Bastilla, asalto y toma de la – (1789)

           Toma de la Bastilla (1789) – Aquella “bastille”, o pequeño baluarte defensivo que el prévôt des marchands (representante del rey) Étienne Marcel ordenaba construir para defender el faubourg Saint-Antoine, allá por el siglo XIV, bajo el reinado de Charles V, iba a ser el inicio de esta fortaleza militar, construida al E. de París, en la época de la guerra de los Cien Años (1337-1453). Constaba inicialmente de dos torres, a las que pronto se le añadieron dos más, con otras cuatro macizas torres unos años después, bajo el sucesor Charles VI, unidas todas por robustos muros. Y el proceso final de construcción concluirá a  mediados del siglo XVI bajo Henri II y Catalina de Médicis. Rodeada de anchos fosos y con una altura de 30 m., va a elevar, a partir de ahora, su perfil temible y fascinante sobre la ciudad de París.

           Si bien con episódicos casos en que fue prisión a partir del siglo XV, la Bastilla (mandada por un gobernador), comienza sistemáticamente a recibir presos en la primera mitad del siglo XVII, para convertirse, bajo Luis XIII y Richelieu, en una de las prisiones de Estado, donde el rey podía mandar encerrar, con una simple “lettre de cachet” (documento cerrado y cacheté (lacrado con el sello real), con la firma del monarca al dorso), a toda persona considerada peligrosa para la seguridad del reino.

           De una capacidad para 50 presos aproximadamente, la Bastilla recibirá, entre 1659 y 1789, a unos 5.279 prisioneros, hombres y mujeres, de los cuales el 80% permanecen aquí menos de uno año, y el 4% más de cinco. Algunos prisioneros ilustres o conocidos, como Fouquet, el joven Voltaire, Lally-Tollandal, Sade, cardenal de Rohan…, han contribuido a establecer la leyenda de que se trataba de una cárcel para notabilidades, pero los grandes señores o escritores de renombre fueron, de hecho, minoritarios.

La Bastillla, plano (BNF)

La Bastillla, plano (BNF)

           Entre las causas de “embastillamiento” predominaban la política, la religión y los delitos económicos contra el rey (falsedad en documentos, malversación…). Pero, a partir del momento en que el lieutenant général de police o jefe superior de policía (cargo creado en 1667), tuvo potestad para “embastillar” en nombre del rey, lo esencial de los ingresos iban a tener que ver con militares indisciplinados, duelistas, espías, maridos libertinos o hijos rebeldes (encerrados a solicitud de la familia y a sus expensas), sacrilegios, falsos profetas, sodomitas, libelistas, libreros, impresores y distribuidores de producciones sin licencia o consideradas subversivas, además de la pequeña delincuencia.

           Y el número de presos varía, aumentando a partir del momento en que Luis XIV toma efectivamente el poder a la muerte de Mazarino en 1661, o luego, con ocasión de acontecimientos importantes, como la revocación del Edicto de Nantes en 1685 (que había venido salvaguardando a los protestantes), la condena del jansenismo (porque la adhesión al jansenismo será uno de los principales motivos de ingreso en la Bastilla bajo Luis XV), el atentado de Damiens en 1757, la guerra de las harinas o, casi al final del Antiguo Régimen, el sonado caso del Collar, que tantos escritos insultantes suscitó contra María Antonieta. Los nobles, que representaban la tercera parte de los presos bajo Luis XIV, sólo suponían ya el 17% sesenta años después, lo que denotaba una trivialización social, que contribuía a que el Estado Llano se sintiera, cada vez más, objeto principal de los “embastillamientos”.

           Bajo Luis XVI, la Bastilla va a conocer un relativo declive, utilizando dos veces menos ese recurso represivo que bajo el reinado de sus predecesores.

           Y, aunque de procedimiento sigiloso, era lo cierto que las condiciones de detención en la fortaleza eran mucho más suaves que aquellas que regían en las prisiones ordinarias, sobrepobladas y cedidas económicamente a los carceleros, que se resarcieran con sus presos.

           Medio de apartar de la sociedad a los malos sujetos, el sistema cumplía una doble finalidad, con beneficio para ambas partes: el Estado se ahorraba los trámites de instrucción y juicio, y sofocaba expeditivamente el escándalo o el mal ejemplo público de la transgresión al sistema; y al imputado se le evitaba el deshonor (sobre todo en delitos crapulosos) para sí mismo y el buen nombre de su familia, además de las penas corporales o infamantes inherentes a una sentencia firme.

           Rodeada, pues, de un opaco secretismo, propicio a todo tipo de rumores, y situada en la unión del popular faubourg Saint-Antoine y el aristocrático Marais, en el siglo XVIII ahora, bajo la influencia de las Luces y en el combate de la burguesía contra el absolutismo, la fortaleza se convertia en símbolo de la arbitrariedad real.

           Tras la reunión de los Estados Generales en mayo de 1789, el subsiguiente proceso se hallaba en curso, con la formación de la Asamblea nacional constituyente el 9 de julio siguiente. Pero las noticias de la exoneración de Jacques Nécker y de la formación en Versalles de un gobierno de resistencia fueron conocidas en la Capital el domingo 12 por la tarde, y cayeron para estupor de todos y temor de muchos. ¿Era el principio de la reacción? Hubo miedo en los medios cercanos a la Bolsa y, ante la tensión reinante, la policía cerró los clubs, suspendió los espectáculos y prohibió la circulación de coches a partir de las diez.

Movilizados por una parte de la mediana y gran burguesía, los habitantes de los barrios han desatado ya por toda la ciudad excesos y pillajes y, en el nuevo cinturón de 1786, incendian muchos fielatos, símbolos de la impopular fiscalidad al consumo, en un momento en que los precios no cesaban de aumentar.

Y en los jardines del Palais-Royal, centro de todas las noticias adonde la gente afluye, se alzan voces improvisadas. Camille Desmoulins –abogado sin clientela y periodista de talento-, entre algún tartamudeo nervioso que siempre le acompañará, arenga a la multitud:

-¡Pueblo de París, los aristócratas preparan un complot para acabar con la Asamblea y con la representación de la nación! ¡El pueblo debe prepararse para su defensa!
-¡Armas! –gritan ya algunos-. ¡Los de la Corte quieren ahogar a los humildes! ¡Que nos den fusiles!
-¡Sí, amigos, el pueblo debe armarse!, ¡alguien está preparando una nueva “San Bartolomé” de los patriotas! ¿En qué piensan nuestros representantes, cuando el pueblo está en el punto de mira de los fusiles de la Corte?
– ¡Armas! ¡Pólvora!

           Inmersa ya la sociedad francesa en el imparable proceso que iba pronto a desembocar en una profunda revolución, el miedo se halla en el origen de la sangrienta revuelta del 14 de julio de 1789: el día anterior, la burguesía de París, inquieta por el sesgo que iban tomando los acontecimientos, había decidido asumir la iniciativa, a través de sus representantes en la Asamblea. Y así, con el doble objetivo de mantener el orden contra grupos descontrolados que ya se detectaban y hacer frente a un eventual golpe de fuerza de la Corte, se constituyó un comité, que iba a convertirse en municipalidad revolucionaria, y una milicia también, a formar en los días sucesivos, hasta cuarenta mil ciudadanos, que van a llamar “Guardia Nacional”, bajo la escarapela roja y azul, colores de la ciudad.

La toma de la Bastilla 1789

La toma de la Bastilla 1789

           Las tropas reunidas por Luis XVI en torno a la Capital, verosímilmente para acabar disolviendo la recientemente creada Asamblea Nacional, unido al despido del popular ministro Nécker y a la extremada carestía del pan -alimento básico entonces-, todo parecía concurrir a la idea de un complot aristocrático contra el pueblo, y algunos activistas se encargaron de establecerla y acreditarla entre la población.

           Y, entretanto, por los caminos de Francia, han ido llegando también a la capital del Reino miserables e indigentes, que la falta de comida y de trabajo ha expulsado de las provincias cercanas, y gente de mal cariz y peor disposición, preparada para cualquier golpe de mano o asonada, al servicio de quien quiera pagarles.

           Con las fuerzas armadas que quedaban prácticamente en actitud pasiva, después de dos días de desórdenes, saqueos y pillajes, millares de insurrectos, encuadrados por agitadores decididos, comienzan a forzar las puertas de los espaderos desde las primeras horas de la mañana del martes 14 de julio, saquean las armerías e invaden el Hôtel des Invalides y la prisión de Saint-Lazare. Así consiguen apoderarse de sables, pistolas, fusiles a millares, muchas picas y algún cañón, antes de dirigirse a la Bastilla, donde creen que podrán encontrar polvora, más armas y municiones. Y el prévôt des marchands Jacques de Flesselles (guardián tradicional de los intereses de la burguesía parisiense) viene intentando en vano impedir tanto desmán.

           Al ver llegar aquella muchedumbre –artesanos y pequeños oficios, la mayoría del cercano faubourg Saint-Antoine, y gente variopinta forastera, el gobernador, marqués De Launey, que sólo contaba con una guarnición de un centenar de veteranos, decide abandonar los patios y parapetarse en la fortaleza.

           Se inician entonces unas vagas negociaciones, que algún cañonazo contra los asaltantes y una inopinada descarga de fusilería desde lo alto de las murallas vienen a interrumpir. Sigue el desconcierto y un tiroteo granado, del que resultan un centenar de víctimas.

           Pero el gobernador acaba capitulando cuando guardias franceses de la Casa del Rey (considerados menos seguros que los suizos y los guardias nobles), llegados como refuerzos, apuntan ya sus cañones hacia las puertas, y ordena bajar los puentes levadizos. Fue Stanislas Maillard, ujier en le Châtelet y de siniestra trayectoria luego, quien recibió aquel recado de muerte.

           La turba invade entonces la fortaleza, y algunos defensores caen muertos ahora. Dos horas y media después del inicio del asalto, todo habia terminado.

           De Launey fue apresado y arrastrado entre ultrajes y mil injurias y violencias hasta la plaza de Grève y el Ayuntamiento –Hôtel de Ville-, a mil quinientos metros de allí, y degollado luego, junto con Flesselles y algunos oficiales de la guarnición. Sus cabezas -inaugurando así un macabro ritual-, serán paseadas por la ciudad en lo alto de unas picas, acompañadas por el júbilo ruidoso del populacho de los suburbios. Y exhibidas también bajo las ventanas del Palais-Royal, residencia de los Orleáns.

           Pero la Bastilla no guardaba armas, y en sus calabozos sólo se encontraron siete desgraciados, que -ni que decir tiene-, fueron excarcelados: ¡cuatro falsarios, un aristócrata libertino y dos orates!  Pero en estampas propagandísticas que inundarán pronto la nueva Francia se verá a patriotas liberando a infelices presos, deslumbrados por la luz de las antorchas y que se pudrían encadenados en el fondo de los calabozos.

           El duque de Liancourt, diputado por la nobleza, ilustrado y monárquico liberal, a quien Luis XVI preguntaba esa tarde-noche: “¡Así que estamos ante una revuelta?”, hubo de responder: “No, Sire, ¡ante una revolución!”  Y en el diario personal en el que el rey anotaba las incidencias y menudencias del día, escribirá para el 14 de julio:  Rien.

           En el ejército se señalan ya las primeras defecciones, y Versalles ha pasado de la jactancia al abatimiento.

           La caída de la Bastilla tendrá un extraordinario eco en toda Francia y suponía una derrota para el pusilánime e irresoluto monarca. Habiendo sido declarado “padre de los franceses y rey de un pueblo libre”, Luis XVI mandó retirar a las tropas, llamó de nuevo a Nécker y aceptó la bandera tricolor.

           Aquel asalto marcaba también la irrupción del pueblo armado de París en la escena política, y se convertía de inmediato en el símbolo de la libertad conquistada. Pueblo –dirá Chateaubriand-, que no iba a tardar en segar la cabeza de aquel rey honesto en virtud de su libertad.

           Un diploma de “vainqueur de la Bastille”, fue atribuido por decreto a 662 asaltantes, de los que sobrevivían aún 400, pensionados todavía bajo la Monarquía de Julio (¡que iba a preciarse de ser la heredera de aquellos años, para distinguirse de los Borbones Restaurados!).

           La demolición de “la citadelle du despotisme”, decidida a partir del día siguiente, fue iniciada enseguida por el “ciudadano” Palloy, contratista de obras a quien se encomendó la tarea, el cual pronto empezará -¡con el loable propósito de estimular el celo patriótico, por supuesto!-, a hacer pingüe negocio personal con la nueva libertad: de las piedras de la fortaleza empezaron a salir pequeñas maquetas con el recordatorio: “Cette pierre vient des cachots de la Bastille”. Y las llaves de aquella “ciudadela del despotismo” se multiplicaron a petición, derramadas por toda Francia y el extranjero; adornando las sedes de los clubes y de las sociedades populares, no tardaron en ser llevadas en procesión, como reliquias de una nueva religión, con ocasión de las diversas fiestas revolucionarias.

           Del pueblo de los suburbios, ¿qué decir? Gente que aplaudían aquello en nombre de la libertad como aplaudirán su rapto a manos de un general inspirado, un tal Buonaparte.

           París tomaba la iniciativa política, con sus oradores, sus clubs y sus periódicos, y no la iba a abandonar en los cincos años que se pueden considerar entre los más turbulentos y terribles de la historia de Francia.

           A partir de 1790, la fiesta de la Federación celebrará al mismo tiempo aquella jornada revolucionaria y la unidad de los franceses, y la fecha del 14 de julio será conmemorada durante todo el ciclo de la Revolución, hasta el Primer Imperio.

En junio de 1792, la Asamblea Legislativa decidía que sobre aquella nueva explanada iría una plaza, que sería llamada “de la Libertad”, con disposiciones posteriores, ya bajo el Consulado. Lo cual no fue obstáculo para que no tardara en erigirse allí el macabro perfil de la guillotina, en los aciagos días del Gran Terror, cuando ya buena parte de las notabilidades burguesas y cultas que celebraran tres años antes el inmenso acontecimiento (aristocracia liberal, girondinos…) habían sido ejecutadas, o se encontraban huidas y proscritas para salvar la vida.

           Bajo el Imperio, en 1812, la plaza de la Bastilla será ornada con la maqueta de una fuente en forma de elefante, anteproyecto de un monumento que nunca se llegaría a realizar. Luego, la Colonne de Juillet, que coronaba el genio de la libertad, fue inaugurada en 1840 en el mismo lugar, en recuerdo de los combatientes de la revolución de 1830.

           A pesar de la voluntad de los sucesivos regímenes por neutralizar la carga simbólica de la toma de la Bastilla, la plaza continuaba siendo en el siglo XIX un lugar importante de la revolución: aquí se festejó el advenimiento de la República en 1848, y aquí prestaron juramento, en 1871, los guardias nacionales de la Comuna.

La Bastilla

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BELCROIX, Cyr: À la Bastille! Le Relais, 1988.
BOURNON, Fernand: La Bastille. Histoire et description des bâtiments. Administration. Régimen de la prison. Événements historiques; París, Imprimerie Nationale, 1893.
CHAUSSINAND. NOGARET, Guy: La Bastille est prise, la Révolution française commence; Bruselas, Complexe, 1988 (dif. PUF).
COTTRET, Monique; La Bastille à prendre; histoire et mythe de la forteresse royale; Presses Universitaires de France, 1986.  
DESTREMEAU, Noëlle: Trois journées pour détruire la monarchie: 14 juillet 1789, 6 octobre 1789, 10 aôut 1792; Nouvelles éditions latines, 1988.
GODECHOT, Jacques: La prise de la Bastille, 14 juillet, 1789; Gallimard, 1965 y 1989; Le Grand livre du mois, 1998.
MICHELET, Jules: Les grandes journées de la Révolution; 1. La prise de la Bastille. 2. La Fête des Fédérations; París
MONTARDRE, Hélène: La prise de la Bastille; París, Nathan, 2015

En español:

GODECHOT, Jacques: Los orígenes de la Revolución francesa: la toma de la Bastilla (14 de julio de 1789); Península, 1974, 1985

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