Voltaire – (1694-1778)

         Voltaire – (1694-1778) – François-Marie Arouet, conocido por Voltaire, rebelde benjamín de un notario del Chalelet, y que llegará a ser el escritor más ilustre las Luces francesas, nacía en París el 21 de noviembre de 1694. Bel esprit y poeta de salón al principio, dos veces encerrado en la Bastilla, en 1717 y en 1726, proscrito de París por el gobierno a partir de 1753, pero visitado por toda Europa en su château de Ferney, encarnará al final de su vida, una de las más destacadas novedades del siglo: el culto del gran hombre. Él, uno de los grandes irreverentes del siglo, se mostrará respetuoso con la tradición literaria, y también será innovador.

Y él, uno de los grandes irreverentes del siglo, se mostrará respetuoso con la tradición literaria, y también será innovador. Comienza su carrera literaria con los géneros más tradicionales: no por la novela, como Marivaux o Montesquieu -género “moderno” que él menospreciará siempre-, ni por el ensayo filosófico, como Diderot o Rousseau, sino por la tragedia (Oedipe, 1718) y el género épico (La Henriade, 1728). Y durante casi un siglo, será considerado el gran poeta épico francés, mientras sus mejores piezas dramáticas triunfaban en todos los escenarios de Europa. En sesenta años, habrá compuesto unos cuarenta títulos, de los cuales treinta aproximadamente eran tragedias.

Voltaire. Grabado de P.M. Alix, pintura de Garneray (BNF, Estampes)

Voltaire. Grabado de P.M. Alix, pintura de Garneray (BNF, Estampes)

Consciente, antes que los románticos, de las debilidades que venía mostrando la tragedia francesa, Voltaire pretende renovarla sin desnaturalizarla (contrariamente a los partidarios del “drama burgués” Sedaine y Diderot), y para ello refuerza la acción y el goce estético desborda el marco antiguo y pone en escena grandes temas: la fatalidad en Oedipe (1718), el choque de religiones en Zaire (1732), o de civilizaciones en Alzire ou les Américains (1736), el fanatismo en Mahomet (1741), etc. Pero sus obras dramáticas mantienen las tres unidades, la pompa, el decoro de la tragedia francesa y el alejandrino, propios de la gran tradición.

Pero en Voltaire el prosista eclipsa al poeta, aunque no sería adecuado oponer poesía a prosa filosófica, porque el verso no ha de excluir la reflexión filosófica, tanto en tragedias como en poemas llenos de vigor (Le Mondain en 1736, los seis Discours sur l’Homme en 1738-1739, en los que expresa su epicureísmo, o el Poème sur le désastre de Lisbonne, 1756, etc.).

Apaleado en 1726 por los criados del chevalier de Rohan-Chabot, el impertinente Voltaire trató de obtener un duelo reparador, pero fue detenido y embastillado. Días después, el gobierno le autorizaba a partir para Inglaterra, donde iba a permanecer desde mayo de 1726 a noviembre de 1728, tiempo suficiente para aprender bien el inglés.

Allí publica La Henriade y dos ensayos en inglés, sobre las guerras de religión en Francia y sobre la poesía épica. Conoce a Locke y descubre una sociedad liberal, tolerante y comerciante, que le va a seducir; y también a Shakespeare que le fascina y horroriza al mismo tiempo, desde su formación clásica. Concibe también un proyecto de Lettres sur l’Angleterre, mientras que el encuentro con un familiar del famoso rey de Suecia Carlos XII le da la idea de un relato histórico.

Ya en Francia, concluye su Histoire de Charles XII en 1731, hace llorar a París con su Zaïre (1732), y publica clandestinamente las incendiarias Lettres philosophiques (1734, aparecidas primero en Londres en inglés, y luego en francés).          Se trataba de una de las grandes obras de Voltaire y la primera en la que expresaba plenamente su estilo filosófico y su visión del mundo. Contrariamente al Montesquieu de las Lettres persanes, aparecidas trece años antes, él no quiso  introducir intriga ni ficción, y ello en beneficio de un plan que definía claramente los temas mayores de su filosofía y de las Luces en sus conjunto: la religión (1-7), la política (8-9), el comercio y la medicina (10-11), las ciencias (12-17), la literatura (18-24) y, finalmente, una crítica del cristianismo en la persona de Pascal (25). En esta comparación ingeniosa y sutil, entre la Inglaterra protestante y liberal, y la Francia absolutista y católica, esta última sólo parece ganar en lo literario y en las academias.

Aquellas Lettres…fueron quemadas en la hoguera, y Voltaire hubo de huir al château que su sabia amiga sentimental poseía en Cirey (Lorena).

Y en la corte de Lunéville conoció en la primavera de 1735 a Françoise De Graffigny.

Tres de sus obras mayores, concebidas en el mismo impulso (aunque destinadas, dos de ellas, a una lenta maduración), eran libros de historia: la Histoire de Charles XII, Le Siècle de Louis XIV (1752, que completará en 1756), y el Essai sur les moeurs ou l’Esprit des nations (escrito también en su exilio de Ginebra en 1756). Él quería renovar la historia con la filosofía, eliminando las “fábulas” y estudiando a los pueblos, las costumbres, las artes, las técnicas, el comercio…, por encima de la exclusiva y tradicional fascinación por los reyes y las guerras. La historia habría de interesarse, pues, por la civilización y el progreso, subrayando los errores de los hombres y denunciando a los conquistadores, a los déspotas y a los fanáticos, en beneficio de los artistas, de los artesanos, de los sabios y de los príncipes civilizadores. Pero la crítica de la religión también llevaba a Voltaire por el áspero camino de los estudios bíblicos, a pesar de su ignorancia del hebreo.

La relación de Voltaire con el poder fue siempre ambigua. Sin renunciar a la pura literatura que ofrece la poesía y el teatro, ni al estudio de las ciencias (Éléments de la philosophie de Newton, 1738-1740) o la historia, tampoco renunciaba a su deseo de acercarse al poder.

Después de la muerte, en 1743, del ministro cardenal Fleury, el proscrito pudo regresar a Francia, y en 1745 se convierte en historiógrafo, académico y gentilhombre, poeta oficial y redactor anónimo de textos diplomático. Pero, hábil siempre en seducir y halagar, Voltaire nunca pudo mantener por mucho tiempo el favor de los poderosos y, en 1747, ya había caído en desgracia en Versalles. Y, de 1750 a 1753, su estancia en el Berlín de Federico II iba a terminar todavía peor, con una humillante detención en Francfort.

Luis XV le prohibió París, y él acabó por instalarse en les Délices, cerca de Ginebra (1755) y luego en Ferney (1760).

Voltaire. Lectura de L'Orphelin de la Chine

Lectura de L’Orphelin de la Chine en el salón de Mme. Geoffrin. 1755. Cuadro de Ch. G.Lemonnier, 1812 (Château de la Malmaison)

Tenía ya sesenta años y, lejos de los reyes, comenzaba a vivir una nueva vida, a la manera de un rico señor feudal y filósofo. “Sólo el dinero garantiza la libertad del hombre de letras” –escribe él mismo en una autobiografía (Mémoires pour servir à la vie de monsieur de Voltaire, écrits para lui-même, coetánea de Candide  pero publicado en 1784).

A los 53 años, Voltaire se había arriesgado ya a publicar un cuento bajo su nombre (“Memnon, histoire orientale”, convertido en Zadig en 1748, donde contaba sus desventuras de cortesano); vendrán luego Micromégas (1752) y Candide ou l’optimisme (1759) -que se relaciona con el pesimista Poème sur le désastre de Lisbonne (1756)-. Y este Candide vino a desencadenar enseguida una diatriba a nivel continental, porque en él su autor se preguntaba cómo un Dios justo y bueno permitía un terremoto tan destructor y mortífero (30.000 muertos, el 1 de noviembre de 1755). Pero, de hecho, la cuestión del mal, que constituye la gran objeción a la existencia de Dios, informa toda la filosofía de Voltaire y la mayoría de sus cuentos filosóficos.  Seguirán l’Ingénu (1767), la Princesse de Babylone, ou l’homme aux quarante écus (1768), Histoire de  Jenni, ou le sage et l’athée (1775); sucesión de títulos que convierten a su autor en el genial inventor del “cuento filosófico”.

Voltaire. Vieja edición de 1914 de sus Novelas y Cuentos en verso

Voltaire. Vieja edición de 1914 de sus Novelas y Cuentos en verso

Acérrimo anticristiano desde su primera juventud, Voltaire sólo entra realmente en guerra abierta contra la Iglesia Católica, una vez instalado en Ferney; porque hasta entonces, el cuidado de no firmar sus textos, y sus enérgicos desmentidos venían evitándole los procesos judiciales. Pero, mientras él hacía prosperar aquel lugar, de allí y de las imprentas suizas iba a derramarse por toda Europa una oleada incesante de textos de toda especie y calibre, atacando el fanatismo, la teología, la Biblia, los concilios, a los papas, a los santos, a los frailes y las monjas, a los jesuítas y a los jansenistas, las fiestas religiosas, los milagros y las supesticiones. Y una fórmula breve y pronto popular resumirá su afanoso combate: “Ecrasez l’infâme”.

No nos llamemos a engaño, sin embargo, porque Voltaire, deista, o teísta convencido, combatía también, en el interior mismo del campo filosófico, a los ateos materialistas (los Diderot, d’Holbach, Helvétius…), él, que no concibía el universo sin un Dios creador. A pesar de su combatividad, la razón volteriana es frágil y limitada, y pone entre Dios y el hombre una distancia infranqueable. El verdadero filósofo se define, ante todo, porque admite su ignorancia (Le philosophe ignorant, 1766), de ahí la necesidad de la tolerancia y la primacia de la moral -una y universal-, sobre los dogmas y los ritos

Todas esas ideas, Voltaire las había repetido una y otra vez, aunque en ningún sitio mejor que en su Dictionnaire philosophique portatif (1764-1769) -obra maestra del ahora patriarca de Ferney, donde abordaba la crítica literaria, social y religiosa-, en los nuevos cuentos Jeannot et Colin de 1764, y l’Ingénu de 1767, y en su copiosísima Correspondance.

Pero nada, quizá, haya contribuido más a la imagen de Voltaire ante la posteridad que esa inaudita novedad que representaba la intervención pública de un intelectual, al grito de la sangre inocente (Traité sur la tolérance, à l’occasion de Jean Calas, 1763), o en los casos chevalier de la Barre, Sirven, Lally-Tollendal, etc.  Ningún otro escritor del siglo de las Luces se atrevió a imitarle, porque hacía falta dinero para eso (él era una de las grandes fortunas de Francia), sentirse seguro e instalado en la proximidad de una frontera, y relaciones en toda Europa; pero también el ardor del militante; y contaba igualmente con el ascenso irresistible de la opinión en estos años y el debilitamiento de las creencias tradicionales, en beneficio del deísmo de la elites.

Luis XV moría en mayo de 1774 y, con el nuevo reinado, el ambiente parecía más favorable. En febrero de 1778, considerado ya como el campeón de la tolerancia, el “hombre universal”,Voltaire pudo regresar a París, y fue nombrado director de la Academia Francesa. Y este luchador infatigable, este titán de las letras  rendía en su ciudad natal el último aliento el 30 de mayo siguiente, rodeado del fervor popular.

Traslado de los restos de Voltaire

Traslado de los restos de Voltaire al Panteón francés (julio de 1791). Grabado. (BNF)

Su figura conocerá la máxima consagración, representada en su traslado al Panteón de Hombres Ilustres, trece años después de su muerte.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

CARLSON, Marvin A.: Voltaire and the theatre of the eighteenth century; London, Greenwood, cop. 1998.
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GOLDZINK, Jean: Voltaire: la légende de saint-Arouet; Gallimard, 1994.
HAZARD, Paul (1878-1944): La pensée européenne au XVIIIe. siècle; de Montesquieu à Lessing; 1946 y posteriores reediciones: Hachette, 1995.
LANSON, Gustave: Voltaire; reed. 1960.
MAUZI, Robert (1927-2006): L’idée du bonheur au XVIIIe. siècle; A. Colin, 1960 y A. Michel, 1994.
MILZA, Pierre: Voltaire; Perrin, 2007.
POMEAU, René: Voltaire par lui-même; 1955; del mismo: La religion de Voltaire; 1956.

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