacer de ellos, como los cartesianos, puras máquinas; a quienes niega inteligencia, reflexión, verdadera memoria y lenguaje real.

Eso sí, Buffon se nos muestra como un genial estimulador de ideas: sus observaciones sobre las minas abrieron vías a la geología y a la geografía; la idea de las especies desaparecidas funda la palentología y, al constatar la repartición de las especies por zonas y continentes, inaugura la geografía zoológica; pero, sobre todo, anuncia a los grandes naturalistas del siglo siguiente.

Réaumur, Rousseau, el abate Pluche se extasiaban sobre la perfección de la Naturaleza y conocemos el pasmo de un Bernardin de Saint-Pierre. Pero Buffon se burla de la “teología de los insectos”, y ante la existencia de seres anormales, acaba invitando a abandonar las llamadas causas finales.

Combatiendo la clasificación por familias, a Buffon le llamaba la atención la continuidad natural del reino animal, y que todos los animales parecen organizados según un mismo “dessein primitif et genéral”, con lo que la vía a la hipótesis de la unidad de plan del reino animal, de Geoffroy Saint-Hilaire, parecía abierta.

Deísta y espiritualista, Buffon empezó creyendo en la fijeza de las especies, rechazando, desde luego, cualquier parentesco entre el Hombre y el animal y, concretamente, entre el Ser Humano y el mono.

Pero, comparando a los animales de continentes en otro tiempo reunidos, acabó preguntándose si no descenderían de antepasados comunes, y si sus rasgos diferentes no serían debidos a alteraciones provocadas por condiciones de vida diferentes. De ahí la idea de que, bajo esas diversas influencias, “la nature est dans un mouvement de flux continuel”

Buffon naturalista ha quedado rebasado, pero al final, parece haber intuido el evolucionismo, doctrina profesada a principios del siglo XIX por su discípulo Lamarck; incluso tuvo la idea de la selección natural que Darwin ilustrará. Pero a diferencia de Diderot, acepta únicamente un escaso transformismo –pues, nos dice, el poder de la Naturaleza es limitado-, que actuaría en el interior de cada especie fija y del cual el Ser Humano se vería exento.

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