Chamfort – (1740-1794)

Todo lo que de seguro conocemos de Sébastien Roch Nicolas, que tomará el nombre de Chamfort, se lo debemos a P.L. Ginguené que acompañó con un importante suplemento biográfico la edición póstuma, en 1795, de una antología de su amigo en cuatro vols.: Pensées, maximes et anecdotes que el finado guardaba con vistas a un futuro libro Produits de la Civilisation perfectionée.

Había nacido en 1740 cerca de Clermont, Auvernia., y era hijo natural. Creció en el campo y, probablemente descollando ya, obtuvo beca de estudios para aquel colegio de los Grassins de la Montagne Sainte-Geneviève de París que no sobrevivirá a la Revolución, donde siguió brillantes estudios que, según el patrocinio eclesiástico del colegio, debería conducirle al sacerdocio. Pero no era esa su vocación.

Porque ya buscaba introducirse en los salones donde, apuesto él y de inteligente conversación, empezaba a gustar a las mujeres. Y, pretendiendo  llevar a la vez vida social y de escritor, su salud vino a deteriorarse: Escribe un Éloge de Molière que fue coronado en 1769, y un éloge de La Fontaine en 1774. Y hace también incursiones en el généro dramático (las comedias La jeune indienne (1764) y Le Marchand de Smyrne (1770); y una tragedia, Mustapha et Zeangir (1776), que le valen entonces  algunos éxitos, aunque justamente olvidados hoy.

Y, así, su encanto personal y su ya labrada reputación de hombre de letras, le permiten ingresar en la Academia Francesa, en 1781 y ser  recibido en las mejores Casas (los hermanos del rey conde de Artois y madame Élisabeth, de la que será lector).

Pero, pensionado por Luis XVI y festejado en los salones aristocráticos, a Chamfort, con cuarenta años ya, parecía faltarle algo y pensaba en retirarse para buscar una verdadera finalidad a su vida y llevar una existencia más en consonancia con su profundo sentir.

Hasta que acabó llegando la Revolución que tantas vidas y tantos modos de existencia iba a cambiar, y Chamfort -aun acogiendo favorablemente las nuevas ideas-, hubo de ponerse a escribir, para seguir viviendo, como cronista literario en el Mercure Y comenzó también a frecuentar a revolucionarios como Bally, Barnave, La Fayette, Talleyrand, Sieyès – sobre todo los girondino, uno de los cuales, Roland, le facilitó un puesto de conservador en la Biblioteca nacional.

No le duraron sus simpatías, espectador que fue de los excesos de la Revolución y, tan sinceramente como se había acercado, así comenzó a tomar posición contra los Marat y Robespierre.  Fue acusado y sufrió breve prisión (acosados ahora hasta la muerte sus relaciones girondinas e instaurado el Terror montagnard); pero la angustia de volver a ser detenido y acabar posiblemente en la guillotina, acabó llevándole a un intento de suicidio, en septiembre de 1793 , de cuyas consecuencias acabará sucumbiendo en abril de 1794, a lo que vino a coadyuvar su ya irreversiblemente quebrantada salud. Y, como Vauvenargues, también Chamfort murió joven.

La publicación en 1803 de los Résultats de ses réflexions rédigés en maximes (obra de corrosiva amargura que, ya por sí sola, le vale a Chamfort el titulo de moralista), mostraba al hombre más que al autor. El primer editor respetó el proyecto de Chamfort, repartiendo todos los fragmentos en Maximes et Pensées por un lado, y Anecdotes et caractères, por otro. Y con estas Maximes y Anecdotes…, el autor, cáustico y misántropo, toma la revancha sobre la sociedad y los hombres, aun sin llegar a la fineza de caracteres de un La Bruyère, ni a la sistematización de La Rochefoucauld. Comparado con Vauvenargues se nota que el siglo ha envejecido, en ese escepticismo de derrota y en esa ausencia de esperanza, respecto a la perfectibilidad de las sociedades.

Chamfort es también autor de fábulas y poesías ligeras.

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