La Fayette, marqués de (1757-1834)

          Marie Joseph Paul Roch Yves Gilbert Motier, que será enseguida marqués de La Fayette (o Lafayette), y un día general y hombre político, nacía en el château de Chavaniac (Auvernia), el 6 de septiembre de 1757, en el seno de una familia de añeja nobleza. Era hijo de Michel Louis Christophe Roch Gilbert Motier de La Fayette (1733-1759), caído tempranamente en Minden (Alemania), cuando combatía en la Guerra de ls Siete Años. Su hijo no había cumplido aún los dos años cuando pierde a su progenitor. Y era su madre Marie Louise Julie de la Rivière, de una noble y rica familia bretona, que morirá en 1770. El marquesito será educado por su abuela y por sus tías, y crecerá en el culto a sus antepasados, el recuerdo de su padre y la aversión a Inglaterra, “la orgullosa nación”.

            Único heredero también de su abuelo materno, y de otro tío suyo, se encuentra rico y con cuantiosas rentas. Y es enviado a París por su bisabuelo y tutor el conde de La Rivière, desde el fondo de su Provincia, para estudiar en el colegio Louis-le-Grand, pero el pupilo no tardará en elegir el camino de las armas como su padre había hecho, para ingresar en la Casa militar del Rey.

Joven oficial ya, casa, a los dieciséis años, con Marie Adrienne Françoise (1759-1807), del viejo linaje de los Noailles, hija del duque de Ayen y económicamente muy bien dotada, con la que llegará a tener cuatro hijos entre 1776 y 1882 (tres mujeres y un varón). Y se entusiasma enseguida por la causa de los colonos americanos.

Con su joven esposa aparece por Versalles. Pero las ideas heterodoxas del marqués y el tono impertinente que empleaba para expresarlas desagradaron enseguida a aquella sociedad –y particularmente a la reina, que no le apreciará nunca ni le tomará en serio-.

De modo que, desdeñando los dudosos honores de una Corte que le rechazaba, La Fayette decide irse, con veinte años, a luchar en tierra americana, movido por sus confusos ideales, y lo hace a su costa, armando y pertrechando una fragata y transgrediendo las órdenes expresas del rey, que por entonces no había tomado partido entre apoyar a aquellos insurgentes, rebelados contra la corona de Inglaterra, o mantenerse neutral como parecía exigírselo la situación de las finanzas del Estado.

Con él partirán también a luchar, “por la libertad de América”, otros voluntarios nobles, entre los que se encontraban el duque de Lauzun y Fersen, gran señor en su país, un joven rubio sueco que decían que tenía amores con la reina (ver GONZÁLVEZ FLÓREZ, Roberto: “La reina María Antonieta en la Francia de su tiempo”).

          Fue sí como La Fayette acaba presentándose delante de Georgetown (Carolina del Sur), en abril de 1777, para ofrecer sus servicios a los insurgentes, mientras en Versalles, María-Antonieta suspiraba porque cesara aquella guerra que tantas cosas venía a perturbar, en la rutina de su cotidianeidad y en su propio corazón.

            Llegado a Filadelfia y contando con la amistad de George Washington, recibe el grado de mayor-general del ejército americano, antes de entrar en batalla en Brandywine (11 de septiembre de 1777), donde resulta gravemente herido.

La Fayette y George Washington

Primer encuentro entre George Washington y La Fayette, el 3 de agosto de 1777. (Currier and Yves, 1876), BnF.

Apenas restablecido, La Fayette penetra en el Canadá con un puñado de hombres, salva a dos mil insurrectos rodeados por los ingleses y se distingue en Monmouth.

            De regreso en Francia en 1779, a fin de reunir recursos en tropas y dinero, es acogido con entusiasmo como un héroe, y por el rey con benevolencia, una vez que el joven díscolo hubo purgado un leve y corto exilio que le fue impuesto “pro forma”, dadas las singulares condiciones de su partida. Y así contribuye La Fayette a levantar las reticencias de Luis XVI y a que su gobierno decida, finalmente, intervenir en favor de aquellos insurrectos, buscando también lavar la humillación sufrida por Francia en la Guerra de los Siete Años. Sin percatarse de los efectos de contagio en su propio suelo, el rey de Francia apoyaba así la rebelión de unos colonos republicanos contra su soberano, y hacía pasar a América fondos y armas, con la intermediación del industrioso Beaumarchais. Pero con aquella intervención iba a aumentar desorbitadamente en Francia la deuda pública.

          De vuelta a América en abril de 1780, con 4.000 hombres, toma el mando de la vanguardia de Washington, es encargado en 1781 de la defensa de Virginia y, el 19 de octubre de 1781, conduce el asalto de Yorktown, plaza que se ve obligada a capitular.

          De nuevo en Francia, es recibido con la aureola de un campeón y hace furor tanto en los salones de la burguesía como de aquella nobleza liberal que desea reformas políticas, de París y de aquellas ciudades por donde pasa, desparramando sus convicciones sobre la superioridad de la democracia, entendida al modo americano.

 Ardiente partidario de las ideas filosóficas que contribuye, en adelante, a propagar en Francia, el joven general de La Fayette ingresa en la francmasonería en 1782 y es amigo del ministro Nécker.

          “Ciudadano” americano desde 1784, en 1787, La Fayette forma parte de la Asamblea de notables y es uno de los primeros en pedir la convocatoria de los Estados Generales. En 1788, identificándose con ese tipo de homme sensible, amigo de la humanidad, tan de moda en la segunda mitad del siglo XVIII, se hace miembro de la “Société des amis des Noirs” y milita en favor de los derechos cívicos, hasta convertirse en uno de los personajes más destacados del que comienzan a llamar “partido nacional”.

          Diputado por la nobleza de Riom (Puy-de-Dôme) en 1789, no destaca mayormente en la nueva Asamblea Constituyente, pero es el primero en proponer allí una “Declaración de los derechos del hombre”, inspirada en Thomas Jefferson, y apoya a Mirabeau que pedía el alejamiento de las tropas concentradas en torno a la Capital. Sostenido entonces por una inmensa popularidad, es nombrado, al día siguiente de la toma de la Bastilla, comandante de la fuerte Guardia nacional, e insta a que se adopte la bandera tricolor (17 de julio).

          Condicionado por los agitadores de ciertas hojas y periódicos y los discursos en los jardines del Palais-Royal, una parte de los habitantes de París, creyó que la Corte se disponía a ejecutar un golpe de fuerza. Fue así como el lunes 5 de octubre de este 1789, después de manifestarse ante el Ayuntamiento a la voz de algunos cabecillas, una falange de miles de mujeres del faubourg Saint-Antoine y de las Halles se dirigió a Versalles reclamando pan. A pesar de la lluvia que caía por momentos, pronto se formó un segundo cortejo de gente variopinta, que llevaba otras consignas e intenciones

El alcalde Bailly no hizo nada para impedirlo y La Fayette seguía a distancia con su guardia nacional.

Las dos columnas pudieron llegar a Versalles. Ya para entonces, las verjas del palacio habían sido cerradas y se había reunido el Consejo de Estado.

En vez de alejase, el rey prefirió recibir con afabilidad a un puñado de aquellas mujeres, a las que prometió el pan que reclamaban, y que salieron gritando ¡Viva el rey!, y La Fayette quiso también mostrarse tranquilizador: ¡Sus Majestades podían irse a dormir, él respondía de todo!

Fue al amanecer del 6, cuando un grupo de exaltados de entre aquellos manifestantes, venidos no precisamente a pedir pan, forzaron las verjas, mataron a algunos guardias de corps y, subiendo la gran escalinata de mármol, buscaban ya los apartamentos de María Antonieta.

Rebasado por un momento, La Fayette había logrado a duras penas hacer desalojar el recinto del palacio, y ya ante el rey -que le recibió fríamente-, dijo hacerse el intérprete de los manifestantes y del deseo de la municipalidad de París, al pedirle, en nombre de todos, que viniera a instalarse en la Capital.

El nuevo responsable de la Casa del Rey, Saint-Priest, ya le había advertido:  -¡Sire, si váis a París habréis perdido la corona!

¡A París!, ¡A París! ¡El rey a París! Los gritos que llegaban de fuera, entre los que se oía algún disparo, no permitían abrigar dudas acerca de lo que se esperaba de él.

El momento propicio para alejarse había pasado y Luis XVI cedió una vez más.

Hacia la una y media de la tarde, una carroza con toda la familia real cautiva abandonaba Versalles para siempre, rodeados todos de una muchedumbre bullanguera y carnavalesca de muy mal cariz. Aquí y allá, se veían partesanas y picas con panes espetados en lo alto; en otras, la cabeza de algún guardia de corps. La Fayette –protector detestado-, decía velar sobre el conjunto.

          Era lo que se habían propuesto aquellos teóricos empapados de rousseauísmo que dirigían los primeros pasos de la revolución: arrancar al rey de la influencia corruptora de la Corte y colocarle entre el pueblo ingenuo, frugal y libre, fuente natural de virtud y de toda felicidad.

Instalados por la fuerza en las Tullerías, palacio desapacible y destartalado entonces, los reyes guardarán de la jornada del 6 de octubre el sentimiento de una profunda humillación, y se considerarán prisioneros en adelante.

          En las jornadas del 5 y 6 de octubre de 1789, pudo salvar a la familia real, a duras penas, con sus guardias nacionales, y aun en rivalidad con un Mirabeau bien instalado en la tribuna constituyente y contando con sus relaciones secretas con los reyes, La Fayette se encuentra todavía en la cima de su popularidad cuando llega la Fiesta de la Federación (14 de julio de 1790), soñando en convertirse él -a pesar de la desafección de la reina-, en el condestable de la revolución, en el sable del proceso, desde su mando de la guardia nacional.

La Fayette, comandante de la Guardia de París, 1789-1792. “Bajo las banderas francesas, su intrepidez / Honra a la Patria rompiendo las cadenas / Y hoy el francés, a quien su talento inspira / Marcha hacia la libertad bajo sus estandartes”.

Ese día, Talleyrand, obispo juramentado de Autun concelebraba la misa con otros sacerdotes en el alta de la Patria, ante 300.000 asistentes. Hubo música, y allí estaban la Asamblea nacional en pleno, la municipalidad de París, y los diputados extraordinarios y federados venidos de todos los rincones de Francia, en cuyo corazón, aún por estas fechas, estaba ausente la saña contra el monarca que mostraban minorías intimidantes.

Y La Fayette prestó juramento de fidelidad a la nación, a la ley y al rey, en nombre de todos los federados.  Luis XVI y la reina, instalados en la tribuna preparada para ellos, fueron aplaudidos, después de que prometiera él respeto a una Constitución en curso aún. “Todos los juramentos fueron pronunciados con lágrimas en los ojos, garantía de que no serán vanos” –escribía un diputado en Le Journal de París-.

Y la popularidad de los reyes pareció aumentar.

          Pero la estrella de La Fayette comienza a declinar con ocasión del asunto de los guardias suizos de Châteauvieux, aquel 31 de agosto de 1790 (represión de la rebelión de la guarnición de Nancy).

Y el 19 de febrero de 1791, a petición de Luis XVI, mesdames Adelaida y Victoria abandonaban finalmente Francia, con el pretexto de ir a pasar la Semana Santa a Roma. No sin grandes dificultades, lograron salir de su cercana residencia palaciega (château) de Bellevue, adonde había llegado una muchedumbre airada, con la pretensión de cortarles el paso.

La Fayette

Retrato de La Fayette, en uniforme de teniente general, 1791 (Joseph Désiré Court, 1834). Palacio de Versalles.

Uno de los obstáculos que retenían posibles planes de evasión de los reyes quedaba así despejado. El anuncio de la partida de las tías del rey vino a provocar gran crispación de los ánimos, en los clubs y en los jardines del Palais-Royal. Parte de la Constituyente pretendió entonces debatir una ley que viniera a prohibir la emigración y a obligar a regresar a los que se habían ido, pero la derecha y Mirabeau consiguieron rechazarla.

Era más que suficiente para encrespar a aquellos para quienes cualquier pretexto era bueno, y ese 28 de febrero, un numeroso gentío del cercano faubourg Saint-Antoine se dirigió a la fortaleza de Vincennes, -6 km al Este de las Tullerías– para impedir cierto imaginario complot encaminado –se decía- a facilitar la huída del rey y que debería partir de aquí. Luego  pretendieron volverse contra el palacio.

La noticia corrió por París, y ya unos centenares de jóvenes nobles, armados con lo que pudieron, se precipitaban para defender a la familia real.

La Fayette consiguió finalmente neutralizar a los del arrabal y vino luego a las Tullerías para desarmar, en presencia del rey, a los que luego llamarían, para zaherirles, los “caballeros del puñal”, aquellos que habían “osado interponerse entre el rey y la guardia nacional”. Y aquellos nobles fueron insultados, zarandeados y golpeados, mientras se dispersaban, bajo la desganada protección de la fuerza pública.

Con su doble acción contra unos y otros, el “héroe de las Américas” se ganó ese día la irreversible desconfianza de los “patriotas” y la aversión definitiva de los reyes.

Así, vacilando entre la Revolución abierta y la Monarquía (a la que le ligaban fuertes lazos por nacimiento y educación), La Fayette iba perdiendo apoyos importantes y buena parte de su popularidad, tanto a la derecha como a la izquierda del espectro político que le acusa de cesarismo; y enfrentado, por lo demás, a la insuperable desconfianza de María-Antonieta.

          En ese estado de cosas, al general le coge desprevenido la huída a Varennes de Luis XVI y su familia (21 de junio de 1791),

El suceso corrió por todo París como reguero de pólvora que enciende los ánimos y abrasa ya los bulevares. Pero, en el fondo, no sorprendió, persuadidos todos de que el rey acabaría intentándolo a la mejor ocasión.

De las secciones y los clubs populares salieron consignas contra aquellos que consideran cómplices. La Fayette fue apresado, y liberado sólo cuando llegaron a toda prisa, exigiéndolo, comisarios de la Asamblea.

Y se vió en la perentoria necesidad de hacer regresar al rey como prisionero.

Pero ya los periódicos de la extrema izquierda pasaron a adoptar un tono desmesurado y enfurecido, contra La Fayette ahora y los moderados de la Asamblea; eran el vociferante Marat, exigiendo el nombramiento de un dictador en su Ami du peuple, Brissot y su Patriote français, o Frerón con su Orateur du peuple, cuyas consignas saltaron enseguida a las provincias.

          Y será luego aquella fusillade du Champ-de-Mars, cuando ordena disparar a la Guardia nacional bajo sus órdenes contra el gentío popular congregado allí, el 17 de julio siguiente, lo cual, si fuese aún necesario, viino a granjearle la enemiga, ya definitiva, de la izquierda revolucionaria.

Contra las disposiciones legales de la Asamblea, una petición encabezada desde los Cordeliers por Brissot y Laclos, pidiendo la instauración de la república, había sido presentada el mismo el 16 de julio en el altar de la Patria, para seguir recibiendo firmas a partir del domingo 17.

En un ambiente ya tenso, perceptible en diversos puntos de la ciudad, la municipalidad  de París acabó decretando la ley marcial y exigiendo luego la dispersión de las miles de personas que empezaban a congregarse en el Champ-de-Mars –no todos parisienses, ni tan siquiera franceses, según se venía detectando-.

Hacia las siete de la tarde, llegaron el alcalde Bailly y La Fayette con su guardia nacional, precedidos de la bandera roja del estado de excepción. Cuando ya muchos habían abandonado el lugar, un grupo de provocadores –según la versión oficial-, atacó a los representantes municipales y a la fuerza pública, la cual acabó respondiendo.

Fue un tiroteo sangriento, con más de cincuenta muertos y centenares de heridos, hubo detenciones y represión antirrepublicana, y nadie se movió en las semanas siguientes. Pero aquel grave suceso marcará la ruptura definitiva del bloque revolucionario. Marat y Desmoulins se escondieron, y Danton, huyó a Inglaterra.

          Entretanto, la Asamblea Constituyente acabó votando, entre el 3 y el 14 de septiembre de 1791, la que venía ser primera constitución liberal en Francia, con las nociones de soberania del pueblo y separacion de poderes:

  • Poder ejecutivo encarnado en el rey, figura inviolable y sagrada, con facultad de escoger a sus ministros, sólo responsables ante una Alta Corte.
  • Poder legislativo, conformado en una asamblea única, elegida por sufragio indirecto y censitario, con iniciativa y el voto de las leyes, y que decide en exclusiva declarar la guerra y establecer la paz. Sus reuniones quedaban tasadas o por voluntad emanada de su seno, independientemente del rey.
  • Poder judicial independiente.

          Del club de los jacobinos, el mejor organizado y con ramificaciones por todo el país, se han escindido los moderados tras los sucesos del Champ-de-Mars, de julio de 1791, que han pasado al convento de los Feuillants o bernardos, recientemente disueltos y han constituido su propio club. En el primero va a imponerse Robespierre, convertido ahora en fustigador de la Legislativa, y en el segundo se van a encontrar dos corrientes: la que se viene concertando en el salón de madame de Staël (Germaine Nécker) y sigue a La Fayette,  y los partidarios del llamado “triunvirato”, con Sieyès.

Feuillant desde el principio, La Fayette sólo tiene ahora un credo: la Constitución de 1791 y su cumplimiento.

Teniente general desde hacía dos semanas, en octubre de 1791 deja la Guardia nacional para ser nombrado primero comandante del Ejército del Centro…

El brissotino Petión es nombrado, entretanto, alcalde de París en este noviembre de 1791, favorecido por ciertas maniobras provenientes de los círculos cercanos al rey quien, apostando por lo peor, no quería a La Fayette en aquella magistratura. ¡El general hubiera acumulado poder civil e influencia militar! La abstención de los electores fue enorme.

          Pero la cuestión de la guerra o de la paz era, en ese momento, lo más sustancial del debate político. Y eran cada vez más numerosos, en uno y otro bando, quienes se venían mostrando favorables a las hostilidades: Para los feuillants, una guerra limitada y victoriosa daría prestigio a la monarquía constitucional; pero eran los brissotinos sus más ardientes partidarios, convertidos a una guerra de propaganda que habría de liberar a los pueblos de sus “tiranos”.

Sólo una minoría era partidaria de la paz: algunos entre los “constitucionales”, y entre los “patriotas”, Robespierre y algunos de sus seguidores. Una derrota de Francia sería, para este sector, el fin de la revolución, y una victoria, el principio de la dictadura del general vencedor, pensando Robespierre en La Fayette.

          …Y, luego, una vez declarada ya la guerra en abril de 1792, pasará al ejército del Norte, encargado de rechazar la invasion extranjera, y en ese mando se alza con algunas victorias en la región del Sambre (norte de Francia).

Ya para entonces, alarmado por la impunidad de la que parecía gozar la izquierda (minoritaria, de hecho, en la Asamblea), La Fayette se había acercado a los Lameth y sus amigos del llamado “triunvirato” y, desde su C.G. de Metz, vigilaba lo que sucedía en París, con tanto interés como los movimientos del enemigo. Pero la violación de las leyes era sistemática, y constante la exhibición de fuerza, hasta en el recinto mismo de la Asamblea, adonde llegaban manifestantes con picas y soldados armados que partían a la guerra. Nadie, entre aquellos revolucionarios, parecía dispuesto a respetar las instituciones, y cada cual invocaba esas abstracciones que llamaban “Pueblo” y “Libertad”.

          El 16 de junio de 1792, denuncia con dureza la anarquía reinante, mantenida voluntariamente –decía-, por los jacobinos (si bien, en este caso, eran sobre todo los girondinos los responsables del tenso clima de crispación), y declarando la constitución amenazada, “tanto por los facciosos del interior, como por los enemigos del exterior”. Y, luego, negándose a amparar él la jornada del 20 de junio en que el pueblo de los arrabales invade el recinto de las Tullerías con la intención de doblegar la voluntad de Luis XVI, que ha ejercido, simplemente, algunas de ls prerrogativas que la Constitución le otorga.

Después de la penosa jornada del 20 de junio, La Fayette consideró favorable el momento político y vino a presentarse el 28 en la Asamblea, sin autorización y en medio de una gran espectación: el ultraje cometido en la persona de Luis XVI había suscitado “la indignación y la alarma de todos los buenos ciudadanos”, y en el ejército se alzaban ya voces preguntándose ”si [era] la causa de la Libertad y de la Constitución lo que [estaban] defendiendo”; era ya tiempo “de asegurar la independencia de la Asamblea Nacional y la dignidad del Rey”. Y pedía, en su nombre y en el de toda la gente honrada del Reino, que los instigadores de las violencias fueran castigados como criminales de lesa-Nación, que se destruyera una secta que tiranizaba a los ciudadanos y, finalmente, que se tomaran medidas eficaces, a fin de que quedara asegurado el respeto a todas las autoridades constituídas.

Robespierre y Brissot parecieron hacer las paces en la tribuna del club de los jacobinos, y el girondino exigirá días después auto de acusación contra el general.

Aquella intempestiva gestión no obtuvo efecto, y La Fayette piensa entonces en organizar la fuga de la familia real, a quien ofrece la protección de sus fuerzas que ha dejado en Compiègne, a 75 km de París; pero su influencia en la guardia nacional -al menos en los barrios burguses- no era ya lo que había sido, ni sería contar con la desconfianza de los reyes hacia aquel zgitado e impetuoso personaje. “¡Vale más perecer que deberle la salvación a quien nos ha hecho el mayor daño del mundo, y con quien habría luego que tratar! –exclamó la reina-.

De regreso a su puesto, en vano intentó el militar lanzar a su ejército contra París y en favor de Luis XVI constitucional.

Pero los acontecimientos iban a precipitarse, imparables ya: El 11 de julio, la Legislativa proclamaba la Patria en peligro y los federados de toda Francia iban llegando a París para la fiesta de la Federación del 14. Hubo bailes ese día, y jarana forzada, y ni un solo ¡Viva el Rey! Todo eran consignas de las sociedades populares, y gritos de “¡Viva la nación y los sans-culottes”!, “¡Abajo La Fayette!” Y luego la jornada del 10 de agosto de 1792 y la caída de la monarquía.

          La Fayette, entretanto, que ya había conseguido alguna victoria con su ejército del norte, mediante un decreto de acusación que le cesaba en su mando y le sustituía por Dumouriez, había sido instado a comparecer en la Asamblea, a la vista de sus últimas actuaciones. Ante lo cual y con el precedente del tiroteo mortal del Champ-de-Mars, un año antes, que le seguían imputando, después de haber intentado en vano lanzar a su ejército sobre París, consideró más salutífero abandonar su cuartel general, en la noche del 18 al 19 de agosto de este 1792, para ponerse a salvo del furor revolucionario y con la intención de llegar a territorio holandés con su Estado Mayor. Pero será detenido por el enemigo y, entre austríacos y prusianos, el general francés, otrora ídolo de la opinión y amigo de los americanos Jefferson y Washington, conocerá dura prisión en Wesel, y luego en Magdeburgo, Reisse y, finalmente, Olmütz en Moravia.

Así abandonaba el curso de la Revolución el que había sido, hasta entonces, uno de sus principales protagonistas, el “hijo primogénito de la libertad francesa”, como le había llamado algún diputado. Su esposa, presa ella también en Francia, conocerá la ejecución en el patibulo de su abuela, su madre y su hermana, y ya liberada – caído Robespierre y el Gran Terror, y a duras penas rescatada ella misma de la guillotina-, consiguió autorización para ir a reunirse con su marido en Olmütz, junto con sus hijas.

          La Fayette sólo se verá libre en septiembre de 1797, semiolvidado ya, en virtud de un artículo especial en el tratado de Campoformio, instado por el general Bonaparte guerreando victorioso entonces en Italia (ver Roberto GONZÁLVEZ FLÓREZ: “La lenta conquista del poder”, ed. Punto Rojo).

Tachado de la lista de emigrados, regresará en 1800, pero, hostil al régimen no liberal y autoritario que regía ahora Francia, se mantendrá al margen de toda actividad política, durante el Consulado y el Imperio –objeto, también ahora, de fuerte suspicacia por parte de Napoleón, que le tendrá vigilado en su château de La Grange-Bléneau en Brie, al E. de la región parisiense.

          Caído el Imperio, llegada la Restauración de los Borbones, pero vuelto Napoleón de la isla de Elba (Vol de l’Aigle), La Fayette, entra en la Chambre des représentants en mayo de 1815, en el marco de las nuevas instituciones que parecía venir a avalar el liberal Benjamin Constant durante los Cien Días; y, tras Waterloo (18 de junio de 1815), insta, también él, a la abdicación del Emperador.

Con la segunda instalación de Luis XVIII), se retira de nuevo a su maison-forte de Brie, hasta 1818, año en que es elegido diputado de la Sarthe y decide entonces ponerse al frente de la oposición liberal, rivalizando en ese protagonismo con otros conspicuos personajes del momento, con lo que, de prácticamente olvidado que había estado hasta entonces, vino a recobrar su popularidad perdida, encarnando entonces aquellos recuerdos de las grandes fechas de 1789, y se involucra en los complots de la Charbonnerie de 1821 y 1822.

          No habiendo sido reelegido en 1824, quiso volver a América con su hijo y rememorar, entre el verano de este 1824 y el otoño de 1825 -cerca de medio siglo después y ahora con 68 años-, aquellos brillantes años de su juventud. Y será un viaje triunfal: recibido y agasajado por el presidente Monroe, y en las innumerables localidades que visitó, fue acogido con un entusiasmo difícilmente imaginable en la vieja Europa que había dejado, y con honores y reconocimiento por las dos Cámaras.

Y visitó a José Bonaparte, a la sazón autoexiliado en Nueva Jersey, a raíz de la caída del gran tinglado (ver Roberto GONZÁLVEZ FLÓREZ: “Napoleón Bonaparte y su entorno familiar”, ed. Círculo Rojo).

Y, en nombre del pueblo americano, el Congreso le hizo un don de 200.000 dólares y 12.000 hectáreas en Florida, como justo resarcimiento de los gastos en los que él había incurrido volando en socorro de la independencia americana.

En su regreso a Francia, quiso traer unas sacas de tierra americana con el expreso deseo –dejará dicho a sus allegados- de que venga a cubrir su cuerpo en su postrero descanso.

          Diputado de Meaux en 1827, fue la revolución liberal de 1830, que desalojaba a los Borbones e iba a traer por unos años a los Orleáns con la Monarquia de Julio, la que permitió a La Fayette volver al primer plano de la política francesa, con su nombre legendario práticamente intacto. Elevado, una vez más, por los insurrectos al mando supremo de la Guardia nacional (29 de julio), fue él el principal artifice, con Laffitte (un exaltado que decía querer llevar la revolución a Europa), de la subida al trono de Luis-Felipe, al que ha recibido en el Hôtel-de-Ville o municipalidad de París, y que será coronado ahora “roi des Français” y no “roi de France”.

Ya dimitido de su mando de la Guardia nacional, con la llegada a la jefatura del gobierno, en marzo de 1831, de Casimir Périer (liberal partidario ahora de la “resistencia”), y orillado del primer plano por Luis-Felipe que desconfía de él, La Fayette decide entonces situarse en la oposición en cuyo seno, evolucionando hacia el republicanismo, seguirá votando hasta su muerte.

Muerte del general La Fayette

Muerte del general La Fayette. Al pie de su lecho, se rememoran páginas positivas de su biografía: América, Washington, bandera tricolor… Y, al pie de la página es llamado “el apóstol más puro de la libertad”, “le héros des Deux Mondes”.

          Y aquel que había conocido y protagonizado tres revoluciones, fallecía en París, el 20 de mayo de 1834, hacia las cinco de la mañana y rodeado de su familia, víctima de una pulmonía aguda, en su domicilio parisiense del que hoy es, 8 de la rue d’Anjou. Tenia 77 años. Acompañados de un inmenso gentío y con la asistencia de lo más eminente de la política, del ejército y del Instituto -además de una representación de la embajada de los EE.UU. de América todos con una flor amarilla en el ojal-, los restos del “héros des Deux Mondes” -como se complacían en llamarle sus partidarios-, fueron depositados, dos días después, en Picpus, al lado de su esposa, muerta ella en 1807, a los 48 años.

Era Picpus el cementerio adonde llevaban aquellos revolucionarios de 1792 a 1794 los cuerpos de sus víctimas. Allí reposaban, en efecto, también, los cuerpo decapitados de la duquesa de Ayen, madre de Adrienne de Noailles, y de la hermana de ésta. Las familias de 1.300 de aquellos mártires, -víctimas, como tantas otras decenas de miles, de aquella revolución que La Fayette había contribuido a poner en movimiento- pudieron comprar el terreno en 1801 y rehabilitar para los suyos la última morada de sus deudos.  Y aquel deseo que había expresado años atrás de ser enterrado un día bajo tierra americana, no pudo, finalmente, realizarse.

Fueron importantes también los solemnes marcas de honor que se le rindieron en las dos cámaras del Congreso americano. Y a su tumba de Picpus sigue llegando, cada 4 de julio, un ramo de flores, tributo agradecido de la embajada de los Estatos Unidos en Francia,

El título de marqués de La Fayette pasó, en lo inmediato, a su hijo George Washington Louis Gilbert Motier de La Fayette (1779-1849).

Su carácter y personalidad

          Un punto vanidoso él, siempre sensible al halago y pagado de sí mismo, La Fayette tenía la apariencia del talento, pero era vacilante y contradictorio, y carecía de las altas cualidades que definen al hombre superior. “Crédulo y optimista –dirá de él Thureau-Dangin, autor de una “Histoire de la Monarchie de Juillet”– ambicioso y de temperamento exaltado, amante siempre de su popularidad pero mediocre político (“idole médiocre” según Michelet), agitado y algo écervelé” o atolondrado en sus actos (más allá de las loas provenientes de los ámbitos independentistas americanos), no insistiremos en las pobres valoraciones de las que fue objeto el marqués, ni en los despectivos comentarios, acerca de la solidez de su personalidad, por parte de quienes le trataron o conocieron en Francia (bien es cierto que, generalmente, bajo la pluma de sus adversarios o de personas poco afectas a la línea que el general ilustró: un “niais” (memo o simple), para Napoleón, y “niais à double visage et à double renommée” también para Chateaubriand. El gran escritor del período, de orígen nobiliario igualmente y con su propia evolución él también, dedicará un capítulo al general en sus “Memorias de Ultratumba” (libro XLIII, cap. 3º), con matizadas palabras:

“En este año de 1834, monsieur de La Fayette acaba de morir […]. En la tribuna se expresaba con facilidad y en un tono de hombre de buena compañía […] amable y generoso. Bajo el Imperio vivió retirado, pero bajo la Restauración no mantuvo la misma dignidad y se rebajó hasta involucrarse en las conspiraciones del carbonarismo […] como un vulgar aventurero […]. El resultado de sus acciones estaba a menudo en contradicción con su pensamiento: realista, derrocó en 1789 a una monarquía de ocho siglos de antigüedad; republicano, creó en 1830 la monarquía de las barricadas, y se ha ido de esta vida dándole a Luis-Felipe la corona que le arrebató a Luis XVI […]. En el Nuevo Mundo, M. de La Fayette contribuyó a la formación de una nueva sociedad; en el Viejo Mundo, a la destrucción de una vieja sociedad: la libertad le invoca en Washington, y en Paris la anarquía. M. de La Fayette sólo tenía una idea y, por fortuna para él, era la del siglo; y esa idea la llevó como orejeras, impidiéndole ver a derecha e izquierda […], y su ceguera pasaba por genialidad” (traducimos).

La Fayette

Litografía de Honoré Daumier (1808-1879), representando sarcásticamente al rey Luis-Felipe falsamente compungido ante la tumba, abierta aún, de La Fayette.

          Mirabeau, rival suyo en los sectores “patriotas”, le llamaba “Gilles César”, jugando con la similitud fonética y en burlona alusión al general romano. Y madame de Staël, la Nécker, no dirá menos.

Cercano a los republicanos al final de su vida, su figura resultaba ya embarazosa e incómoda en estos mismos sectores, como lo vino a demostrar el silencio de estos medios con ocasión de su entierro, en vivo contraste con aquella insurrección de junio de 1832 –no hacía tanto tiempo-,  con motivo del sepelio del republicano general Lamarque, sucesos de los que hablará V.Hugo en sus “Miserables”, treinta años después.

          El general de La Fayette ha dejado unas “Mémoires” (1837-1840, y su “Correspondance” (1793-1801) fue publicada en 1903.

La Fayette

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

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En español

MAUROIS, André: La Fayette en América (traducción); Méjico, Letras, 1969

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