Revolución Francesa – Convención termidoriana (1794-1799)

REVOLUCIÓN FRANCESA IV: Convención termidoriana y Directorio. Golpe de Brumario (julio de 1794-noviembre de 1799)

Los protagonistas de Termidor tenían el firme propósito de continuar el terror como instrumento político, pero la cuchilla que caía aquel 28 de julio de 1794 iba a marcar el final de la Convención de la Montaña, y el inicio también de la arrogancia de especuladores y traficantes, enriquecidos con la sangre y el dolor ajenos.

Los nuevos amos de Francia odiaban tanto a la Iglesia Católica y al Antiguo Régimen, como a la dictadura de los comités; fieles a los principios enunciados en 1789, decían querer fundar una república moderada y un régimen censitario que apartase de las urnas a los menos preparados para la participación política.

Un clamor general de la opinión se desató contra los protagonistas del año II. Y, en el marco de est reacción termidoriana, se abrieron las cárceles y el Tribunal revolucionario, renovado ahora por Tallien, mostró la mayor indulgencia, para acabar siendo suprimido en mayo de 1795. El club de los jacobinos será clausurado en noviembre de 1794, y aquella loi du maximum promulgada en mayo de 1793 y luego corregida en septiembre siguiente, fue derogada el 24 de diciembre de este 1794. El siniestro Fouquier-Tinville conoció prisión  y Carrier condenado a muerte; ex-terroristas como Fouché, Tallien o Frerón, se destacaban ahora entre los más sañudos, persiguiendo a sus cómplices de ayer.

Cinco años de violenta revolución no habían sido suficientes para arrancar del corazón de los franceses el sentimiento monárquico, favorecido ahora por el regreso a la libertad de prensa. Emigrados vueltos a la tierra clandestinamente, curas refractarios e incluso girondinos vinieron a engrosar aquellas filas. Y en París y los departamentos fueron apareciendo bandas organizadas que se tomaban la justicia por su mano: los Compagnons de Jéhu o la Compagnie du Soleil; perseguían a los compradores de bienes nacionales y ajusticiaban a ex-terroristas locales. En Vandea y en Anjou, la Chouannerie permaneció por un tiempo apaciguada, gracias a la buena voluntad del nuevo gobierno: François Charette firmaba con la convención termidoriana el tratado de La Jaunaye, en febrero de 1795.

Revolución Francesa - Tipo femenimo de la época de la reacción termidoriana y el Directorio
Tipo femenimo de la época de la reacción termidoriana y el Directorio

Pero los meses que siguieron a Termidor y aquel invierno fueron durísimos. La depreciación vertiginosa del asignado de curso forzoso, el alza de los precios, consecutiva a la derogación del Maximum, las dificultades de aprovisionamiento –cuando acaparadores del mercado negro no temían ya por su vida-, provocaron en París y en las grandes ciudades una indescriptible miseria, por no hablar de los orfelinatos y asilos -ausente ya la Iglesia de las labores de caridad-. Los pobres, los ventres creux, se sentían tanto más exasperados, cuanto más estridente resultaba la riqueza de los ventres dorés, asentistas de los ejércitos, traficantes y logreros de la Revolución.

El 1 de abril de 1795 (12 germinal), una turba de manifestantes invadía la Convención a los gritos de “¡pan y la constitución de 1793!” Pero aquel tumulto fue dispersado por la Guardia nacional. Una manifestación al día siguiente de un millar de personas en el faubourg [Saint-] Antoine fue también fácilmente reprimida por la tropa de Pichegru. La Asamblea aprovechó la ocasión para decretar la ejecución de Fouquier-Tinville (¡tanto como matar la memoria!), y para mandar a Guyana a Barère, a Billaud-Varenne, a Vadier y a Collot d’Herbois.

El 20 de mayo siguiente (1 pradial), ante la efervescencia que la ciudad de París estaba viviendo de nuevo, la Convención termidoriana decidió declararse en sesión permanente. En eso estaban, cuando una multitud de mujeres venidas de los faubourgs Saint-]Marceau y [Saint-] Antoine se precipita a las tribunas y, entre gritos e insultos, interrumpe las deliberaciones. En el tumulto, el presidente Boissy d’Anglas trataba de hacerse oir: -¡El pan que reclamáis y la llegada de subsistencias son objeto de la constante solicitud de esta asamblea! Una riada de hombres enfurecidos acaba irrumpiendo en el recinto, que se transforma en un campo de batalla; llega un destacamento de gendarmería, sable en mano y bayoneta calada, que a duras penas consigue hacerse con la situación. Ya caída la noche, nueva irrupción de manifestantes armados que llenan la sala y, entre amenazas, rodean al presidente, exigiendo el restablecimiento de la Constitución del 93. Jean Féraud, notorio enemigo que había sido de Robespierre, acaba de ser asesinado por los pasillos y su cabeza ensangrentada es traida en una pica y puesta sobre la mesa del presidente.

Esta vez, la represión fue aún más brutal que la vez anterior.

No faltaban convencionales, a estas alturas, que pensaban en restaurar la monarquía constitucional, colocando en el trono al hijo de Luis XVI bajo un consejo de regencia; pero el estado de salud del rey niño era ya muy precario, resultado del cruel abandono del que venía siendo objeto; de suerte que, a pesar de los cuidados que se le prodigaron después de Termidor, terminó sucumbiendo en junio de 1795. El conde de Provenza, hermano del último rey de Francia, tomó entonces el título de Luis XVIII y, por la Déclaration de Vérone, expresó su decisión de restablecer el Antiguo Régimen, “sin los abusos”; su intransigencia de ese momento y el episodio de Quiberón acabarán con aquella posibilidad de restauración.

Republicanos moderados y los realistas partidarios de una constitución acabaron entendiéndose para cerrarle el paso a la “democracia”. La Constitution de l’An III, que debería volver a los prístinos principios de 1789, fue votada por la Convención el 5 fructidor del año III (22 de agosto de 1795). Aquel texto se abría con dos declaraciones: una de derechos del ciudadano (de donde desaparecían los sociales, y aquello de que “los hombres nacen y permanecen libres e iguales en derechos”, que decía el art. I de la Declaración de 1789), y otra de deberes;. Y establecía un régimen pronunciadamente censitario. Y es que…”¡Un país gobernado por los propietarios corresponde al orden social, y aquel en el que gobiernan los no propietarios corresponde al estado de naturaleza!” –lo dijo el presidente de la Asamblea termidoriana Boissy d’Anglas.

El ámbito legislativo quedó confiado a dos cámaras: el Conseil des Cinq-Cents, o de los Quinientos y el Conseil des Anciens, de doscientos cincuenta miembros. Las elecciones anuales, previstas para la renovación del tercio de cada uno de los Consejos, van a revelarse enseguida fuente de inestabilidad politica.

Un Directorio de cinco miembros, renovable por quintos, asumiría el poder ejecutivo. Cada director sería elegido, en adelante, por los Ancianos, en escrutinio secreto y en una corta lista presentada por los Quinientos. Y la separación de poderes fue acentuada.

Pero el régimen así diseñado sólo podría ser viable mientras reinase el entendimiento entre directores y asambleas. La corta historia del régimen que entonces se abría, será una constante carrera hacia la ilegalidad por parte de todos sus actores.

Por temor a que las elecciones vinieran a dar en los Consejos la mayoría a los realistas, o permitieran la reaparición de ex-montagnards, la todavía Convención termidoriana decretó que dos tercios de los nuevos representantes fueran escogidos entre sus miembros.

Y aquella constitución fue sometida en septiembre a plebiscito por sufragio universal masculino; pero a refractarios, emigrados y sus parientes se les negaron sus derechos cívicos. El resultado, ¡ni que decir tiene!, fue afirmativo, con la abstención de la mayoría de los electores. Y el 23 de septiembre de 1795 (1 vendimiario, año IV), el nuevo texto quedó adoptado.

En los círculos del gobierno se respiraba optimismo; pero la resistencia se había reactivado en el Oeste: una expedición de emigrados, traidos hasta la costa por una flota inglesa, había tratado de desembarcar en Quiberon el 27 de junio anterior, y el ya sometido Charette decidió retomar las armas para ir en su ayuda. Hoche aniquilará el intento.

                                                         *

Entre crímenes abominables y una obra política y militar digna, en ocasiones, de titanes, la Convención, con su apéndice termidoriano, había pasado. Aquellos que creían haber fundado la República, le habían dado a Francia sus “fronteras naturales” y habían transformado en igualdad jurídica la sociedad del Antiguo Régimen.

No menos ambiciosos, aunque efímeros en muchos aspectos, habían sido los proyectos intelectuales y educativos. Suprimidas las universidades, salvo las facultades de derecho y medicina, la enseñanza superior sería impartida por el ex-Collège de France y en las nuevas Grandes Escuelas (Normal Superior, Politécnica, Muséum); las viejas academias dejaron paso al Institut, donde se encontrarian y trabajarían sabios, artistas y escritores; la Escuela de Bellas Artes y el Museo del Louvre, la Biblioteca y los Archivos Nacionales, los conservatorios de Artes y Oficios y Nacional de Música son también creaciones de la época. Acuciados por la guerra, se favoreció el trabajo de los inventores, pero algunos como Lavoisier fueron arrastrados al cadalso. En 1793, la reforma de pesos y medidas  había desembocado en un nuevo sistema métrico decimal.

Pero aquella sangrienta revolución estimuló poco la creación literaria de gran aliento. El poeta André Chénier  pagó con su vida la denuncia del terror; y Chateaubriand y madame de Staël estaban en el exilio desde las matanzas de 1792, aunque ella vuelve en mayo de 1795.

Es la literatura popular la que florece entonces, en el teatro y en cánticos patrióticos como Le Chant du Départ, con música de Étienne Méhul y letra de Marie-Joseph Chénier; la Carmagnole también, la Marsellesa, el Ça Ira!, y tantas otras. El gusto por la cultura clásica continúa triunfando con el ordenancista David; en pintura, su Mort de Marat, o la Mort du petit tambour Bara (museo de Avignon), daban testimonio de su inclinación política y de sus simpatías, antes de pintar a Napoleón, o cómo acabar con la libertad.

Tras la angustia del terror, después de la dictadura sofocante de la virtud, se conoció un frenesí de placeres como imperiosa necesidad de exorcizar la terrible pesadilla, mientras la “dorada juventud” perseguía por las ciudades de Francia a los jacobinos que ahora se ocultaban. Banqueros, negociantes, gentes del agio y otros notables daban de nuevo bailes y cenas, y alguna familia, ci-devant noble, no emigrada, levantaba ya cabeza. El lujo dejaba de ser un crimen, cuando los servidores del Estado mejor pagados seguían cobrando sus sueldos en unos asignados que les daban apenas para vivir.

Aparecieron por París nuevos tipos sociales y las más excéntricas modas. Eran las merveilleuses y los Incroyables:

Ellas, sacerdotisas de la moda y la vacuidad, ligadas a los turbios sectores del nuevo poder, se las veía en opíparas cenas y sobrecenas, mientras gran parte del país no sabía de qué estaría hecho el puchero de mañana. Era el retrato de madame Récamier, que David empieza en 1800 y no terminará; eran la española Cabarrús y Josefina también, pintada por Prud’hon en 1805.

Ellos, llamados también muscadins, generalmente realistas, elegantes y perfumados, buscaban distinguirse de la vulgaridad sans-culotte, y reaccionaban contra la estética clásica, que los revolucionarios habian tratado de imponer. Su calzado eran, a menudo, zapatos puntiagudos à la poulaine, y su indumentaria, amplias solapas, ligas flotantes, corbata de muselina hasta de seis vueltas, donde desaparecía la barbilla, cabellos en tirabuzones, y un bicornio o un sombrero de amplias alas; en las orejas, anillos de oro algunos y el color negro del duelo al cuello; un garrote en la mano, su “pouvoir exécutif”, y en la otra unos quevedos para mirar con desafío al jacobino. De unos y otros, ha dejado Carle Vernet expresivas caricaturas.

Incroyables (estampa a partir de un dibujo de Carle Vernet, BnF)

                                                           *

La falta de subsistencias y el hambre se habian agravado y por los caminos de Francia vagaban bandas organizadas, entre mendigos y salteadores. Se proclamaba la libertad de pensamiento y de expresión, pero libros, teatros y periódicos permanecían bajo la vigilancia de los nuevos censores, impartidores de unos certificados de “civismo” que sólo la arbitrariedad del poder determinaba. Se hablaba de libertades individuales, pero los emigrados no podían regresar, ni ausentarse sin autorización los habituales residentes en un municipio; y de libertad religiosa también, pero el nuevo régimen se mostrará pronto beligerante contra la vieja religión, mientras continuaba la persecución contra los sacerdotes no juramentados.

Y las “lettres de cachet” directoriales pondrían verdes de envidia a aquellas con las que los “tiranos” del Antiguo Régimen enviaban a sus súbditos a los calabozos.

Las elecciones fueron fijadas para el 20 vendimiario, año IV (12 de octubre, 1795). Los realistas, que hubieran podido acomodarse con aquella constitución, viendo que el decreto de los dos tercios arruinaba sus expectativas, optaron por el camino de la insurrección a partir del 3 de octubre, apoyándose en algunas secciones que les eran adictas. En las semanas anteriores, el gobierno había distribuido armas entre “ciudadanos alarmados”, que los realistas consideraban simplemente matones asesinos.

Jornada del 13 vendimiario, Año IV.

En la noche del 12 vendimiario, la Convención lanzó una proclama, tanto a los “soldados ciudadanos” como a los “ciudadanos soldados” (es decir, los sans-culottes, a los que acababa de segar la voz en la constitución adoptada), para que todos vinieran a colocarse “bajo los estandartes de la virtud”. Y fueron también sacados a la calle todos los presos notoriamente jacobinos, que ahora volvía a llamar “patriotas”. Así lograron reunir un batallón “sagrado” de mil quinientos hombres, muchos llegados de los departamentos, de donde les habían expulsado la opinión pública o la falta de trabajo, y doscientos cincuenta venidos del faubourg [Saint-] Antoine;  junto al ejército disponible en la Capital, debían todos enfrentarse a los cerca de treinta mil seccionarios que se habían levantado y que, convicción monárquica aparte, no compartida por todos, eran el exponente del odio que aquellos convencionales inspiraban.

Buena parte de la Capital ha caido ya en poder de los insurrectos. Barrás es investido, también ahora, con el mando de la fuerza armada del Interior; pero necesita un artillero. Bonaparte, ocioso en París y cuyas amistades ligan a los republicanos, va a ser el hombre de la situación. Barrás le conoce desde el asedio de Tolón, y a él recurre, alentado por los buenos oficios de la viuda Rose de Beauharnais.

El pequeño general que se presenta a la una de la noche en el cuartel general de Barrás ordena que alguien trate de apoderarse de cuarenta cañones que se hallan en el parque de Sablons, 5 km al O. de París, guardados por realistas, y llega el jefe de escuadrón de caballería Murat, el que un día reprimirá a sablazos a los madrileños. Volverán a las Tullerías poco antes de las seis de la mañana, tras una operación que dejaba sin artillería al enemigo.

La situación había venido empeorando con las primeras horas del 13 vendimiario (5 de octubre de 1795), y la Convención dispuso lo necesario para que quedara asegurada “la majestad del pueblo”, querían decir su defensa personal. Allí estaba Marie-Joseph Chénier, hermano del poeta guillotinado el año anterior, dramaturgo él mismo y furioso revolucionario entonces, hasta que sucesivos y bien remunerados cargos, Imperio incluido, le hagan ver que una próspera carrera política bien valía el sacrificio de la libertad. Esa madrugada Chénier sube a la tribuna de la Asamblea para clamar que la Convención debía cumplir con su deber, que ella representaba al pueblo francés, y que su único honor estaba en la victoria o la muerte.

A las cinco, en pleno tumulto, donde el moderado Lanjuinais trataba de hacerse oir, se oyen descargas de artillería en el exterior y un violento tiroteo, y hubo sobresalto general en la Asamblea:

-¡Ciudadanos –gritaba alguien desde la tribuna-, calma, lo que hace falta es calma, y la libertad estará salvada!

La intensidad de las descargas iba en aumento y la Convención parecía sitiada. El batallón de la guardia salió de la sala, oficiales de salud y representantes iban y venían; ¡se habían cogido algunas banderas rebeldes y todos aplaudieron!

Las seis, y el tiroteo continuaba; algunas mujeres iban a los heridos y otras hacían hilas y vendas; eran esposas de diputados que, inquietas por el cariz que iban tomando las cosas, habían venido a buscar refugio en las Tullerías. Pero la situación parecía ya volverse favorable para los republicanos y los realistas se retiraron hacia Saint-Roch, no lejos del Palais National, donde buscaban tomar posiciones.

Bonaparte ya con su artillería, asume la iniciativa y coloca sus cañones de ocho dominando la rue Neuve-Saint-Roch, desde donde acribilla a los seccionarios realistas, reagrupados frente al pórtico de la iglesia; atacados a la bayoneta, los que quedan han de dispersarse, unos hacia la place des Piques (Vendôme), otros hacia el Palais Royal.

Las seis y cuarto de la mañana, Merlin de Douai ocupa la tribuna y anuncia que la República ha triunfado y que los rebeldes han sido rechazados

Después de aquellos días del asedio de Tolón, el joven corso había dado, una vez más, pruebas de habilidad y sentido del mando. El 18 vendimiario fue nombrado subcomandante de las fuerzas del Interior, a propuesta de Barrás.  Y, al pasar su protector al cargo de Director, el 16 de octubre, Bonaparte fue confirmado general de división, con el mando del ejército del Interior.

Tras los comicios y por el efecto del decreto de los dos tercios, la mayoría en los Consejos quedó en manos de ex-convencionales, pero el resto fue para monárquicos y católicos.

Y los cinco primeros directores, todos regicidas, fueron nombrados en noviembre de 1795. Eran Barrás, Rewbell, La Révellière-Lépeaux, con el normando Letourneur y el borgoñón Carnot. Este, en continua evolución hacia posiciones más conservadoras, se encontrará pronto en oposición a Barrás.

Instalado en el palacio del Luxemburgo de María de Médicis (prisión no hacía mucho), el Directorio hizo público un comunicado, a modo de programa, en el que se declaraba decidido “a mantener la libertad o a perecer”, y su “firme propósito de consolidar la República”; aseguraba también que “la más estricta observancia de las leyes” sería su regla de conducta, que reanimaría la industria y el comercio y restablecería el crédito público. Otras promesas, como traer la paz y regenerar las costumbres eran sólo cínica retórica.

Relativamente tolerantes al príncipio con sus ex-correligionarios, los hombres del Directorio acabaron inquietándose por la propaganda comunista de Babeuf y sus amigos, y Bonaparte, quedó encargado de clausurar el club du Panthéon, lugar en el que se reunían aún un millar de ex-jacobinos y terroristas. Y es que el crudo invierno de 1795/96 vino a empeorar la ya dramática situación popular. Las arcas del Estado estaban vacías, el asignado de cien francos valor facial, no llegaba a un franco, por lo que en julio de 1796 se suprimió cualquier papel fiduciario, para sustituirlo por moneda metálica. Tras la fuerte inflación, vendrá la brusca deflación, la carestía del crédito y precios desalentadores para el campesino, que dejará de consumir las manufacturas de las ciudades.

En el Oeste, Hoche impuso la paz republicana: Cadoudal se sometía con sus hombres y Charette fue apresado y fusilado en Nantes en marzo de 1796. También los chuanes se someten ahora a una tregua que no será definitiva.

Entretanto, la ofensiva francesa había proseguido más allá de las fronteras, después de Fleurus. Pichegru capturaba en Holanda a la flota enemiga, prisionera del hielo; la “República de Batavia” era proclamada en mayo de 1795, y el Flandes holandés pasaba a Francia.

Ya Prusia, por el tratado de Basilea de abril de 1795, le reconocía a Francia la frontera del Rin; y España, por un nuevo tratado en la misma ciudad, de julio siguiente, le cedía la parte oriental de la isla de Santo Domingo, que así se hacía enteramente francesa.

Las anexiones de Bélgica y de la margen izquierda renana hacían la paz imposible. Pero el abastecimiento y el equipamiento del ejército no eran ya dirigidos por la mano implacable de los hombres del año II.

Era ahora cuestión de Italia. Cierto plan militar, en otro tiempo rechazado, fue esta vez aprobado por el Directorio. Carnot ha concebido una doble ofensiva: Hoche intentará apoyar a los irlandeses y, contra Austria, dos ejércitos marcharán en dirección a Viena, uno por Bohemia al mando de Jourdan, y el otro con Moreau, por el valle del Danubio y Baviera. Un tercer ejército operará en Italia una diversión.

Gracias a Barrás, Bonaparte ha recibido el mando de ese ejército de Italia, apenas unos días antes de su matrimonio con la viuda Beauharnais, a la que empiezan a llamar Josefina.

Y la indigencia del Tesoro público es tal que el general sólo puede llevar consigo cuarenta mil francos. Cubrirán el resto la rapiña, los expolios y otras exacciones.

No era un ejército numeroso el que se le confiaba, treinta y siete mil hombres, infantes sobre todo, aguerridos y famélicos, sans-culottes exaltados, de los que va a hacer disciplinados soldados de la República.

El 7 germinal, año IV (27 de marzo de 1796), Bonaparte llegaba al cuartel general de Niza, y el general se impuso enseguida por la claridad de sus ideas, a militares acreditados como Sérurier, Masséna, Augereau…, y a todos empezó a inspirar confianza y sentido de la subordinación. Su plan era infiltrarse entre las fuerzas enemigas, derrotar a los piamonteses y volverse contra los austríacos.

Al mando, pues, de aquellos soldados y con treinta cañones, Bonaparte va a conducir una fulgurante campaña contra fuerzas dos veces superiores, al término de la cual (habiendo firmado ya con el rey de Cerdeña el armisticio de Cherasco, seguido de la paz a la que se llegará en París, que le daba a Francia Niza y Saboya), entraba el 15 de mayo en un Milán delirante, y era dueño de la Lombardía.

Entrada de Bonaparte en Milán, el 15 de mayo de 1796
Entrada de Bonaparte en Milán, el 15 de mayo de 1796

Pero ya el Directorio empezaba a desconfiar de aquel joven caudillo, popular entre sus tropas, que trataba los grandes asuntos con tanta desenvoltura.

Los soberanos italianos fueron abandonando la alianza con Austria.

Allá en la capital de Francia,  el gobierno ha logrado desbaratar, en este mes de mayo de 1796, la llamada conspiración de los Iguales, des Égaux, animada por Babeuf, partidario de una radical revolución social a base de terror y dictadura. Pero, ni a la modesta burguesía, ni a los artesanos sans-culottes, apegados a la pequeña propiedad, les seducían aquellos proyectos comunistas. Babeuf será condenado a la guillotina, con algunos de los suyos, en mayo de 1797.

Tras el susto, el Directorio, se mostró menos jacobino y aceptó Cherasco.

Castiglione, Mantua, Rivoli…, proclamaban por Europa el talento del nuevo general corso.

Bonaparte se comportaba más como procónsul que como un simple general de la República. Trataba a su manera con Pío VI, al que llamaba “Santo Padre” y “Su Santidad”, pero al que acabará arrancando para Francia Aviñón, y, para la próxima República Cisalpina, las legaciones de Bolonia, Ferrara y Romaña; además de veinte millones de libras, en moneda de Francia, para su gobierno exhausto en numerario, obras de arte, centenares de manuscritos y la ocupación del puerto de Ancona hasta la paz general.

Y había desorganizado al ejército del archiduque Carlos, a quien propuso un armisticio que el austríaco hubo de aceptar, después de la toma de Klagenfurt capital de la Carintia, de Trieste y de Laybach. Eran los preliminares de Leoben, el 18 de abril de 1797.

Las condiciones de paz que Bonaparte puso sobre la mesa de negociaciones eran menos rigurosas que las contenidas en las exigencias llegadas de París. Su gobierno, demasiado débil, había renunciado ya a pedir cuentas, sólo recibía relaciones de victorias, conclusiones de armisticios, derrocamiento de viejos estados y creación de otros nuevos.

En Francia, los realistas, que formaban sociedades secretas por todo el país, esperaban acabar logrando la mayoría en los Consejos. Lo cual no les impedía mantener en Vandea su propia guerrilla. El Terror blanco reaaparecía en Provenza, y en París, un llamado Institut Philanthropique que Inglaterra financiaba, organizaba la propaganda.

Cuando el gobierno golpeaba a los jacobinos, era en beneficio de los realistas y si estos sufrían algún golpe, los primeros se enardecían. Incesante política de báscula, sin que en ninguno de los extremos apareciesen visos de adhesión a las nuevas instituciones. Sólo quedaba el recurso al ejército.

A finales de junio de 1797, Bonaparte había transformado Lombardía en una “República Cisalpina”, con capital en Milán.

Y entretanto, en Francia, la mayor parte de los ex-convencionales habían sido derrotados en las elecciones de abril/mayo, correspondientes a este año V (1797), en beneficio de candidatos realistas que triunfaban por todas partes. Pero el régimen directorial y el general de Italia se necesitaban.

La nueva mayoría en los consejos zapaba ahora la vacilante autoridad del ejecutivo y trataba de privarle de los medios financieros para proseguir la guerra, cuando los realistas eran favorables a una paz que conservara para Francia las fronteras de 1792. Los ingleses, desalentados por las derrotas austríacas, accedieron a abrir negociaciones.

Rewbell, La Révellière y Barrás acabaron decidiéndose por el camino de la fuerza. En la madrugada del 4 de septiembre de 1797 (18 fructidor, año V), doce mil hombres de tropa, mandados por Augereau (que Bonaparte había enviado a París a principios de agosto), detenían a Pichegru, presidente del Consejo de los Quinientos, y a los principales diputados realistas. Las elecciones fueron anuladas en cuarenta y nueve departamentos y se impuso a diputados rechazados por los electores; los directores Barthélemy y Carnot se vieron sustituidos por François de Neufchâteau y Merlin de Douai. Deportados a Guyana con más de trescientos otros poco “patriotas”, Pichegru y Barthélemy lograrán evadirse, y Carnot consiguió huir a Alemania.
            Ex-emigrados fueron arrastrados al patíbulo.

Revolución francesa. Le Directoire
Cartel del Directorio justificando ante la opinión pública el golpe del 18 fructidor, Año V: traición de Pichegru, conspiración realista… (Gallica, BnF).

Se reactivaron leyes de excepción contra los emigrados y sus familias, y más de nueve mil sacerdotes de la Bélgica ocupada fueron condenados sin juicio a la deportación, y a Guyana hubieran llegado, si la flota inglesa que controlaba las costas lo hubiese permitido; muchos de aquellos eclesiásticos encontraron la muerte en las islas de Ré y Oléron, donde habían sido internados. Era el regreso del terror y la más antipática dictadura, mientras el fastuoso Barrás daba fiestas en el Luxemburgo, más gineceo, a menudo, que residencia del poder ejecutivo de la nación.

La jornada del 18 fructidor acabó contribuyendo a la conclusión de la paz continental; deshechas las expectativas realistas en la política francesa, ninguna otra perspectiva tenía ya el Emperador de mejorar su posición. Austria abandonaba Bélgica y las tierras del Imperio hasta el Rin, los Países Bajos austríacos; también Lombardía; pero recibía Dalmacia, Istria y una parte de las tierras e islas de la República de Venecia.

A finales de noviembre de 1797 se abría el congreso de Rastadt. Aquel areópago concluirá en abril de 1799 sin resultados, e iba a ser de nuevo la guerra sin cuartel. Pero el tratado de Campoformio, preparado en Leoben, será confirmado en el de Luneville que marcará, a partir de 1801, el hundimiento de la influencia de Austria en Italia.

Y en la lucha contra Inglaterra, el Directorio acabará contentándose con apoyar la rebelión de Irlanda, enviando al general Humbert para un desembarco que, finalmente, fracasará en septiembre de 1798 y les valdrá a los irlandeses una brutal represión.

La gran estrategia contra la pérfida Albión iba a ser aquella campaña de Egipto que se autorizaba a Bonaparte a emprender, y que este reclamaba para sí

Estratégicamente, se trataba de hostigar a Inglaterra e interceptar su comercio mediterráneo y en el camino de las Indias Orientales. Aquella tierra podría constituir la base para una eventual empresa sobre la India y permitir una revancha sobre el tratado de París de 1763.

El empuje neojacobino que siguió a la represión antirrealista del 18 fructidor, constituía una amenaza para los moderados del Directorio y de las Asambleas. De acuerdo, esta vez, con los Quinientos, los resultados de las elecciones del año VI, que habían designados a un número importante de partidarios de la vuelta al terrorismo, fueron, pues, falseados por la ley del 22 floreal, año VI (11 de mayo de 1798). Y Neufchâteau fue sustituido en el Directorio, con ocasión de la renovación directorial, por Treilhard, que acababa de participar en el estéril Congreso de Rastadt.

Pero, quienes golpeaban en floreal no tenían la intención de permitir el regreso al viejo sendero del catolicismo. Antes de retirarse, Neufchâteau había tenido tiempo de diseñar lo que habría de ser el culto décadaire: la gente encontraría ahora solaz a sus trabajos en fiestas cívico-políticas (9 termidor, 10 de agosto o caída de la realeza, 18 fructidor o victoria antirrealista, 21 de enero o ejecución de Luis XVI, fiestas de la Soberanía del Pueblo…), o de índole moral (de la Juventud, de la Vejez, de los Esposos, del Agradecimiento…). ¡Lástima que para instalar tan dulces sentimientos en el corazón de los ciudadanos hubieran corrido torrentes de sangre, aún no agotados!

El gobierno emprendió entonces una cierta labor de recuperación interna. Las cosechas fueron buenas, con los precios agrícolas intervenidos en niveles muy bajos para apaciguar a los suburbios; Ramel en Finanzas y Neufchâteau en Interior quisieron fomentar la producción industrial. Finalmente, por la ley Jourdan del 2 de septiembre, el servicio militar se hacía obligatorio para todos los franceses varones, entre los dieciocho y los veinticinco años.

Porque la tensión entre Francia y Austria venía aumentando de manera alarmante.

Decidida la expedición a Egipto al mando de Bonaparte, la flota levaba anclas el 19 de mayo de 1798. Y el 10 de junio, los franceses avistaban Malta.

Nelson se enteraba en Mesina de la caída de La Valetta y, jurando por todos los diablos, salía el 21 en busca del francés.

La costa y ciudad de Alejandría aparecían al amanecer del 13 messidor, año VI (1 de julio de 1798), y sus murallas caían el 2 de julio.

 La victoria de Embabeh, luego llamada “de las pirámides” o de Gizeh, el 21 de julio, dejaba expedito el camino del Cairo. “¡No olvidéis que desde lo alto de esas pirámides, cuarenta siglos nos contemplan!” –les gritó el corso a sus soldados-.

Y los franceses entraban en la gran ciudad el 24 de julio (6 termidor)

Bonaparte manifestó enseguida la firme voluntad de consolidar la conquista de Egipto para su país. Pero eran proyectos ambiciosos que no llegarían a realizarse. Nelson acabó sorprendiendo y destruyendo en la bahía de Abukir, en un combate que se iniciaba a la caída de la tarde del 1 de agosto y continuaba el 2 (14 y 15 termidor), a la práctica totalidad de la escuadra francesa.

Y aquel gravísimo contratiempo, que convertía  a Bonaparte en prisionero de su conquista, alentó al Sultán a alzarse. Las nuevas circunstancias le exigían, pues, acelerar el control y la organización del país.

Sometido el Delta, dejaba el mando de El Cairo a Menou, y el 11 de febrero siguiente salía en dirección a Palestina. Con él iban Murat, Reynier, Kléber y Lannes.

Fue una fallida incursión, entre febrero y junio, mientras los ingleses comenzaban a hostigar la costa del Delta. Con Kléber y Murat en vanguardia, se apoderaba de Gaza y de Jaffa. Pero la imposibilidad de conquistar San Juan de Acre iba a hacer insostenible el control de aquel territorio. Se acercaba la estación propicia a los desembarcos y Bonaparte decidió entonces regresar a Egipto.

Llegaron a El Cairo a mediados de junio, a tiempo para enfrentarse a un desembarco enemigo. Navíos ingleses se presentaban ante Alejandría el 11 de julio siguiente, anclaban en Abukir y ponían en tierra a un ejército turco traído de Rodas.

Bonaparte llegaba a El-Rahmânieh el 19, para instalarse luego en Birkat, que convertía en centro de sus operaciones. A las seis de la mañana del 25 de julio de este 1799, el corso se presentaba ante el enemigo, con Murat mandando la vanguardia: Todos se ahogaron. Cinco días más tarde, Abukir se rendía.

Mientras esto sucedía en Egipto, allá en Francia, el Directorio chapoteaba en la más indescriptible corrupción, y la anexión de Mulhouse, Ginebra y luego el Piamonte, arrebatado al rey de Cerdeña, con el proyecto de multiplicar las repúblicas “hermanas”, había convertido la paz en inalcanzable. En todas ellas fomentarán los agentes franceses golpes de fuerza, depuraciones e intrigas.

No estaba ya en cuestión la titularidad política de la soberanía, la igualdad jurídica o las libertades ciudadanas; los acontecimientos a los que el Continente entero estaba asistiendo mostraban al mundo cómo aquella gozosa parturienta Revolución de 1789, había alumbrado un monstruo de sangre, codicia y sectarismo social y religioso.El imperialismo francés venía a añadir una razón suplementaria para que cualquier gesto de acercamiento fuera percibido en Europa como simple claudicación ante la fuerza.

A instigación del zar Pablo I y con el concurso de Londres, los soberanos de Europa llegaron a concertarse y, a principios de 1799, una segunda coalición acercaba Inglaterra a Rusia, Austria, Cerdeña, el rey de Nápoles, Turquía y Suecia con algunos príncipes alemanes, decididos todos a rechazar a Francia hasta sus fronteras de 1789.

Y la ira que provocó por los cuatro rincones del país el reclutamiento de centenares de miles de hombres que, una vez más, deberían partir a derramar su sangre en una guerra ya incomprensible para casi todos, mientras algunos se enriquecían escandalosamente, acarreó elevados niveles de deserción, que las redes realistas captaban para su causa.

Los coaligados emprendieron la ofensiva en primavera, en el momento en que, allá en Levante, Bonaparte llevaba su ejército a las arenas de Siria. El archiduque Carlos vencía a Jourdan el 25 de marzo, cerca del lago Constanza, y se volvía contra Masséna. En Italia, Schérer fue derrotado el 5 de abril en Magnano, al sur de Verona, y Moreau hubo de evacuar la Cisalpina. Macdonald, desde Nápoles, lograba conducir a sus tropas a través de la península alzada, para acabar vencido a orillas del Trebia, en agosto siguiente. Y Joubert perdía la vida el 15 de agosto en la derrota de Novi. Salvo Génova, que caerá en junio de 1800, el resto de Italia quedó perdida.

Así, la exacerbación de los electores vino a reforzar la presencia jacobina en los Consejos, en las elecciones de germinal, año VII (marzo de 1799). Llegado el momento de la renovación, Rewbell cesaba el 9 de mayo, sustituido días después por Siéyès que, para disgusto de Barrás, que no le quería, llegaba desde Berlín, donde era embajador.

El 30 pradial, año VII (18 de junio de 1799), las dos asambleas renovadas tomaban la iniciativa contra los directores moderados. Tuvieron que dimitir Treillard, La Révellière-Lépeaux y Merlin de Douai. En su lugar aparecían el regicida y mediocre Roger Ducos, el ex-ministro de Justicia bajo el Terror Gohier, y el anodino general Moulin, muy afectos los dos últimos a la extrema izquierda.

Y fueron votadas leyes relativas a la conscripción masiva y a un empréstito forzoso para la guerra.

Aquella reacción jacobina, que no irá más allá del verano, llegó también al gobierno: Robert Lindet –miembro del Comité de Salvación Pública bajo el Terror-, asumía las Finanzas; Bernadotte la cartera de la Guerra, y el intratable Marbot, por un momento, la comandancia militar de París, que Siéyès conseguirá retirarle en agosto.

Es cierto que Cambacérès –ahora “bonapartista”-, controlaba la Justicia, y el tornadizo Fouché la Policía desde el 1 de agosto, después de un efímero paso por las embajadas de la República Cisalpina (¡de donde volvió no pobre!), y de la República Bátava. El director Barrás le había utilizado en turbias tareas a su servicio, y pronto conocerá las secretas relaciones de su protector con el realismo, intuirá los apetitos de poder del general de Egipto y con todos jugará a la conciliación, por cubrirse las espaldas en tiempos de mudanza.

Vistos el 18 fructidor y el 30 pradial, las familias afectas al realismo habían vuelto a una mayor discreción y se abstenían de organizar bailes de sociedad por no provocar los rigores del gobierno. Los sans-culottes creyeron por un momento resucitado su régimen, sociedades de “Amis de la Liberté et de l’Égalité”, volvieron a reclamar la erección de los cadalsos, y hasta las mesas de las asambleas y del Ejecutivo llegaron exigencias de justicia contra prevaricadores, granujas y municioneros enriquecidos fraudulentamente. No sabían que casi todos se hallaban en el Directorio o instalados en lo alto de la milicia y en las avenidas del Estado.

Pero la Pentarquía y el régimen han caído ya en un casi generalizado desafecto, ante las conscripciones que no cesan, los rehenes y registros domiciliarios entre familias realistas, los empréstitos forzosos y la permanente ilegalidad; amplios sectores de la opinión sólo piden ya un militar, decidido a intentar el golpe que sienten necesario.

Después del éxito de Abukir, Bonaparte llegaba de nuevo a El Cairo el 11 de agosto de este 1799. Las noticias que venía recibiendo eran malas. La aventura egipcia no tenía otra salida que no pasase por su propia presencia en Europa. Temía, sobre todo, verse abocado a una capitulación final que vendría a empañar aquel prestigio de gran capitán adquirido en Italia.

Acompañado de algunos fieles y de un cierto número de mamelucos, se hizo a la mar con Ganteaume.  El 1 de octubre (9 vendimiario) llegaba a Ajaccio; sólo entonces pudo enterarse de la magnitud del desastre en Italia.

Días después, Bonaparte y lo suyos pudieron llegar a Saint Raphaël y luego a Fréjus el 8 de octubre, donde se vio acogido en un ambiente delirante.

El pacificador de Campoformio, el  vencedor de Austria y ahora de los mamelucos y de los turcos, el que hizo tremolar la bandera tricolor a orillas del Nilo, aparecía en este París de seiscientos mil habitantes, después de diecisiete meses de ausencia, con las primeras horas del 24 vendimiario (16 de octubre), para estupefacción de casi todos y con esa aureola que daban el orientalismo y sus recientes victorias.

La noticia desató un entusiasmo “difícil de concebir cuando no se ha sido testigo” (Bourrienne). Muchos veían en él al jacobino que les iba a librar de tanto tunante, y pocos aún al faccioso que pronto dará finiquito a la Revolución, tal era la ambigüedad que el general había sabido fomentar.

Porque la impopularidad del Directorio era profunda y el país ansiaba la paz. La guerra exterior había puesto al vacilante régimen a merced de banqueros y militares. Con la degradación de los valores cívicos, de las instituciones y de sus representantes, había llegado la incredulidad en aquel ambicioso proyecto, a cuyo término se les había dicho a los franceses que estaba la libertad y la igualdad.

Y es que la virginal República, cuya imagen circulaba en grabados, hacía tiempo que había sido mancillada por quienes se decían sus defensores y vivían de ella como rufianes; la exaltante dramaturgia, iniciada en mayo de 1789, terminaba en farsa. La autoridad del Estado, por los suelos, parecía a disposición de cualquier fajín que quisiera recogerla. Si bien sus ejércitos parecían recobrar la ofensiva contra la coalición extranjera, la agitación realista se reanudaba en Vandea en el otoño de 1799 con Cadoudal, en Bretaña también y en Normandía, en las regiones del Maine, Anjou, Toulouse y en el valle del Ródano.

Algunas ciudades se hallaban en ruinas, el bandolerismo atacaba a los correos, y servicios públicos como el mantenimiento de puentes, canales y calzadas se hallaban en total abandono, mientras los funcionarios, mal e irregularmente pagados, dejaban correr las cosas, si en ello encontraban alguna compensación. Los modestos rentistas y quienes vivían de unos pobres ingresos fijos clamaban su miseria, mientras los industriales se quejaban de la parálisis en la que la guerra había sumido sus negocios.

Todos aquellos compradores a vil precio -ahora grandes propietarios-, a costa de los emigrados o de los tradicionales derechos del campesino sobre los comunales, aceptarían un poder fuerte y censitario que garantizase las conquistas esenciales y una paz victoriosa que asegurase los mercados exteriores. Estaban dispuestos a sacrificar al orden necesario la libertad política con cuyo grito habían medrado.

Sieyès y aquellos que llamaban “revisionistas”, intrigaban con el beneplácito de banqueros, traficantes y todos los que temían el regreso de los Borbones o la vuelta del terror político-social que impide gozar de lo afanado.

Pero, para llevar a cabo la reforma del régimen, era preciso el concurso de la fuerza armada. Descartados Moreau, que coqueteaba con los realistas, y el ambiguo Bernadotte, republicano rígido por entonces –¡él, que terminará rey Carlos XIV de Suecia, vivir para ver!-, sólo la figura de Bonaparte parecía responder al militar necesario.

El sesudo constitucionalista Sieyès y el corso estaban condenados a entenderse; a eso se aplicaban ya, entre otros, el liberal moderado Daunou, Talleyrand o Chénier. El legista (gracias al cual Luciano Bonaparte se vio aupado a la presidencia de los Quinientos), iba a tener al final su espadón, y un gobierno suyo a su manera; y el militar la enseña legalista que necesitaba.

El general Bonaparte es zarandeado en el Consejo de los Quinientos
El general Bonaparte es zarandeado en el Consejo de los Quinientos (18 brumario).

El que supo reprimir a los realistas de Tolón y el 13 vendimiario, pero también el que espantó a los jacobinos del club del Panteón en febrero de 1796, se sentía apoyado por todos los arribistas, por el ejército y por esa caución intelectual que representaba el Instituto. También podía contar con el anhelo mayoritario de la segunda cámara que llamaban de los Ancianos, la fidelidad de algunos generales como Murat y el implícito amén de Moreau.

Cada cual estaba ya en su puesto; Sebastiani, que mandaba un regimiento de dragones con guarnición en París, y Jubé, comandante de la guardia directorial, habían respondido de la buena disposición de sus tropas. Luciano preparaba todo el tren legislativo, para los acontecimientos que se avecinaban, y en el taller tipográfico de Roederer se confeccionaban las primeras proclamas. Sieyès vigilaba desde el Directorio.

La llamada Comisión de Inspectores del Consejo de los Ancianos, foco principal de la conspiración, está reunida en las Tullerías desde la madrugada del 9 de noviembre de 1799, ocupada en la redacción de los diversos mensajes. El Consejo ha quedado convocado para primerísima hora de la mañana. Cornet del Loiret, cercano a  Sieyès y presidente de la Comisión, “desvela” en aquella asamblea un supuesto complot jacobino.

Desde las primeras horas de la mañana, el pequeño patio de la residencia del general, la rue Chantereine y sus inmediaciones habían empezado a llenarse de gente y de caballos. En la casa se agolpaban generales y oficiales, todos con uniforme de gala. Fouché encontró a Bonaparte “impaciente”, en compañía de Lefebvre, comandante de París, y del general Berthier, a la espera de los decretos. El hermano primogénito, José Bonaparte, había conseguido, finalmente, traer a su concuñado Bernadotte, que llegaba de paisano y con mala disposición.

Sieyès y su leal Roger Ducos dimitieron ante la Comisión de Inspectores de los Ancianos, siguiendo el guión. El director Barrás esperaba a remolque en su residencia, como dando a conocer el precio de su comprensión. Rentistas, pacíficos burgueses amedrentados y todos los partidarios del orden ya estaban del lado de quien consiguiera atajar los pretendidos peligros.

Eran las doce de mediodía del 18 brumario cuando el Consejo de los Quinientos inicia sus sesiones. Sólo algunos diputados estaban en el grano de la intriga. Un secretario comienza a dar lectura del acta anterior, y Luciano Bonaparte, su presidente, le interrumpe:

-He recibido un mensaje esta mañana que, por su naturaleza, hace inútil cualquier otra deliberación.

Mensaje, decreto y proclamación fueron leídos, y el presidente vuelve a tomar la palabra:

-El artículo 103 de la Constitución preve que el día mismo en que los Ancianos dictan un decreto de traslado, ni uno ni otro de los Consejos puede seguir deliberando. En consecuencia, aplazo el Consejo para mañana, en el ala izquierda del château de Saint Cloud.

La localidad de Saint Cloud había sido elegida, a fin de asegurar un mejor movimiento de las tropas, en caso de manifestaciones populares.

Y a las doce y media, Barrás recibía a Talleyrand y a Bruix, enviados por el africano; le aseguran que les conduce el más sincero interés por su persona y que el primer lugar continua estando reservado para él. 

Barrás abre los ventanales de su despacho que dan a la rue de Tournon y sólo ve tropas que van a la revista y gente que les sigue con señales y gritos de adhesión. Era demasiado prudente para seguir comprometiéndose, así que toma una determinación –generosamente estimulada-, y se decide a escribir y firmar una carta de dimisión que, prácticamente, le venía dictada.

La pequeña localidad de Saint-Cloud ha amanecido ocupada por cinco mil soldados que manda Murat. A lo largo de la carretera, oficiales, tropa de caballería, carruajes que llevan a diputados y funcionarios.

Hacia las doce, llegan Bonaparte, los generales Alexandre, Berthier, Marmont y todo el estado mayor. Y se oyen gritos de Vive Bonaparte! Poco después, aparecen Roger Ducos y Sieyès. Por jardines y dependencias exteriores del palacio, en espera de la apertura, perplejidad general y muchos conciliábulos.

Repuestos los Consejos del primer susto, se disponían ya a iniciar sus respectivas sesiones: los Ancianos, en el primer piso del ala derecha, la galerie d’Apolon, y en l’Orangerie los Quinientos.

En el patio y los aledaños, numerosos carruajes, ligeros cabriolés y pesadas berlinas, con papeles, valores y efectos personales; nadie, entre los conjurados, descartaba la huida.

Pasadas las doce y media, se abre entre los Ancianos la sesión que preside Lemercier. Comienzan las deliberaciones y también las disputas. Y se recibe la dimisión escrita de Barrás, que es enviada a los Quinientos.

En un clima de creciente irritación y nerviosismo, unos pedían que se enviaran sendos mensajes a los Directores y a los Quinientos, otros que fuese al pueblo francés, para tranquilizarle sobre la suerte de sus representantes…

Tras ser enviada comunicación al otro Consejo y a los Directores, se recibe respuesta de Lagarde, secretario general del ejecutivo: “Habiendo presentado su dimisión cuatro de los cinco Directores, y encontrándose el quinto protegido, bajo la vigilancia del general Bonaparte, dicha institución ha dejado de existir”.

En su gabinete de la primera planta del edificio, Bonaparte viene impacientándose; así que, cediendo a su índole natural y en cortas y enérgicas zancadas, irrumpe entre los Ancianos, con Berthier y su secretario a sus talones. “Su entrada fue brusca y colérica, y aquello no me dio buena impresión, respecto a lo que iba a decir –dice Bourrienne-.

¡La Constitución! –le gritan desde los bancos-, ¡la Constitución!

Las violentas interpelaciones de algunos han alterado a Bonaparte, que empieza a perder compostura; jura y perjura que no tiene intención de instaurar un gobierno militar. Pero sus explicaciones se han vuelto desordenadas. Bourrienne, que se encuentra a su lado, le tira de la manga: ¡Salgamos, general! Bonaparte exclama bruscamente: –Qui m’aime me suive! Y abandona la sala.

Salvo aquel sobresalto, todo parecía desarrollarse según lo previsto. Pero en l’Orangerie, el clima era peor. Aquí la sesión se había abierto a la una y media de la tarde. Un secretario dio lectura al acta anterior, y su presidente, Luciano Bonaparte, a la carta de dimisión de Barrás, recibida de los Ancianos.

Inenarrable revuelo al término de la lectura. ¿Era legal la dimisión, o había sido el resultado de presiones y de intrigas?

Barrás partió para su tierra de Grosbois, una espléndida propiedad de cuatrocientas hectáreas en el Val de Marne, quince km al suroeste de París, de la que el conde de Provenza había sido despojado. ¡Y viva la Revolución! Amante de los placeres y del lujo, se hallaba en lo mejor de la vida –pensaría él-, para perderla en aflicciones de conciencia, viendo cuanto había visto.

A Grobois acudirán entre partidas de caza y espléndidas cenas, clientes personales, amantes y ex-amantes, y la española Cabarrús entre dos maternidades.

Muchos de los diputados:

-¡Que se vote el juramento!…

       El presidentede la Cámara se sintió forzado a aceptar lo que la izquierda reclamaba, y allí se les vio a los conjurados, junto a los demás, votando fidelidad a la constitución a la que habían venido a barrenar. El tedioso y lento ritual no había concluido aún, cuando del otro Consejo se recibió un mensaje para comunicar que suspendía sus deliberaciones, hasta que los Quinientos hubieran notificado su instalación por mayoría.

Hemos visto salir a Bonaparte de la sala de los Ancianos. Lo que le han venido a decir de la asamblea de los Quinientos tampoco le ha gustado. Apena se había restablecido aquí una apariencia de orden, cuando, a través de una multitud agolpada que obstruía el acceso, conseguía llegar hasta una de las extremidades de la sala, rodeado de oficiales generales y de una pequeña escolta de granaderos que se quedó a la entrada.

Partidarios de la Constitución del Año III y neojacobinos eran aquí mayoría. Enorme conmoción en los escaños, porque ningún militar podía presentarse en la Cámara sin autorización: 

– ¡Abajo el dictador! ¡Qué haces, temerario!

            – ¡Viva la República!

            – ¡Fuera de la ley!

            – ¡Viva la Constitución!

-¡Abajo el tirano!

Entre torpes frases que apenas acertaba a hilvanar, le empujan, le zarandean. Y otra vez Bonaparte se amilana; venía a acusar y es acusado él mismo, y su propio hermano se ve impotente para controlar la situación desde lo alto de la tribuna. Gente suya consigue conducirle hacia la salida.

Ya fuera, el general intenta sobreponerse, monta a caballo y arenga a la guardia de granaderos de las asambleas: ¡Los Ancianos estaban con él, los Quinientos habían intentado apuñalarle..!

-La presencia del general en este reciento –dijo Luciano, cuando su hermano hubo abandonado la sala-, no tenía otro objeto que el de dar cuenta de la situación política en la que se encuentra  la República, pero lo que ha sucedido en el seno de este consejo es una prueba más de lo que todos tenemos en nuestros corazones…

Cada frase era interrumpida por gritos que ahogaban su voz.

Pedía Luciano que se introdujera al general de nuevo y se le escuchara con más sosiego, pero ya sólo se oían los ¡Fuera de la ley!

Un violento griterío ahogaba la voz del presidente de la Cámara que intentaba ganar tiempo.

-¡Queréis que haga votar el fuera de la ley contra mi propio hermano!…

Fuera ha corrido ya la voz del peligro en que se halla Luciano, y el riesgo inminente de ser declarado él mismo fuera de la ley.

Sólo quedaba el recurso al golpe de fuerza. Conducido por Murat, un destacamento invade la sala de sesiones de los Quinientos:

-¡Afuera toda esta gente!¡Que los buenos ciudadanos se retiren!¡El Consejo queda disuelto!

Sobraban ya las palabras, era el ¡sálvese quien pueda! Entre gritos, tropezones, imprecaciones de unos contra otros, los granaderos comienzan a expulsar a los diputados. Algunos se despojan de togas y atributos y saltan por las ventanas, para intentar perderse entre setos y arbustos; otros pretenden aún ocupar la tribuna o sus escaños.

El redoble de tambores y los gritos de los soldados ahogan ya cualquier protesta. La sala es evacuada y los diputados se dispersan, entre vivas irrisorios a la República y a una constitución que todos habían forzado cuando les convino.

Eran las cinco y media de la tarde del 10 de noviembre. El desventurado Luis XVI no se había atrevido a tanto, cuando aquel: “Estamos aquí por la voluntad del pueblo…” de Mirabeau.

No había sido, al final, el tinglado legalista concebido por Sieyès el que se había impuesto, sino la fuerza al servicio de Bonaparte. Él era el amo, apenas un mes después de su regreso de Egipto.

En este 1799 ha nacido Balzac, testigo en la sociedad francesa de la primera mitad del siglo que se anuncia, de la codicia burguesa y de la voluntad de poder. Y ha muerto Beaumarchais, literato, aventurero turbio y agente de la Corte, crítico de los privilegios, aprendiz de brujo, como tantos otros, a quien poco le faltó pagarlo con la guillotina.

Era el final de unos años tormentosos, grandilocuentes e inflacionistas, con demasiadas referencias a Plutarco y ríos de pomposidad, para consumo del crédulo y del humilde, al que negaban el voto y el puchero. Frases y vocablos, portadores ayer de emociones y proyectos, habían perdido valor y sonaban huecos, como los asignados que el Directorio acabó mandando retirar por inservibles.

Lo que había sucedido en aquellas “memorables jornadas” no era un golpe de Estado –de creer lo que la pedagógica campaña que siguió vino a decir a los franceses-, sino la salvaguardia de los principios que realistas y jacobinos soñaban con destruir. Madame de Staël y su círculo, que acogieron muy bien el “suceso”, no decían otra cosa. La opinión general responderá, si no con el corazón, con la resignación en la mayoría, convencidos de que los fundamentos de igualdad jurídica y respeto a la propiedad iban a mantenerse; y el cálculo en otros, persuadidos de que el general republicano bien sabría preservarles del regreso al realismo que reclamaría sus tierras.

Habían matado a un rey para erigir a un César dictador. La gran representación había terminado. “¡Ciudadanos –se proclamaba el 15 de diciembre de 1799-, la Revolución, fijada en los principios que la habían iniciado, ha concluido!”

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

Sobre el Directorio

BARRAS, Paul: Memoires; Clermont-Ferrand, Paleo, 2004- ; y Le Coup d’État du 18 fructidor;
septembre 1797-septembre, 1798
; Paleo, 2006.
GODECHOT, Jacques (1907-1989): La vie quotidienne en France sous le Directoire; Paris,
Hachette, 1977.
GONCOURT, Edmond et Jules de – (1822-1896):  Histoire de la société française pendant le Directoire; París, Le Promeneur, 1992.
LEFEBVRE, Georges: La France du Directoire (1795-1799), sobre el curso “Le Directoire”,
impartido en Sorbona en 1942/43, publ. por Jean René Suratteau y un prefacio de A. Soboulen: Editions Sociales, 1977; diversas ediciones posteriores.
MADELIN, Louis (1871-1956) : La France du Directoire, 1922.
WORONOFF, Denis: La République bourgeoise de Thermidor à Brumaire, 1794-1799. Paris,
Le Seuil, “Point Histoire”, 1972 (Excelente estudio de la historia económica del Directorio).

Sobre el golpe de Estado del 18 brumario

AGULHON, Maurice (1926-2014): Coup d’État et République, Paris, Presses de Sciences
Politiques, 1997.
BERTAUD, Jean-Paul: 1799. Bonaparte prend le pouvoir; Bruselas, Éditions Complexe, 1987.
LENTZ, Thierry: Le 18 Brumaire. Les coups d’État de Napoléon Bonaparte, novembre-
décembre 1799; prefacio de Jacques Jourquin; París, Jean Picollec, 1997, y París, Perrin,
2010.
TULARD, Jean: Le 18 Brumaire. Comment terminer une révolution. París, Perrin, 1999.
VANDAL, Albert (1853-1910) : L’avènement de Bonaparte; París, diversas ediciones desde
Plon-Nourrit, 1902, 2 vols.

En español: GONZÁLVEZ FLÓREZ, Roberto: Bonaparte, la lenta conquista del poder; Punto Rojo libros, 2016.