Charcot, Jean-Baptiste (1867-1936)

          Después de los tres viajes alrededor del mundo de los tres grandes marinos franceses Bougainville (entre 1766 y 1769), Lapérouse (entre 1785 y 1788) y Dumont d’Urville (entre 1837 y 1840), Francia se había desinteresado de las regiones polares, durante cerca de sesenta años. Charcot vino a recoger esa tradición, y sus aportaciones al conocimiento de las tierras polares le harán merecedor de una notoriedad mundial, quizá hoy algo olvidada. Explorador y sabio, su figura atrae igualmente por su original personalidad y por sus cualidades simplemente humanas.

            Jean-Baptiste Charcot nacía en Neuilly-sur-Seine afueras de París, que todavía eran el campo, por entonces, el 15 de julio de 1867. Eran sus padres, Jean Martin Charcot (1825-1893), el ilustre profesor en la Salpétrière, creador de la neuropatología, y Augustine-Victoire Laurent (1834-1899), viuda rica ya ella y con una hija cuando se casa ahora, y heredera de una prestigiosa firma de costura; de este matrimonio Charcot-Laurent, nacerán Jeanne y Jean-Baptiste.

Charcot a los 6 años

Charcot a los 6 años

Según las costumbres de la época, la carrera de su hijo parecía ya determinada: también él sería médico; pero el niño sólo soñaña con navegaciones y llenaba de navíos sus cuadernos de l’École Alsacienne -prestigioso establecimiento, que daba por entonces sus primeros pasos-, cuya enseñanza seguirá entre 1876 y 1885, y jugaba al explorador polar en el jardin de Neuilly. En l’École se le veía ya muy inclinado a la actividad física (rugby, boxeo) y, durante las vacaciones en Ouistreham, en la costa normanda, daba sus primeros pasos en lo tocante  a las cosas del mar bajo la vigilante mirada de los pescadores.

            Y hace frecuentes viajes con su padre, a partir de los 16 años, por el Atlántico norte y las costas de España y Marruecos.

            A pesar de esa marcada vocación que su progenitor, inconscientemente le ha inoculado, el joven Jean-Baptiste se somete a la voluntad paterna y culmina brillantemente el externado. Tras su servicio militar, que sigue en los “chasseurs alpins”, consigue el ingreso como interno de los hospitales en 1891, trabaja con su padre en la Salpétrière y defiende con éxito su tesis doctoral en junio de  1895. Tenía entonces 28 años.

Es el año en que nace su hija Marie-Louise, fruto de sus relaciones con una enfermera de la Salpétrière, en cuyo alumbramiento, desgraciadamente, morirá la madre. Y Marion no vivirá ella misma más allá de la treintena.

           

            Ya su padre, el profesor Charcot, ha fallecido dos años antes, y parecía que el hijo Charcot quería orientarse hacia la biología con su entrada en el Instituto Pasteur, donde inicia cierta investigación sobre el cáncer.

      Pero, además de su fuerte inclinación por las actividades deportivas, su amor por la navegación acabará resultando más fuerte que todo lo demás, hasta mostrarle a Jean Charcot el único camino de su existencia.

En noviembre de 1896 contraía matrimonio con Jeanne Hugo (1869-1941), nieta del poeta Victor Hugo, hijastra del activo y expansionista ministro de la Marina Édouard Lockroy, y, divorciada ya del periodista Léon Daudet. Gracias a las excelentes relaciones de su esposa es admitido ahora como médico auxiliar de la flota. Bien introducido en la sociedad parisiense de la época, bien casado y con una posición que, en lo profesional, no podría ir sino a mejor, Charcot podría contentarse con esa vida, pero su pasión por los descubrimientos le sigue devorando; y es que, además, él quiere hacer famoso, no ya su apellido, bien sentado por su padre, ¡sino un nombre propio! Hace años que pasa sus veranos en el mar, ya sea en su yate personal le Courlis, ya, desde 1893, en su primer “Pourquoi pas?”, un cúter de 15 tn y de 19,5 m de eslora, que el mismo ha diseñado, con el que navega a lo largo de las costas inglesas e irlandesas.

En 1896, es campeón de Francia de rugby con su equipo del Olympique y, en 1900, gana una medalla de plata en vela, en los Juegos Olímpicos de verano. Jean-Baptiste Charcot es aun joven y su energía y natural vitalidad le llevan a prodigarse en múltiples actividades.

En 1898, lleva a cabo una expedición entre de recreo Nilo arriba hasta Assuán, con el millonario americano Vanderbilt (1843-1899, nieto del primer Cornelius Vanderbilt fundador de la dinastía), y en 1901 emprende un crucero de estudio a las islas Hébridas, las Feroe y el archipiélago de las Shetland que le permite completar las instrucciones náuticas disponibles y recoger en tierra una considerable masa de información. Y ese viaje culmina con la redacción de una Guía que va a publicar el Yath-club de Francia. De hecho, ya Jean-Baptiste Charcot había publicado “La Navigation mise à la portée de tous: manuel pratique de navigation estimée et observée” (“La Navegación al alcance de todos…”), auténtico best-seller que contribuirá a la formación de generaciones de marinos.

Y en 1902 recibe su primera misión oficial del ministerio de Marina, que le encarga estudiar las pesquerías de la isla Jan Mayen (70º 59’ N y 8º 05’ O), más allá del Círculo Polar Ártico, de soberanía noruega y entonces muy frecuentado por los balleneros. Acompañado de su esposa, el médico-marino se hace a la mar a bordo de una goleta de hierro de 214 tn. que ha adquirido, la “Rose Marine”, extiende su campo de investigación a diferentes disciplinas científicas, como el vulcanismo, y recorre Islandia en poney. Y deplora el hecho de que, desde los años ‘40 del siglo anterior, con la Monarquía de Julio, Francia se hubiera apartado de los estudios polares, mientras otros paises multiplicaban las expediciones científicas. Así, en 1897/1899, a bordo del “Belgica”, el marino belga Adrien de Gerlache (1866-1934) había conseguido la primera estancia de invierno en la Antartida.

El Congreso internacional de geografía, reunido en Berlín en 1899 ya había recomendado la exploración sistemática del continente austral, casi desconocido por entonces; llamada que fue atendida, pues, tres años después, en 1902, cuatro equipos se hallaban ya sobre el terreno: uno inglés con Scott en el “Discovery”, otro alemán con Erich von Drygalski en el “Gauss”, otro sueco-noruego con Otto Nordenskjöld (1869-1928)  en el “Antarctic” (1901-1904) y, finalmente, otro con el anglo-escocés William Speirs Bruce en el “Scotia”.  ¡Y Francia estaba ausente!

Lo cual decide a Charcot, tentado primero por el Ártico, a lanzarse en la misma aventura. Y en Saint-Malo manda construir a su cargo un navío de exploración polar de casco de roble, reforzado para aquella navegación entre el hielo, aparejado en tres mástiles goleta y provisto de una máquina auxiliar de 125 caballos, al que llama “le Français”.

 

La Antártida

            Entretanto, a principios de 1903, la comunidad científica está preocupada por la suerte que haya podido correr Nordenskjöld, de quien se ha dejado de llegar noticias, y Charcot decide partir para la Antártica. Pero necesita un apoyo económico oficial y decidido, pues semejante misión cientifica no podría llevarse a cabo por un particular, por muy holgada que sea su fortuna. Y se inicia entonces una lamentable batalla contra la indiferencia y la tacañería de los poderes pùblicos. El presidente de la República, Loubet, ofrece su propio patrocinio, y lo hacen también la Académie des Sciences, el Muséum d’histoire naturelle y la Société de Géographie; y, por su lado, el Bureau des longitudes (Agencia de longitudes), aporta sus recomendaciones y consejos, mientras la Marina nacional dona cien toneladas de carbón y algunos importantes instrumentos; aunque no todo es generosidad y comprensión, pues la Commission des Missions del Ministerio de Instrucción pública, p ej., niega cualquier subvención  a la empresa; por lo que, ayudado por su apellido y sus relaciones personales, Charcot lanza una suscripción, pero la Francia burguesa de entonces parecía mostrarse indiferente y apenas llega a recoger 20.000 francos. El periódico “Le Matin”, acaba de lanzar unn suscripción nacional para construir un submarino que también llaman “Le Français”; y su accionista mayoritario, Maurice Bunau-Varilla -de espíritu inquieto e innovador y muy dado a las técnicas de marketing-, ofrece a Charcot 150.000 francos-oro que permiten concluir los preparativos. Y entre las raras aportaciones benévolas estaba aquella de un fabricante normando de Carentan que, entusiasmado por la expediciòn, ofrecía leche (conservada gracias a un procedimiento de su invención), mantequilla… ¡y abundancia del famoso licor “Calvados” de la región! Pero las procupaciones materiales seguían pesando: “Nada será jamás tan penoso como los doce meses que acabo de vivir” –dirá luego Charcot-.

Charcot en la Antártida

Charcot en la Antártida

Y en la preparación del programa científico, colaboran el ingeniero hidrográfico Bouquet de la Grye, director del servicio hidrográfico de la Marina, el astrónomo Jean Mascart (que en 1910 vendrá a Tenerife para observar el paso del cometa Halley), los geólogos Albert Auguste de Lapparent y Édouard Perrier, junto al paleontólogo Jean Albert Gaudry.

La expedición se fija como objetivos trabajos de oceanografía, meteorología, zoología, paleontología y geografía en la parte del continente Antártico por debajo de la Patagonia, en el sector de las tierras de Graham y de la isla Alejandro I. Ningún francés ha pisado esa tierra desde la breve incursión de Dumont d’Urville en 1838.

La tripulación de ese expedición estaba compuesta de diecinueve hombres, dos de los cuales, oficiales de marina: el teniente de navío André Matha y el alférez Rey, que el ministerio ha aceptado destacar con “sueldo en tierra”. En cuanto al barco, puede decirse que tiene solidez, pero la máquina es poco potente y será fuente de constantes complicaciones. Según confesión del mismo Charcot, la falta de medios dificultó los preparativos: “¿Fue culpa mía si, faltando el dinero, tuve que administrarlo todo con la máxima sobriedad? ¿No representó una proeza el llegar al resultado conseguido con los contados medios de que disponía, en medio de tantas trabas y cortapisas como me asaltaban, y en el corto espacio de tiempo de que disponía?”

Y así, la expedición llega a Buenos Aires, donde cargan una tonelada de galleta argentina, “redonda y dura, gruesa como dos puños, que se conserva muy bien y que los estancieros  llevan con ellos a la Pampa a modo de pan”, y que la tripulación encuentra aceptable. Y luego el carbón, que amontonan donde se puede…

El 23 de diciembre de 1903 –es entonces cuando se conoce que Nordenskjöld ha sido encontrado-, con el inicio del verano austral, Charcot y sus hombres abandonan Buenos Aires en dirección a la Tierra de Fuego, y en enero ponen ya decidido rumbo al Sur, hacia la tierra de Graham. El navío va cargado hasta los topes, de la bodega a cubierta, del más variado material, ¡y hasta una casa desmontable!, con víveres previstos para una larga campaña de invierno.

Pero pronto Charcot ha de hacer frente a dificultades, muy semejantes a aquellas a las que sus predecesores hubieron de enfrentarse: navegación extremadamente difícil, apoyada en instrumentos todavía elementales, en medio de corrientes desconocidas y en parajes de los que no existían ni cartas fiables ni estudios hidrográficos previos. Constantemente en alerta los navegantes, a merced siempre  de una roca imprevista o de un iceberg a la deriva, los del Français avistan, le 2 de febrero de 1904, un numeroso conjunto de pequeñas islas y de cabos que bordean el continente austral al SO del archipiélago de las Shetlands del Sur, región cuyos contornos no han sido estudiados hasta ese momento, al haber sido frecuentada únicamente por pescadores de focas y balleneros, carentes de cualquier preocupación científica.

A pesar de una primera averia de caldera –conocerán muchas otras-, el trabajo de reconocimiento empezaba ahora: y, con Charcot encaramado en lo alto de un mástil para dirigir esta navegación, “verdaderamente apasionante”, se iba progresando con precaución, buscando canales entre las zonas más frágiles del hielo, “unas veces atacándolas con fuerza con nuestra potente proa, otras apartando o arremetiendo contra grandes bloques planos, y otras haciendo subir la nave encima y provocando una grieta que nos permite pasar a través de los dos trozos ahora separados”. Y constata la tripulación satisfecha que el barco resiste y se revela muy maniobrero. “Le tomamos gusto a esta manera de avanzar –escribe también Charcot- y nos hacemos expertos enseguida a este juego de carambolas”.

Siguiendo con precaución la costa de la que busca el más pequeño recoveco que les pudiera sirviera de abrigo para pasar la noche o reparar las máquinas, le Français se adentra en un laberinto de icebergs de ensueño:

“Es un decorado maravilloso, con el tiempo luminoso y espléndido del que gozamos: por todas partes altas montañas, cuya deslumbrante blancura hace resaltar más las pocas rocas y acantilados desnudos de aspecto oscuro o rojizo; los icebergs y los glaciares más cercanos a nosotros pasan por todos los matices del azul (…) y estas construcciones, delicadas (…) se contraponen o se confunden con el azul intenso y transparente del mar…”

Paisajes convertidos ya, para el hombre contemporáneo, en algo casi familiar, gracias a los documentales o a ciertos libros de viajes actuales, pero que, en 1904, deslumbran a los navegantes que tienden a olvidar los peligros reales que esconden:

“No hay que insistir sobre lo que le ocurriría a nuestro barco, cáscara de nuez entre dos piedras, si a estos monstruos les diera por acercarse o venirse abajo. Pero ni siquiera pensamos en eso: absortos en esta navegación de ensueño y maravillados por las fantásticas architecturas (…), nuestro espíritu está lejos del posible peligro”.

Y el 8 de febrero de este 1904, tiene lugar la primera bajada a tierra sobre el hielo pero, ante la   imposibilidad de establecer allí un campamento, consiguen únicamente levantar una tienda donde el alférez Rey inicia sus observaciones magnéticas. Mientras se afanan en reparar las fugas de la caldera, el teniente de navío Matha instala un registrador de mareas, el naturalista Turquet diseca algunos pájaros y el geólogo Gourdon va seleccionando muestras de rocas; otros cazan focas y pingüinos para asegurarles la comida a los perros de la expedición.

Y, gracias al texto de Charcot, nos percatamos mejor hoy del empobrecimiento de la fauna marina desde esa época. El 6 de febrero, una cincuentena de focas merodeaban activamente en torno al barco, cuando llega una ballena que dispersa aquel bullebulle, porque los cetáceos pululaban en estas aguas por estos años. Ecologista adelantado, Charcot se muestra cuidadoso en proteger la naturaleza y simpatiza con las especies animales que encuentra, particularmente esas variedades de pingüinos que son los adelíes (anchos, de corta estatura y con un anillo blanco alrededor de los ojos) y los papúas (con una banda blanca por encima de los ojos), que proliferaban en estos parajes y que él tenía que defender contra los perros de la expedición…

“Agrupados en torno a nuestras instalaciones, nos miraban con circunspección y parecían interesarse por nuestro trabajo. Los papúes eran huidizos, pero los adelíes ni se movían, e incluso, al principio, enviaron hacia nosotros una especie de “diputación” de siete u ocho miembros que nos hablaban ruidosamente, intentando ponernos, tal vez, al corriente de las leyes de su país…”

Charcot se emociona viendo la ternura que los pingüinos muestran por sus crías y el ardor que ponen en defenderlos de los depredadores. Pero tenía que sacrificar algunas focas y pingüinos, cuya grasa resultaba un buen combustible, utilizado para fundir el hielo que les proporcionaba el agua dulce indispensable para el consumo de la tripulación y de las calderas…

“Es penoso verse obligado a sacrificar a estos buenos y dulces animales, pero aquí como en cualquier otro lugar, es la lucha por la vida, necesitamos grasa para economizar nuestro combustible, carne para nuestros perros y reservas para nosotros en caso de accidente, sin contar las piezas para las colecciones; pero, muy a mi pesar, tuve que dar orden de matar antes del invierno el mayor número de focas posible…”

Pero se mostraba vigilante para que no se les hiciera sufrir.

A principios de marzo de 1904, con la llegada del otoño, la expedición se instala en una bahía de la isla Wandel preparándose para el invierno, y por 65º 5’ de latitud S, se establece “en una región donde ninguna observación regular de cierta duración había sido nunca desarrollada”, puesto que habia rebasado en un grado el punto más al S alcanzado por Nordenskjöld. Siendo favorable el emplazamiento para las observaciones científicas, la expedición establece un campamento en lo alto de una colina donde se instalan los instrumentos, con le Français bien amarrado y protegido del hielo. La casa desmontable constituída por paneles de madera recubiertos de amianto y de un tejado de chapa ondulada, queda fijada al suelo de hielo, y una cabaña, de madera igualmente, claveteada de paneles de cobre, servirá de laboratorio para las observaciones magnéticas. Y, con el nombre de “avenue Victor Hugo”, que le han puesto, una vía de comunicación entre los hangares -donde víveres y material están depositados-, permite utilizar los trineos y los perros.

Durante esta invernada, los trabajos avanzan satisfactoriamente con temperaturas de 39º bajo cero. Charcot prosigue algunos estudios bacteriológicos con aparatos fabricados por él mismo; para él, como para los demás, las condiciones son penosas, y el jefe de la expedición rinde homenaje a  todos sus colaboradores:

“Hace falta mucho coraje y una gran energía para continuar regularmente, sin un día de desfallecimiento, sin un minuto de duda, esas observaciones, esos trabajos que exigen manejar instrumentos, o la permanencia prolongada en el exterior, en todo momento del día y de la noche, y, a menudo para algunos de nosotros, trabajar con las manos en el agua o en líquidos en el punto de congelación”.

 A pesar del austero entorno y encerrados en un microcosmos que hubiera podido hacerse insoportable, el ambiente humano entre todos ellos era excelente, y fue el mérito del jefe Charcot: “Formamos un equipo maravilloso, plegándose todos animosamente a cualquier tarea y a cualquier exigencia”. Las querellas politico-religiosas, tan vivaces por estos años –el anticlericalismo del gobierno se hallaba en pleno auge en 1904, y el caso Dreyfus aún no estaba enteramente resuelto-, en ningún momento llegan a enturbiar aquella armonía. Digno hijo de su padre el neuropatólogo y él mismo médico, Charcot se preocupa por mantener alta la moral de sus hombres, y organiza algún regocijo con motivo de la fiesta nacional del 14 de julio, ¡pleno invierno en esas latitudes!, con ayuda de su gramófono que viene a romper alegremente el inmenso silencio de aquellos parajes.

Y, según tradición bien arraigada en la marina, Charcot organiza también sesiones de enseñanzas mutuas: Matha les da clases a dos candidatos al examen de capitán para navegación de altura; Charcot, el geólogo Gourdon y cada cual en lo que sabe dispensan sus conocimientos si se forma un grupo: uno de los marineros es analfabeto, otros andan flojos en ortografía francesa o en aritmética, y hay quien pide lecciones de inglés o charlas de geografía o de historia… Y es que, desde Francia, se han traído una biblioteca no desdeñable para lo que pudiera esperarse: Homero, Shakespeare, Victor Hugo, Michelet…, y llegada la hora de la velada tras la cena, alguien se arriesga a recitar algún poema, o a canturrear cualquier canción a la moda o de su tierra chica, inesperados “en el silencio de estos espacios infinitos”. En su conjunto, el estado de salud general es satisfactorio, y notable la resistencia fisica de toda la tripulación, si bien, a falta de gafas protectoras suficientemente eficaces, surgen no pocos problemas oftalmológicos.

            Y volvió la primavera austral, en este septiembre de 1904, lo cual permitía imprimir nuevo impulso a los trabajos científicos relativos a la electricidad atmosférica, a las corrientes marinas, a la hidrografía costera y al estudio de las especies de animales vistas, particularmente las aves (cormoranes, gaviotas, charranes, megalestris). Ya en diciembre había que ir pensando en el regreso y, lo primero en desbloquear “le Français”, prisionero del hielo. La melinita, un potente explosivo ya utilizado por los predecesores, no resulta suficiente, por lo que deben despejar la capa de nieve antes de proceder a serrar el hielo marino; y el día de Navidad se disponen a zarpar; el deficiente funcionamiento de la máquina y el carbón escaso ya obligan a utilizar las velas, pero Charcot decide continuar aún por la tierra de Graham.

El 15 de enero de 1905, el navío chocaba contra una roca semiemergente, provocando, en aquel horizonte hostil y desértico, una avería que no parecía posible reparar, pero, con ayuda de las bombas, consiguen a duras penas controlar la vía de agua. A pesar de esas dificultades, Charcot decide detener el barco de vez en cuando, a fin de proceder a nuevas observaciones hidrográficas. Y allí estuvieron hasta el 15 de febrero, fecha en que Charcot decide dejar la Antártida definitivamente y poner rumbo hacia Buenos Aires, adonde llegaban el 29 de marzo, entrado el otoño austral. Y el gobierno argentino compra el navío que se dispone a reparar.

Charcot y sus hombres se embarcaban ahora rumbo a Francia a bordo del “Algérie”.

La expedición traía consigo importantes resultados, hasta el punto de que el ministro de Marina Gaston Thomson (en el segundo gobierno Maurice Rouvier), y los medios científicos reservaron a los expedicionarios una acogida entusiástica.

Charcot se vuelca en la rápida publicación de los resultados, pero, en marino de raza que era, ya esta pensando en un nuevo viaje  hacia las regiones polares, que han acabado por fascinarle..

“¿De dónde viene ese extraño atractivo de ls regiones polares, tan poderoso y tenaz que, apenas regresado, ya se han olvidado todas las fatigas físicas y morales, pensando únicamente en regresar a ellas? ¿De dónde, el encanto de esos parajes, terroríficos y desiertos?…

Placer de lo desconocido, orgullo de la dificultad vencida, elementos diversos que concurren para mantener el deseo de organizar una nueva expedición, al que Charcot cede casi inmeditamente. Y será en detrimento de su matrimonio, porque, a su regreso, Jeanne Hugo le estaba esperando para pedirle el divorcio, por “deserción del domicilio conyugal”.

A su regreso, el comandante de “Le Français” entró en contacto con Ernest Flammarion, a quien entregó, sin ninguna pretensión literaria  -simple “récit anecdotique”-, el diario que él había redactado de la expedición más lograda que Francia hubiera llevado a la Antártida; pero, más allá de como Charcot se expresara en su modestia, la expedición había tenido un importante significado humano, y no menor en la competición científica de Francia con otras naciones. Y en esta editorial aparecerá, para admiración de la comunidad de sabios y curiosidad de los lectores de la época.

De nuevo la Antártida

            Pero, esta vez, los ofrecimientos en dinero y materiales son generosos y solicitos. Paul Doumer, elegido presidente de la Cámara de Diputados en 1905, obtiene del gobierno una subvención de 600.000 francos; el príncipe de Mónaco, apasionado de oceanografía, presta algunos de sus instrumentos, y son muchos los particulares que aportan su contribución, lo cual permite a Charcot pensar ya en la construcción de un nuevo navío: será el célebre “Pourquoi pas?” de casco reforzado, tres mástiles, máquina auxiliar, 445 toneladas y más amplio, que será botado en Saint-Malo, el 18 de mayo de 1908; ofrecía, además, tres laboratorios y dos bibliotecas con capacidad para dos mil volúmenes.

Madame Charcot con su hija Monique de nueve meses, en la cubierta del "Pourquoi pas?", el 15 de agosto de 1908 (fotografía. BnF).

Madame Charcot con su hija Monique de nueve meses, en la cubierta del “Pourquoi pas?”, el 15 de agosto de 1908 (fotografía. BnF).

En enero de 1907, se casa de nuevo con Marguerite Cléry, “Meg” (1874-1960), pintora e ilustradora ella misma, e hija de un prestigioso abogado parisiense, que le acompañará en alguno de sus viajes y será para él un constante apoyo. Y, nacida ya Monique en diciembre siguiente, primer fruto de esa unión, el “Pourquoi pas?”, dejaba Le Havre, el 15 de agosto de 1908, con 22 hombres a bordo, en dirección a la Antártida. El equipo científico comprendía ahora cuatro sabios civiles y tres oficiales de marina, entre ellos Jules Rouch un día especialista mundialmente conocido y director del Musée Océanographique de Monaco, y Robert-Émile Godfroy, un día vicealmirante al mando de la escuadra del Mediterráneo oriental en 1940.

El "Pourquoi pas?" saliendo de la rada de Le Havre, el 15 de agosto de 1908 (BnF).

El “Pourquoi pas?” saliendo de la rada de Le Havre, el 15 de agosto de 1908 (BnF).

El nuevo equipo prosigue la exploración de la tierra de Graham, y luego -después de un  encallamiento que les supuso a todos doce horas de angustia-, continúa rumbo a la isla Adelaida (vista ya en 1831), de la que se precisan las dimensiones y configuración; y luego hacia la casi desconocida tierra Alejandro I. A finales de noviembre de 1909, vemos al “Pourquoi pas?” reavituallándose en las islas Shetland del Sur, antes de partir de nuevo hacia el SO, para alcanzar, a 70º S y 75º O una nueva tierra a la que el hielo impide acercarse. Y ve Charcot una isla, llamada Pedro I por el ruso Bellingshausen (68º 50’ S y 90º 35 O), que nadie había vuelto a ver desde 1820, porque nadie se había atrevido a aventurarse, desde entonces, por estos parajes hostiles. Charcot rebasa el paralelo 70 y reconoce incansable estas costas inexploradas del continente antártico, precisando el perfil de la isla Alejandro I y de la que se llamará tierra de Charcot, descubierta en enero de 1910, a unos 100 km de la anterior y cuyo carácter insular no llegaron ellos a determinar.

 Con el jefe de la expedición y otros hombres debilitados por el escorbuto, a principios del verano septentrional de 1910, el “Pourquoi pas?”, estaba de regreso en Rouen y, ya en París, en el gran anfiteatro de la Sorbonne, el mundo científico saluda al hombre que había afrontado el sector más ingrato y peligroso de la Antártida. La cosecha parecía abundante, y Rouch publicaría tres volúmenes de observaciones, referidas a meteorología, oceanografía y electricidad atmosférica.

            Todos aquellos hombres regresaron al calor de sus familias y al reconfort de sus amistades; y Jean-Baptiste Charcot volvió a reunirse con su mujer Marguerite y con su hija Monique.

            Y el “Pourquoi pas?”, convertido en el laboratorio flotante de su tiempo mejor dotado científicamente, efectuará al año siguiente un crucero oceanográfico por el Canal de la Mancha; y luego, dado que Charcot no hubiera podido hacer frente a su mantenimiento, en 1912 será transformado por la Marina mercante en navío-escuela para futuros capitanes de navegación de altura, a los que él va llevar por los parajes de Islandia y la isla Jan-Mayen.

Guerra y posguerra

Y llegó la guerra. Padre otra vez, en 1911, de su segunda hija con su esposa Marguerite, a la que llamarán Martine, Charcot es movilizado como médico de la Marina de primera clase, con puesto en el hospital de la marina de Cherbourg, Y en 1915 manda, como teniente de navío auxiliar, un ballenero, armado y con una dotación franco-inglesa, encargado de vigilar las islas Feroe, donde se sospecha que los alemanes han establecido una base de submarinos. Concibe entonces un tipo de barco-trampa, destinado a la lucha antisubmarina, que la Marina vino a adoptar, y recibe el mando de uno de esos barcos, con el cual patrullará hasta el final de conflicto, y que la hará merecedor de sendas medallas británica y francesa.

Doctor Charcot (Fotografía, agence Meurisse, 1914).BnF

Doctor Charcot (Fotografía, agence Meurisse, 1914).BnF

Groenlandía

            Ascendido a capitán de corbeta en 1920 y de fragata en 1923, Charcot recupera su “Pourquoi pas?”, armado ahora por la Marina nacional y mantenido financieramente por “Instrucción Pública”. Consejero cientifico del Service hydrographique de la Marina (aunque privado del mando efectivo del navio, por razones de edad), sus travesías le llevan a Groenlandia a partir de 1925, siendo el primer francés en penetrar por su costa oriental, y su pasión por estas tierras se despierta entonces.

Recibido en la Académie des Sciences en 1926, Jean-Baptiste Charcot es objeto ese mismo año del “Premio Albert de Monaco”.

Y transcurre el año 1928, aciago para el mundo de la exploración científica polar: Charcot, a bordo del “Pourquoi pas?”,  -en colaboración con el crucero “Strasbourg” asignado a esta misión-, parte en busca del hidroavión de la marina francesa en el que viajaba el noruego Amundsen (1872-1928), partido él mismo en busca del italiano Nobile (1885-1978), que había emprendido viaje con la intencion de sobrevolar en dirigible el polo norte en globo por segunda vez.

Si, a principios del siglo XX, los proyectos y empresas de Charcot no habían suscitado particular interés por parte de las administraciones públicas, a partir de 1930 la exploración polar empieza a recibir la ayuda decidida del Estado.  Y, con el concurso de l‘Académie de marine, que le ha recibido en su seno en 1929, del Bureau des longitudes (Agencia de longitudes), y de la Academie de las Ciencias, Charcot prepara el Año polar internacional. Y Paul Doumer -ahora presidente del Senado-, le ayudó a obtener créditos. Con la cooperación de las autoridades danesas, el establecimiento de una estación cientifica en Scoresby Sund, en la costa E. de Groenlandia (Jamesland) y cerca de una colonia de esquimales, podía comenzar.

En 1933, el “Pourquoi pas?” intenta, algo más al S, la exploración de la costa llamada de Blosseville (en honor del joven navegante francés perdido aquí en 1833 con “la Lilloise”), y Charcot instala en Groenlandia –gracias al apoyo del Musée ethnographique du Trocadéro-, la misión que va a dirigir, durante tres años, el etnólogo y explorador Paul-Émile Victor (1907-1995), recientemente llegado de la Polinesia, y que se instalará en Ammassalik (65º 43’ N, 37º 42’ O), en el Sermilikfjord.

Charcot vuelve al año siguiente para proseguir el alzamiento de una cartografía de la región, todavía muy incierta.

Es el año, 1934, en que era recibido en la dignidad de Grand officier de la Legión de honor.

            Y su hija Monique se casaba en Saint-Servan en 1935 con Robert Allard

            El 14 de julio de 1936, Charcot dejaba Saint-Servan (Saint-Malo) por última vez. Los hielos de Groenlandía oriental, singularmente reducidos este año, permite al “Pourquoi pas?” alcanzar una zona generalmente inaccesible.

            Y recibe en aquellas lejanas tierras noticias del nacimiento en Chambéry de su nieta Anne-Marie, hija de Monique, a la que el aciago destino nunca le permitirá conocer.

            Pero las tormentas se han venido desatando a lo largo de todo el verano, y, en una de ellas, particularmente violenta, Charcot desaparece a bordo de su barco, estrellado contra las rocas frente a Alftanes (costa SO de Islandia), después de horas de zozobra y habiendo salido el día anterior de Reikiavik con tiempo sereno. Eran las primera horas del 16 de septiembre de 1936. Y de los 40  hombres que formaban la dotación del navío, sólo uno, lanzado hacia la orilla con una ola, sobrevivió a la tragedia. Será gracias a las indicaciones de éste, el timonel Godinec, sobre el lugar exacto, como una misión científica francesa podrá posteriormente rescatar el pecio, cincuenta años después, en 1986, que es transportado a Saint-Malo en octubre de 1986.

 Derivados por el oleaje hacia la costa, los cuerpos de cierto número de aquellos hombres fueron encontrados en los días siguientes, junto a una valiosa documentación científica, previsoramente preparada para que flotara. Y Jean-Baptiste Charcot podrá ser enterrado, tras pompa religiosa en Notre-Dame y honores oficiales nacionales, en el panteón familiar del cementerio parisiense de Montparnasse, el 12 de octubre de 1936.

Charcot - De Auguste Dupouy

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

CHARCOT, Jean-Baptiste: ’Le Français’ au pôle Sud. Journal de l’expédition antarctique française; París, Flammarion, 1907 y ediciones posteriores. También: Le ‘Pourquoi pas?’ dans l’Antarctique. Journal de la deuxième  expédition au pôle Sud, 1908-1910; París, 1910. Y La mer de Groenland. Croisière du’ Pourquoi pas?’; París, 1929.
DUPOUY, Auguste: Charcot; París, Plon, 1938.
EMMANUEL, Marthe: Tel fut Charcot: 1867-1936; París, Beauchesne, 1967.
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KHAN, Serge: Jean-Baptiste Charcot, pionnier des mers polaires; Glénat, 2008;  luego:  Jean-Baptiste Charcot, explorateur des pôles (con prefacio de Anne-Marie Vallin Charcot); Grenoble, Glénat, 2015. 
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ROUILLON, Gaston et Jacques PRIEUX: Jean-Baptiste Charcot, sa vie, son oeuvre, leurs prolongements 50  ans après;  [G. Rouillon], 1987
VALLIN-CHARCOT, Anne-Marie, con Marie FOUCARD y Serge KHAN: Sur les traces de Jean-Baptiste Charcot: cent ans après le premier  hivernage français en Antarctique; Biarritz, Atlantica, 2005.  
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