Revolución Francesa – Caída de la Monarquía (1792-1794)

REVOLUCIÓN FRANCESA III – Caída de la Monarquía, la Convención y el Terror (septiembre de 1792-julio de 1794)

  “Llaman pueblo a los hombres corrompidos y extraviados, a los que reúnen o amontonan en las tribunas; pero el pueblo soberano es para ellos un terrible juez, al que odian porque le temen” CONDORCET

La Fayette, que había conseguido alguna victoria con su ejercito del norte, había intentado inútilmente dirigir sus tropas contra París. Pero la Legislativa lanzó contra él un decreto de acusación que le instaba a comparecer, le cesaba en su mando y le sustituía por Dumouriez. Ante lo cual y con el precedente del tiroteo mortal del Champ-de-Mars, un año antes, que le seguían imputando,  el “héroe de los dos mundos”, el aristócrata reformista y liberal otrora ídolo de la opinión, el “hijo primogénito de la libertad francesa”, como le había llamado algún diputado, consideró más salutífero abandonar su cuartel general, en la noche del 18 al 19 de agosto de este 1792 y emprendió, a su vez, el camino de la huida preservadora, para ponerse a salvo del furor revolucionario. Y, en septiembre será detenido por los prusianos…

Así abandonaba el curso de la Revolución el que había sido, hasta entonces, uno de sus principales protagonistas,. Su esposa, presa ella también en Francia, conocerá la ejecución en el patibulo de su abuela, de su madre y de su hermana.

La Fayette sólo se verá libre tres años después, semiolvidado ya, en virtud de un artículo especial en el tratado de Campoformio, instado por el general Bonaparte.

El poder fue confiado entonces a un Consejo Ejecutivo provisional, donde el girondino Roland recobraba su ministerio del Interior, y en el que el nuevo animador iba a ser Dantón al frente de la Justicia. La jornada del 10 de agosto era una escalada popular y republicana que vulneraba gravemente aquel consenso inicial que a tantos franceses había congregado en 1789.  Y quedó decretada la convocatoria de una Convention Nationale, elegida por todos los ciudadanos (salvo criados y gente doméstica, por temor a lealtades indeseadas por aquella izquierda), que debería redacar una Constitución republicana.

 Frente a la Asamblea, aquella Comuna insurreccional de los sans-culotte, carente de cualquier legitimidad democrática, iba a pretender desde el primer momento imponer a toda Francia la voluntad brutal del pueblo de París.

 Y en los días y semanas siguientes, no cesó la represión contra todo cuanto los nuevos amos quisieron tildar de aristócrata, traidor a la patria o siervo al servicio de los tiranos..

Brunswick había cruzado, finalmente, la frontera el 19 de agosto, tomaba Longwy el 23 y Thionville y Verdun se entregaban sin combatir el 2 de septiembre de este 1792; el ejército de Condé marchaba en retaguardia.

Las pésimas noticias llegadas de Lorena contribuyeron a aumentar aún más el pánico de la población parisiense y la inquietud de aquellos que mucho podían temer para sí mismos. Dantón pedía de l’audace, encore de l’audace, toujours de l’audace para salvar a la patria (quería decir al régimen tan violentamente instalado y, sobre todo, a ellos mismos; porque, en julio de 1791, Dantón había podido partir a toda prisa para Inglaterra, pero, ¿a dónde huir ahora!).

Y la Comuna, los ministros y la Legislativa –que poco tenían que decir-, tomaban un conjunto de medidas, ante el peligro que sentían inminente, muy alejadas del espíritu de 1789: supresión de los periódicos realistas, visitas domiciliarias y registros, requisición en las iglesias de los objetos de valor y las campanas de bronce para fundir cañones, tasación del precio del grano, envío de comisarios a algunos departamentos y constitución de rehenes entre los familiares de los emigrados.

Y en la prisión del Temple, todo eran injurias y amenazas constantes de muerte hacia los regios prisioneros.

Le Temple, donde fue encerrada la familia real el 13 de agosto de 1792, y de donde Luis XVI salió camino del cadalso (BnF)

Aquellas personas cercanas a la familia real, que ahora gemían en los calabozos, quisieron pensar que los revolucionarios acabarían aceptando la mediación del rey con los Aliados, y que se salvarían. Así sostenían su fe encomendándose a Dios, y su esperanza de supervivencia también, en el tiempo de zozobra que les tocaba vivir.

El furibundo Marat aconsejaba una justicia popular expeditiva, y a los voluntarios, que se deshiciesen de sus enemigos antes de subir al frente; él será uno de los principales responsables de las degollinas, entre el domingo 2 y el viernes 7 de septiembre que dieron lugar a las atroces y apenas descriptibles escenas de este primer Terror: cuadrillas a sueldo del “Comité de vigilancia de la Comuna”, con vino a discreción, irrumpieron violentamente en las viejas prisiones y en todas aquellas que habían ido habilitándose en París, donde se mantenía hacinados a curas refractarios, a aristócratas y rehenes de emigrados, y a casi niños y adolescentes, junto a prostitutas, vagabundos, gente miserable y otros condenados de derecho común.  

En la Abadía de Saint Germain, la que llamaban comúnmente l’Abbaye, acabaron de degollar a los suizos que no habían perecido en el asalto a las Tullerías, y hasta más de doscientas personas. Iban conducidos aquí por aquel Maillard, a quien llamaban tape-dur, ¡tan joven aún -29 años tenía entonces- y de tan negro corazón! Acabará –dicen unos- muriendo de tuberculosis año y medio después; otros pretenden que cambió de nombre para desaparecer, después del Terror, y huir, más de su conciencia, que de la justicia imperfecta de los hombres.

En el convento de los Cármenes, rue de Vaugirard, en la Conciergerie con más de 350 ejecuciones, en Bicêtre y en la Force de la rue Saint-Antoine, donde perecieron 170 detenidos; y en otras prisiones también.

Aquellos “enemigos de la libertad”, iban siendo llamados por las celdas y, tras un expeditivo simulacro de juicio, a cargo de una parodia de tribunal, un frutero, un carpintero, o un tendero y algún escribiente sacado de cualquier tribunal, exculpaban a unos pocos, protegidos a tiempo por algún valedor; pero hacían creer que quedaban libres a la inmensa mayorìa, cuando, en el exterior les esperaban ya sicarios para abatirlos, a una señal, como a reses, a palos y a sablazos.

Mil trescientas víctimas no quedaron para contarlo; entre ella la princesa de Lamballe, que había regresado en mala hora, desde su exilio de Aquisgrán, para reasumir las funciones de superintendente que le ofrecía su amiga la reina, en el momento en que Luis XVI, ya rey constitucional, quiso rehacer su Casa. Su cuerpo fue mutilado con indecible sevicia, y arrancados su corazón y las”ubres”, para ir luego, en turba vociferante, a presentar su cuerpo y su cabeza a la residencia de su suegro el duque de Penthièvre, después de haberla llevado bajo las grises ventanas de María Antonieta, “l’Autrichienne”, cuya prisión pretendieron forzar.

Otras ciudades siguieron la siniestra pauta: Meaux, Lyon, Caen, Reims…

¿En qué había quedado aquel optimismo de filósofos y enciclopedistas que, apenas veinte años atrás, difundían aún su fe en la Razón y en la Tolerancia? ¿Dónde estaban  aquellas voces que expresaban su confianza inalterable en la virtud del hombre en libertad, naturalmente generoso y bueno?

Y, como muchos otros, Germaine Nécker de Staël tomó también el camino del exilio.

Por fortuna para la causa revolucionaria, el ejército del Norte dejó de avanzar como se hubiera podido esperar, más atentos Catalina II, el rey de Prusia y el Emperador a los asuntos de Polonia y del Este de Europa que a las miserias del rey de Francia.

La rivalidad entre la Legislativa y la Comuna se iba haciendo cada vez más violenta con el correr de las semanas. Y aquellos brissotinos, que nada habían hecho por evitar los asesinatos de septiembre, no tardaron en saber que sus enemigos habían tratado de incluirlos en su macabra lista.  Así comenzaba la devoradora galerna que irá creciendo, hasta culminar en el Gran Terror, veinte meses después.

Y en este desapacible clima político, con la  opinión adversa amordazada y perseguida, llegaron las elecciones para la Convención en las que apenas participó el 10% de un cuerpo electoral de siete millones y medio. La ciudad de París ¡ni que decir tiene!, eligió casi exclusivamente a “demócratas”, amigos de la Comuna, de Robespierre y Dantón.

Maximiliano Robespierre (Anónimo, Musée Carnavalet)
Robespierre – Dictador. (Anónimo, Musée Carnavalet)

Y el 20 de septiembre de 1792, la Legislativa se dispersaba y huía (más que concluía sus funciones), para dejar paso al nuevo órgano que decían soberano, a la Convención, una de las más infaustas asambleas de la historia contemporánea, por los crímenes que sancionó, la complicidad o el silencio abyecto de muchos de sus integrantes.

Aquel día, la invasión extranjera había sido detenida. Dumouriez que había asumido el mando de un ejército en Sedán, renunció a su ofensiva de Bélgica y ordenó a Kellermann con mando en Metz, que se uniera a él. Pero Brunswick consiguió forzarlos y el camino de París parecía libre. En vez de retirarse para defender la capital, Dumouriez tomó audazmente posiciones sobre la retaguardia del enemigo. El prusiano detuvo su avance con la intención de destruir antes aquella amenaza; una de sus columnas atacó a Kellermann, instalado en una meseta cerca del molino de Valmy; pero, a pesar de un violento cañoneo, los voluntarios supieron defender el lugar que ocupaban, a los gritos de Vive la Nation! Fue una pequeña batalla, pero una gran victoria para la moral revolucionaria.

La Convención empezó teniendo sus sesiones en la misma sala del Manège utilizada desde la época constituyente, antes de pasar a las Tullerías, lugar que será llamado Palais National.

A modo de partidos, aparecían los girondinos, 35% de los diputados, ¡ahora a la derecha de la cámara! Sus hombres continuaban siendo Brissot, Petión, Buzot, Isnard de Grasse, Condorcet, Vergniaud, Guadet…Individualistas, deístas o ateos, cultos y epicúreos, republicanos muchos de estos provincianos y partidarios de la guerra de propaganda, se decían no insensibles al sufrimiento popular, pero desconfiaban de los movimientos del pueblo de París. Sus adversarios les acusaban de “aristócratas” y de “federalistas”. Sus lugares de reunión pasaron a ser salones como el de madame Roland, donde alimentaban sus rencores contra la Comuna y los jefes de “la Montaña”.

En el centro estaban aquellos que los demás llamaban despectivamente “la Plaine” o “le Marais”(el pantano o el marjal), con algo más de la cuarte parte de la representación; entre ellos se encontraban oportunista como Grégoire, Cambacérès y Siéyès. Apoyarán a unos u otros, según el viento de su interés o su miedo.

Y a la izquierda, aquellos que, por sentarse en la parte alta de la Asamblea, cercanos a los sans-culottes y a las verduleras, poissardes y tricoteuses que venían a instalarse en las galerías, dieron en llamar montagnards. Poco importaba si aquella minoría mayoritaria tenía apenas un 40% -¡de qué manera obtenido, con la calle a su servicio!-  En sus filas había hombres como Carnot, gran talento en la organización militar; Georges Couthon, abogado llegado de Clermont en su silla de paralítico (hoy conservada en el museo Carnavalet de París); el enigmático Saint-Just, con veinticinco años entonces, desbordante de pasión bajo su máscara de frialdad flemática y que a tanta gente enviará al cadalso; el médico Marat, entre sardo, francés y suizo, muy popular en París, cuyo periódico L’Ami du Peuple pedía a diario sangre y cabezas; y, sobre todos ellos, Robespierre y Dantón.

Los hombres de “la Montaña”, cuya diversidad aflorará implacable tras la caída de los girondinos, se distinguían de estos por su sintonía política con el bajo pueblo de París, su tenacidad y su proyecto de someter Francia entera a un gobierno férreamente centralizado; y no se detendrán ante ningún escrúpulo, cuando una medida audaz les parezca necesaria a la salvación nacional, que ellos se pretendían los únicos capacitados para definir.

Y aquella Convención comenzó votando por unanimidad, el 21 de septiembre de 1792, la abolición de la realeza.

Después de Valmy, Lille resistió. Dumouriez derrotaba a los austríacos en Jemmapes y ocupaba Bélgica como Dantón venía preconizando; Custine tomaba Maguncia y Francfort; Montesquiou invadía Saboya (que será anexionada), y d’Anselme entraba en Niza. Y el 19 de noviembre, aquellos convencionales, que buscaban darle a Francia sus fronteras “naturales”, el Rin y los Alpes, decidían conceder su apoyo, en adelante, a los pueblos que quisieran luchar por su libertad (cruzada que acabará transformándose en simple guerra de conquista y despojo). Después de Saboya, Bélgica y los países renanos correrán la misma suerte en marzo de 1793.

¿Tenía la Convención competencia para juzgar a Luis XVI? Para Saint-Just y Robespierre, tal proceso era de naturaleza política. El de Arras pedía un proceso expeditivo y ponía en duda el derecho del reo a defenderse.

Desgraciadamente para los intereses del monarca, el descubrimiento en las Tullerías de un armario metálico, oculto en una pared de sus apartamentos, iba a hacer inevitable el proceso. En vez de negarles cualquier competencia a sus jueces, Luis Capeto –como era llamado ahora-, adoptó desde el inicio de los debates en diciembre de 1792, una actitud decepcionante, discutiendo la existencia de unos documentos que le ponían ante los ojos y que establecían su trato con los soberanos en guerra contra Francia. Los girondinos trataron de salvarle, extendiendo la causa al duque de Orleáns -primo del rey que se sentaba entre los jacobinos con el nombre -¡vivir para ver!-, de Philippe Égalité-, y reclamando luego que el recurso de la sentencia le fuera sometido al pueblo soberano.

El 17 de enero, Luis fue condenado a muerte por la escasa mayoría de 387 convencionales, de los 721 presentes y votantes. El 3 de diciembre anterior había dicho Robespierre: ”¡Luis ha de morir, porque la nación tiene que vivir!”  Y Danton: “Si los monarcas de Europa nos amenazan, nosotros deberemos plantarles cara; echémosles como desafío la cabeza de un rey”.

Malesherbes, protector de los “filósofos” y de la Enciclopedia, que había regresado del exilio para encargarse de su defensa, acabará él mismo bajo la cuchilla.

Después de haber dejado testamento, fechado en la torre de la prisión del Temple el día de navidad de 1792, Luis XVI fue ejecutado el lunes 21 de enero siguiente en la que llamaban “place de la Révolution” (hoy de la Concordia ).

Mil gritos de “Vive la République!”, “Vive la Nation!”, “Vive la Liberté!” saltaron entonces al aire de aquella fría mañana parisiense, mientras el verdugo mostraba a la muchedumbre la cabeza del “tirano”. Voluntarios y curiosos vinieron a teñir sus picas y a empapar pañuelos en su sangre, como rito atávico y cruel.

Luis XVI murió con más decoro que aquel que mostrarán en su propia vida muchos de sus verdugos. Su cabeza, lanzada a la Europa atónita, era, efectivamente, un desafío a todos los soberanos y una singular lección también. Atrás quedaba el optimismo racionalista de cincuenta años de Ilustración que, desde Queluz hasta San Petersburgo, había impulsado la Corona.

Aquella primera coalición, provocada por la política de conquista de la Revolución francesa, quedó consolidada tras la ejecución del rey. A Prusia Austria y Cerdeña, vinieron a unirse Holanda, España e Inglaterra, a quienes la Convención declaró la guerra la primera. Fueron luego Rusia y los principados italianos y alemanes. Inglaterra, resuelta a no permitir a Francia su instalación en la desembocadura del Escalda, fue la inspiradora de aquella coalición, cuyos ejércitos financió.

Dumouriez fue vencido en Neerwinden el 18 de marzo de 1793 y hubo de evacuar toda Bélgica; intimado a comparecer ante la Convención, el girondino tomó la decisión de pasarse a los enemigos de la Revolución, no sin entregar a los austríacos, a primeros de abril, al diputado Camus y a quienes, con él, venían a significarle aquella orden mortal. En julio cayó Valenciennes, y Maubeuge fue bloqueada, mientras los ingleses asediaban Dunkerque. Por su lado, el general conde Armand de Custine, ex-diputado de la nobleza lorena adherido a la Revolución, evacuaba las tierras del Rin ante el avance prusiano, dejando en Maguncia una guarnición en cuya defensa iba a distinguirse Kléber. Custine fue llamado a París, también él, y ejecutado el 28 de agosto. Su hijo François de Custine, joven militar que servía en el ejército de su padre, será ejecutado en enero siguiente.

Por el sur, los españoles invadían el Rosellón.

La guerra civil vino a añadirse a partir de la primavera de 1793. Mientras que los burgueses de las ciudades, los bleus, se mostraban generalmente favorables a la Revolución, en Vandea, Bretaña, Normandía…, los campesinos la odiaban, asistían al culto católico clandestinamente y ocultaban a los curas refractarios; la ejecución del rey y aquel decreto de la Convención de febrero, que ordenaba una leva de 300.000 “voluntarios”, fueron para ellos razones definitivas de ira y de rebelión. Así se formaron bandas, bajo la dirección de hombres resueltos y sencillos como Cathelineau, o Stofflet. Y los nobles accedieron, finalmente, a asumir el mando: d’Elbée, Bonchamp, Charette, transformaron las cuadrillas armadas en pequeños ejércitos. Y aquella guerra que ahora se abría iba a quedar marcada por atrocidades en ambos bandos.

El aumento de los precios y la desvalorización continua del asignado, la falta de trabajo y el mal avituallamiento de las grandes ciudades, venían provocando la miseria y la cólera popular. Algunos jefes, a los que llamaban enragés (exaltados) reclamaban el terrorismo económico.

Muy comprometidos tras la defección de Dumouriez, los girondinos no pudieron impedir que la Convención votase un cierto número de decretos: confiscación de los bienes de los emigrados, mayor restricción aún de la libertad de prensa, envío de “représentants en mission” a los departamentos y a los ejércitos, tasación del precio del grano y empréstito forzoso a los ricos de mil millones de libras. Y, sobre todo, la creación de un Tribunal révolutionnaire por ley de 10 de marzo de 1793, a propuesta de Dantón, Lindet y Levasseur, y de un Comité de Salut Public el 6 de abril siguiente, cuyo animador fue Dantón.

Al Tribunal revolucionario (como también a las sesiones de la Convención), acudía, como quien asiste a un espectáculo, un variopinto mundillo enardecido de mujeres de los faubourgs, que la Comuna pagaba para que vinieran a hacer bulto; las llamaban “tricoteuses”, pues se dedicaban a las labores de costura que traían de casa o hacían calceta, mientras abucheaban ruidosamente hasta el desorden, o insultaban con gritos de muerte desde las tribunas a los diputados considerados moderados, o a los acusados en los juicios.

Un tenso pulso vino a establecerse entonces entre los brissotinos, que contaban con numerosos partidarios en los departamentos  y los de “la Montaña”, apoyados por la Comuna y decididos a agitar la permanente amenaza de la revuelta callejera. Robespierre, Marat y las secciones de la Capital arreciaron sus ataques; Camille Desmoulins lanzó un panfleto que llamó “Histoire des brissotins”, tratándoles de agentes al servicio del inglés Pitt. Y estos replicaron, pidiendo la acusación de Marat (que fue absuelto el 24 de abril por el Tribunal Revolucionario). Luego los girondinos lograron la formación de una comisión de encuesta que mandó detener a varios miembros de la Comuna.

Rotos ya los puentes con los federalistas, el fluctuante Dantón va a aceptar el sangriento golpe de Estado contra esa corriente, que protagoniza Hanriot el 31 de mayo de 1793.  Ese día, una insurrección, que un comité secreto dirigía, reclamó la detención de sus jefes. Y el 2 de junio, la Convención fue rodeada; los diputados, con su presidente Hérault de Séchelles a la cabeza, intentaron abandonar la sala; pero la orden del comandante de la Guardia nacional Hanriot: -¡Artilleros, a los cañones!-, les obligó a reanudar la sesión para, al final, verse en la obligación de decretar el prendimiento de veintidós girondinos. El resto de aquella corriente no volvió a aparecer por la Asamblea. Entre ellos estaba el hasta ayer popular Petión, ex-alcalde de París; pero el represor de los refractarios, el cómplice de las degollinas de septiembre de 1792, no tenía hacia donde huir ni qué frontera cruzar: acabará suicidándose por tierras de la Gironda junto a su compañero Buzot, el 18 de junio de 1794.

Y es que aquella revolución de los derechos humanos parecía  volverse dictadura impulsiva de la plebe, exasperada por la miseria y que azuzaban desde la Comuna Hébert y Chaumette.

Aquellas jornadas del 31 de mayo y 2 de junio de 1793, protagonizadas por los hebertistas, vinieron a asegurar definitivamente el triunfo de “la Montaña”, el poder de Robespierre y el servilismo aterrorizado de la Convención. Pero en torno a Caen, en Normandía, en Vandea, en Bretaña y en la Gironda, los proscritos de París pretendían organizar la resistencia. En Lyon, la insurrección había estallado ya el 29 de mayo, y en Marsella, los realistas pudieron derivar el levantamiento hacia su propia causa. Córcega expulsó a los partidarios de Francia y abrió sus puertos a los ingleses, seguidos en ello por los monárquicos de Tolón, que reconocieron a Luis XVII y acogieron a una flota de ingleses, españoles y napolitanos. Sesenta departamentos se alzaron contra la Convención.

Y el 10 de agosto de este 1793, tenía lugar en el Campo de Marte de París, una fiesta que quisieron llamar de la régénération. Pero, ¿dónde estaban tantos hombres, herederos de las Luces, que con su fe optimista, hasta el patíbulo muchos, habían llegado a París desde sus provincias en aquella irrepetible primavera de 1789, para alumbrar entre todos una Francia más amable, más libre y más justa? Ubi erant? En el exilio, proscritos, perseguidos o ya muertos.

Mujer arrastrada hasta el patíbulo
El Terror. Mujer arrastrada hasta el patíbulo

El jueves 11 de julio, había llegado a París, desde su Normandía, cierta joven que pedía ser recibida por Jean-Paul Marat, a quien –decía ella- tenía importantes revelaciones que hacer. El sábado 13 fue recibida por el político y publicista, en su domicilio de la rue Saint Dominique. Le encontró en su bañera donde, para tratarse de cierta afección de piel, pasaba habitualmente varias horas al día, que aprovechaba para escribir sobre un tajo de carnicero y para despachar. Empezó hablándole de cierto pretendido complot que agitaba la región de Caen y el político prometió que todos los conspiradores acabarían en la guillotina. En eso estaban cuando, sin más palabras, la joven sacó un cuchillo y le asestó varias puñaladas…Aquella escena quedará como uno de los hitos pictóricos de David, y la acción misma, por la personalidad de la víctima y las circunstancias que concurrieron en su muerte, va a provocar por toda Francia una profunda conmoción. Marat se convertía en mártir, y su justiciera, en heroína para otros. Era Charlotte Corday. Ferviente lectora de Plutarco y de los clásicos del siglo, entusiasta de los primeros pasos de la Revolución, era descendiente del gran Corneille; de simpatías girondinas, había retrocedido con espanto, viendo el cariz que tomaban los acontecimientos.

Trasladada a la prisión de l’Abbaye y juzgada el 16, subió al suplicio con entereza el 17 de julio en la plaza de la Revolución, “avec le costume des assassins” –decía Le Journal de París-, es decir la camisa roja de los parricidas. Diez días después, mademoiselle Corday d’Armont hubiera cumplido veinticinco años.

En ningún momento la situación había aparecido más comprometida para los intereses revolucionarios, que en este verano de 1793. Incesantemente hostigada por delegaciones amenazadoras de sans-culottes, la Convención corría el riesgo de verse desbordada. Después de la caída de la Gironda, se habían votado unas nuevas reglas políticas, con un Consejo ejecutivo débil de veinticuatro miembros y un legislativo preponderante, de donde emanarían leyes, como simples “propuestas” que deberían someterse a la sanción de los ciudadanos. Muy impregnadas por el espíritu del “ordeno y mando”, proclamaban, eso sí, el derecho al trabajo, a la instrucción, a la asistencia y a la insurrección, “cuando el gobierno viole las leyes del pueblo”.

Aquella Constitution de l‘An I [de la República], promulgada el 10 de de agosto, tenía la pretensión de agradar a la extrema-izquierda como a los sectores girondinos; pero, en cualquier caso, las circunstancias iban a hacerla inoperante, porque aquellos convencionales van a poner el terror legal a la orden del día, tras las jornadas populares de los días 4 y 5 de septiembre, y a decretar el 10 de octubre, que el gobierno sería “révolutionnaire jusqu’à la paix”.

Santerre - Revolucion francesa
Santerre, comandante de la Guardia nacional (BnF).

Nunca Francia había conocido un gobierno tan centralizado; todo partía del Comité de Salvación Püblica y volvía a él. El mismo equipo será elegido, una y otra vez, durante un año, distinguiéndose en su seno, “técnicos” como Carnot, que dirigía la guerra, Prieur de la Côte d’Or el armamento, o Jean Bon Saint-André la marina, y “políticos” como Robespierre, Couton y Saint-Just, que se ocupaban de política general, Collot d’Herbois y Billaud Varenne de la comunicación con los departamentos, y Barère de la diplomacia. Subordinados a este órgano supremo estaban los ministros del Comité Exécutif Provisoire.

Al comité de Seguridad General incumbía la búsqueda de sospechosos y la policía general, uno de cuyos miembros era el oportunista David,¡ (que acabará pintando a Napoleón y un día a la burguesía belga). Los comités revolucionarios ordenaban las detenciones y extendían también certificados de civismo. Dictaba justicia el Tribunal revolucionario, compuesto de sans-culottes, con su acusador público Fouquier-Tinville.

Revolución francesa. Fouquier Tinville
El fiscal Fouquier-Tinville (Estampa, Fr. de Bonneville, 1796, BnF)

Miembros de la Convención fueron enviados a los departamentos y a los ejércitos con amplios poderes. Algunos de estos procónsules dejarán un siniestro renombre de sevicia, allá por donde pasaron: Lebon en Arras, o Fouché, el frenético mitrailleur de Lyon, secundado por Collot d’Herbois; allí empezó el que luego será ministro de la policía de varios regímenes a hacerse rico; o Carrier, que sometió Nantes a un indiscriminado terror, desde octubre a febrero de 1794, y que mandó ahogar en el Loira a miles de personas. O Tallien, enviado a Burdeos como miembro del Comité de Seguridad General, que ejercerá aquí su ferocidad, antes de quedar transfigurado por el amor, que diría un lírico; y es que en los calabozos encontró a la aterrada Teresa Cabarrús, hija de aquel financiero y político español de origen francés Francisco Cabarrús, bien retratado por Goya. La española cayó en brazos de Tallien como quien suscribe una póliza, y fue para bien, porque gracias a su ascendiente, él fue mostrando mayor clemencia, aun afectando, por seguridad personal, un ardor revolucionario a prueba de acusaciones.

Los ricos fueron impuestos con un nuevo y fuerte empréstito forzado y, para asegurar el abastecimiento de las ciudades, la amenaza de muerte empezó a pesar sobre los acaparadores. La loi des suspects, o de sospechosos, de septiembre de 1793, iba dirigida contra aquellos que, sin haber cometido actos reprensibles, eran considerados capaces de cometerlos. Y la suspición llegó a límites insoportables. No era saludable, desde luego, guardar vino de España en su bodega, a riesgo de poder ser acusado de confabulación con el enemigo. Los decretos de ventoso (febrero/marzo, 1794) que inspiró Saint-Just y que los acontecimientos impedirán llevar a efecto, prescribían un vasto plan de expropiaciones, de las que serían objeto las tierras de los enemigos de la Revolución y beneficiarían a los indigentes.

En el transcurso de este otoño de 1793, el Tribunal revolucionario condenó a muerte, además de a multitud de gente anónima, a María-Antonieta, “la viuda Capeto”; a Bailly, astrónomo famoso y ex-alcalde de París, y a los girondinos detenidos desde el 2 de junio, con su ninfa Egeria madame Roland; al siempre intrigante Philippe-Égalité, el 6 de noviembre, que así pagaba la abyección de haber votado la muerte de su primo por ambición; a la Du Barry; y a madame Élisabeth, hermana del rey; mientras Hébert en su Père Duchesne ensalzaba a santa Guillotina. “¡Oh, libertad, cuántos crímenes se cometen en tu nombre!” –dijo madame Roland, camino del cadalso.

El terror se hizo también antirreligioso, continuó la persecución de curas refractarios y los mismos juramentados dejaron de ser sostenidos por las autoridades; algunos representantes en misión tomaron la iniciativa de cerrar las iglesias, “antros de superstición”.

Un calendario anticristiano vino a sustituir al gregoriano en octubre de 1793. Arrancaba con el equinoccio de otoño, de él desaparecían los domingos y la vieja septimana daba paso a la década, que introducía un nuevo compás temporal en la vida de la nación. A los niños se les obsequió entonces con nombres sacados del reino vegetal, o de héroes o personajes greco-romanos, como Bruto o Agrícola. Y todo cuanto llevara nombre de santo desapareció hasta límites obsesivos: Saint-Tropez fue Héraclée y Saint-Étienne Armes; la isla Saint-Louis que forma el Sena en París pasó a llamarse de la Fraternité y los parisiennes faubourg Saint-Germain y Saint-Antoine fueron Germain y Antoine.

Desfiles grotescos de sans-culottes, revestidos con atributos sacerdotales, recorrían las calles y se incitaba a los eclesiásticos a renegar de su condición y formar familia. El 10 de noviembre de 1793, en la ci-devant catedral de Notre-Dame, ahora “Temple de la Raison”, se había celebrado una ceremonia dedicada a la diosa de idem, mientras una bailarina de la Ópera, con sus posaderas en el altar, pretendía encarnar la Libertad. La Comuna aprobaba, pero ya Dantón y Robespierre consideraban que se estaba yendo demasiado lejos por el sendero del ateísmo.

En lo militar, los jefes considerados pusilánimes padecieron guillotina y fueron sustituídos por jóvenes oficiales destacados por su arrojo o talento, ascendidos a generales, mientras Carnot prescribía la ofensiva a ultranza, fundamentada en la superioridad demográfica de Francia. Fue el 23 de agosto cuando la Convención decretó la leva en masa de todos los jóvenes varones de dieciocho a veinticinco años: la República dispondrá en adelante de efectivos considerables para la época, con cerca de 600.000 hombres en diciembre. Los antiguos batallones de militares de carrera fueron “amalgamados” con voluntarios en medias brigadas, a las que los veteranos se esperaba que aportasen experiencia y los jóvenes entusiasmo.

Y sabios como Monge y Berthollet pusieron su ciencia al servicio de la industria de guerra.

Ya desde el verano de este 1793 había quedado sofocada la insurrección girondina de Normandía, con la región de Burdeos sometida en septiembre. Lyon resistió hasta octubre, para sufrir luego una indecible represión.

En el Oeste, se venían prolongando los éxitos del ejército catholique et royal, favorecidos por la incapacidad de sus adversarios. Pero pronto se vieron enfrentados a los aguerridos soldados venidos de Maguncia con Kléber. Después de la derrota de Cholet, al mando de La Rochejaquelein, los vandeanos fueron aplastados en Le Mans el 13 de diciembre cuando intentaban embarcar hacia Inglaterra, y una feroz represión se extendió entonces, desde Vandea a Nomandía.

Partidas armadas resueltas a todo, como la de François de Charette, continuaron la guerrilla.

Charette, François
Charette, general del ejército católico y real, nacido en Couffé en 1763, fusilado en Nantes el 9 Germinal, Año IV (Traducimos). Estampa de 1796 (BnF).

En la primavera de 1794, los ejércitos de la República pasaron a la ofensiva: los sardos ya habían sido expulsados del condado de Niza, y los españoles lo serán más allá de los Pirineos; Jourdan se alzaba con la victoria de Fleurus  el 26 de junio de 1794, y Bélgica quedaba otra vez a merced de la República.

Unidos en lo más apretado del peligro, los de la Montaña habian comenzado a dividirse cuando, a partir de diciembre de 1793, vino a mejorar la situación. Los seguidores de Chaumette y de Hébert, casi todos del club de los Cordeliers recibían sus apoyos de la Comuna y de algunos convencionales como Carrier y el ex-cómico Collot d’Herbois (bufón -había dicho de él el poeta André Chénier- que, al pasar a la política, sólo había cambiado de tablas). Incitaban a la descristianización y reclamaban más terror. Por el contrario, los “indulgentes”, como Dantón y Camille Desmoulins -cuyo diario Le Vieux Cordelier comenzó a atacar violentamente a los hebertistas-, estimaban que el terror debía cesar, y propugnaban la apertura de negociaciones para el restablecimiento de la paz exterior.

Robespierre pensaba que los primeros conducían al país a la anarquía, y que Dantón y sus seguidores, al preconizar prematuramente la distensión, comprometían la recuperación interna y externa.

En marzo de 1794, Hébert y sus principales seguidores fueron llevados ante el Tribunal Revolucionario, condenados como agentes del extranjero y ejecutados el 24.

Pero la ejecución de la facción hebertista no termina reforzando a los dantonistas, sino a aquellos montagnards que saben sacar mejor partido de la situación.

Apenas una semana después, recayendo sobre Dantón sospechas de entendimiento con la Contrarrevolución, implicado en los escándalos financieros ligados a la liquidación de la Compañía de Indias y acusado de enriquecimiento excesivamente rápido, acabó siendo detenido en la noche del 29 al 30 de marzo y enviado a la prisión del Luxemburgo, junto a especuladores y aventureros.

Demasiado venal, gozador y vitalista para que Robespierre le estimase, al ser avisado de su inminente detención, Dantón creyó que podría hacer frente a sus ahora enemigos:

-Ils n’oseront pas!

Pero se atrevieron. Tres días después comparecía ante el terrible Tribunal révolucionnaire donde oficiaba como fiscal Fouquier-Tinville, al mismo tiempo que otros coacusados cercanos a él, y junto a algunos personajes del turbio mundo del agio.

Le ejecutaron el 5 de abril de este 1794 (16 Germinal, Año II), con Camille Desmoulins, Fabre d’Églantine, Hérault de Séchelles…

Camino del suplicio, aquel  al que, no hacía mucho, llamaban“athlète de la liberté” desplegó toda la fuerza de su carácter hasta el último momento. Y al pasar por delante de la rue Saint-Honoré, donde vivía ”el Incorruptible”, en un  arranque que infundió espanto entre los gendarmes que acompañaban las carretas, logró erguirse de su banco y gritó, volviéndose hacia las ventanas:

-¡Pronto nos seguirás, Robespierre, y tu casa será arrasada, y sobre ella echarán sal!

La eliminación de Dantón y de los indulgentes les daba entonces todo el poder a los montagnards, pero también hacía temblar a la generalidad de los diputados el inmenso y discrecional poder de Robespierre en adelante: “El terror no es más que la justicia pronta, severa e inflexible; y en consecuencia una emanación de la virtud; es una consecuencia del principio general de la democracia…”; lo había dicho Robespierre en un discurso del 5 de febrero anterior.

El 3 de marzo de 1794, en pleno terror, Saint-Just había dicho en la Asamblea : Le bonheur est une idée neuve en Europe!

Aquel al que ya trataban en los corrillos unos de monstruo, otros de loco, se convertía así en el amo y señor de un país con la sangre en los talones y más muerto que vivo, apoyado por Saint-Just y Couthon. Era la dictadura robespierrista, la más temida y totalitaria que nunca se había producido en la historia de Francia. El pueblo de Paris ya no vendrá de los suburbios en auxilio del gobierno.

El 7 de mayo, la Convención decretaba y organizaba el Culto del Ser Supremo, por orden de Robespierre, hostil, tanto a las religiones reveladas como al materialismo; religión vagamente deísta, que buscaba darle un fundamento moral a la República. Algunos vieron en ello la señal de nuevos sentimientos. Pero aquel retorno a la “superstición” hubo de enfrentarse a los sarcasmos de muchos políticos instalados: “¡El bribón, no contento con ser el amo, ahora quiere también ser Dios!”. Había escapado a dos atentados entre los días 22 y 24 de mayo.

Pero ya el Comité de la Seguridad General –con Vadier a la cabeza-, venía soportando con creciente irritación las intrusiones del Comité de Salvación Pública, que pretendía dictarle las ejecuciones. Los miembros de éste preparaban las leyes que la Convención votaba sin rechistar. Y la ley del 22 pradial (10 de junio de 1794), que Couthon propuso, hizo aún más expeditivo el proceso judicial, al suprimir la audición de testigos y los informes de la defensa. Sólo de abril a julio, el Gran Terror provocó dos mil cien víctimas: el poeta André Chénier, el sabio Lavoisier…; pretendidas conjuras permitían enviar al cadalso carretas de detenidos y aliviar el hacinamiento de las prisiones. Era una orgía de sangre y de locura, mientras en los muros de los edificios públicos los Derechos del Hombre y del Ciudadano recordaban con sarcasmo aquéllos naturales e imprescriptibles que hablaban de seguridad, de resistencia a la opresión y de que nadie debería ser inquietado por sus ideas política o religiosas…

Era Robespierre, por estas fechas, un hombre poderoso pero paradójicamente aislado; desdeñaba las sesiones de la Convención, después de las resistencias encontradas allí, y tampoco se le veía por el Comité de Salvación Pública, donde sabía que tenía ya enemigos; sólo aparecía por el club de los jacobinos, donde seguía tronando contra los bribones y todos los concusionarios que deshonraban a la República.

Tanto terror hasta la náusea atemorizaba a todos y crispaba hasta lo insufrible, y en París reinaba la asfixiante mística de la virtud impuesta. Las victorias de la primavera hacían aún más insoportable aquel clima general de persecución y de sospecha, mientras temían por su cabeza representantes en los departamentos, llamados a París para dar explicaciones, como Fouché, Carrier, Tallien, Barrás o Frerón.

Pero ya algunos diputados venían reuniéndose discretamente para encontrar el medio de derrocar a los Comités y darle a la Convención su independencia.

Octidi, 8 termidor. Esa mañana, en su modesto alojamiento, el ciudadano representante acaba de salir de las manos de su barbero; se cala unas antiparras, coge algunos papeles, baja la escalera de madera que da al patio y sale a la rue Saint-Honoré, protegido por algunos mozos del taller de su huésped, para recorrer los ochocientos metros que le separan de la Convención Nacional.

Cuando, una hora después, l’Incorruptible sube a la tribuna con un vago y amenazador discurso, no sabe que ésa será su última vez.  Quiso responder a los reproches que se le dirigían de aspirar a la dictadura y denunció él mismo maquinaciones urdidas “por los sucesores de los Hébert y los Dantón”. La impresión del discurso, escuchado en un profundo silencio, no fue aprobada, esta vez, por la Asamblea; era un sombrío presagio.

También Couthon reclamó ese día: “¡Hay seres inmorales (…), la Convención, en su mayoría, es un ejemplo de la perfección humana, pero desconfiad de los intrigantes!”

Y todos se sintieron aludidos. En la noche misma del 8 al 9, por instigación de los más inminentemente amenazados, Vadier, Tallien y Fouché, los oponentes reaccionaron y se ganaron enseguida a la mayoría de los convencionales, para una conjura de obstruccionismo parlamentario.

En la sesión del día siguiente, después de Vadier y de Cambon, Barère, en nombre de los Comités, acusó de dictadura a Robespierre el mayor y a Saint-Just. De diversas partes de la sala partían gritos de A bas le tyran! El presidente Collot d’Herbois le impedía responder, agitando frenéticamente su campanilla.Y fueron luego Tallien y Billaud-Varenne, mientras el Incorruptible se desgañitaba, dirigiéndose a lo que él llamaba la parte sana de la Convención: ¡La República está perdida, los bandidos triunfan!  En lo cual tenía razón. Otras veces se sumía en el silencio, sintiéndose -eterno acusador hasta entonces-, en posición de acusado.

Desde el inicio de la tumultuosa sesión, Saint-Just había venido a la tribuna una y otra vez, a pesar de las interrupciones de la presidencia, para reanudar, entre voces y pataleos, un discurso que intentaba inútilmente hilvanar.

Cerca de cuatro horas duró aquella que más tenía de barahúnda que de sesión parlamentaria. A la Convención habían ido llegando, intimidatorios, señalados jacobinos de París, jueces y jurados del Tribunal revolucionario y el estado mayor de Hanriot; pero la Asamblea acabó decretando la encarcelación de un Robespierre ya extenuado, de su hermano (que pidió correr la suerte de sus hermano), y de Lebas. Saint-Just y Couthon fueron añadidos. No habían sonado aún las tres de la tarde de aquel caluroso día de julio cuando ya los curiosos abandonaban las tribunas precipitadamente para llevar a las secciones la formidable noticia.

Conducidos a prisión, pero liberados por sus partidarios, los procesados fueron a refugiarse en el seno de la Comuna, mientras a Hanriot se le daba orden de bloquear con sus cañones la Convención.

Mientras esto sucedía, el meticuloso Robespierre no se resolvía a convertirse él en cabecilla de una ilegalidad republicana. Sólo tardíamente se decidió a lanzar una llamada al peuple de Paris, es decir a los arrabales del Este de la Capital, y la Comuna tocó a rebato.

Sustraerse al decreto de prisión significaba la declaración automática de hors-la-loi, fuera de la ley, de Maximiliano Robespierre, y su ejecución sin juicio. Es lo que estaba sucediendo en la Asamblea, en esta noche del 9 termidor. La noticia empezaba a circular, y Hanriot vino a defender la plaza del Hôtel de Ville y a los rescatados. Un bochorno sofocante venía pesando sobre la Capital desde mediodía. Hacia las diez de la noche, los rebeldes contaban ya con un contingente de artillería, muy superior a aquel del que disponía la propia Convención; pero los suburbios se desentendían ya de la suerte de un gobierno que les abastecía mal y les imponía el máximo en los jornales.

Paul Barrás, a quien la Convención ha encomendado su defensa, ha conseguido reunir la única fuerza armada con la que puede contar, a la que han venido a adherirse las secciones moderadas, y llega a la plaza de Grève, sede de la Municipalidad, hacia las dos de la madrugada del 10. Ya para entonces la mayor parte de los guardias nacionales y de los cañoneros han ido abandonando el lugar, cansados por las largas horas de espera sin recibir órdenes concretas, y dispersados todos, al final, por una violenta tormenta que terminó descargando sobre París.

Las fuerzas de la Convención irrumpen entonces en la sala del Consejo general donde se encuentran los proscritos. Mientras alguien arrojaba escaleras abajo al tullido Couthon con su silla, Augustin Robespierre, el joven, intentaba huir por una ventana, Hanriot se escondía en un retrete y Philippe Lebas se descerrajaba un tiro en la sien; y, antes de que unos minutos después llegue Barrás, un pistoletazo acaba de destrozarle a Robespierre la mandíbula inferior, ya sea que él también haya intentado suicidarse, o que un gendarme de significativo nombre, Merde -que luego se jactó de ello-, haya disparado sobre él.

La Comuna fue vencida y la Convención parecía recuperar su soberanía. No había tiempo que perder, un Robespierre moribundo fue arrastrado, finalmente, hasta lo alto del patíbulo, seguido por sus cómplices en tantos crímenes, considerados todos ahora traîtres, traidores a la Patria. Anochecía el 10 termidor.

Los periódicos del primidi 11 thermidor (29 de julio), daban la lista de los condenados a muerte del día anterior por el Tribunal revolucionario: Robespierre y su hermano Augustin, Couthon, Hanriot, Saint-Just…Y así hasta veinticuatro nombres. El 11 fue el turno de trece miembros más del Consejo general de la Comuna, y el 12 otros quince individuos acabaron con su cabeza en el cesto del serrín.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

ANDRÉ, Jacques: La Révolution fratricide; París, P.U.F., 1993 (punto de vista psicopatológico).
BACZHO, Bronislaw: Comment sortir de la Terreur. Thermidor et la Révolution. Gallimard,
1989.
BERTAUD, Jean-Paul: La vie quotidienne en France au temps de la Révolution (1789-1795);
Hachette, 1983 y posteriores.
GUENIFFEY, Patrice: La politique de la Terreur. Essai sur la violence révolutionnaire (1789/1794) Paris, Fayard, 2000.
MATHIEZ, Albert: Girondins et Montagnards, études d’histoire révolutionnaire, Fermin Didot,
1930.
PALMER, Robert Roswell (1909-2002): Le Gouvernement de la Terreur. L’année du Comité
de Salut Public
. Armand Colin, 1989, 368 p. (traducido del inglés americano).

Algunos títulos sobre Robespierre en particular:

BOULOISEAU, Marc: Robespierre; París, P.U.F., “Que sais-je?”, 1956 (existe traducción
española publicada en Buenos Aires, 1961).
GALLO, Max: Maximilien Robespierre, histoire d’une solitude; París, Gallimard, 1984; reed.
Plon, 1994.
LEUWERS, Hervé: Robespierre; Paris, Fayard, 2014.
MARAND-FOUQUET, Catherine: Robespierre et la Révolution; Paris, Denoël, “l’Histoire de
France”, 1989, 128 p.
MATHIEZ, Albert: Études robespierristes, 1717-1918; Paris, Armand Colin, 2 vols.
WALTER, Gérard (1896-1974): Robespierre; París, Gallimard, 1961 (definitiva versión de su
primer Robespierre de 1946); reed. en 1989 bajo Maximilien de Robespierre.

… En  filmografía, además de los numerosos films que han querido evocar la Revolución a lo largo del tiempo, tenemos “Un peuple et son roi”, de Pierre Schoeller, salido en 2018, que pretende darles a las mujeres (signe des temps!) un protagonismo que dicen que tuvieron, ¡Al César lo que es del César! Catherine Pochetat, Marie Charpentier, Pauline Léon…