La Fontaine, Jean de – (1621-1695)

La Fontaine, Jean de – (1621-1695) – Aquel que, con otros brillantes nombres como La Rochefoucauld (1613-1680), Molière (1622-1673), Boileau (1636-1711), Racine (1639-1699)…, marcará el clasicismo de la literatura francesa en el gran período luiscatorciano entre 1660 y 1685, nacía en Château-Thierry (80 km al NE de París), el 7 o el 8 de julio de 1621, bajo el reinado de Luis XIII.

Representa uno de los poetas más personales de la literatura francesa; cada uno de sus versos lleva su marca, y en su obra también se encuentra el reflejo de los grandes escritores del Renacimiento y de la primera mitad del siglo en el que él nació. Es cierto que conoce mal a Ronsard y se contenta de reproducir contra él los reproches que le dirigían los teóricos del Clasicismo; pero se le nota impregnado de Rabelais, de Marot, de Margarita de Navarra y de Montaigne.

En su carácter y en su arte se ha querido encontrar los rasgos típicos del espíritu de su tierra natal, en los confines de Champaña y de l’Île de France.  En el momento de su nacimiento, sus padres, de los que él es el primogénito, ya no son jóvenes: Françoise Pidoux, viuda cuando se desposa ahora en segundas nupcias, procedía de una vieja y buena familia del Poitou, y su padre, Charles de La Fontaine, hijo de la buena burguesía champañesa, es maestre de Eaux et Forêts (vigilancia, gestión y explotación de aguas y bosques del Reino). Y en Chàteau-Thierry, ocupan una hermosa casa en uno de los buenos barrios de la ciudad. Charles, el segundo hijo del matrimonio, nacerá en 1623, entrará en el Oratorio y ocupará escaso lugar en la vida de su hermano mayor.

Jean de La Fontaine (por Hyacinthe Rigaud; óleo sobre lienzo, hacia 1680; Musée Carnavalet)
Jean de La Fontaine (por Hyacinthe Rigaud; óleo sobre lienzo, hacia 1680; Musée Carnavalet)

Aunque se sabe que en sus primeros años, el alumno La Fontaine se mostraba apático y escasamente interesado por los estudios, salvo por la historia y el latín, poco más se conoce; probablemente comienza su escolaridad en su localidad natal y –eso se cree saber-, es luego enviado a París a fin de que se aplique en ese derecho que le permitirá un día heredar los cargos de su padre. Y en los bancos de la facultad tiene a Furetière como condiscípulo.

Aprende bien el latín con algo de griego; y, como la mayoría de la gente culta de su tiempo, conocerá el italiano. La lectura es su pasión, y no cesará de ampliar el círculo de sus conocimientos.

Por un momento se cree tocado por la inquietud religiosa y, en abril de 1641, entra como novicio en el Oratorio. Y allí permanece sólo dieciocho meses, porque su temperamento independiente no podía acomodarse con el arrobo espiritual, y él prefería la lectura de novelas bucólico-pastorales, como la “Astrée” de Honoré d’Hurfé. En cualquier caso y entre diversas tendencias opuestas de su carácter, Jean de La Fontaine mantendrá siempre el gusto por el retiro, la calma y el examen interior. Fue, tal vez, a su regreso a Château-Thierry cuando comienza a escribir versos.

En torno a los veinticinco años, le vemos, pues, en París integrado en un círculo de jóvenes amigos de la poesía (mientras prosigue sus estudios de leyes, hasta llegar a abogado). Y en ese círculo vuelve a encontrarse con Furetière (luego notable lexicógrafo), y entra en relación con un grupo de jóvenes poetas palatinos: Maucroix, Pellisson, Charpentier, Tallemant des Réaux, amistades que conservará el resto de su vida.

Tiene ya veintiséis años cuando el 10 de noviembre de 1647, fallecida su madre recientemente y, presionado ahora por su padre, contrae matrimonio con una casi niña, fina y relativamente bien formada ya en lo intelectual, Marie Héricart, que apenas tiene quince, huérfana de madre y que es hija de Louis Héricart, lieutenant criminel (oficial de justicia para lo criminal), en la cercana Ferté-Milon; y de esa unión nacerá un único hijo en 1653, Charles de La Fontaine, del que será padrino el amigo Maucroix y del que su padre apenas se ocupará. Ella quiso amar a su marido y él apenas le corresponderá, enfrascado en otras cosas; y el matrimonio irá así dando tumbos durante veinticinco años (separados ya de bienes, dada la constante incertidumbre del peculio del poeta), hasta el día en que habiéndose fijado ya su marido en la capital del Reino, su desalentada esposa decida no moverse de  Château-Thierry, sin que entre los dos hubiera nunca una formal ruptura. Se cree que pudieron reanudar cierta convivencia cercano él ya a la vejez.

Retrato de su esposa Marie Héricart (por Gabriel Revel; Museo de Montserrat, España)
Retrato de su esposa Marie Héricart (por Gabriel Revel; Museo de Montserrat, España)

Y pierde a su padre en 1658, dejando una sucesión complicada y algunas deudas, pero del que hereda su no bien remunerado cargo de “maître des eaux et forêts”, ya él con treinta y siete años. Lo ejercerá con apatía y desinterés hasta 1671. Sus ingresos no eran holgados y la situación material del poeta será siempre mediocre, agravado ello por su inclinación al juego y su temperamental imprevisión en todo.

En 1669, presentando su “Adonis” al público, La Fontaine aseguraba haberse “ejercitado” en sus inicios en el género “heroico”, leyendo, probablemente, a poetas épicos latinos, italianos y franceses, y anotando de esos ilustres predecesores imágenes y figuras. Y en la primera versión de ese mismo ”Adonis”, dirá haber consagrado sus primeros versos a describir los aspectos amenos de la naturaleza…

“Je n’ai jamais chanté que l’ombrage des bois…”

De tales ensayos, nada ha llegado hasta nosotros. La primera obra suya que haya sido publicada era una adaptación del “Eunu        co” de Terencio, en cinco actos y en verso. Aparecía en 1654 y pasó desapercibida, aun cuando ciertos pasajes resulten agradables y aparezcan algunas vivas siluetas; pero el conjunto languidece y todos los buenos efectos del texto latino aparecen debilitados.

Y hacia 1657, una epístola algo subida de tono, que él había rimado para una abadesa poco escrupulosa, es leída con gran éxito en el salon del Surintendant général des Finances Fouquet  mecenas ya de otros artistas y escritores. Madame de Sévigné se dice encantada, y La Fontaine se atreve entonces a escribirle a Fouquet un largo poema ovidiano en alejandrinos, erael mencionado “Adonis”, Y en esta primera versión, algo laboriosa, muestra el poeta, al menos, sentido de la armonía y una delicadeza poco común en la expresión de la pasión y del dolor. Pero los versos que más se aprecian hoy sólo serán integrados al poema diez años después, cuando su autor venga a retoca el texto para su publicación.

Fouquet quedó tan encantado con “Adonis”, que le mandó al calígrafo Jarry la realización de una copia suntuosa. Dos estrechos colaboradores del ministro han podido actuar cerca de él a favor de La Fontaine: Jacques Jannart, tío de su mujer Marie, colocado en el parlamento de París, y su hombre de confianza Pellisson. Y La Fontaine –ahora bien remunerado-, quedaba encargado de ensalzar poéticamente al ministro cuatro veces al año; y se le encomendaba también el celebrar, en una obra entreverada de verso y prosa, las maravillas de Vaux-le-Vicomte, esa construcción, aún inacabada, que terminará por excitar los celos y las sospechas del rey Luis XIV.

Fueron ocho años de despreocupación a la sombra del hombre fuerte del Reino. Pero lo bueno no dura. Y es que, en la tarde-noche del 17 de agosto de 1661, en el transcurso de una representación de “Les Fâcheux”, la primera comedia-ballet de su admirado Molière, el opulento Fouquet acaba siendo detenido y encarcelado. No  juzgado antes de finales de 1664, se librará por poco de la pena capital, pero no de la cárcel: encerrado en Pignerol, morirá allí diecinueve años después.

¡Una catástrofe para La Fontaine! La corte del Superintendente se dispersa entonces, pero, fiel a su protector (como madame de Sévigné, Pellisson y algún otro), La Fontaine hará circular, al año siguiente, copias anónimas de su “Élégie aux nymphes de Vaux”, donde implora la clemencia real en emotivos versos.

En abril de 1663, acompaña hasta Limoges a Jannart exiliado por Colbert, pero estará ya de regreso en París al cabo de unos meses, para contar con gracia y buen humor (“Voyage en Limousin”), las etapas de este viaje, en cartas dirigidas a su esposa madame de La Fontaine, que no fueron publicadas en vida de su autor y de las que únicamente seis han llegado hasta nosotros.

Después de un corto período de desazón y confusión personal, consigue restablecer prácticamente su situación material, pues ha sabido ganarse la simpatía de la joven duquesa de Bouillon Marie-Anne Mancini, sobrina de Mazarino, cuyo esposo, gran chambelán de Francia es, precisamente, señor de Château-Thierry. Y en julio de 1664, con el título de “gentilhomme servant”,  consigue un empleo en el palacio del Luxemburgo (entonces “palais d’Orléans”), en casa de “la vieille madame” Margarita de Lorena, viuda, desde 1660, de Gastón de Orleáns, tío de Luis XIV. Con la espada en el costado, el bueno de La Fontaine preside, determinados días, el servicio de mesa; y por su trabajo, es mantenido (pero no alojado), con derecho a una modesta pensión.

Y a finales de 1664, aparecen publicados, en un pequeño folleto, sus dos primeros cuentos.

“Papillon du Parnasse et semblable aux abeilles” (carta a madame de La Sablière), La Fontaine no dejará nunca de probarse en todos los géneros literarios y de adoptar todos los tonos. Ya en la época de Fouquet y deseoso de preservar su libertad poética se aplicaba una y otra vez a cambiar de manera. Del “Songe de Vaux”, que deja inconcluso, y donde se percibe lo forzado, sólo algunos fragmentos han llegado a nuestros días, pero lo que en ellos destaca es la diversidad de tonos: lo galante con lo grave, el lirismo con lo heroico. E igual variedad en los poemas de la “pensión” poética, los temas más triviales alternaban con los grandes sucesos de la historia de su tiempo: la Paz de los Pirineos de 1659 y los desposorios del rey, la entrada de la nueva reina María Teresa de Austria en París… La obligación de rimar en fechas marcadas parecía una excelente ocasión para el poeta de apelar a diversas musas; la poesía galante era muy apreciada en Vaux, y de todos los poemas de forma fija la balada era su preferida, si bien, durante ese período y salvo en el “Songe…”, La Fontaine apenas la cultiva.

Es probablemente en la época de Fouquet cuando La Fontaine esboza “Clymène”, comedia no escrita para ser representada y original ensayo de “teatro en libertad”, donde el poeta pasa de lo patético a lo humorístico y de la oda a la bagatela.

Idéntica libertad y diversidad en su existencia: no se había sentido encadenado a Fouquet, pues frecuentaba el círculo del poeta Guillaume Colletet (1598-1659) y luego de su viuda; y también la compañía del joven Jean Racine en el barrio alto de Sainte-Geneviève. Entre los amigos de Furetière, debió de conocer a Nicolas Boileau-Despréaux, el Boileau del “Art poétique”, quince años más joven (aunque sus gustos apenas concordaban). Y parece haber sido admitido en el hôtel de Nevers, donde madame de Sévigné (la autora de las famosas cartas), pudo presentarle a madame de La Fayette que también frecuentaba el lugar, y al La Rochefoucauld de las “Maximes”.

Y aplaudía las primeras comedias de Molière.

Entretanto, La Fontaine volvía a Château-Thierry cuando sus deberes le reclamaban y, en el Carnaval de 1660, había hecho representar allí a una compañía amateur un agil “ballet” cuyo tema sacó de un escándalo reciente de la localidad “Les Rieurs du Beau-Ricard”.

Y es que, no muy dotado, personalmente, de imaginación creadora, La Fontaine tomaba casi siempre prestado sus temas o, al menos, el punto de arranque, para luego adornarlos, embellecerlos y desarrollarlos él con su personal fantasía. “Adonis”, era una adaptación, como “Philémon et Baucis”  y “les Filles de Minée”, (derivadas de las Metamorfosis de Ovidio). En “Le Songe de Vaux” no parece haber partido de un modelo, por lo que la invención se percibe laboriosa. Y beberá en muy diversas fuentes para la composición de sus fábulas y de sus cuentos: En el “Decamerón” de Boccaccio, en Maquiavelo, en Rabelais, y en las “Cent nouvelles nouvelles” de Antoine de La Salle, La Fontaine elegía, para luego transformar el tema de partida según su capricho y genio propios, suprimiendo, añadiendo o vistiéndolo a la francesa, y conservando casi siempre a esas viejas historias su sabor de época.

Los cuentos

            En la modesta publicación de finales de 1664 ya aludida, La Fontaine le pedía al lector que le “iluminase” acerca del “carácter” que debería adoptar para este tipo de obras; porque le sometía, efectivamente, dos ensayos muy diferentes en cuanto a estilo y ritmo: “Joconde”, en lenguaje moderno y en versos irregulares (libremente sacado de un episodio del “Orlando furioso” de Ariosto), que no pasó desapercibido, y “Le Cocu battu et content”, en decasílabos a la Marot.

Ya en enero de 1665, aparecía la colección ”Contes et nouvelles en vers”, donde volvían a aparecer “Joconde” y “Le Cocu”, con ocho nuevos relatos, muy cortos la mayoría…

Soeur Jeanne, ayant fait un poupon Jeûnait, vivait en sainte fille, Toujours était en oraison. Et toujours ses soeurs à la grille. Un jour donc l’abbesse leur dit: Vivez comme soeur Jeanne vit; Fuyez le monde et sa séquelle. Toutes reprirent à l’instant: Nous serons aussi sages qu’elle Quand nous en aurons fait autant.  Tras haber tenido un bebé, la hermana Jeanne Ayunaba y vivía como una santa, Siempre postrada en oración. Y sus hermanas, siempre en la reja. Así que un día les dijo la abadesa: “Vivid como vive la hermana Jeanne, Huid del mundo y de su pompa”. Y todas replicaron al instante: “Seremos tan buenas y formales como ella Cuando hayamos hecho otro tanto”.

A este conjunto algo frágil, el autor le había añadido un “Arrêt” galante (redactado en la época de Fouquet, sin duda), un fragmento del “Songe de Vaux”, y la agradable ”Ballade des livres d’amour”, donde decía aquello de “Cervantès me ravit” (“Me encanta Cervantes”).

Y un año después publicaba la Segunda parte de sus Contes, con trece nuevas “nouvelles”, como el autor las llamaba, relatos ya más amplios y consistentes, cuyo estilo “honnête” y elegante conseguía cubrir el persistente tono licencioso y picaresco de estos relatos.

Pero ya circulaban bajo capa tres relatos aún más atrevidos, cuyos personajes eran frailes y monjas. Vendrán a ocupar su sitio en 1669, en una reedición de las dos primeras partes.

La Tercera  aparecía a principios de 1671: “La Coupe enchantée”, y “Le Petit chien” nos transportan a un mundo de magia. Y se aprecian en “Le Faucon” o en “La Courtisane amoureuse”, toques de emoción y ternura. Algunos epigramas, dos “imitaciones de Anacreonte” y “Clymène” (también, probablemente, del tiempo de Vaux), completaban el libro, cuya inspiración, en su conjunto, era sólo moderadamente audaz.

Pero en 1674 aparecían -esta vez sin permiso de impresión ni privilegio-, los “Nouveaux contes”, más libres que los anteriores y que fueron enseguida objeto de censura. donde resultaba patente que el poeta había buscado renovarse.

Con este último libro, la carrera de cuentista de La Fontaine puede decirse que llega a su término.

En los “mélanges poétiques” (“miscelánea poética”) de 1682 y 1685, volverán de nuevo algunos relatos subidos de tono, pero la abstención será completa. Cuando venga a recoger las obras póstumas del poeta, su amiga, la escritora madame Ulrich, no encontrará en sus papeles más que un cuento inédito, “Les Quiproquos”, de antigua redacción. Y resulta notable el hecho de que La Fontaine deja de escribir cuentos en el momento en que frecuenta más libres compañías y cuando los Conti, los Vendôme le reclamaban sin duda. Tal vez la condena de 1675 le haya asustado y haya hecho serio propósito de no volver a escribir más, según el compromiso que hubo de imponerse al entrar en la Academia. Puede ser, igualmente, que la necesidad, tan imperiosa en él, de cambio y de novedad, le haya apartado definitivamente de un género en el que, a pesar de sus esfuerzos, no conseguía superar el monótono universo de maridos engañados, amantes astutos, esposas ingenuas o demasiado avispadas…, donde la base de partida cambiaba poco.

 A la larga, le acaba cansando el recomenzar eternamente la misma historia, bajo formas apenas diferentes. Y, a pesar de su aparente docilidad al gusto del público, sólo escribirá según su gusto y apetencias, como aquel molinero de una de sus fábula “Le Meunier, son fils et l’âne” que acabó decidiendo: “J’en veux faire à ma tête” (“¡Haré lo que a mí se me antoje!”), porque “les gens en parleront, n’en doutez nullement!” (“¡La gente seguirá hablando, tenedlo por seguro!”). Cuentos de los que su autor acabó cansándose, pero que encantaban a sus contemporáneos que los ensalzaban por encima de las fábulas.

Es cierto que todo en los Cuentos parece convencional, y hoy apenas se leen. El crítico Gustave Lanson los consideraba aburridos y el poeta Valéry insoportables. Pero habría que ver en ellos lo que el autor quería que fueran: un simple juego cuya primera regla era utilizar palabras inocentes, dejando adivinar aquello que lo era menos, desarrollando el relato con una desenvoltura sonriente, sin nada que dejara ver constreñimiento o afectación. A pesar de la apariencia, los Cuentos de La Fontaine (como la mayoría de la literatura clásica), están hechos para ser oídos, más que paa ser leídos. Se percibe el acento del narrador, sus malicias, su reír socarrón y las pausas de su voz; no tiene prisa por llegar a un desenlace demasiado previsto, y toda digresión le parece buena. En “Le Cas de conscience”, en “Pâté d’anguille”, en ”Belphégor”, la introducción es lo mejor del relato. Y a veces, como al final de “La Clochette”, de un feliz encuentro de sílabas nace un rayo de poesía: “…O belles, évitez / Le fond des bois et leur vaste silence”.

“Diversité c’est ma devise”. Durante los diez años a lo largo de los cuales fueron apareciendo sus cuatro libros de cuentos y que la Iglesia encontrará “infames, abominables”, La Fontaine traduce en versos franceses las citas latinas de “La Cité de Dieu” de San Agustín, parafrasea algunos párrafos de “Les Provinciales” en una “Ballade” y, en “Stances sur Escobar” de 1664, asume las posiciones jansenistas contra la casuística jesuíta. Y es también el director de la edición de un florilegio de “poésies chrétiennes et diverses”…

Y resulta paradógico que el autor de los Cuentos, en el momento mismo en que aparecen, mantenga relaciones con los Messieurs de Port-Royal.

La Fontaine. Edición de fábulas escogidas, ed. de 1668 (BnF)
Edición de fábulas escogidas, ed. de 1668 (BnF)

Las fábulas

 Diez años particularmente fecundos. En 1668, entre dos libros de cuentos y tras haber solicitado autorización, La Fontaine le dedica al Delfín, hijo de Luis XIV, que no tiene aún siete años, los seis primeros libros de las Fábulas, a fin de “sembrar en su alma la simiente de la virtud”. Fue en la época de Vaux cuando le vino la idea de escribir fábulas. Esopo estaba de moda en torno a 1660, algunos escritores traducían sus apólogos en prosa y glosaban la moral o moraleja que se desprendía de ellos.

Cuando La Fontaine decide “mettre en vers” los apólogos que él elige, sabía que se estaba adentrando en una nueva vía. La anécdota, que sólo pretendía ilustrar un precepto, recibe ahora una nueva vida, a través del arte. El verso que adopta es ese “verso irregular” del que había dicho, a propósito de “Joconde”, que “le debía mucho a la prosa”, con lo que parecía querer hacer discretas concesiones a los enemigos de la fábula poética; pero conocía también todos los recursos de ritmo que se ofrecía a su natural talento.

Busca siempre mantener una actitud modesta y se contenta con “adornar con ligeros rasgos las ricas ficciones de Esopo” (“orner d’un trait léger les riches fictions…”). Pero bajo esa apariencia de modestia y discreción, podía, finalmente, dar rienda suelta a su natural inclinación por el cambio y la diversidad.

A partir de esa primera entrega, el tono irá cambiando sin cesar de una fábula a otra, y al principio de su libro V, se atreve a revelar la audacia de su proyecto: sus pequeñas y sucesivas escenas terminan componiendo un vasto escenario, a la manera de los “actes divers” de la “comédie universelle”.

Y en la humilde fábula La Fontaine hará entrar todos los géneros. “L’Homme entre deux âges et ses deux maîtresses” podría ser un cuento; “Contre ceux qui ont le goût difficile”, una epístola; “L’Astrologue qui se laisse tomber dans un puits”, una meditación filosófica; “Philomène et Progné”, una punzante elegía.

Y en ella, llega a captar el poeta la vida misma: gentilhombre, jardinero, leñador o charlatán, cada cual habla el lenguaje de su edad y condición; y cada animal se nos hace presente, con su plumaje o su pelaje, su olor, su mirada penetrante o su forma de moverse, el hambre que le mueve o el miedo que le hace estremecer. Y la naturaleza es evocada en sus grandes líneas y detalles, en sus metamorfosis y sus cóleras, o en el juego del agua y de la luz.
            Al estilo y léxico abstractos de sus contemporáneos (será este uno de los rasgos del clasicismo francés), La Fontaine prefiere una lengua expresiva, bebiendo en todas las fuentes, en los dialectos rústicos, en la jerga de los oficios o en los cuentistas del siglo anterior. Y él enriqueció la lengua francesa de refranes y expresiones convertidas luego en proverbios: “On a toujours besoin d’un plus petit que soi”, “La raison du plus fort est toujours la meilleure”“Tout flatteur vit aux dépens de celui qui l’écoute”, “Tel est pris qui croyait prendre”…

Y su verso se alarga o se hace breve, y el ritmo se acelera o ralentiza, para adaptarse al movimiento de la acción o del pensamiento.

“Las obras largas me dan miedo”, decía él, porque no tenía la intención de hacerse esclavo de temas y personajes, del estilo adoptado en un momento, ni tan siquiera de las ideas. El cambio le era necesario. Apenas ha encontrado sombríos y vigorosos colores para describir la injusticia universal en “Les animaux malades de la peste”,  cuando se concede la distracción y el descanso de imprimir  a su “Mal marié”, un ritmo lleno de inspiración y desparpajo.

Y el gusto de la diversidad es tan consustancial en él, que se cansa de la diversidad misma.  “Le Rat de ville et le rat des champs” se presenta en heptasílabos, igual que “Le Combats des rats et des belettes”, donde el verso breve parece traducir el alboroto y vivacidad del combate:

La nation des belettes, Non plus que celle des chats, Ne veut aucun bien aux rats; Et sans les portes étrètes De leurs habitations, L’animal à longue échine En ferait, je m’imagine, De grandes destructions. Or une certaine année Qu’il en était à foison, Leur roi, nommé Ratapon, Mit en campagne une armée. Les belettes, de leur part, Déployèrent l’étendard. Si l’on croit la renommée, La victoire balança: (…) Mais la perte la plus grande Tomba presque en tous endroits Sur le peuple souriquois. (…) Leur résistance fut vaine; Il fallut céder au sort: Chacun s’enfuit au plus fort, Tant soldat que capitaine.La nación de las comadrejas, Tanto como la de los gatos, No desea bien alguno a las ratas; Y sin las puertas estrechas De sus moradas, El animal de largo lomo Haría entre ellas, me imagino, Grandes destrozos. Pues bien, cierto año En que había abundancia de ellas, Su rey, llamado Ratapón Levantó un ejército. Y las comadrejas, por su lado, Desplegaron su estandarte. Si hemos de creer la fama, La victoria resultó incierta: (…) Aunque la pérdida ás considerable Recayó, casi en todos las partes Sobre el pueblo ratonil (…) Su resistencia fue vana; Y hubo que ceder al destino: Y hubo general desbandada, Tanto soldados como capitanes.  

Si en este primer libro se compara una fábula, sin duda antigua, como “La Génisse, la Chèvre et la brebis” (“la Novilla, la cabra y la oveja”), con algunas de las que, aún esópicas, que el poeta ha podido “alegrar” según su fantasía, como “Le Jardinier et son seigneur”, o “La Grenouille et le Rat” (“la Rana y la Rata”), se comprueba como La Fontaine ha pasado paulatinamente de una docil -aunque elegante- imitación, a una creación muy personal.

Y un sutil humor circula a través de las fábulas, incluso en aquellas cuya filosofía parece desprender mayor amargura. Su estilo es una perpetua parodia, no al modo de un Scarron (que pone en boca de los héroes de la epopeya un lenguaje de carretero), sino elevando a la dignidad de las grandes figuras de la Historia o de la leyenda, a la moza de una posada, al carretero de la Baja Bretaña o al arriero (“l’ânier”) que, con “son sceptre à la main”, conduce sus dosborriquitos; un gato espantando a los ratones es un Alejandro, un Atila o un Cerbero: el cuervo, Maese Cuervo, y el zorro, Maese Zorro.

Hay quien se ha tomado el esfuerzo de rebuscar en las fábulas errores de historia natural. ¡Por supuesto que los hay! La Fontaine evitaba corregir los relatos antiguos que él versificaba, porque, en los tiempos en que los animales hablaban, “Du temps que les bêtes parlaient”, las ranas comían ratas y las ovejas buenos trozos de ciervo.

Menos fundadas resultan aún las críticas que, después de Rousseau, se ha venido tomando la costumbre de dirigir a la moral que supuestamente destilan: “Émile nunca aprenderá nada de memoria –decía Rousseau– ni siquiera fábulas, ni siquiera las de La Fontaine, por muy ingenuas y encantadoras que parezcan”.

Se les suele reprochar su falta de generosidad y de elevación. Pero, ¿por qué poner en causa a La Fontaine? De los apólogos a los que él recurre y que eran ya antiguos en tiempos de Esopo, él no podía sacar otra lección más que aquella que tuvieron en su origen. La misma palabra “moral” podría incluso no convenir, pues se trata únicamente de recetas de vida para uso de esa gente humilde para quienes todo son amenazas, viejos consejos que podrían resumirse en uno solo: “desconfía de los hombres y de las cosas”, y hasta de ti mismo. Invitación a la prudencia y al repliegue, pero también al trabajo y a la ayuda mutua. Sabiduría sencilla, popular y campesina, no camino de santidad ni código de honor aristocrático.

                                                               *

Si bien el éxito de las primeras fábulas de La Fontaine parece haber sido considerable, la novela mitológica “Les Amours de Psyché et de Cupidon” (“Eros y Psique”), de 1669  fue acogida fríamente. Su autor confesaba que le habia costado mucho trabajo sacar adelante esta larga e híbrida obra. En ella seguía libremente al Apuleyo del s. II mezclando a la leyenda patética “badineries” o pequeños apuntes de broma o chanza algo forzados. Aquí y allá insertaba en la narración episodios sugeridos por otras lecturas, como aquel del viejo pescador y de las niñas, inspirado en el poema épico “La Jérusalem délivrée” del Tasso. Interminables descripciones en verso venían a interponerse en esa prosa armoniosa; pero se ofrecía también al lector el placer de descubrir estancias elegíacas en el transcurso de la novela, este encantador soneto en el libro I …

Ruisseaux, enseignez-moi l’objet de mon amour, Guidez vers lui mes pas, vous dont l’onde est si pure; Ne dormirait-il point en ce sombre séjour, Payant un doux tribut à votre doux murmure?   En vain, pour le savoir, Psyché vous fait la cour, En vain elle vous vient conter son aventure, Vous n’osez déceler cet ennemi du jour, Qui rit en quelque coin du tourment que j’endure.   Il s’envole avec l’ombre et me laisse appeler. Hélas! J’use au hasard de ce mot d’envoler: Car je ne sais pas même encor s’il a des ailes.   J’ai beau suivre vos bords et chercher en tous lieux: Les antres seulement m’en disent des nouvelles, Et ce que je chéris n’est pas fait pour mes yeux.Riachuelos de cristalinas aguas, mostradme el objeto de mi amor y guiad mis pasos hacia él. ¿No dormirá, acaso, en esta sombrío lugar, Pagando dulce tributo a vuestro suave murmullo?   En vano, para saberlo, os corteja Psique, Y en vano viene ella a contaros su aventura, No os atrevéis a revelar ese enemigo de la luz Que en algún rincón se ríe del tormento que sufro.   Emprende el vuelo con la sombra y me deja llamar. Pero, ¡ay! Utilizo al azar la palabra volar; Pues ni siquiera sé aún si tiene alas.   Y aunque sigo vuestras orillas y busco por doquier, Sólo los antros me hablan de él, Y aquello que venero no lo verán mis ojos

…y, sobre todo, el himno a la Voluptuosidad con el que concluye la obra.

Se supone al autor de la novela, “Polyphile”, dando lectura de su obra aún inédita, una mañana del otoño de Versalles de 1668, a otros tres poetas. Pero no hay razón para ver en esos cuatro amigos, como a veces se ha dicho, a Molière, Boileau, Racine y La Fontaine, aunque parece cierto que ha dado algunos rasgos de sí mismo a dos de sus personajes: a Acante y a Polyphile, cuyo nombre tan bien le sienta: “J’aime le jeux, l’amour, les livres, la musique /  la ville et la campagne, enfin tout; il n’est rien / Qui ne me soit souverain bien / Jusqu’au sombre plaisir d’un coeur mélancolique” (“Les Amours de Psyché”)

En 1671, poco después de la “tercera parte” de los Cuentos, aparece la obra cuyo título era

“Fables nouvelles et autres poésies”. Ocho fábulas inéditas que vendrán a ubicarse en el segundo libro. A ellas se refería madame de Sévigné cuando le hablaba a su hija de su “ravissement”. Y las piezas que las acompañan se remontaban, la mayoría, a los tiempos de Vaux.

Habría que poner a parte cuatro misteriosas elegías donde se perciben -aunque con más variedad y dulzura-, acentos del poeta Théophile [de Viau] (1590-1626). pero ningún indicio permiten ponerle fecha a su composición. Menos de dos meses después de haber publicado nuevos cuentos de un abierto atrevimiento, por no decir procacidad, La Fontaine se presentaba como un amante desesperado. En la primera de estas elegías se percibe aún una sonrisa, cuando una serie de tentativas frustradas son enumeradas entre el despecho y el humor. Pero, a partir de la segunda, sólo es cuestión de Clymène. ¿Cedera? Ella ha perdido aquel a quien amaba, ¡pero es que un muerto es el peor de los rivales, adornado siempre de ideales perfecciones! ¿Qué parte de juego literario, o de confidencias contienen estas elegías?

En 1673  -apenas dos años antes de que aparecieran los cuentos más atrevidos, aquellos que serán objeto de prohibición gubernamental-, La Fontaine dedicaba al cardenal de Bouillon, gran limosnero de Francia, el edificante “Poème de la captivité de Saint Malc”, ese sirio del siglo V que había renunciado a todo para consagrarse al monacato.

 No se podría citar una sola fábula en la que el autor hable de la muerte como cristiano, ni parece poseer el sentimiento del pecado. Para él, bastaba con haber vivido “sans soins” (sin preocupaciones o inquietudes), para merecer “vivre sans remors”. Pero siempre conservó, si no la pesadumbre, al menos el emocionado recuerdo de los meses que, allá por sus veinte años, pasó en el Oratorio, y su inclinación por el retiro y la paz interior le inspiran en este “Poème de la Captivité de Saint Malc” versos de un acento sincero:

Alors j’avais pitié des heureux de ce monde.
Maintenant j’ai perdu cette paix si profonde
(…)
Je n’ai plus de mes bois les saintes voluptés.
Ne reviendront-ils point, ces biens que j’ai quittés?

La Fontaine ha meditado con un sentido de honda espiritualidad, a partir de los elementos que le ofrecía una carta de San Jerónimo -que conocíó a aquel santo varón- y que el jansenista Arnauld d’Andilly había traducido: en dos escenas contrastadas donde el drama se concentra, Malc y su compañera se prestaban su luz espiritual y se exhortaban mutuamente hacia la santidad.

El 1 de enero de 1675, madame la marquesa de Thianges (hermana de la favorita de Luis XIV, la marquesa de Montespan), ofrecía a su sobrino el duque de Maine un pequeño aposento dorado, donde figuras de cera representaban a algunos grandes escritores del siglo, y allí figuraba La Fontaine, junto con Jean Racine; fue gracias a éste como el fabulista consigue por entonces ser admitido entre los poetas que protegen las dos hermanas Mortemart. El segundo libro de Las Fábulas será dedicado a la Montespan; madame de Thianges y ella quisieron incluso imponerle La Fontaine al músico Lully como autor de libretos, en sustitución de Quinault al que ellas no apreciaban, pero fue en vano. Y La Fontaine no pudo ver representado su insípida “Daphné”, en la que tanto se había esforzado.

Si bien en las fábulas evidencia su autor un sentido profundo de la acción dramática, con personajes relevantes y unos diálogos pertinentes, en el teatro propiamente dicho, sin embargo, La Fontaine sólo conoció decepciones: “L’Eunuque” y “Daphné” ni siquiera llegaron a representarse y su publicación pasó desapercibida; el ballet “Les Rieurs du Beau-Richard” fue conocido por el público en el siglo XIX, y aun así imperfectamente; “Le Rendez-vous”, en un acto, cuyo texto se ha perdido, apenas había llegado a la cuarta representación en la Comédie-Française; “Astrée”, sólo a seis en la Académie royale de musique; y tanto “Galatée” como “Achille” quedaron inacabadas.

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La “vieille madame” viuda de Gastón de Orleáns  había muerto en febrero de 1672 y, con su desaparición, La Fontaine, después de ocho años de servicio en el palacio ducal del Luxemburgo, había perdido el último de sus cargos (el de Château-Thierry ya se lo había vendió a bajo precio al duque de Bouillon). Por lo que necesita imperiosamente la ayuda de sus amigos, y madame de La Sablière le dará cobijo entonces. Él sentía una tierna admiración por esta bella mujer, veinte años más joven. Y ella misma le profesaba una sincera amistad, plena de abnegación. Nada más, y ambos se habían acomodado. Separada de su marido Antoine de Rambouillet de la Sablière, Marguerite Hessein se sintió perdidamente enamorada del marqués de La Fare, sentimiento que la hará a ella desgraciada hasta 1679 en que rompen su relación.

Y en 1673 había muerto Moliére, al que La Fontaine dedicó un epitafio:

Epitafio de Molière (BnF)
Epitafio de Molière (BnF)

“En esta tumba yacen Plauto y Terencio / Y, sin embargo, sólo Molière yace aquí / Los tres talentos formaban un único ingenio / Cuyo hermoso arte divertía a Francia /  Se han ido, y tengo poca esperanza / De volver a verlos.  A pesar de nuestros esfuerzos / Por largo tiempo, según toda apariencia / Terencio y Plauto y Molière han muerto”. De La Fontaine

Después de la muerte de su esposo y el establecimiento matrimonial de sus hijas, en 1680, la dama de La Sablière se consagrará edificantemente a la caridad. Por el momento, recibe en su salón de la rue Neuve-des-Petits-Champs a una sociedad brillante. Y La Fontaine entabla allí amistad con el matemático Roberval y con “le jolie philosophe” François Bernier, médico, viajero y discípulo de Gassendi. Y la frecuentación de matemáticos, astrónomos y físicos hace surgir en La Fontaine nuevas curiosidades; ampliación general de perspectiva bien sensible en el segundo recueil de Fábulas, cuyos dos tomos aparecen en 1678 y 1679 con cinco nuevos libros (VII a XI de las ediciones modernas).

Y es que el fabulista ya no se inspira únicamente en la tradición esópica, sino también –como él explica en su “Avertissement”-, en Pilpay, sage indien, es decir en obras relativamente recientes en las que relatos hindúes eran tratados libremente. De hecho, al azar de sus lecturas, el poeta encuentra nuevos temas para sus fábulas. En Plinio el Viejo, en Séneca, en Plutarco, en los cuentistas del siglo XVI, en las narraciones de viajeros de su tiempo, e incluso en la crónica contemporánea, porque su imitación es ahora totalmente libre. Saca “Le Berger et le roi”  de un relato, muy modificado, del viajero Jean-Baptiste Tavernier, al que incorpora una fábula del pretendido Pilpay y añade recuerdos bíblico-evangélicos.

Lejos de atenerse a un sistema, La Fontaine juega con las ideas, sosteniendo alternativamente las contrarias. El animismo de Gassendi, al que adhiere en los “Discours” a La Rochefoucauld y a madame de La Sablière, concilia mal con el determinismo del filósofo Lucrecio en su “Rerum natura”, y que el poeta parece abrazar  en “La Souris métamorphosée en fille”, en “Le Cierge”, o en “La Perdrix et les Coqs”.

¿Es el hombre el rey de la Creación, o tiene lecciones que recibir de los animales? ¿Está el mundo guiado por la Providencia o entregado a la ciega Fortuna? Sobre estos puntos y tantos otros, La Fontaine expone tesis contradictorias o abraza, sucesiva y provisionalmente, las doctrinas hacia las cuales las fábulas que nos trae orientan su ánimo. En el libro de 1679 se indigna por el hecho de que Descartes trate a los animales como máquinas. Pero, algo después, incluso en fábulas cuyo tema ha sacado de obras que sostienen la inteligencia de los animales (p. ej. en “Le Renard anglais”, “Le Renard et les Poulets d’Inde”, “Les Deux Chèvres”), no hará ninguna alusión a un debate por el cual había parecido encenderse antes.

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Como a Montaigne, toda ocasión le es propicia a La Fontaine para estudiarse y juzgarse; y lo sentimos ahora muy presente, cuando apenas aparecía en las primeras fábulas. Tras terminar el relato de las desgracias que a una de las dos palomas, le atrajo su “humeur inquiète”, su temperamento vagabundo, el poeta comienza una hermosa meditación en “les Deux Pigeons”…

Amants, heureux amants, Voulez-vous voyager? Que ce soit aux rives prochaines. Soyez-vous l’un à l’autre un monde toujours beau,  Toujours divers, toujours nouveau; Tenez-vous lieu de tout, comptez pour rien le reste.Amantes, felices amantes. ¿Queréis viajar? Que sea entonces a orillas cercanas. Sed uno par el otro un mundo siempre hermoso, Siempre diverso y nuevo; Que el uno para el otro lo seáis todo y desdeñad el resto.
Les Deux Pigeons (ilustración de Gustave Doré)
Les Deux Pigeons (ilustración de Gustave Doré)

Es verdadero amor el que profesamos a un solo ser, porque la inconstancia no es más que impotencia para amar, y el poeta confiesa aquí su propia inquietud.

¿Podemos, entonces, seguir hablando de fábulas? La mayoría de estos poema podrían pertenecer a géneros bien diferentes: ”Le Songe d’un habitant du Mogol” es una confidencia lírica, “Tircis et Amarante”, una pastoral algo burlona, “Les Souris et le chat-huant” (“Los ratones y el autillo”), una observación de naturalista y, de paso, un nuevo golpe de punzón a Descartes y su teoria de los animaux-machines, “Le Paysan du Danube” un lienzo de historia, “Le Lion”, un ensayo político, “Le Berger et le Roi”, un cuento moral…

Y, enemigo de la elocuencia, el poeta de Château-Thierry no fuerza nunca el tono ni la voz. ¿Que sus versos se despliegan impulsados por los altos movimientos del pensamiento y del alma? Una palabra o expresión familiar, o un comentario sonriente nos devuelven enseguida al suelo. Nada más personal en La Fontaine que esas sutiles disonancias: Le paysan du Danube permanece atento a controlar la expresión de su indignación, cuando el período que comenzaba a retumbar de cólera se fracciona en frases breves, para hacerse el tono voluntariamente prosaico al final de la arenga.

Craignez, Romains, craignez que le Ciel quelque jour Ne transporte chez vous les pleurs et la misère ; Et mettant en nos mains par un juste retour Les armes dont se sert sa vengeance sévère, Il ne vous fasse en sa colère Nos esclaves à votre tour. (…) En quoi vous valez mieux que cent peuples divers. Quel droit vous a rendus maîtres de l’Univers ? (…)     Nous quittons les cités, nous fuyons aux montagnes ; Nous laissons nos chères compagnes ; Nous ne conversons plus qu’avec des Ours affreux, Découragés de mettre au jour des malheureux, Et de peupler pour Rome un pays qu’elle opprime.   Quant à nos enfants déjà nés, Nous souhaitons de voir leurs jours bientôt bornés : Vos préteurs au malheur nous font joindre le crime.        (…)   Les Germains comme eux deviendront Gens de rapine et d’avarice. (…). Ce discours, un peu fort Doit commencer à vous déplaire. Je finis. Punissez de mort Une plainte un peu trop sincère.   A ces mots, il se couche et chacun étonné   Admire le grand coeur, le bon sens, l’éloquence Du sauvage ainsi prosterné.   On le créa Patrice ; et ce fut la vengeance Qu’on crut qu’un tel discours méritait. On choisit D’autres préteurs, et par écrit Le Sénat demanda ce qu’avait dit cet homme, Pour servir de modèle aux parleurs à venir. On ne sut pas longtemps à Rome Cette éloquence entretenir.  Temez, Romanos temed que el Cielo un día
 No traiga a vuestros lares llantos y miseria; Poniendo en nuestras manos, en justa revancha Las armas que su severa venganza utiliza, Y que, en su cólera, no os haga Esta vez nuestros esclavos.        (…) ¿En qué valéis vosotros más que cien otros pueblos? ¿Y qué derecho os ha convertido en dueños del Universo?         (…) Dejamos nuestras aldeas y huímos a las montañas. Abandonando a nuestras queridas compañeras; Sólo conversamos ya con horribles Osos, Desalentados para traer al mundo a infelices, Y de poblar para Roma una tierra que Ella oprime  En cuanto a nuestros hijos ya nacidos, Deseamos ver pronto acortados sus días: Porque vuestros pretores nos obligan a unir el crimen a la desgracia.        (…) Los germanos se convertirán como ellos En gente de rapiña y de avaricia. (…). Este discurso algo enérgico Debe de empezar a desagradaros. Concluyo. Castigad con la muerte Un lamento demasiado sincero. Dicho lo cual [el germano] se inclina y cada cual sorprendido   Admira el gran corazón, la sensatez y la elocuencia Del salvaje así prosternado. Le nombraron Patricio, y fue la venganza De la que aquel discurso creyeron merecedor. Nombraron A otros pretores, y por escrito El Senado pidió lo que quel hombre había dicho, Para servie de modelo a los futuros oradores. Y durante mucho tiempo, en Roma No supieron mantener una tal elocuencia.

Obra maestra, los cinco libros de La Fontaine de 1678 y 1679 son tan originales y perfectos, que resultan parangonables a lo más grande de la poesía clásica.

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   Sinceramente convertida, Madame de La Sablière pasa ahora, a partir de 1685, gran parte de su vida en el hospicio de los Incurables. Se ha instalado en la rue Saint-Honoré, pero apenas se la ve ahí. Y acoge a La Fontaine en una casita vecina a la suya, proveyéndole ella de casi todas sus necesidades, donde el poeta permanecerá durante cerca de veinte años, Él ha mandado colocar en su habitación el busto en arcilla de sus filósofos preferidos, y tiene también un clavicordio, “Moi qui aime extrêmement la musique” –decía él en el prefacio de “Psyché”.

La sociedad del salón de la rue Neuve-des-Petits-Champs donde la dama antes recibía se ha dispersado. La Fontaine aprecia la soledad, pero también necesita huir a ratos de sí mismo, y se ha puesto a frecuentar libérrimas compañías, los Conti, los Vendôme…, grandes señores a los que necesita. Y ellos se divierten con sus distracciones y su aparente ingenuidad…

Lo mismo con sus amigos d’Hervart, en Bois-le-Comte, donde se mofan de la emoción juvenil que provoca en él la belleza coqueta de Amarante de Beaulieu que tiene entonces 15 años, y que le inspira ese poema de amor en octosílabos, donde él mismo reconoce: “Il est plus près du Perou / Qu’il n’est du coeur d’Amarante (…), Amarante est jeune et belle / Je suis  vieux sans être beau…

Pero tampoco se cansa de crear: “Je mourrais d’ennui si je ne composais plus!” (“¡Moriría de aburrimiento si dejara de componer!”), escribirá todavía con 72 años-. En 1681 aparecía una vesión francesa de “Cartas a Lucilio”, trabajo póstumo de Pierre Pintrel, uno de su parientes de Château-Thierry; La Fontaine lo ha revisado y, al igual que para “La Cité de Dieu”, se ha dado el esfuerzo de traducir en versos las citas poéticas con las que Séneca había sembrado su prosa.

Al año siguiente -1682-, dedicado a la duquesa de Bouillon, publicaba el prolijo “Poème du Quinquina”, en 600 versos, celebrando la curación de Colbert gracias a la quina (febrífugo entonces de moda). Pero, él lo reconocerá en el “Discours à madame de La Sabliere”, “queriendo probarlo todo”, se corre el riesgo de “estropar la materia”. A lo largo de estos dos cantos, intenta variar el ritmo y entreverar su exposición médica, con apólogos e invocaciones. Pero será inútil, porque de tantos intentos diferentes en los que se había comprometido, éste se saldará con un rotundo fracaso.

En 1683, La Fontaine se postulaba para el sillón que Colbert, ahora fallecido, había dejado vacante en la Academia: fue cooptado el 15 de noviembre, pero, si bien su candidatura contaba con no pocos apoyos entre sus antiguos amigos, también encontró la fuerte oposición de algunos personajes oficiales y de los sectores eclesiásticos que se acordaban de sus Cuentos;. Finalmente, en una solución transaccional, Luis XIV, se negó a aprobar su ingreso hasta que su historiógrafo Boileau no hubiera ingresado, lo que sucederá en abril de 1684. “Il a promis d’être sage”, “ha prometido portarse bien” –parece que comentó el rey-.

El fabulista será recibido el 2 de mayo siguiente, ¡y hubo de pronunciar el elogio de aquel Colbert, perseguidor de su protector Fouquet!

Y el abate Cureau de la Chambre, que presidía la sesión, le recordó en tono severo que tenía aún progresos que hacer “dans le chemin de la vertu”. A modo de respuesta, La Fontaine dio allí lectura a un PoemaDiscurso que acababa de dirigir a madame de La Sablière:

Désormais que ma Muse, aussi bien que mes jours,
Touche de son déclin l’inévitable cours,
Et que de ma raison le flambeau va s’éteindre,
Irai-je consommer les restes à me plaindre
Et, prodigue d’un temps par la Parque attendu,
Le perdre à regretter celui que j’ai perdu?
(…)

Y en 1685, le vemos en primera fila de los académicos que la han emprendido contra Furetière, culpable de haber acabado su propio “Dictionnaire”, antes de que los Cuarenta venerables hubieran concluido el de la Academia. Pero el sentimiento de solidaridad era fuerte en La Fontaine, y su buena relación con Furetière se había enfriado ya desde hacía tiempo.

Y en ese mismo año aparecía en dos tomos (del que sólo el primero es de nuestro autor): los “Ouvrages de prose et de poésie des Sires Maucroix et de La Fontaine”. Se podían leer dos poemas de inspiración ovidiana, probablemente de antigua composición: “Philémon et Baucis”(de la que Gounod sacará una ópera-cómica)  y “les Filles de Minée” en alejandrinos franceses(que vendrá a alojarse en el libro XII de las Fábulas), así como once nuevas y hermosas Fábulas, que volverán a aparecer en el último recueil

La bien conocida “Querelle des Anciens et des Modernes” que estalla ahora en 1687, a raíz del poema que Charles Perrault lee en la Academia, “Le Siècle de Louis le Grand”, viene a poner a La Fontaine en grave aprieto. Porque, a medida que ha ido envejeciendo, siente cada vez más aprecio por las obras maestras de Grecia y Roma y por su belleza de sencillez y autenticidad. Pero, ¿llegaría ese sentimiento hasta coaligarse contra su viejo amigo Charles Perrault? La Epístola en la que abraza la defensa de los Anciens, es dedicada a Pierre-Daniel  Huet, obispo de Soissons -erudito y fervoroso de la Antigüedad-. La Fontaine no se implicará a fondo en la gran querella, pero llamará a la modestia a sus contemporáneos, aquellos que pretendían poder mirar con desdén a quienes –decía- siguen siendo nuestros maestros.

La conversión y sus últimas fábulas

Postrado en su lecho y “dangereusement malade”, en diciembre de 1692, un joven vicario de la parroquia de Saint-Roch se acercó a su cabecera de moribundo para reconfortarle en la religión e invitarle a renegar de su pasado. El poeta apenas había tenido nunca temas de agravio contra la Iglesia, pero quería únicamente que le fuese permitido seguir “conciliando” lo que a Dios debía con los modestos placeres aún a su alcance. Y, por el momento, pareció recuperarse.

Fue Marguerite Hessein, Madame de La Sablière, guía y sostén material cotidiano de su existencia, la que moría en los primeros días de 1693, agotada por doce años de exigente penitencia.

Muy quebrantada ya su propia salud desde el episodio de dos meses antes, La Fontaine recibía los Santos Óleos en febrero de 1693, con gran fervor y mucho arrepentimiento; y, ante una delegación de la Academia, aceptó condenar sus Cuentos, expresando la firme intención de “ne plus employer le talent de la poésie qu’à la composition d’ouvrages de piété”.

Pero al sexuagenario y valetudinario poeta se le plantea entonces el grave dilema de qué hacer con su incierto futuro: ¿Regresar a su Château-Thierry? ¿O permanecer –pero ¿con qué recursos?- en este París que con tantos lazos le retiene? Afortunadamente están sus amigos los d’Hervarth, que deciden recogerle y alojarle en su hôtel parisiense de rue de la Platrière (hoy J.J. Rousseau), y le asisten también pecuniariamente; eran el acaudalado Anne d’Hervarth, señor de Bois-le-Vicomte y su esposa la virtuosa Françoise de Bretonvilliers, a los que había conocido antaño en Vaux-le-Vicomte, en el entorno de Fouquet.

Rimará, en efecto, según el pío propósito expresado, himnos hoy perdidos; pero de la producción de esa inspiración sólo subsiste una paráfrasis del “Dies irae”. Una larga carta a Maucroix, fechada a 26 de octubre de 1693 y observaciones precisas que le dirige por esta época sobre el estilo de una de sus traducciones vienen a probar que La Fontaine conservó su lucidez y actividad hasta el final.

 Y a los apólogos de 1685 han venido a añadirse los que ha rimado a petición de Fenelón para su discípulo el duque de Borgoña a quien va dedicado el conjunto. Para dar más consistencia al libro, el editor ha añadido los dos poemas de 1685 y, posiblemente sin el consentimiento del autor, los dos cuentos de 1682.

En los apólogos nuevos, algunas indecisiones y otros rasgos en el relato denotan ya la vejez del autor, aun con notas de una emocionada sinceridad. “Le Juge arbitre, le solitaire et l’hospitalier” –su última fábula y su testamento, posterior a su conversión, de la primavera de 1693-, es particularmente hermosa…

(…)
Apprendre à se connaître est le premier des soins
Qu’impose à tous mortels la Majesté suprême.
(…)
L’on ne le peut qu’aux lieux pleins de tranquillité :
Chercher ailleurs ce bien est une erreur extrême.
(…)
Ainsi parla le Solitaire.
Il fut cru, l’on suivit ce conseil salutaire.
(…)
Cette leçon sera la fin de ces ouvrages :
Puisse-t-elle être utile aux siècles à venir !
Je la présente aux Rois, je la propose aux Sages ;
Par où saurais-je mieux finir ?

Aprender a conocerse es el principal cuidado Que le impone la Majestad suprema a cada mortal (…); Y sólo se consigue en lugares tranquilos: Buscar ese bien en otro sitio es un error extremo (…)- Así habló el Solitario, Fue creído y se siguió este saludable consejo (…). Y esta lección será el final de [mis] obras. ¡Ojalá les resulte útil a los siglos por venir! Se la presentó a los Reyes y la propongo a los Sabios; ¿De qué otro modo podría terminar mejor?

 Así concluía el poeta, elogiando la soledad, la enmienda personal y el conocimiento de sí mismo.

Y alojado por los d’Hervart en la rue Platrière aquí morirá Jean de La Fontaine el 13 de abril de 1695, dejando escritas cerca de 240 fábulas y 60 cuentos.  Se iba en paz con la religión, después de sus años de epicureísmo despreocupado. Pronto habría de cumplir 74 años. Y, enterrado entonces en el cementerio de los Santos Inocentes, será trasladado en 1817, en plena restauración de los Borbones, al Père Lachaise.

 Era todavía el reinado de Luis XIV, pero otra época ya y otro momento cultural el que se anunciaba: el de la primera Ilustración. Ese mismo año Pierre Bayle publicaba su “Dictionnaire historique et critique”.

Como hombre y como poeta, quiso siempre preservar su diversidad. Y, en un tiempo en que la severa razón se esforzaba por traer a la unidad todas las formas del arte y de la vida, sus contemporáneos no supieron muy bien cómo justificarlo en nombre de las reglas del clasicismo. Porque La Fontaine concordaba con sus gustos, pero no tanto con su doctrina.

La existencia de casi todos los grandes escritores de su tiempo aparece relativamente encuadrada, pero a La Fontaine se le veía por todas partes y todos los medios: en la Corte, en Chantilly cerca de Condé, en Bois-le-Vicomte en los jardines de Anne d’Hervart, en las casas de juego y en las tabernas, entre bastidores con los Champmeslé, en los talleres del pintor Mignard o del escultor Girardon, en la Academia o en casa de Boileau en Auteuil, en la piadosa casa de Racine, en Reims donde ve a Maucroix y, hacia el final de su vida, en Château-Thierry adonde su mujer nunca había desesperado verle regresar.

Todo le interesó y nada le retenía, guardando en el fondo de su alma un indecible aburrimiento. Escribió los cuentos y era sensual; a los 63 años, se confesaba en el “Discours à Madame de La Sablière”, “volage en amours”, pero también apreciaba  las “chastes bergeries”, las castas estampas bucólicas y la “Astrée”, esa novela pastoril del siglo XVII; y en sus poemas ovidianos cantó la fidelidad y el exclusivo amor. Se decía también que era modesto y recatado en su conversación.

Y la soledad que alababa pronto se le hacía insoportable, porque necesitaba el espectáculo de la vida y esas agiles conversaciones ingeniosa y sutiles donde el pensamiento mariposea. Cultivó la amistad y lisonjeó al rey, al duque de Borgoña, a su nieto y a sus amantes, pero supo permanecer fiel a los grandes caidos en desgracia del siglo: a Fouquet, a los Conti, a Saint-Évremond…Celebró los atropellos de Luis XIV contra Holanda y los protestantes, pero se solidarizó siempre sinceramente con los débiles y los “pequeños” contra los fuertes y los “grandes”, y su simpatía se extendía incluso a animales y plantas. En cierta respuesta a Saint-Évremont de 1687, se decía enemigo “du faux air d’esprit que prend un libertin”, de esos falsos aires de ingenio y agudeza que se dan los libertinos. Y morirá con la angustia de la condena eterna.

Igual variedad en su obra:  Tocó casi todos los géneros, para fundirlos en uno solo al que dio, modestamente, el nombre de “fables”. Pero estas “fábulas”, que pronto se alejaron de Esopo, le permitirán, según le invitaba su talento “chanter sur tous les tons”.

Abierto al público en su ciudad natal y en la casa misma donde él nació y que habia vendido en 1676, existe desde 1876, un Musée La Fontaine.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BIARD, J. D.: Le style des fables de La Fontaine; A.-G. Nizet, 1970 y posteriores.
CLARAC. Pierre: La Fontaine, l’homme et l’oeuvre; París, Boivin-Hatier, diverses ediciones desde 1947; también: La Fontaine par lui-même, París, Seuil, 1961 y posteriores.
COLLINET, Jean-Pierre: Le monde littéraire de La Fontaine; Presses Universitaires de France, 1970.
COUTON, Georges: La poétique de La Fontaine; París, Presses Universitaire de France, 1957; también: La Politique de La Fontaine; París, Les Belles Lettres, 1959. 
GIRAUDOUX Jean: Les Cinq Tentations de La Fontaine (cinco conferencias); Paris, Grasset, 1938.
JASINSKI, René: Sur la philosophie de La Fontaine dans les livres VII a XII, des “Fables”; “Revue d’histoire de la philosophie”, diciembre, 1933 y julio, 1934.
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En español:

LA FONTAINE, fábulas de –: Antología. Traducción parcial. Ilustraciones de Gustave DORÉ; EDIMAT, 2002.
OZAETA, María del Rosario: Las traducciones castellanas de las Fábulas de La Fontaine durante el siglo XVIII; 3 microfichas = 800 fotogramas, Universidad Nacional de Educación a Distancia, 1998. VOSSLER, Karl: La Fontaine y sus fábulas; Espasa-Calpe Argentina, 1947