Danton, Georges Jacques (1759-1794)

Georges Jacques Danton  (en adelante, Dantón), nacía en Arcis-sur-Aube (Champaña), el 26 de octubre de 1759, en un medio social de pequeña burguesía cercana ya al mundo de la judicatura; era nieto de un carpintero de gruesa obra en puentes para el Estado e hijo de un campesino con posibles que había llegado a fiscal o “procureur de baillage”.

Continuando ese ascenso social, el joven Georges sigue estudios con los oratorianos de Troyes, trabaja un tiempo como pasante de un jurista y acaba obteniendo una licenciatura de derecho en Reims.

Llegado a París desde su Champaña natal, puede instalarse en París como abogado en el Conseil du roi, gracias a alguna ayuda familiar que le ha podido adelantar el nada asequible precio del cargo, en un época en que existía la venalidad de oficios).

Y en 1787 se casaba con la hija de un hostelero. Tenía 28 años, y un futuro por delante más que honesto, aunque escasamente relevante en aquel mundillo competitivo de picapleitos y licenciados. Pero la Revolución, cuyos nubarrones apuntaban ya en el horizonte, iban a hacer bascular su trayectoria en la acción política –ausente hasta entonces de cualquier compromiso-, y a darle ocasión de aplicar aquí su temperamento desbordante.

Dantón, caricatura de David (BnF).
Dantón, caricatura de David (BnF).

Al igual que ocurre con Robespierre o Marat, Dantón será una creación de la  Revolución misma; su figura surge espontánea y sin preaviso de aquel enorme acontecimiento. No participa aún en la campaña electoral para los Estados Generales de mayo de 1789, pero no tardará en implicarse en el movimiento popular. Ausente el 14 de julio en los graves sucesos de la toma de la Bastilla, donde nadie le vio, arrastra en la noche del 15 al 16 a una turba de parisienses, a fin de hacerse con la persona del gobernador (alguien cercano La Fayette). Y se le va a conocer enseguida también por las acusaciones que lanza contra el nuevo alcalde Bailly y la municipalidad de París que ha atacado a Marat.

Es, pues, como agitador callejero, y no en tanto que digno representante enviado por sus conciudadanos, desde el fondo de su provincia, para ocupar escaño en los Estados Generales, como Dantón irrumpe en la escena revolucionaria.

Verdadera fuerza de la naturaleza, con su faz de poderosa fealdad (ya lo llaman “el Mirabeau de la canaille”, o Mirabeau del arroyo), su carrera política ha comenzado, pues, del lado de los “patriotas”, incluso si rumores fundados le dan en relaciones con el duque de Orleáns (quien, curándose en salud, ya se ha dado a sí mismo el sobrenombre de “Philippe Égalité”).

Presidente del distrito de los“Cordeliers”, adhiere a ese club, que él anima, aun frecuentando más los Jacobinos, club, por entonces, elitista y de cuota menos accesible.

Diputado ya de la Comuna de Paris entre enero y septiembre de 1790, llega al cargo de administrador del Departamento, lo cual asume entre enero y septiembre de 1791.

Pero las formas y las realidades de esos compromisos casaban mal entre sí, en no pocas ocasiones, más explicables a veces, por el pragmatismo o el gusto de la acción, que por las exigencias de un ideal sólido e invariable.De donde resultará una imagen difuminada o distorsionada del personaje.

Agrio hacia Louis XVI después del 18 de abril de 1791 (cuando la familia real quiso inútilmente trasladarse a Saint-Cloud para cumplir allí con sus deberes de la Semana Santa), Dantón se muestra violento hacia él, sobre todo en junio siguiente, tras el intento de huida  (Varennes) y su posterior detención.

Y llegó la matanza de aquel aciago domingo 17 de julio de 1791 en el Champ de-Mars, donde los activistas republicanos han conseguido congregar a miles de peticionarios exigiendo ya el derrocamiento del rey. Hubo conmoción en los sectores radicales, que llamaron al sangriento tiroteo “la Saint-Barthélemy de los patriotas”, y ello provoca la primera grave fractura en el bloque de la Revolución; del club de los Jacobinos se alejan los nuevos feuillants, y Dantón rompe con La Fayette, comandante de la guardia nacional.

Habiendo sido uno de los peticionarios que reclamaban la deposición del monarca, Dantón se siente en peligro y, en agosto, decide huir a Inglaterra, de donde sólo regresará a Francia en septiembre siguiente, tras una ley de amnistía de la Asamblea.

A finales de este año de 1791, Danton era elegido segundo teniente fiscal de la Comuna de Paris, (second substitut du procureur), y puede realizar ya, en lo personal, provechosas adquisiciones, ¡al contado!, de “bienes nacionales” (aquellas propiedades confiscadas a la Iglesia Católica, a los emigrados y a los contrarrevolucionarios), lo que le aseguraba un cierto nivel de vida, pero desataba las lenguas en lo tocante a su honestidad.

Georges Danton
Dantón, óleo sobre lienzo, hacia 1790, de Constance Marie Charpentier (museo Carnavalet)

Georges-Jacques Dantón tenía treinta y tres años en 1792; algo fanfarrón, grandote y feo y con el sentido de las masas, sabía atronar la Asamblea con su voz estentórea y patriótica, y todos querrán reconocerle en algún momento cualidades de hombre de Estado; carente de rencores y mezquindades, parecía buscar la unión de todos los partidarios de la revolución. Pero cierta pereza a rachas, su escaso sentido moral y su cinismo venían, no obstante, a comprometer aquella figura; habiéndole vendido sus consejos al rey, ni sus frecuentaciones le ponían fuera de toda crítica, ni los acontecimientos por venir le darán la oportunidad de explicar el origen de su súbita fortuna.

Y, en abril de 1792, llegó el crucial debate acerca de si Francia debería declararle la guerra a Europa: Arrastrados por Brissot, jefe de los girondinos que pretendía exportar la Revolución, la mayoría de la Asamblea había optado entusiásticamente a favor (posición a la que adhería también Luis XVI, especulando con los beneficios que podrían resultar para su causa, tanto si las hostilidades acababan en victoria como en derrota final). Sólo Robespierre y una minoría se mostraron hostiles a la guerra, temiendo que una victoria fuera el inicio del encumbramiento de algún general afortunado (pensando él en La Fayette).

Dantón estuvo presente en la discusión, pero no intervino en los debates parlamentarios.

Y asiste, sin mayor protagonismo, a las jornadas revolucionarias sucesivas del 20 de junio y del 10 de agosto de 1792 en que cae finalmente la Realeza, y donde su preciso papel -más allá de lo que él haya pretendido (j’ai préparé le 10 Août”, dirá ante el Tribunal revolucionario)-, no ha podido determinarse realmente. “Tu fus absent dans cette nuit terrible” –le increpará, por el contrario, Saint-Just-.

Revolución. Asalto a las Tullerías, 10 de agosto de 1792
Asalto a las Tullerías, 10 de agosto de 1792

En cualquier caso, ya daban a Dantón el sobrenombre de “athlète de la liberté”, traducción de su popularidad y de su poder.

Porque hubo un antes y un después en la trayectoria de Dantón, separados por la cruenta jornada de aquel 10 de Agosto:

“Jouisseur débraillé” -“gozador desaliñado”- de los Cordeliers -como dirá Mathiez (“Danton, l’histoire et la légende”, Annales historiques de la Révolution française, sept. oct., 1927), Dantón se erigía ahora en una de las cabezas visibles de aquella cruenta Revolución en marcha. Delegado en el Consejo ejecutivo provisional que comenzó a dirigir Francia entonces, recibe la cartera de Justicia, en el reducido gobierno que se forma de seis ministros elegidos por una Asamblea semivacía, donde él hace figura de jefe, y entrega algunos cargos a sus amigos Desmoulins, Fabre d’Églantine y Jules-François Paré, compañero de estudios en el colegio de Troyes.

Enfrentado a la hostilidad de los brissotinos y al entorno de los Roland, que no cesaban de acusarle de corrupto, pero también rival cercano en lo ideológico de Robespierre, Dantón es el único “montagnard”, en un ministerio girondino.

      “Cara de gendarme con vetas de fiscal lúbrico y cruel”, que dirá Chateaubriand, desde el ministerio de Justicia de quien dependía la seguridad de los presos, Dantón va a dejar hacer, llegadas aquellas matanzas (ejecuciones sumarias) entre el 2 al 7 de septiembre de 1792: “Je me fous des prisonniers!” (“¡me importan un carajo los presos!”), parece que dijo -según madame Roland-.

Mujer arrastrada hasta el patíbulo
Mujer arrastrada hasta el patíbulo

Con la supresión de la Monarquía, los girondinos no iban a salir bien parados de una victoria que no era la suya. Dantón les prohibe sacar ventaja del vuelco de opinión que se estaba dando, contra la Comuna y la Montaña, consideradas culpables de aquellos horribles excesos, para convertirse él en oráculo de la patria amenazada. Ante el pánico provocado por la invasión y la inquietud de aquellos –asesinos ya sin paliativos-, que mucho podían temer para sí mismos, la opinión montagnarde de entonces y una tradición historiográfica complaciente pretenderán haber visto en él la sangre fría del estadista.

Erigiéndose más en ministro de la Defensa nacional que de la Justicia, cual era su cargo, y con los prusianos amenazando la frontera norte, “De l’audace, encore de l’audace, toujours de l’audace, et la patrie sera sauvée!”, le había exhortado al país, en su breve pero contundente discurso de ese 2 de septiembre de 1792, al término de su intervención en la Asamblea, lo que supuso un vuelco en ese nuevo impulso de movilización revolucionaria.

En el verano de 1791 Dantón había podido pasar a Inglaterra, pero, ¿a dónde huir ahora? ¿a dónde llevar su abrumadora responsabilidad en los inenarrables sucesos de septiembre, de los que había sido pasivo y casi necesario actor?

La victoria de Valmy del 20 de septiembre siguiente, de la que aparece como uno de los inductores, le asegura su elección en la nueva Convención.

La urgencia de sus misiones diplomáticas y militares justificarán su ausencia cuando se abran los violentos debates que van a desgarrar el seno de la Convención, con ocasión del proceso de Luis XVI. Tras haberle ofrecido al girondino Lameth un entendimiento para salvar al rey, sólo llega a París procedente de Bélgica para votar lo que toda la extrema izquierda llamaba “la mort du tyran”, sin prórroga ni aplazamiento, adoptando la posición de la Montaña, pero sin querer por ello romper con los girondinos.

Luis XVI será ejecutado el 21 de enero de 1793 en la plaza de la Revolución (hoy de la Concordia).

  Y en la Convención  Dantón va a hacerse el defensor de la unidad y de la integridad nacionales, y el propagandista de la Revolución y de la conquista de las fronteras “naturales” del país, abogando por la anexión de Bélgica a la República  francesa. En un discurso del 31 de enero de este 1793, lanzaba sin ambages: “”En  vano se quiere hacer temer darle demasiada extensión a la República; porque “ses limites sont marquées par la nature”.

Y se ve a Dantón muy presente, aquellos 8 al 11 de marzo de 1793, instando a los diputados a personarse en las secciones para apresurar el reclutamiento de “voluntarios” que pudieran ser enviados a las fronteras. Y así se pudo alzar una fuerza de 300.000 hombres.

El cese de sus buenas relaciones con el general Dumouriez –que se pasa ahora al enemigo el 5 de abril de 1793, viene a romper aquel precario equilibrio. Dantón hubiera querido mantener aún algún tipo de entendimiento, pero la desconfianza de los de la Gironda iba creciendo hacia su persona.

Reivindicando su inequívoca adscripción montagnarde, Dantón entraba a formar parte del primer Comité de salut publique (Comitéde salvación pública) que creaba la Convención el 6 de abril de este 1793, y que quedaba sometido a su influencia. Y reanuda una política de compromiso y de relaciones secretas que había desarrollado antes, buscando con las potencias extranjeras, a través de complicadas transacciones, una paz que él parecía desear.

Rotos ya los puentes con la Gironda, el fluctuante Dantón acepta abiertamente el sangriento golpe de Estado contra aquella corriente que protagoniza Hanriot el 31 de mayo de 1793 (y con su pasividad, deja también hacer, como había dejado hacer en septiembre de 1792).

Y es que las tensiones se han vuelto ya fratricidas y la legalidad que aquellos revolucionarios se habían dado a sí mismos a trancas y barrancas, tiempo ha que está por los suelos, pisoteada por ellos mismos. “Il vaudrait mieux outrer la liberté… Valdría más forzar la libertad que darles a nuestros enemigos la mínima esperanza de retroacción” –dirá Dantón desde la tribuna de la Convención, en enero de 1794-.

En el transcurso de este período, Dantón mezcla y perturba las cartas del juego politico: el 6 de abril de 1793 había propuesto erigir el “Comité de salvación pública” en gobierno “provisional” independiente de las facciones (a la espera de que la Constitución llegara a su normal funcionamiento). lo cual le hubiera puesto a salvo de la influencia de la Convención. Pero la desconfianza del poder legislativo hacia el Ejecutivo había sido, precisamente, uno de los principios políticos fundamentales desde los tiempos de la Constituyente, y era aquel un discurso contrario al de la Montaña y susceptible, sobre todo, de despertar las alarmas del suspicaz Robespierre.

Su zigzagueante trayectoria –a lo largo de la cual mostrará siempre convicciones de circunstancia-, acabó provocando su exclusión del Comité el 10 de julio de este 1793, donde sí entraba Robespierre; con lo que Dantón parecía llegar así al final de su acción política. Aun cuando llega a alcanzar la presidencia de la Convención quince días después, apoyado por la parte de la Montaña que quería cortarles el paso a los “enragés” y a los seguidores de Hébert, Dantón se niega a reincorporarse al Comité, deja París en octubre y se retira a su terruño de Arcis.

Era una de sus habituales y esporádicas ausencias, con las que parecía querer retirarse de la escena política en momentos cruciales y mostrar, implícitamente, su aversión a la tiránica pretensión de los puros de la Montaña de asimilar lo privado a lo público.

Rico ya y viudo desde hace unos meses, Dantón vuelve a casarse con una muchacha local de diecisiete años, Louise Gély, aya, hasta ese momento, de su hijo mayor, ceremonia que acepta bendecir un sacerdote refractario.  Y en Arcis se queda hasta el 19 de noviembre, descansando y gestionando sus intereses, pero perdiendo paulatinamente en la Capital vitales apoyos más necesarios que nunca.

También intenta retrasar los procedimientos judiciales contra los girondinos detenidos y el juicio de la misma  María Antonieta, que acaba siendo guillotinada el 16 de octubre de 1793.

Ejecutada la reina, las joyas de la Corona serán luego objeto de sustracción y Madame Roland (Mémoires, pp. 88-89; “Le temps retrouvé”, Mercure de France), sospechará de Dantón y de Fabre d’Églantine.

Dantón ha regresado ya a París para colaborar con Robespierre en la lucha que enfrenta a la Montaña con los Girondinos y, particularmente, con la extrema izquierda.

Junto a Robespierre, se opone a aquella descristianización vociferante y agresiva, y al ateísmo en que estaban instalados los sans-culottes y sus cabecillas, los Hébert, Marat…Desfiles grotescos de sans-culottes, revestidos con atributos sacerdotales, recorrían las calles, y se incitaba a los eclesiásticos a renegar de su condición y a formar familia. El 10 de noviembre de 1793, en la ci-devant catedral de Notre-Dame, llamada ahora “Temple de la Raison”, se había celebrado una ceremonia dedicada a la diosa de idem, mientras una bailarina de la Ópera con sus posaderas en el altar, pretendía encarnar la Libertad. La Comuna aprobaba, pero ya Dantón y Robespierre consideraban que se estaba yendo demasiado lejos.

Y atacaba Dantón el ateísmo, al unísono con “Le Vieux Cordeliers” de su amigo Camille Desmoulins, punta de lanza de ese combate y de una cierta política de clemencia que, entre ambos, comenzaban a protagonizar

Decir los Cordeliers era nombrar aquella “Société des Amis de l’Homme et du Citoyen”, llamada así por celebrar sus sesiones en un antiguo convento de franciscanos; había sido frecuentada primero por quienes lo habían fundado en abril de 1790: Dantón, Desmoulins, Marat, Santerre, Fabre d’Églantine…, antes de pasar ahora, bajo la Convención, a manos de los hebertistas.

Dantón parece ya un rico “burgués” y tal vez  comienza  a pensar que no le convienen tanta sangre ni aquella continua violencia que pudiera llevarse por delante la situación adquirida y el holgado futuro que se promete al lado de su joven nueva esposa. Y sabe, igualmente, que determinados amigos y amistades de su entorno le sitúan desde hace un tiempo en el punto de mira de los ceñudos vigilantes de la Montaña.

Parar el terror a toda costa y propiciar una distensión política que les garantizase el futuro y, sobre todo, sus propia vida. Tal será, llegado el momento, el designio de aquellos comprometidos actores, manchados de sangre hasta el alma ellos mismos, que se propondrán a no mucho tardar, acabar con Robespierre para salvarse ellos.

Es así que un grupo de diputados y de revolucionarios va constituyéndose en torno a Dantón (él cuya figura y trayectoria no eran precisamente las de un moderado), y empiezan a llamar a esa corriente los  “indulgentes” o “dantonistas”, para luchar contra la extrema izquierda, tanto en lo político como en lo económico. Sus éxitos iniciales (detención de Maillard y de Ronsin, el 17 de diciembre,  uno de los jefes del fila, este, de aquella facción extrema y luego, una segunda vez, en marzo de 1794), quedaban contrarrestados, sin embargo, por la detención de Fabre d’Églantine y por los persistentes rumores que apuntaban hacia  él.

De tal manera que la ejecución de la facción hebertista (24 de marzo de 1794), no termina reforzandole a él y su corriente, sino a aquellos montagnards que saben sacar mejor partido de la situación. Robespierre pensaba que los primeros hubieran conducido al país a la anarquía, pero también que Dantón y sus partidarios, al preconizar prematuramente la distensión y el fin del Terror como instrumento de gobierno, comprometían la recuperación interna y externa.

Apenas una semana después, recayendo sobre él sospechas de entendimiento con la Contrarrevolución (¿con la Corte mientras fue posible -quiso salvar al rey y luego a la reina-?, ¿con el oportunista duque de Orleáns?…), implicado en los escándalos financieros ligados a la liquidación de la Compañía de Indias, acusado de enriquecimiento excesivamente rápido y calificado, finalmente, de “deserteur des périls” por Saint-Just, Dantón acabó siendo detenido en la noche del 29 al 30 de marzo y enviado a la prisión del Luxemburgo, junto a especuladores y aventureros.

Demasiado venal, gozador y vitalista para que Robespierre le estimase, al ser avisado de su inminente arresto, Dantón creyó que podría hacer frente a sus ahora enemigos:

-Ils n’oseront pas!

Y desoyó los avisos de quienes le aconsejan que se pusiera a salvo: “¡Uno no se lleva la Patria en la suela de sus zapatos!” –parece que dijo-.

Pero se atrevieron. Tres días después comparecía ante el terrible Tribunal révolucionnaire donde oficiaba como fiscal Fouquier-Tinville, al mismo tiempo que otros coacusados cercanos a él, y junto a algunos personajes del turbio mundo del agio. Y el juicio oral presentó enseguida mal cariz, intentando el acusado conmover a sus jueces, ya visiblemente impresionados, y quebrantar su animo con su elocuencia, por lo que no tardó en ser declarado hors des débats, excluido de los debates, lo que le privaba ahora de cualquier posibilidad de defensa o de apelar al pueblo de París.

Le ejecutaron el 5 de abril de este 1794 (16 Germinal, Año II), con Camille Desmoulins, Fabre d’Églantine, Hérault de Séchelles…

Camino del suplicio, aquel “athlète de la liberté” desplegó toda la fuerza de su carácter hasta el último momento. Y al pasar por delante de la rue Saint-Honoré, donde vivía ”el Incorruptible”, en un  arranque que infundió espanto entre los gendarmes que acompañaban las carretas, logró erguirse bruscamente de su banco y gritó, volviéndose hacia las ventanas:

-¡Pronto nos seguirás, Robespierre, y tu casa será arrasada, y sobre ella echarán sal!

Tuvo Dantón el dudoso privilegio –saña de su enemigo-, de ser dejado el último; y entre sollozos, evocaba a sus hijos y a su segunda joven esposa Louise Gély. Luego: “¡No seamos débiles!”. Y al verdugo le lanzó: Tu montreras ma tête au peuple, elle en vaut la peine!  “¡Enséñale mi cabeza al pueblo, merece ser vista!”

La eliminación de Dantón y de los indulgentes les daba entonces todo el poder a los montagnards, pero también les hacía temer a la generalidad de los diputados el inmenso poder de Robespierre en adelante.

Buen discípulo de los enciclopedistas,  pragmático y visionario al mismo tiempo,  enriquecido con la Revolución, la figura de Dantón permanece, inevitablemente, cargada de ángulos oscuros, de aristas y de contradicciones. Patriota y belicista, fue revolucionario radical y luego “indulgente”, carente, por lo demás, de los resentimientos de un Robespierre. Pero no termina de apreciarse en él una línea de pensamiento clara, ni en sus acciones, ni en sus discursos; y su pragmatismo bien pudiera ser el reflejo de sus propias vacilaciones y de su incapacidad por mantener y gestionar el poder.

Amigo de la vida, amante sincero de sus esposas hasta en el exceso y figura legendaria de proteicos perfiles, Dantón se ha convertido para siempre en uno de los símbolos de la historia de la Revolución. Hombre temperamental y de verbo fácil, él mismo contribuyó a crear su propia figura y su leyenda a partir de algunas fómulas lapidarias.

Los románticos, con Jules Michelet a la cabeza, veian en este coloso, amante de la buena mesa, las mujeres y el dinero, la encarnación misma de la Revolución, con su personalidad espontánea, su gusto por la acción y su trágico destino.

Dantón y Robespierre, parecen haberse convertido en la encarnación misma de la Revolución, pero en ambos han querido oponer sucesivas generaciones de historiadores la venalidad a la incorruptibilidad, el cinismo y la indolencia al idealismo quimérico y, finalmente, el vicio a la virtud.

Y en torno a la persona de Dantón, pronto vino a desatarse también una polémica ideológico-política. Para toda una corriente republicana, él fue quien consiguió electrizar a las masas en aquellas “journées révolutionnaires”, contribuyendo poderosamente a la  unificación de la nación. Es el caso de François-Alphonse Aulard, radical-socialista de ideología, francmasón militante, primer titular de la cátedra de la Revolución en la Sorbona y representante eminente del “dantonismo” universitario, a partir de 1885, quien, en su “Histoire polítique de la Révolution française”, presentaba a Dantón como el precursos de Gambetta.

El siglo XX, con un vuelco de perspectiva, comienza a serle desfavorable, de lo que se ha encargado, entre otros, el robespierrista Albert Mathiez –antiguo discípulo de Aulard-, que lo crítica acerbamente y encontraba en este “Mirabeau del populacho” mucha venalidad y no pocas incoherencias, además de encontrarle indeciso y débil, Y Georges Lefebvre -otro especialista del período-, sólo veía en él a un héroe para el francés medio: audaz a rachas, pero sin moral, elocuente sin sistema sólido de base, y hombre de Estado sin grandeza.

APUNTE BIBLIOGRAFICO

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BLUCHE, Frédéric:  Danton, Paris, Librairie académique Perrin, 1984. 
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En filmografía, puede mencionarse la película “Danton”, del polaco Andrzey Wajda, de 1983 (con G. Depardieu en el papel de Danton), adaptación de Jean-Claude Carrière de una obra de teatro previa: “L’Affaire Danton”, de la también polaca y malogradaStanislawa Przybyszewska (1901-1935).

En español:
CHRISTOPHE, Robert: Danton; Barcelona, Picazo, 1973.
PÉREZ DE LA OSSA, Huberto, Danton; Madrid, Colón, 1930.