Revolución Francesa – Asamblea legislativa (1791-1792)

REVOLUCIÓN FRANCESA II: Asamblea legislativa y Monarquía constitucional (octubre de 1791-agosto de 1792)

Después de la aventura de Varennes en junio anterior, Luis XVI había quedado restablecido en sus altas funciones, una  vez que hubo jurado la constitución revisada aquel 14 de septiembre de 1791, aunque, de hecho, asignado a residencia en el palacio de las Tullerías, bajo fuerte vigilancia, lo que llamaban “surveillance du peuple”, y con muy escasa libertad de movimiento.

A propuesta de Robespierre, la Asamblea había decidido que los constituyentes no podrían sentarse en los escaños de la nueva Legislativa. Y el 30, aquellos diputados, persuadidos de haber triunfado a la vez contra el Antiguo Régimen y el extremismo de izquierda, se habían separado a los gritos de Vive le Roi!, Vive la Nation!

Mientras el papel de los clubes iba en aumento, elegidos a doble vuelta después del episodio de Varennes, muchos de aquellos provincianos, jóvenes o muy jóvenes la mayoría, venidos en la diligencia del fondo de las provincias, traían un pronunciado sentimiento de desconfianza hacia Luis XVI y, muy particularmente, hacia la reina.

Ausentes ya aquellos brillantes nombres de la grandeza nobiliaria y la eminencia eclesiástica, que habían dado lustre y prestigio a la Constituyente, los 745 diputados llegados con la constitución de septiembre, eran hombres nuevos con algún representante del viejo enciclopedismo, tal Condorcet.

Se reunieron por primera vez el 1 de octubre siguiente.

      A la derecha, más de 250 feuillants pretenderán atenerse a la estricta aplicación de la constitución votada. Eran aquellos moderados pertenecientes o cercanos al club surgido después del tiroteo del Champ-de-Mars en julio de 1791, hostiles a la deposición de Luis XVI y firmes partidarios de una monarquía constitucional, sus posiciones se expresaban en los órganos “Le Logographe” y “L’Indicateur”.

En el centro, la mitad de la Asamblea formaba una masa indecisa de cerca de 350 independientes, que empezaron a llamar, despectivamente, la plaine o el marais, acobardados siempre por la presión del arrabal y que irá de uno a otro extremo, según las circunstancias.

A la izquierda (140 diputados aproximadamente) se situaban los que llamarán brissotins, –porque seguían a aquel Jacques Pierre Brissot, panfletista y polígrafo activo y embrollón, que había viajado y pasaba por un oráculo en política exterior, conocidos también por girondinos –siguiendo el nombre que luego les dará Lamartine-; intérpretes de la pequeña burguesía instruída, venidos algunos de la Gironda. Descreídos la mayoría, se reunían en el club de los jacobinos y en algunos salones como el de Manon Philipon (conocida por madame Roland por su matrimonio con Roland de la Platière), lectora impenitente de Rousseau y de Plutarco, que le transmitía al grupo su entusiasmo y también sus aversiones.

Y, finalmente, aparecía la extrema izquierda que se beneficiaba del apoyo de los más turbulentos y, sobre todo, del que le prestaba la Comuna de París, que acababa de pasar a manos de Danton y de Pétion.

No hubiera parecido difícil, en esas condiciones, desgajar un bloque de apoyo a una línea de gobierno de centro derecha, pero la presión externa de los clubs y de la calle, unido a la rígida separación orgánica entre el poder ejecutivo y la Asamblea, van a formar mayorías efímeras, según las circunstancias, y a hacer extremadamente inestable la vida política durante la corta vigencia de la Legislativa.

Maximiliano Robespierre había vuelto a Arras y, a su regreso a París a finales de noviembre, la situación era ya distinta; los de la Gironda utilizaban el club de los jacobinos para influenciar a la Legislativa. Y es que, entre finales de 1791 y principios de 1792, las dificultades heredadas de la Constituyente se habían agravado: faltaba el azúcar, cuya llegada a Europa había quedado interrumpida por la rebelión de los esclavos de Santo Domingo, se saqueaban los mercados, menudeaban los asaltos a los convoyes de trigo, o eran los campesinos propietarios los que guardaban su grano a la espera de que subieran los precios.

Prisionera de sus convicciones en materia de libertad de circulación de mercancías y de precios, la Asamblea no intervenía. Sí quiso responder, por el contrario, a las provocaciones de los emigrados y a los tumultos religiosos que iban en aumento. En noviembre habían sido dictados dos decretos: contra los curas refractarios uno, y el otro intimando al conde de Provenza y a los emigrados a regresar a Francia, bajo pena de confiscación; muy pocos cometerán el error mortal de regresar. A ambos decretos Luis XVI opuso su veto suspensivo, lo que terminó de poner a la Legislativa en conflicto irreparable con el rey.

En París, los periódicos de extrema izquierda se desataban contra los réfractaires, los nobles, el rey –“Monsieur veto”-y la reina –l’Autrichienne-. Y la gente de los suburbios afectaba ahora en su lenguaje y en sus trazas una simplicidad de lo más “democrática”; se impusieron el tuteo (llamándose citoyen y no Monsieur), el gorro frigio, la carmañola o chaqueta corta y el pantalón, en vez del calzón (culotte), considerado aristocrático. Y en la primavera de 1792, los sans-culottes tomarán la costumbre de armarse con picas y de reunirse en sus secciones.

Los feuillants sólo esperaban ya el restablecimiento de la autoridad real con una intervención extranjera. De hecho, los partidarios de la guerra eran cada vez más numerosos: la mayoría de los moderados creía que la victoria le devolvería el prestigio perdido al rey constitucional; pero eran, paradógicamente, los girondinos sus más entusiastas valedores, pues, además de que obligaría al rey a “desenmascararse”, permitiría un derivativo a las dificultades internas; y con ello seguían los preceptos de Brissot que, en la guerra de propaganda, veía un instrumento para “liberar” a los pueblos.

En diciembre de 1791, Luis XVI aceptó que se dirigiera al elector de Tréveris un ultimátum para que dispersara a las tropas de emigrados. Además de Marat y Desmoulins, Robespierre, tras un momento de vacilación, defendió la alternativa de la paz y denunció las ambiciones de Brissot, porque pensaba que una derrota sería el final de la revolución, y la victoria subyugaría Francia a la autoridad del general victorioso, quería decir de La Fayette.

Y, crítico tenaz hasta entonces, Robespierre defenderá ahora la constitución de 1791, sospechando designios de ambición en ciertas voces reformista.

En febrero de 1792, Talleyrand fue enviado a Londres para sondear el ambiente y regresó convencido de que Inglaterra no intervendría en un eventual conflicto entre Francia y las potencias del continente, a menos que los Países Bajos austríacos fueran atacados.

El rey decidió, pues, en marzo siguiente, sustituir a sus ministros feuillants por un gabinete de “patriotas”; al girondino general Dumouriez se le confiaron los Negocios Extranjeros, y el Interior fue para Roland.

Los soberanos más ilustrados acabaron sintiéndose amenazados, y muchos de aquellos burgueses que habían manifestado su entusiasmo con los primeros actos de la Revolución, temieron pronto los excesos de la “democracia”. A partir de 1792, los gobiernos de Europa comienzan a coaligarse contra Francia y a reprimir en sus países la difusión de las ideas jacobinas. Y la contrarrevolución, alentada por los emigrados diseminados por Europa, cuyos teóricos y portavoces eran hombres como Burke en Inglaterra o Gentz en Alemania, pedían la cruzada para defender lo que llamaban la civilización.

El ponderado Leopoldo II, hermano de María Antonieta, moría el 1 de marzo de 1792, y su sucesor Francisco II interrumpió las negociaciones.

El 20 de abril, el rey de Francia proponía a una asamblea enfervorizada declararle la guerra al “rey de Hungría y de Bohemía”, a Austria sola y no al Imperio; pero el rey de Prusia entró también en la lid.

En adelante, los acontecimientos militares van a desempeñar un papel esencial en el curso de la Revolución. Y de aquella interminable situación de guerra saldrá en 1815 una sociedad europea profundamente transformada.

Después de la importante defección de la oficialidad de Antiguo Régimen, visto el cariz y el curso de los acontecimiento, y la indisciplina que acabó instalándose en el seno del ejército, la Constituyente había intentado completar el desorganizado ejército francés con batallones de voluntarios, de uniforme azul. Pero los culs blancs aristocráticos y las faïances bleues populares se despreciaban, y los mandos eran mediocres. Dumouriez había ordenado una ofensiva en Bélgica, que terminó en desbandada; únicamente la lentitud del enemigo libró a Francia de un desastre. La Asamblea votó entonces tres decretos enérgicos: por el primero se autorizaba la deportación de los eclesiásticos refractarios; el segundo licenciaba a la guardia personal del rey, y el tercero decidía la formación de una fuerza de 20.000 hs. para la defensa de París. Luis XVI aceptó el segundo de ellos, pero opuso su veto a los otros dos. Una carta abierta de reproche que Roland dirigió al rey, acarreó el despido de los girondinos. La Fayette pensó que había llegado su momento y el 18 de junio denunció la Constitución amenazada, tanto por los enemigos exteriores, como por los facciosos del interior.

Una jornada revolucionaria, organizada el 20 de junio por los “demócratas”, con la finalidad de forzar al rey a retirar su veto y a que volviera a llamar a los ministros “patriotas”, no iba a obtener ningún resultado. Santerre, cervecero en el faubourg Saint-Antoine, invadió las Tullerías a la cabeza de una comitiva armada, llegada de los suburbios entre procacidades y amenazas. Luis XVI, que hubo de sufrir durante horas aquellos insultos, acabó brindando a la salud de la Nación, como se le conminaba a hacer, pero se negó a volver sobre su decisión de veto.

Revolución. Asalto a las Tullerías, 10 de agosto de 1792
Asalto a las Tullerías, 10 de agosto de 1792. (Jean Duplessis Bertaux, 1793; Museo de Versalles).

Después de la penosa jornada del 20 de junio, La Fayette consideró favorable el momento político y vino a presentarse el 28 en la Asamblea, sin autorización y en medio de una gran espectación: el ultraje cometido en la persona de Luis XVI había suscitado “la indignación y la alarma de todos los buenos ciudadanos”, y en el ejército se alzaban ya voces preguntándose ”si [era] la causa de la Libertad y de la Constitución lo que [estaban] defendiendo”; era ya tiempo “de asegurar la independencia de la Asamblea Nacional y la dignidad del Rey”. Y pedía que los instigadores de las violencias cometidas el 20 de junio fueran castigados como criminales de lesa-Nación, que se destruyera una secta que tiranizaba a los ciudadanos y que se tomaran medidas a fin de que quedara asegurado el respeto a todas las autoridades constituídas.

Aquella intempestiva gestión no obtuvo ningún efecto, y La Fayette pensó entonces en organizar la fuga de la familia real; pero ni su influencia en la guardia nacional era ya lo que había sido, ni la profunda desconfianza de los reyes hacia su persona hubiera hecho viable la operación.

Ya los prusianos penetraban en Champaña, al mando de Brunswick. El 11 de julio, la Asamblea decidió proclamar la patrie en danger, todos se preparaban para la invasión extranjera y y por todas partes se improvisaron estrados, adonde venían los jóvenes, muy adoctrinados ya, para alistarse. Así se crearon 200 nuevos batallones de voluntarios que elegirían a sus oficiales y que, aun sin experiencia, aportaban entusiasmo y fe patriótica. Vinieron entonces a adquirir protagonismo suboficiales y ex-soldados, frustrados antes en sus expectativas de ascenso.

Persuadidos los dirigentes de que el rey se mantenía confabulado con el sobrino de l’autrichienne, el emperador Francisco II, aquellos federados convocados por la Legislativa iban llegando, a pesar del veto real; una columna de marselleses entonaban a lo largo del camino aquel “Chant de guerre pour l’armée du Rhin”, que el músico Claude Rouget de Lisle había compuesto en abril anterior en Estrasburgo, y pronto conocido por “La Marsellesa”.

Capitán del cuerpo de ingenieros del ejército de Kellermann, Rouget de Lisle, encarcelado posteriormente bajo el Terror que no tardará en llegar, será el autor de varias producciones antirrobespierre una vez liberado, y otra será entonces su inspiración.

El 25 de julio, Brunswick, cediendo torpemente a los emigrados que seguían a su ejército –pues ello comprometía a Luis XVI-, publicaba un manifiesto exigiendo a los franceses que no opusieran resistencia, y amenazando a París, en caso contrario, con “una total subversión”. Aquel requerimiento vino a enardecer aún más el ansia revolucionaria de los “patriotas”, y en los departamentos, las secciones locales del club de los jacobinos reclamaban, a su vez, el derrocamiento del rey; en la Capital, aquellas tumultuosas asambleas mantenían sesión permanente.

La Legislativa parecía desbordada.

En la noche del 9 al 10 de agosto de este 1792, se oye tocar a rebato por todo París; delegados llegados de la secciones hasta la Casa Consistorial deponen a las autoridades electas, de composición moderada, que sustituyen por una Comuna Insurreccional porque sí, y, a la cabeza de la Guardia nacional, colocan al tosco Santerre, industrial cervecero muy popular y gran cacareador del faubourg Saint-Antoine.

Santerre - Revolucion francesa
Santerre, comandante de la Guardia nacional (BnF).

Nadie dormía en palacio, sentados unos en sillones y taburetes, otros en las mesas y consolas, y hasta por el suelo, en la ansiosa espera de acontecimientos ya ineluctables. Y aún no despuntaban las primeras luces del viernes 10, que se anunciaba caluroso, cuando irrumpe en las Tullerías una tropa de federados, de guardias nacionales de los barrios y de seccionarios con picas, mandados por Santerre y por el sanguinario François-Joseph Westermann-

A lo largo de la mañana del 10, una heteróclita tropa de federados, guardias nacionales de los barrios y otros seccionarios con picas van llegando a las Tullerías con intenciones poco pacíficas. Sólo aseguran entonces la defensa del palacio unos centenares de suizos y gendarmes, guardias nacionales poco fiables y algunos nobles que han acudido espontáneamente para poner su espada al servicio de la Corona, es decir, unos mil hombres en total, mientras de los arrabales siguen llegando riadas de habitantes que ocupan ya el Carrousel y las inmediaciones de las Tullerías. Todo son insultos, injurias y amenazas de muy mal augurio hacia la familia real y el rey, que ha salido un momento a inspeccionar a su tropa.

El joven artillero Buonaparte que, por entonces, había dejado el ejército y malvivía en París de trapicheos, fue testigo de  la  irrupción de aquella turba de los suburbios, “que  denotaba  por su facha todo cuanto el populacho tiene de vulgar y de abyecto” (Memorial de Santa Elena).  Aquel día  salía  en compañía  de su amigo Bourrienne  de  un figón de la calle Saint-Honoré, cerca del Palais-Royal, y se dirigían ambos al  Carrousel, a una casa  de empeño donde el corso había dejado su reloj, cuando vieron venir en dirección a las Tullerías a cinco o seis mil de aquellos, dando  gritos. Yfueron a instalarse  a la  terraza del bord de l’eau. Apareció el rey a una de las ventanas tocado con el gorro frigio y aquel que, a no mucho tardar, se hará oportunista jacobino se indignó: 

Che coglione! ¡Cómo  han dejado entrar a esa chusma? ¡Había que barrer a cuatrocientos o quinientos a cañonazos!

Hubo violento tiroteo por ambas partes desde muy temprano. Al cabo de varias horas de fusilería y combates inciertos y sangrientos, el rey acaba garabateando la orden de que cese el fuego, cuando ya los asaltantes han comenzado a saquear el palacio y persiguen a los últimos supervivientes por escaleras y dependencias. Verdadera degollina aquella donde seiscientos guardias suizos perderán la vida en condiciones de saña indecible, rematándose a los heridos y destripando o emasculando los cadáveres, y en la que el protagonismo de las verduleras (les poissardes des Halles) y otras descocadas de los arrabales  no fue menor.

Y entre los cabecillas venía distinguiéndose aquella belga Théroigne de Méricourt, ayer cantante o entretenida por unos y otros y hoy, en sus 30 años, exaltada propagandista, en este París adonde ha llegado y donde se la ve en amazona, con sable y pistolón, tras haber viajado por Inglaterra e Italia. Después de frecuentar a la crema política girondina, acabará siendo dada por loca e internada en la Salpétrière.

La jornada del 20 de junio podría calificarse de simple tumulto. Pero al final de esta sangrienta jornada, que bien pudiera considerarse un salto cualitativo decisivo o una segunda revolución, Luis XVI fue suspendido, horas más tade, por la pusilánime Asamblea Legislativa que no se atrevió a optar entre la fuerza usurpadora de la Comuna y la legalidad institucional, es decir derrocado por los arrabales, y con él concluía también la experiencia de monarquía constitucional.

Revolución francesa. Luis XVI
Luis XVI (Antoine Callet, 1786; Musée Carnavalet).

Hacia las diez de la noche, el rey fue encerrado con su familia y otras personas en el contiguo convento de los Feuillants, repartidos todos por diversas celdas: el rey, aislado; en otra, la reina con su hija; y en una tercera el delfín con su asistenta. Hasta allí llegará el eco de las aclamaciones, los aplausos y los vítores, salidos de la muy próxima Asamblea.

Con el inicio sistemático de la violencia civil como forma de gobierno y lejos ya de entusiasmos aún recientes, así cayó aquella monarquía francesa, vieja ya de cerca de un milenio. Acta est fabula. La vuelta de página parecía entonces definitiva. Pero lo peor estaba por llegar.

Presos ya, el rey y la reina hubieron de asistir, no obstante, durante los dos días siguientes, a las encrespadas sesiones de una Asamblea cada vez más esclava, ella misma, de la Comuna. Y en las idas y venidas a sus celdas, sufrían los continuos ataques verbales de los extremistas y mil injurias y amenazas de muerte para la reina; hasta que, tres días después, 13 de agosto, fueron todos trasladados al torreón del Temple resto de aquella vieja fortaleza de la orden templaria.

Muchas prevenciones fueron tomadas y se seguirán tomando, tanto para evitar una posible evasión como cualquier comunicación con el exterior o un posible atentado contra sus vidas.

De la tétrica torre –símbolo, en adelante, de abyección y tragedia, y de peregrinación también para los realistas a partir del Directorio-, sólo saldrá el regio prisionero para ser conducidos al último suplicio; y aquí dejará la Revolución morir al delfín niño; y su hermana María-Teresa de Francia, objeto de trueque, saldrá para ser casada con el duque de Angulema.

Una última oleada de franceses lo dejaron todo y decidieron exiliarse también ellos. Talleyrand resolvió marcharse a respirar nuevos aires para ir a instalarse en la patria de Shakespeare, antes de ser expulsado por Saint-James y pasar a América.

La caída de la monarquía pareció, un instante, la reconciliación entre montagnards y girondinos, pero estos últimos no salían bien parados de una victoria que no era la suya.

La Asamblea convocó enseguida lo que llamaron “Convención nacional” que habría de asegurar “la souveraineté du peuple et le règne de la liberté et de l’égalité”. Pero muy pronto la Comuna impondrá lo que llamaban ahora la “voluntad del pueblo” y que sólo era la de activistas minoritarios. Aquella Comuna insurreccional de los sans-culotte, carente de cualquier legitimidad democrática, iba a pretender desde el primer momento imponer a toda Francia la voluntad brutal del pueblo de París.

Y el 20 de septiembre, la Legislativa se dispersaba y huía -más que se disolvía-, para ceder su legitimidad institucional al nuevo órgano que decían soberano. Petión, que había dimitido de su cargo vacuo de alcalde de París y se había presentado al sufragio, fue nombrado su primer presidente; será luego miembro del primer Comité de salvación pública, antes de que los montagnards le persigan de muerte, también a él, y acabe descerrajándose un tiro por tierras de la Gironda.

APUNTE BIBLIOGRÁFICO

BERTAUD, Jean-Paul: La vie quotidienne en France au temps de la Révolution (1789-1795); Hachette, 1983 y ed. posteriores.
CHAUSSINAND-NOGARET, Guy: Louis XVI, le règne interrompu. Ed. Tallandier, 2002.
FURET, François (1927-1997): La Révolution Française; 1965 (con Denis Richet); se trató de una revolución de Notables, cuyo control perdieron entre 1793 y 1795, ideas que Furet desarrolla en Penser la Révolution Française; Paris, Gallimard, 1978.
GONZÁLVEZ FLÓREZ, Roberto: Bonaparte, la lenta conquista del poder; Punto Rojo libros, 2016.
LEVER, Evelyne : Louis XVI;  ed. Fayard, 1991.
MATHIEZ, Albert: Girondins et Montagnards, études d’histoire révolutionnaire, Fermin Didot,1930.

En  filmografía, además de los numerosos films que han querido evocar la Revolución a lo largo del tiempo, tenemos “Un peuple et son roi”, de Pierre Schoeller, salido en 2018, que pretende darles a las mujeres (signe des temps!) un protagonismo que dicen que tuvieron, ¡Al César lo que es del César! Catherine Pochetat, Marie Charpentier, Pauline Léon…